Muchas veces, casi con toda seguridad todos los días queremos proteger nuestra existencia de todos los males que ocurren en el mundo. Tras leer esta línea inicial es posible que entiendas que me refiero a TODOS LOS GRANDES MALES QUE ASOLAN AL MUNDO. Pero te pregunto que si con la cantidad de días que nos toca vivir crees que todos sufriremos TODOS ESOS GRANDES MALES te diré que seguramente yerras en tu pensamiento. ¡Por supuesto que existen y jamás debemos obviarlos! Pensar en ello es importante, pero reconóceme que no es tu prioridad inmediata. ¿Entonces de qué te estoy hablando? Pues del día a día. Solemos alimentar nuestro morbo malsano viendo las grandes desgracias ajenas pensando que no nos va tan mal. Envidiamos a los ricos y famosos porque llevan esa vida tan estupenda que deseamos. Aunque, eso sí, si a uno de ellos le sucede una tragedia, la seguiremos con tanta atención como si la viviéramos nosotros dejando de lado nuestras pequeñas mezquindades.
Y ahí quiero llegar, a nuestras pequeñas mezquindades. Cuando nos acontece una desgracia de gran magnitud, nos vemos sacudidos con tal fuerza que todo lo que hacíamos rutinario pierde importancia porque en esos instantes reordenamos nuestras prioridades. Nos marcará tanto que desechamos nuestros valores establecidos, replanteándonos cómo debemos vivir a partir de ahora. En cierto modo, nos supone una catarsis de proporciones gigantescas y consecuencias verdaderamente imprevisibles. Pero esta catarsis suele darse generalmente en esta clase de situaciones. Frente a ello, nos volvemos a levantar y nos preparamos más concienzudamente a la lucha de puertas afuera.
Aunque me haya extendido, quería explicar el hilo central de esta reflexión. Mientras que los grandes males pueden sacar lo mejor de nuestra naturaleza mediante un inusitado coraje, sin embargo, los pequeños males son las goteras de nuestra alma. Podemos combatir en una gran pelea en un día muy señalado. Pero lo realmente difícil es mantener el ánimo día a día para afrontar las pequeñas mezquindades como tener que aguantar a la vecina que se queja de todos y por todo, del cartero que está siempre malhumorado, del taxista que grita a todo el mundo, ya sea porque el de al lado conduce temerariamente o la de delante va demasiado despacio, y por nombrar al compañero de trabajo que todo le parece mal mientras mira cínicamente a todo el mundo, y así podríamos sumar.
El primer día o el primer mes lo llevamos bien, pero por algún factor que desconocemos permitimos que esta actitud se nos contagie. Por si no bastara, hemos de lidiar además con nuestros propios problemas: tratar de cumplir los plazos fijados en el trabajo, los gastos de casa - algunos imprevistos -, llegas a casa y ves a los niños gritando o llorando, el coche que le falla vete tú a saber qué pieza, el malhumor de tu pareja y podríamos seguir enumerando...
Con semejante panorama ya pierdes la ilusión de animar, ayudar, colaborar e incluso escuchar a los demás. Al contrario, exigimos que nos comprendan, nos escuchen, queriendo olvidar que a los demás les pasa exactamente lo mismo que a nosotros. Como el efecto de la bola de nieve, la cosa se agrava, porque comienzan y se prolongan las ofensas, los disgustos y rencores por motivos que, en condiciones de absoluta normalidad y sensatez, pensaríamos que se tratan de verdaderas chorradas porque en general olvidamos el verdadero valor de las cosas, pero nos duelen y actuamos en consecuencia. "Como me miraste mal, ahora te retiro el saludo". "Te estuve esperando toda la mañana, pero no apareciste, así que no cuentes más conmigo." Así que perdemos la perspectiva y acabamos pensando que el 99% del género humano es malo por naturaleza, y ese 1% excepcional lo reservamos para nuestros allegados y mirando también si nos van a hacer daño o no.
Te escribo esta reflexión porque seguramente, tras pintarte semejante cuadro desolador concluirás con que cuanto más conoces a las personas, más quieres a tus animalitos de compañía y que para un mundo así no hacen falta alforjas, que no nos espera ningún viaje, que muy bien que estoy en casita. Aunque no me creas, te afirmo que ahí fuera nos espera un mundo hermoso y hostil, duro pero esperanzador, que te espera a ti, me espera a mí y a todos los demás porque a pesar de nuestras pequeñas mezquindades, generalmente somos buenas personas pero con una mala brújula en lo que a decisiones y reflexiones se trata.
La Naturaleza nos ha hecho básicamente gregarios, pero solemos caer en la contradicción de no querer ver a nadie porque no deseamos soportar escuchar las tonterías al mismo tiempo que echamos de menos hablar con gente para que nos escuchen... nuestras tonterías. Como además, aguantamos, nos reprimimos, ocurre que un día no te apetece verlos mañana ya lo llamarás o te prometes tomar un café. Pero lo pospondremos y acabaremos saliendo de casa únicamente para ir al trabajo como autómatas olvidando llamar a nuestros amigos.
Un buen día te darás cuenta al plantearte qué fue de tu vida, porque realmente los que vivieron sus días, salieron al mundo a tratar de conquistarlo sin preocuparse de si fracasarían. No se preocuparon si el mundo que les esperaba fuera era hostil, feo o desagradable sencillamente porque asumieron, sin saberlo conscientemente, que ese mundo era el que les había tocado con otras personas de todo tipo y con las que había que convivir.
Ignoro si te aíslas en tu hura, la morada del huraño, pero no olvides que te espera un mundo ahí fuera. Así que ahí tienes la puerta.
Es inevitable. Cada día queremos desconsolarnos con noticias que los medios (¿o son miedos?) de comunicación nos atiborran. Y digo queremos porque no somos capaces de buscar buenas noticias o pensar en cómo mejorar la situación. Previsiblemente caemos en la trampa de pensar que cualquier tiempo pasado era mejor, "¡Qué barbaridad! Estas cosas no pasaban antes. ¿A dónde vamos a parar?"
