Categoría: Cajón de sastre
12 Diciembre 2008

Un par de meses después, viendo que ni me mataba ni nada por el camino, empecé a tomarle confianza al coche y a dejar de desear encontrarme el hueco en su lugar cuando bajase al otro día a buscarlo. Tanto es así que cuando años después me lo robaron me enfadé una barbaridad, y al recuperarlo (una de las cosas más necesarias en esta vida es tener un amigo en la policía municipal) casi lo beso en los morritos. Al coche, no al municipal.
Ese nivel de confianza se fue incrementando hasta el punto de que llegó un momento en que conseguí ponerme a 90 por hora en la autovía, con cara de velocidad y ya en cuarta casi todo el tiempo, porque mi Rafi nunca me enseñó a meter quinta. Yo sabía cómo se ponía, de verlo hacer cuando viajaba de copiloto, pero durante 4 años ni lo intenté. Mi Ford y yo habíamos llegado a una entente cordial: él no trataba de dominarme a mí y yo no trataba de dominarlo a él, y meter quinta me parecía darle ventaja, dejarle ir a una velocidad que me parecía ingobernable. Hasta que una mañana me llamaron al instituto para decirme que mi hijo había tenido un pequeño percance, nada grave, pero le habían dado unos puntos en un pie. Y cuando llegó la hora de salida, me encomendé a todos los santos del calendario y metí quinta para llegar cuanto antes. Llegué, llegué, y de una pieza, así que al otro día, ya que había conseguido confraternizar con esa marcha, volví a usarla. Y entablamos tal amistad que terminé por dejar pegado el piececito al pedal y ponerme a 160 por hora en cuanto entraba en la autovía. Antes de que entrara en vigencia el carnet por puntos, claro, cualquiera se atreve a eso ahora…
Para decir la verdad, terminé por tomarle gusto a conducir por autovía y autopista, acabó siendo un verdadero placer para mí devorar kilómetros por ellas, con la música a un nivel de decibelios algo superior al que acostumbro, y a eso contribuyó el cambio de coche. No sé si el Ford salió malillo o es que yo contribuí a acelerar su muerte a fuerza de estresarlo, pero el caso es que a los pocos años hube de cambiar de vehículo, y me decidí por un Suzuki Ignis, un todoterrenito monísimo y de asiento alto, que era lo que quería. Es que lo que tiene ser bajita, que el Ford o cualquiera de asiento bajo, visto de lejos cuando lo conduces, parece el coche fantasma. Sentarse en ese asiento era hacerlo en un trono, desde sus alturas tenía un dominio perfecto de la calzada, y eso contribuyó a darme seguridad.
Disfrutaba en carretera, pero me angustiaba el tráfico en ciudad. Llegué a conducir bien, muy bien, pero me temo que nunca aprendí a circular, que es una cosa bien distinta, y creo que en parte se debe a una experiencia vivida a los muy poquitos meses de estrenar el carnet que me dejó medio traumatizada. Una prima mía, que a sus múltiples cualidades une la de ser tenaz en grado sumo y desplegar sus artes seductorias, que son muchas, con el ingenio suficiente para convencerte hasta de que los burros vuelan, me pidió un día que la llevase al centro de Sevilla. “Yo te guío. Si es facilísimo.. Y además, en verano está todo desierto, solo encontraremos cuatro coches para hacer bulto, mujer, ya verás, y necesitas soltarte un poco”. Yo solo pensaba en el dédalo de calles estrechitas, por las que solo cabe un automóvil y si encoge barriga, por las que la irresponsable de mi prima me quería meter, y me entraban los sudores de la muerte. Pero como la palabra “No” no figura en mi diccionario, accedí, vestidita de miedo. Ella me guiaba… “Ahora a la derecha”. “Cuando pasemos ese cruce gira a la izquierda”. Y de vez en cuando, por el rabillo del ojo, yo veía que se persignaba. Una vez, y otra, y otra… Eso me descomponía. “Dios mío, ¿qué habré hecho, en qué habré metido la pata para que esta criatura no pueda evitar persignarse de esta manera tan ostensible?¿Me habré saltado un semáforo en rojo, un stop..? ¿Qué...?” El tiempo que estuvimos circulando por las calles del casco histórico, en las que a media mañana se movían por supuesto muchos más de los cuatro coches que aseguraba mi prima, se me hicieron interminables, la tensión agotadora, y cuando al fin la dejé en su casa no pude aguantar más y le pregunté. “Pacita, ya sé que soy un desastre de conductora, pero ¿tan mal lo he hecho que tenías que persignarte una y otra vez?” Ella me miró sorprendida. “No, mujer, lo has hecho muy bien, ni nos hemos chocado, ni nos han pitado... Es que yo cuando paso ante alguna iglesia siempre me persigno”. ¡Y como no hay iglesias en el centro de Sevilla…!
Esa fue la última vez que me aventuré por las calles de mi ciudad. Yo me había propuesto obtener el permiso de conducir para poder ir tranquila a mi centro de trabajo, sin tener que pedir favores a compañeros para que me llevaran o trajeran, y lo conseguí. El tráfico por ciudad es estresante… atascos, niños con pelotita, señoras con carritos de bebé que cruzan calzadas como auténticas suicidas, conductores que no respetan las normas, motoristas que creen que pueden pasar por el ojo de una aguja e incluso adelantan por el carril contrario en cuanto ven una mínima oportunidad… Habiendo transporte público, ¿qué necesidad tengo de pasar un mal rato? Eso fue lo que pensé, y hasta hoy. Mi coche solo sabe ir de casa a mi instituto, y vuelta, ya está. Bueno, y a Cádiz… Trayectos de los que ambos hemos llegado a disfrutar de verdad estos últimos años; para todo lo demás hay autobuses, taxis, y nunca falta un alma caritativa que te lleve alguna que otra vez a donde necesitas ir.