Permítanme decirles que estas cosas pasaban y peor. Había más guerras, crueldad, odio, fanatismo. Pero queremos creer que no era así. Pero sí, y lo que realmente pasaban, todas esas noticias de guerras espantosas, matanzas inconcebibles y demás abominaciones humanas no nos alcanzaban sencillamente porque las noticias jamás nos llegaban.
No quiero creer que vamos a un camino de destrucción irremediable, porque entonces certificamos la defunción de una de las mejores virtudes del ser humano: la esperanza. Sin ella, ¿qué nos queda?
En los tiempos pretéritos, tuvimos la fortuna de tener a Mozart, un ser que vivió en condiciones miserables, arruinándose una y otra vez, enfermando hasta que falleció a la corta (según nuestras medidas) edad de treinta y cinco años. Su época, como la mayoría que a la humanidad le ha tocado vivir, no ha sido fácil. La vida tenía menos valor que ahora. Los niños morían apenas habían nacido. Con nuestros ojos, con la idea de que el mundo es un auténtico desastre, no habríamos sobrevivido apenas un asalto. Mozart, como cualquier contemporáneo suyo, encontraría nuestra época un tiempo muy cercano al paraíso. Valoraría seguramente los avances tecnológicos y sociales.
Pero yo me pregunto: ¿ahora se palpa un espíritu de lucha, supervivencia y superación como antaño o más bien vemos una suerte de alienación y forma de nihilismo que hagamos lo que hagamos no hay solución? Veo con mucho temor, la suerte de cinismo que se teje en la moral de nuestra sociedad. Nos podemos imaginar la innumerable cantidad de comentarios del estilo, "¿Para qué traer niños a este mundo si es una m***?". De este tipo de cuestiones hago dos posibles lecturas, aunque invito al lector a que me haga saber alguna conclusión que se me escapa. La primera lectura es que hay tal grado de desesperanza en nuestra moral que de seguir así, nuestra sociedad irá irremediablemente abocada a su desaparición. Y sin embargo, no puedo aceptar que semejante argumento tenga validez, porque en ese caso, ya nos hubiéramos extinguido hace siglos, cuando nuestros antepasados padecieron plagas, guerras y "castigos divinos", con la idea de que ante tal panorama, mejor apagáramos y cerráramos.
Pero si esta primera lectura es bastante desoladora, la segunda ya se me antoja espantosa, porque se trata de tomar el hedonismo como forma de vida válida y aceptada por todos los componentes de esta sociedad. No lo dirán, pero lo pensarán: "No traigo hijos porque quiero disponer de mi tiempo libre totalmente y me niego a atarme de ninguna forma". Y es que muchas veces el gallo ha olvidado de que en su momento fue pollo. Y muchos no han sido ni serán padres - aunque otros sí -, pero todos, absolutamente todos somos hijos, y olvidamos lo que nuestros padres renunciaron por traernos a este mundo. Aunque dejo al lector la siguiente reflexión:
¿Qué valores estamos practicando entre nuestros contemporáneos
y a la vez inculcamos a nuestros hijos?
Por eso, no me creo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sencillamente, esa falacia no puede darse porque tenemos grabado a fuego nuestro instinto de supervivencia. Se sabe que en tiempos de bonanza, el índice de suicidios de un país industrializado es alto. Ahora bien, si ese país entrara en guerra, civil o con otra nación, ese índice descendería notablemente. Nada como pasar estrecheces para valorar la vida y luchar por ella.
¿No es irónico, Mr. Denny, que la mayoría de las personas dicen admiran a ciertos personajes por determinados valores morales, culturales, deportivos o de cualquier otra índole y que, sin embargo, no estén dispuestos, o al menos no lo hayan pensado, seguir o imitar su ejemplo?
Pinté el tallo, luego el cáliz, después la corola pétalo por pétalo, y, al terminar mi rosa, la induje a soñar su aroma. ¡Hice la rosa perfecta! Tan perfecta, que al día siguiente cuando fui a mirarla, ya estaba muerta.
Es muy tarde ya, pasan las 2 de la madrugada. Termino de leer el poema y dejo el libro en la mesita de noche, sobre la cual solo hay una vieja foto en la que ya casi ni me reconozco y más libros en torre, que amenaza convertirse en una nueva Babel solo que esta vez con éxito.
Los versos del mejicano Nandino siguen impresos en mis pupilas, en mi pensamiento…
al terminar mi rosa, la induje a soñar su aroma. ¡Hice la rosa perfecta!
La rosa de papel y tintas consigue soñar su aroma alcanzando así la perfección: convertirse en un ser vivo y mortal. La mortalidad es condición inherente a la vida, consustancial y necesaria. “Todo en la vida es sueño”, decía Calderón… ¿Y si todo en el sueño es vida?
Rebullo inquieta en la cama.“Dios nos está soñando”, aseguraba Unamuno. En la tela de araña que se va entretejiendo en mi mente aparece un hilo más… Una frase que una vez me dirigió un buen amigo:“Una lámpara que se rompió, una noche. Una noche que llegó a ser día de noche porque alguien soñaba que lo era, que era de día cuando sólo era un broche de bisutería fina.” Quise responderle, aunque al final no lo hice, que cuando dejo la poesía que nos trae cada día encima de la mesita junto con las gafas que siempre termino por no usar, lo bueno y lo malo de la jornada y el libro que acompaña mis últimos minutos de vigilia, aun siendo su tapa de madera recia, oscura, dando cancha para que la poesía pueda mimetizarse con su superficie y seguir ejerciendo su hechizo, ya para mí la noche jamás llega a ser día de noche porque alguien sueñe que lo era. La noche siempre es noche cuando dejamos dormir a la poesía. Eso es lo que pensaba responderle.
Soñar es bonito, escribir sobre los sueños casi más, pero “Los sueños, sueños son”, como me enseñó Calderón de la Barca, barroco y, para más inri, castellano. Y, aunque confieso que con alguna que otra reserva, siempre he tendido a creerle, probablemente porque yo también soy de tierra seca, sedienta y calcinada por el sol, porque entiendo esa extraña visión de las cosas que tienen los que nunca acostumbran a ver el mar, como Calderón, o mi Quevedo amado. Quizás porque ellos son barrocos por la época que les tocó vivir y yo por la tierra en que me tocó nacer. Quizás porque su angustia por el paso del tiempo, la presencia constante de la muerte en sus versos y la relativización que hacen de lo terreno no me desazonan lo suficiente, quizás porque comparto su estoicismo. Castilla siempre es un hidalgo seco, enjuto, muchas veces mal encarado, que al final te hace poner los pies en la tierra. Y eso es algo que procuro, pero sin dejar de mirar hacia arriba.
Ya casi para apagar la luz, una última mirada a la mesilla me juega una mala pasada: la de parecerme ver vagar sobre la tapa, como muchachas pálidas, los acontecimientos del día, las historias encerradas en los libros amontonados en pila interminable… Y ahora ya no estoy segura de nada, quizás la noche no siempre es noche cuando dejamos dormir a la poesía, quizás Calderón no estaba del todo en lo cierto. Debe de ser que aun antes de cerrar los ojos me ha ganado el sueño, y que sueño...
“El sueño es un arte poético involuntario”, decía Kant. Si la poesía es la medida del hombre, si en tantas ocasiones nos acerca a verdades que solo se pueden intuir, ¿podría ser también el sueño una vía de servicio que nos condujese a algo que debiéramos saber? Sonrío recordando, no sé si despierta o dormida, la respuesta que daba Mallarmé a Degas cuando éste, desencantado con la pintura, manifestaba querer componer versos porque tenía ideas: «La poesía no se hace con ideas; se hace con palabras». Por eso mismo yo jamás seré poeta, solo tengo ideas, y el poeta ha de ser un demiurgo, un impulsor del universo y del alma universal, y la palabra su instrumento. La palabra es creadora del mundo y de mundos, ya desde los más antiguos textos religiosos, y absolutamente en todas las culturas, orientales y occidentales. “Y en el principio fue el Verbo”… La palabra es el elemento primigenio, y con ella Dios pare la Tierra, cediendo a Adán la potestad de dar nombre a todo lo creado. El nombre encierra la esencia de las cosas y las personas, por ello todavía quedan culturas en que, como en los tiempos más antiguos, el nombre verdadero de cada cual se guarda en estricto secreto.
Y precisamente lo esencial que reside en la palabra hace de ella un instrumento de ordenación de la vida pública y privada, hasta el punto de que usarlas con propiedad, adecuando nombre y realidad representada, implica un orden moral y político. Muestra de ello es la respuesta que dio Confucio al ser preguntado sobre cuál era el principio de un buen gobierno: “Restablecer la significación verdadera de los nombres. Que el Príncipe sea Príncipe; el ministro, ministro; el padre, padre; y el hijo, hijo.”
La palabra es el origen de todo lo conocido, la esencia de cuanto existe, magia, religión, ordenación.. Todo aquello que el filósofo alemán Ernst Cassirer decía que constituía el universo simbólico en que se desenvuelve el hombre, al que considera eso, “un animal simbólico”. Pero parte de esa red de símbolos la forman los mitos, la palabra es también siempre portadora o creadora de alguno, y así lo percibe Paul Valéry:
“Mito es el nombre de todo lo que existe por la sola virtud de la palabra. Todo nuestro lenguaje se compone de pequeños sueños breves... No se puede hablar sin crear mitos... La palabra nos habita y lo habita todo... En un principio era la fábula... “
En griego mythos, además de designar el mito o la leyenda, significaba “palabra”
“Todo nuestro lenguaje se compone de pequeños sueños breves..” Y siendo el lenguaje el universo en que están contenidos todo el otro universo del hombre, el simbólico, y el hombre mismo, me cruza por la mente tímidamente la idea de que quizás también los sueños conformen una parte de ese antropocosmos. Al fin y al cabo, gracias al sueño vivimos muchas vidas distintas, es casi como no ser nada concreto y a cambio serlo todo. También el sueño tiene algo de demiurgo, de hacedor. ¿Y si de alguna forma introdujese en la mente del durmiente una copia del mundo perfecto, el de las ideas, el de la verdad, algo así como en el mito de Platón..?
“Todo en la vida es sueño”
“Una noche que llegó a ser día de noche porque alguien soñaba que lo era”
“Dios nos está soñando”
En mi duermevela esas frases no cesan de acudirme machaconamente una y otra vez al pensamiento, y se mezclan con otras de Octavio Paz. Dice en su estudio sobre el “Primero sueño” de sor Juana Inés de la Cruz que el sueño es un viaje espiritual, durante el que el alma está despierta. No termina en una revelación, como ocurre en la tradición neoplatónica, pero sí en una especie de “acto de conocer”, que, aunque no es un conocimiento en sí mismo, al menos sería un “saber”. Y pienso que si alguien lograra hallar la palabra elemental, la que Heidegger decía que explicaba a todo lo demás porque en ella la realidad se expresa a sí misma, si se encontrase la palabra esencial, la que buscan todos los poetas, y con ellas - la palabra elemental y la esencial- ese alguien fuera capaz de explicarse a sí mismo un sueño cuando despierta de él, quizás podría llegar a alguna Verdad.
Pero tendría que ser un poeta, no importa que jamás haya escrito un verso. La palabra ha encontrado grandeza en la poesía, donde vuelve, por virtud de encantamiento, a despertar a los muertos, a hacer danzar a las deidades ultraterrenas, a crear seres y mundos nuevos. Lo mismo que puede ocurrir en los sueños. Para John Donne el hombre es un enigma que la poesía, en su misma contradicción, revela, y yo añadiría que esa revelación quizás también podría hallarse en las fases oníricas por las que todos pasamos, a veces incluso despiertos. Quizás como yo esta noche.
“Eres tan cierta que basta pensarte para que los sueños sean reales y las fábulas historias.”
El póster de la película que Houston dirigió inspirada en “Los muertos” anunciaba: “Aquella música cambiaría sus vidas para siempre...” Su función es clave en la obra, el eje vertical, la columna vertebral de la trama. La música… Siempre es la música… Música es lo que trae de nuevo a la vida a Michael Furey desde los avernos y consigue abismar en ellos a una mujer, en los del pasado, un pasado más vivo y real que su presente.
“¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo!”
exclamaba. Música es lo que descarna la realidad de un matrimonio y hunde también las expectativas de un marido respecto a esa unión. Música le parece a Gabriel la imagen de su mujer inmóvil en la escalera, escuchando aquella malhadada canción:
“Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra, y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. “Lejana Melodía” llamaría él al cuadro, si fuera pintor.”
Y cuando a los pocos minutos evoca momentos felices de su vida en común, a música lejana , a música con letra, le suena la frase de una de las cartas que le había dirigido a Gretta hacía ya eones:
“¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?”
Pero no basta con poder oír una melodía, hay que saber interpretarla. Furey sabía. Gustaba de la música, tenía una hermosa voz que su enfermedad no le permitió cultivar, era delicado, tenía unos hermosos y enorme ojos negros que sabían cómo mirar a una chica, y fue capaz de morir por amor. Y Gabriel no solo no conocía la palabra adecuada para nombrar a quien se ama, además carecía de las dotes suficientes para interpretar la música. No fue capaz de entender qué había en aquella canción tan poderoso como para efectuar aquella transformación en su esposa, convertirla en símbolo de algo, colorearle intensamente las mejillas y dar brillo a sus ojos, un color y un brillo que debía de hacer mucho que no veía en ella.
“¡Ay, el día que supe que se había muerto!
Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha.”
La música, cualquier música, deja de sonar cuando Gretta, agotada por el dolor de la pérdida de su primer amor, por el sentimiento de culpa y las lágrimas, se rinde al sueño. Su marido queda a solas con sus pensamientos y con el silencio.
“¿Qué pequeño papel he representado en tu vida? Tu cara sigue siendo preciosa, pero ya no es aquella por la que dieron su vida. ¿Cuánto tiempo has guardado en tu corazón la imagen de los ojos de tu amado, diciéndote que no deseaba vivir? Yo no he sentido nada así por ninguna mujer, pero sé que ese sentimiento debe ser amor.”
Su mirada se detiene, distraída, en las botas que su mujer se ha quitado cuando se desvestía.
"Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado." Es el símbolo perfecto… Y no puede entender qué le impulsó solo una hora antes a concebir aquel arrebato pasional hacia su mujer.
“A la puerta del hotel, sintió que se habían escapado a sus vidas y a sus deberes, (…) y se habían fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.”
A rememorar momentos de pasada felicidad.
“Junto a la taza de té del desayuno, un sobre color heliotropo que él acariciaba con su mano.(…) Era tan feliz que no podía probar bocado.”
No, él nunca había sentido un amor como el de Furey. Hubo momentos, al principio de su relación con Gretta, en que su amor por ella prestaba brillo a sus ojos, pero, aunque real y sentido, derivó en algo desprovisto de romanticismo, absolutamente adocenado, tan burgués como el entorno en que se había criado. Y él mismo llega a ser consciente de ello en aquellos instantes en que la pasión y el deseo lo dominaban.
“Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos, para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que rememorara solamente los momentos de éxtasis.”
De aquella pulsión sexual, del eros, no hay más que un paso al thanatos, la muerte, tras la confesión de su mujer. En el momento en que creía que ésta se acercaba a él dispuesta a entregársele y solo lo hizo para hablarle del amante muerto, siente que algún ser impalpable y vengativo, alguien salido de las sombras, se le enfrenta de forma amenazadora: Michael Furey.
“Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida.”
¿Hay forma más épica de concluir una hazaña tan heroica como la de aquel joven si no es con la muerte? La épica de la muerte… No, no había otra conclusión posible. Ahora, su pensamiento llena la habitación en semi penumbras de fantasmas pasados y futuros, de figuras que ya pasaron al Hades, como su tío Patrick, y de las que muy pronto cruzarán el río que allí lleva, como la pobre tía Julia, y sobre todas ellas, gravitando, la del joven muerto tan prematuramente. Como si las Siddhe, las hadas irlandesas que se aparecen a los que pronto van a morir, y que también están presentes en “Grace”, otro de los cuentos de Dublineses, hubieran aparecido aquella noche durante la cena, las mismas Siddhe que le han descubierto que él nunca ha amado a su esposa de la misma forma que el adolescente que murió por ella lo hizo.
“El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. (…)A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.”
Del eros al thanatos, y de thanatos al mithos…. El de Orfeo y Eurídice. Pero Gabriel, a diferencia de Orfeo —y del propio Joyce, que poseía una voz de tenor más que notable y grandes cualidades para la música— no estaba dotado de sensibilidad para este arte, y ello le privó de conocer antes la cancioncilla popular que llevó a Greta a los abismos, de rescatarla de las furias que allí la retenían y y devolverla al presente. Es Gretta quien, fusionando en su persona los papeles de Orfeo y Eurídice, vuelve la vista hacia atrás y queda atrapada para siempre en el pasado.
“De nuevo nevaba. (…) Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda.”
En la historia literaria el Hades ha sido situado con frecuencia en Irlanda, y además, “partir hacia poniente” en la cultura celta significa morir. Según la leyenda, el barquero de la muerte lleva a sus víctimas hacia el oeste, y precisamente los desplazamientos hacia este punto cardinal simbolizan a lo largo de los quince relatos que componen “Dublineses” la aceptación de la parálisis intelectual, social y moral que Joyce atribuye a su país. Y “Los muertos” no constituye excepción la regla. El simple traslado del matrimonio Conroy desde su casa en Monktown a la casa de Usher’s Island para participar en la fiesta de las ancianas tías es un movimiento hacia el oeste y por tanto revelador de la conclusión del relato. El hotel donde la pareja se queda a pasar la noche, el Gresham, está todavía más al oeste de Dublín Centro. En su debate con Miss Ivors Gabriel defiende el camino al Este, al continente, como vía de progreso, pero ninguno de sus contertulios, incluida Greta, es capaz de desviar la vista a ningún sitio que no sea el oeste.
Y al final, el joven Conroy se rendirá ante lo inevitable. No tiene ya más rumbo que el que lleva a poniente…
“Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.”
Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda....
Creo que Gabriel nunca llegó a saber de verdad quiénes son los vivos y quiénes los muertos. Quizás los muertos son los que no han huido al exilio, como Joyce, y se han quedado en la tierra de las sombras, en el poniente, como Gabriel. Francamente, yo tampoco lo sé. Solo sé que se nos mueren amores, amistades, deseos, esperanzas, convicciones, y con cada uno de ellos una parte de nosotros y de las personas y situaciones que les dieron soporte en su momento, aunque sigan vivas. Y también sé que hay situaciones y personas que ya no podemos tocar con las manos, pero que continúan teniendo una presencia absolutamente real en nuestras vidas. Solo sé que, en la inmensa mayoría de las ocasiones, somos nosotros quienes decidimos quiénes son los vivos y quiénes los muertos. -------------------------------------------------------------------------
“Los muertos” es la historia de un bien perdido. Y de esos, tenemos todos… Cada bien que obtenemos en la vida, sea de orden material o no, lleva aparejadas esperanzas, ilusiones, trabajos… Y todo ello parece abandonarnos cuando el bien a que van ligados desaparece. Y sin embargo...
En las cosas y objetos que aún no forman parte de nuestras vidas pero que habrán de llegar estará contenida una nueva remesa de esfuerzos, esperanzas, sueños y alegrías, serán todo un cajón de sastre que iremos llenando poco a poco de botones de vestidos y trajes que algún día serán antiguos, de hilos que terminarán colgando de las agujas que habrán de remendarlos y zurcirlos. Y que algún día se unirán en la memoria a los que ya formaron parte de nuestras existencias.
Y todas esas ilusiones, los deseos, los esfuerzos, hilos y botones, los del pasado y los venideros, están siempre contenidos en una sonrisa. En la más bonita del mundo.
Profesor, como Joyce, Gabriel es un exiliado intelectual dentro de su propio país, y alberga las mismas ideas que su creador en lo referido a arte, política, etc, como queda de manifiesto en el acalorado debate que mantiene con Miss Ivors. “La literatura está por encima de la política”, piensa… Una frase que hubiese querido usar como arma arrojadiza, pero le falta agresividad para construir el argumento y para decirlo en voz alta. Le falta para responder a su oponente con algo más que un vergonzante silencio y explicarle por qué ha exclamado “¡Estoy harto de este país, me enferma!” en un momento de la discusión en que pierde totalmente los papeles. Le falta para firmar con su nombre completo y no solo con sus iniciales las reseñas literarias que escribe para un periódico inglés. Le falta para eso y para casi todo, desgastado por el roce perpetuo y agotador, casi castrante, con la rancia idiosincrasia dublinesa encarnada en su familia y amistades. Hasta el punto de que al final de la obra, a través del narrador, que no es otra cosa que el portavoz del monólogo que transcurre en el interior del personaje, nos llega la imagen que de sí mismo ha conseguido al fin obtener Gabriel, esa que no conseguía identificar del todo en el espejo del vestidor:
Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figura ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo.
A partir de ahí, el joven Conroy sentirá que tanto él como cuanto le rodea está siendo engullido por el mundo de las tinieblas. El mismo que, probablemente, Joyce pensó que también podría haberlo atrapado a él de haber continuado viviendo en Dublín.
Gabriel no carece de convicciones, pero sí del suficiente carácter y decisión como para mantenerlas. Su opaca personalidad queda de manifiesto desde el principio, en un comentario poco afortunado que hace a Lili, la criada, y que después, aturdido, intenta compensar dándole un aguinaldo. La excesiva solicitud y preocupación por la salud de Greta, cercana a la hipocondría, llega a constituir motivo de hilaridad entre su familia. La discusión con Miss Ivors, de la que no sale muy bien parado, consigue desasosegarlo tanto que respira aliviado cuando sabe que ella no estará presente en la cena ni, por tanto, en el discurso que ha de dar, sobre el que solo le surgen vacilaciones desde buen rato antes de pronunciarlo. Es consciente de todo eso, y le mortifica, pero aún no ha tocado fondo...
Cuando la fiesta toca a su fin y los invitados se van marchando la coralidad de la narración también se diluye, y el foco de atención pasa a los Conroy. Gabriel oye a alguien cantar una vieja canción irlandesa en el piso superior, “The Lass of Aughrim”, y ve una mujer en la escalera, inmóvil, escuchando. Es Gretta, casi en trance, que solo al terminar la canción se percata de la mirada de su esposo, fija en su rostro, y vuelve a la realidad. El joven advierte en su mujer algo que hasta el momento le había pasado desapercibido, la ve embellecida, sugerente, perfecta, transformada, llega incluso a atisbar un símbolo de algo, aunque sin poder precisar de qué. Y concibe un súbito y acuciante deseo carnal por ella, sorprendente y desusado en él, un deseo lleno de ternura en un principio pero que se va acrecentando hasta convertirse en verdadera urgencia que a duras penas puede controlar durante el camino hacia el hotel en que pasarán la noche.
Una vez en la habitación rememora momentos de felicidad pasados, siempre asociados con el fuego y el calor, en claro y hasta premonitorio contraste con la nieve que no cesa de caer en el exterior, y constata con sorpresa la actitud ambigua e incluso distante de su mujer. Por fin ella se desmorona y entre conmovedores sollozos desvela a su esposo que cuando era poco más que una adolescente tuvo un enamorado en Galway, su pueblo, Michael Furey, muerto a los 17 años. Su precario estado de salud no pudo soportar la lluvia y el frío en la noche del adiós, ni su corazón la inminente partida a Dublín de la muchacha.
“Le rogué (a Michael) que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.”
“The Lass of Aughrim”, “La joven de Aughrim”, era la tonada Furey le había cantado…
The rain falls on my yellow locks
And the dew it wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
Lord Gregory, let me in.
La lluvia cae sobre mis mechones rubios
Y el rocío humedece mi piel;
Mi hijo tiene frío en mis brazos;
Lord Gregory, déjame entrar.
Nora Barnacle, a la que Joyce conoció en Dublín trabajando como camarera, era de Galway. Allí, siendo aún casi una adolescente, tuvo un jovencísimo amante que murió de pulmonía tras una tristísima despedida en una noche lluviosa, en la que le dijo que no quería seguir viviendo una vez ella se hubiese trasladado a la capital. Un amante que le cantaba “The Lass of Aughrim”. De todo ello, Joyce se enterará años después, y el impacto emocional recibido fue tremendo. Como el que su alter ego acusa en este relato, cuya conmoción es tal que en un primer momento, una vez que el agotamiento ha rendido a Gretta hasta adormecerla, ni siquiera es capaz de sentir dolor por lo ocurrido, ni el menor resentimiento.
Sus ojos curiosos (de Gabriel) se posaron largo rato en su cara y su pelo, y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, en el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.
No hay nada casual en “Los Muertos”. Dejar pasear la vista por las cartas que Joyce dirige a Nora y por la última parte del relato parece un “dejà vu”…
21 agosto 1909
(..) Hoy escribí a tu madre, pero realmente no deseo ir (a Galway). Me hablarán de ti y de esas cosas que ignoro. Me asusta incluso que me muestren una fotografía tuya de pequeña, pues pensaré “Entonces no la conocía, y ella tampoco a mí. Cuando por la mañana iba a Misa miraba largo rato a algún muchacho que pasaba por la calle. A otros, no a mí.”
22 agosto 1909
“Amor mío, ¡no puedes sospechar el hastío que siento en Dublín! Es la ciudad del fracaso, del rencor y la desdicha. Anhelo marcharme de aquí.
Pienso constantemente en ti. Por la noche, al acostarme, es una verdadera tortura. No voy a escribirte en esta hoja lo que llena mi pensamiento, la locura del deseo.(…) Querida, cuando nos reunamos entrégate a mí con plenitud. (..) Deseo ser el dueño de tu cuerpo y de tu espíritu.
(..)
¿Recuerdas los tres adjetivos que utilicé en “Los muertos” al hablar de tu cuerpo? Eran estos: musical, extraño y perfumado?
Todavía laten celos en mi corazón. Tu amor por mí debe ser intenso y violento para que olvide completamente.”
31 agosto 1909
Hace una hora estaba cantando tu canción, The Lass of Aughrim. Cuando canto esta encantadora tonada empiezo a llorar y mi voz tiembla con emoción.
Es inevitable pensar que Joyce deja traslucir en “Los muertos” la dimensión fatal de la perspectiva con la que mira este episodio de la vida de Nora, que en buena medida el relato es la proyección en sus criaturas de sus temores ocultos y de los celos enfermizos tantas veces manifestados en las cartas que enviaba a su compañera.
Dependencia absoluta de su compañera, celos atroces, martilleo insistente en su pensamiento de la historia de amor de Nora con el jovencito muerto, inseguridad en sí mismo que le lleva a usar constantemente una máscara (sic) de la que solo se despoja ante la muchacha, miedo a no ser digno del amor que ella le dispensa… Son las constantes en una correspondencia que duró años. No parece aventurado pensar que esta es la urdimbre sobre la que se ha tejido el personaje de Gabriel, ni conjeturar que quizás no descartaba hallar durante el desarrollo de la narración su particular epifanía.
Una similar a la que la música, y en concreto “The Lass of Aughrim”, supone para Gretta cuando queda literalmente paralizada en la escalera al oírla, o a la que supone para Gabriel conocer el secreto tantos años guardado por su mujer, descubrir lo lejos que ha estado siempre del mundo en que la mente de su esposa habitaba mientras escuchaba aquella melodía, el mundo que la hizo aparecer nueva y transfigurada a sus ojos. Entender que durante casi todo su matrimonio solo su cuerpo había ido pasando cada cuenta de rosario del presente, porque su corazón estaba muy lejos, en el pasado.
THE LASS OF AUGHRIM
If you'll be the lass of Aughrim
As I am taking you mean to be
Tell me the first token
That passed between you and me
O don't you remember
That night on yon lean hill
When we both met together
Which I am sorry now to tell
The rain falls on my yellow locks
And the dew it wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
Lord Gregory, let me in.
LA CHICA DE AUGHRIM
Si eres la chica de Aughrim
Como tú dices ser
Dime cuál fue la primera prenda
Que se cruzó entre tú y yo
Oh ¿no recuerdas
La noche en la colina
Cuando nos encontramos
Aquella que ahora lamento?
La lluvia cae sobre mis mechones rubios
Y el rocío humedece mi piel;
Mi hijo tiene frío en mis brazos;
Lord Gregory, déjame entrar.
En las cosas y objetos están contenidos esfuerzos, esperanzas, sueños y alegrías, son todo un cajón de sastre lleno de botones de antiguos vestidos y trajes, hilos que cuelgan de las agujas que los remendaron y zurcieron.
El Peletero
Una libra esterlina a cambio de un cuento. Probablemente no era mucho en 1904, pero esta oferta del editor de un diario bastó para que un jovencísimo escritor de solo 22 años le entregase poco después para su publicación “Las hermanas”. Era James Joyce. “Las hermanas” sería el primero de una serie de 15 relatos perfectamente orquestados en los que se propuso plasmar de forma implacable y crítica el anquilosamiento e inmovilismo a que había llegado Dublín, su “hemiplejia o parálisis”, como él mismo decía, agravados por la férrea presión de la Iglesia católica y la de un nacionalismo en el que Joyce solo ve una fuente de distorsiones culturales y de un cierto provincianismo mental y cultural. Aquella colección de cuentos se tituló “Dubliners”, y tardó varios años en ser completada.
El último relato, “The Deads”, “Los Muertos”, terminado en el exilio y algo diluida ya en una cierta nostalgia la acritud que había concebido hacia su ciudad natal, suaviza en mucho las tintas, y el recuerdo de su patria chica se irisa para hacerse más comprensivo, amable y lírico, incluso dando protagonismo a la hospitalidad de la gente irlandesa, una de sus virtudes más tradicionales y celebradas, en un intento de ser más justo con su tierra. El resultado final, sin embargo, no deja de estar teñido de una amarga melancolía.
Como melancólica se muestra Dublín, cubierta por la nieve, a principios de enero de 1904. Las ancianas señoritas Morkan y su sobrina Mary Jane, también soltera, que vive con ellas, ofrecen su fiesta anual de Navidad a parientes y amigos, que irán llegando, perfectamente ataviados para la ocasión, y siendo recibidos por Lili, la criada, que se afana en todo momento por atender a sus muchas obligaciones. Miss Ivors, profesora y nacionalista convencida, Gabriel Conroy, también profesor, sobrino de las ancianas señoritas Kate y Julia Morkan, Gretta, su esposa, y un nutrido grupo más de personajes ríen, beben, cantan y bailan en los salones al son del piano que Mary Jane toca, comen el ganso que, como todos los años, trincha Gabriel, y el tradicional budín a los postres, y charlan agradablemente sobre ópera, teatro, música… Es al llegar a temas como el nacionalismo, la cultura o la política, sobre los que discuten Miss Ivors y Gabriel, cuando la tela del delicioso cuadro costumbrista que se ha ido esbozando ante los ojos del lector queda cuarteada y severamente dañada, quedando claro el provincianismo cultural, la parálisis y el atraso acarreados por las posturas nacionalistas y las acendradas convicciones religiosas.
Además del variopinto paisanaje humano que deambula por el relato, hay dos elementos protagonistas indiscutibles: la nieve y la música. La música parece ser la línea que marca la línea divisoria entre la ontología masculina y femenina, una diferenciación asimismo señalada mediante la tradicional dicotomía hombre-razón/ mujer-corazón. Las ancianas tías son calificadas por Gabriel como mujeres ignorantes, la señorita Ivors, feminista, independizada y culta, como vacía interiormente (“¿Tendrá ella alguna vida propia más allá de su propagandismo?”, se pregunta resentido Gabriel, tras su discusión con la dama), la misma Gretta es menospreciada por su suegra por pertenecer al inculto entorno rural irlandés…
Es la música, con la que todos los personajes femeninos están relacionados de uno u otro modo, el discurso ligado a la feminidad, en tanto y en cuanto permite expresar los sentimientos pasionales, dar forma a los más recónditos deseos y emociones femeninos. Mary Jane imparte clases de música en su casa, las tías cantan en un coro, tocan el piano… La mayoría de varones que asisten a la fiesta carecen de la sensibilidad necesaria para bien avenirse con el mundo musical, de hecho, algunos “escapan” al salón contiguo a tomar unas copas mientras la sobrina Morkan toca una pieza que ni siquiera agrada ni entiende Gabriel, de gustos más refinados. Sin embargo, la tradicional separación entre hombres y mujeres es en realidad cultural, de ahí que encontremos algunos hombres que comulgan con la esfera femenina a través de la música, como Bartell D’Arcy, uno de los invitados, tenor, y mujeres que se identifican más con la esfera masculina, como la madre de Gabriel, el “cerebro” de la familia y la única de las hermanas sin dotes para la música. Y será precisamente una canción la que desencadene los acontecimientos que ocurrirán tras la cena, y uno de los momentos epifánicos, de revelación, en la obra. El principal.
La otra protagonista no humana indiscutible de la historia es la nieve. El relato avanza al mismo ritmo que la tormenta de nieve. Cuando Gabriel llega a 15, Usher Island, la casa de sus tías,
"Una leve franja de nieve reposaba sobre las hombreras de su abrigo, como una esclavina, y como una pezuña sobre el empeine de sus zuecos".
Mientras la velada avanza y los invitados comentan que en 30 años no se había visto nevar así, el protagonista mira por la ventana:
“La nieve se veía amontonada sobre las ramas de los árboles y poniendo un gorro refulgente al monumento a Wellington.”
Hasta llegar a cubrir como un blanco sudario toda Irlanda.
"Sí, los periódicos tenían razón: la nieve se extiende por toda Irlanda..."
Música y nieve serán, pues, elementos recurrentes tanto en las conversaciones como en las situaciones que se van desarrollando ante nuestros ojos, y con un papel preponderante en los acontecimientos finales. Dos elementos de elevado valor simbólico, y verdaderas epifanías.
Pero “The Deads”, “Los muertos”, es algo más que una estampa de la decadencia de la sociedad dublinense. Es ese espejo en que se mira Gabriel, ya casi al final de la historia, en el que jamás logra obtener una idea cierta de sí mismo, el espejo en que el propio Joyce, el eterno exiliado, el eterno incomprendido y atormentado por celos y reconcomias de todo tipo, busca quizás su propia imagen a través de su alter ego, Mr Conroy y, sobre todo, la verdad. ¿Qué verdad? La del Dublín por cuyo rechazo quedó marcado, que amó y odió. La que se escondía en el corazón de Nora Barnacle, su compañera. La verdad que siempre persiguió obstinadamente rebuscando entre sus concepciones de la vida y de la literatura sin saber a ciencia cierta si estaba jugando con él al escondite. Quizás por ello el entramado de “Los Muertos” lo formarán en buena parte los temas que nutren a la verdad y a la mentira, y que siempre le obsesionaron: el amor, la culpa, la expiación y esos intensos y profundos momentos de revelación en que las cualidades esenciales y constitutivas de las cosas, la vida y la muerte ofrecen sus misterios a los cinco sentidos. Esos momentos, a los que llamó “epifanías”, son como fogonazos en que el enigma se desvela por un instante y la verdad aparece desprovista de luces y sombras.
La nutrida correspondencia que Joyce mantuvo con Nora, su mujer, y con Stanislaus, su hermano, se conserva en su mayor parte y ha sido publicada. Llega a sorprender la fidelidad con que reproduce este relato no solo las ideas que expresa en sus cartas, incluso frases textuales que pondrá en boca de Gabriel, el personaje joyceano que más cercanamente representa el sentir y el pensar de su creador, sino hasta qué punto la historia que narra es una extrapolación de la suya propia. Parte del contenido de esa correspondencia está en el discurso que Gabriel pronuncia tradicionalmente en todas las fiestas de Navidad en la casa de las señoritas Morkan, éstas están inspiradas en las señoritas Flynn, tías por parte materna y que, efectivamente, vivían en el 15 de Usher Island, Miss Ivors, encarnación de los elementos más radicalizados del Irish Revival, tiene su origen en una bella muchacha nacionalista por la que Joyce se sintió atraído en su primera juventud, y Gretta es el alter ego de Nora.
Gabriel es quizás el tipo de hombre que Joyce pudo haber llegado a ser si hubiese permanecido en Dublín.
Hace días que las calles están adornadas con bombillas multicolor, que por ellas transita gente cargada de prisas y de paquetes de regalos, y que en todos lados se vuelve a oír aquello del espíritu de la Navidad. A mí con esto me ocurre como los “días de”: el día del niño, el de la mujer trabajadora, el día sin tabaco, el de la amistad, el de la paz… Todos ellos símbolos de algo que debiera estar presente en nuestras mentes y nuestras actuaciones todo el año pero que se ve que jamás lo está, porque una vez cada 365 días es preciso hacer sobre ello una llamada de atención, cacareada por políticos, medios de comunicación, organismos oficiales… Todos nos sentimos muy concienciados ese día. Mañana ya no toca. A finales de la pasada Navidad recibí en el móvil uno de esos mensajes que todo el mundo manda a todo el mundo en determinadas fechas y que, aunque alusivo a éstas en que ahora estamos, por su ironía rayana en el sarcasmo me parece extensible a los “días de”:
“Aviso a toda la población: el simulacro de Paz y Amor ha finalizado. Guarden los langostinos, insulten a sus cuñados y disuélvanse".
De acuerdo, soy una escéptica... Pero hace muy poco leí una historia, por lo visto cierta, que me conmovió lo indecible, hizo trastabillar un escepticismo que cada año crece conmigo, y me dejó pensando que quizás al fin y a la postre estos “días de” sí que dejan poso, y que el espíritu de la Navidad no es una simple frase hecha, al menos, no siempre, porque a veces es capaz de despertar lo mejor de nosotros mismos: nuestra humanidad. Sucedió en la noche del 24 de diciembre 1914, principios de la Primera Guerra Mundial, en el frente de Ypres, una ciudad en el sur-oeste de Bélgica. Se esperaba una fuerte ofensiva germana para esa noche o la de Año Nuevo, y las tropas anglo-belgas estaban preparadas para responder de forma contundente.
Cuando los hombres del segundo regimiento de guardias escoceses advirtieron multitud de pequeñas luces que brillaban en el lado alemán estuvieron seguros de que se trataba del comienzo del anunciado ataque, y sin más demora abrieron fuego contra el enemigo. El desconcierto comenzó al advertir que aquella nutrida descarga no estaba siendo respondida, pero aún creció más, hasta llegar al estupor, cuando desde el lado contrario llegaron unas voces que, en un inglés con fuerte acento germano, exclamaban: "You no shoot, we no shoot." (si ustedes no disparan, nosotros no disparamos).
No tardaron en salir a descubierto soldados alemanes, en actitud claramente pacífica, y a los pocos minutos hombres de ambos bandos intercambiaban chocolates, cigarrillos, licores, todas esas minucias que en circunstancias como estas constituyen pequeños tesoros. Y, por supuesto, palabras. Así pudieron saber los aliados que aquellas luces eran las de los arbolitos de navidad que el Ejército alemán había enviado a sus tropas en el frente. Al de Ypres se habían mandado varios, de ahí la gran cantidad de lucecitas, que habían llamado la atención de los escoceses.
El día 25, muy de mañana, los soldados de ambos bandos salían de sus respectivas trincheras para confraternizar con “el enemigo”. Intercambio de tabaco, cerveza, chocolates, fotos familiares… Hasta partidos de fútbol hubo con pelotas hechas a lo como se pudo. Precisamente en lo sucedido este día está basado en vídeo de Paul Mc Cartney que prologaba este post.
La tregua, a pesar de las tajantes órdenes en contra de los altos mandos, se prolongó hasta la mañana del día 26, en que comenzó de nuevo el fuego cruzado entre las dos líneas del frente. Y no hago más que preguntarme qué sentirían en uno y otro bando cuando de nuevo tuvieron que empuñar sus armas, esta vez no contra algo casi abstracto como fuerzas enemigas sin rostros ni cuerpos bajo el casco y el uniforme, sino contra seres de carne y hueso cuyas facciones sí conocían ahora, con los que habían estado hablando, bebiendo, bromeando, jugando al fútbol…
Ypres resultó destruida casi en su totalidad al finalizar el conflicto, la Gran Guerra se saldó con más de 31 millones de muertos, heridos y desaparecidos… Pero hubo un momento en que el horror se detuvo, y precisamente fueron los malos de siempre de la película quienes tuvieron la iniciativa. Hubo un momento en que unos hombres no quisieron matar a otros a pesar de las órdenes que tenían, en que fueron capaces de perdonar las bajas que se habían infligido mutuamente y relegar el rencor que hace concebir hacia el enemigo ver caer a un compañero muerto a tus pies, capaces de compartir los pocos lujos que tenían, de olvidar lo que les enfrentaba y recordar que todos somos, al fin y al cabo, seres humanos. No había paquetes de regalos envueltos con papel de brillantes colores colocados al pie de un belén o de un árbol de navidad profusamente decorado, ni mesas y manteles, ni villancicos, ni luces en ninguna calle. Pero esa noche, entre ruinas, fango, alambradas y armas momentáneamente abandonadas y silenciadas, era más navidad que en multitud de hogares de todo el mundo. Si hubo un lugar en el mundo aquel 24 de diciembre de 1914 en que de nuevo nació el Niño Jesús, fue en Ybres.
Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.
Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.