No puedo terminar sin decir en mi descargo que mi falta de habilidad al volante siempre la suplí con dosis extra de prudencia, y que jamás he tenido en estos 15 años un accidente, ni un simple roce. Por lo menos, quedar bien en algo, ¿no...?
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servido por rincones
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10 Diciembre 2008

Una vez con mi flamante papeleta de aprobado en la mano, el siguiente paso era comprar un coche. ¿Cuál, qué marca y modelo? Por supuesto, uno idéntico al que había tenido en la autoescuela para hacer las prácticas: un Ford Fiesta de color burdeos. Se puede pensar que es una tontería, pero eso me daba seguridad, y me parecería que no había salido del tutelaje de Rafi, mi profe. Ya no la tendría a ella al lado, ni de música de fondo las anécdotas de sus hijos, pero nada es perfecto.
La madre de todos los traumas que vinieron después fue que el dichoso coche parecía que venía de América directamente, y a nado, porque tardó mes y medio en llegarme, mes y medio durante los que no conduje ni una sola vez. El día que por fin pude cogerlo decidí ir por la tarde hasta mi instituto, situado en una población a 15 kms de Sevilla, “aprenderme” el camino para hacerlo yo ya sola de ahí en adelante. Pero cometí el peor error en que una conductora bisoña puede incurrir: pedirle a mi marido que me acompañara. Se les olvida enseguida que ellos no nacieron con el carnet de conducir en la boca.
Tras poner mi L bien visible para que todo el mundo supiera que iba novata a bordo y tuvieran cuidado consigo mismos y piedad de mí, me senté en el asiento del conductor, metí la llave de contacto y… de repente no sabía qué venía detrás de eso. Es que ni meter primera, vamos… Ni qué pedal había que pisar primero… Nada, en blanco, como si no hubiese dado una clase en mi vida. Y el marido al lado… Tú estás nerviosa, pero ellos terminan por ponerse mucho peor. Primero es la ironía. “¿Y así piensas tú llegar a tu instituto? ¿Empiezo a empujar ya?” Supongo que el orgullo y la dignidad me hicieron recordar cómo se conducía aquello, y al fin pude arrancar y ponerlo en movimiento. La sorna y la guasita poco a poco fueron dando paso a la risilla nerviosa… “Pero hija, no hace falta que vayas todo el tiempo en segunda, llevamos una cola detrás que parecemos un cortejo fúnebre”. “Me da igual, llevo una L y la cara cadavérica, me lo noto. Todo el mundo comprenderá”.
La risita nerviosa comenzó a dejar lugar a una cierta histeria, traducida en un notable aumento de decibelios en su voz. “¡Por Dios, frena, frena, que nos tragamos al Nissan que está parado en ese semáforo..!” “¿Semáforo? ¿Dónde hay un semáforo? Hazme el favor de no ponerme nerviosa.” “Delante de ti, un semáforo en rojo sangre, como la que va a correr si te pegas tanto al de delante a la hora de frenar. ¡¿Pero a ti no te han enseñado a guardar la distancia de seguridad?! ¡Casi te empotras en el Nissan!”. “Como sigas gritando me bajo aquí en medio, te lo advierto.” “¡Pero si yo no grito, la que estás histérica eres tú!” “¿Y quién ha nombrado la palabra “histérica”, eh? Eso es lo que tienes en tu subconsciente, se te ha escapado”.
El tono de voz se elevaba a la vez que pisaba un imaginario pedal de freno, no sé para qué, porque como no sacara los pies por debajo del suelo del coche para pararlo, como los Picapiedra… “¡¿Pero es que no estás viendo el chorro de autos que viene por ahí y la señal de Ceda el paso que tienes?! ¡Para, paraaaaa…!” “Ah, ¿pero esa señal era para mí?” “¡Desde luego eres un peligro público, tendrías que poner algo más que esa L en el coche! ¡Una calavera con dos tibias cruzadas!¡No puedo entender que aprobases, no lo puedo entender!” “Si sigues gritando me paro aquí mismo y me bajo, y sigues tú, tío listo”. “No estoy gritando, y no puedes parar en mitad de una autovía, está archiprohibido, ¿o no te estudiaste ese tema?” “¿Quieres ver lo que hago yo con esa prohibición, si paro el coche y me bajo o no me bajo?”
Conociéndome, prefirió no ponerme a prueba. Llegué al instituto, no sé cómo pero llegué, por supuesto en tercera casi todo el tiempo, los 15 kms de autovía, y en algún momento echando más valor que un torero y subiendo a cuarta. Una vez allí me di la vuelta y emprendimos el viaje de regreso, ya sabiendo a cada qué tramo exacto del camino tenía que cambiar de marchas y cuál tenía que poner en cada trecho. "Aquí reduce a segunda. En cuanto pases de 40 por hora pon tercera. Ahora ya puedes pisar el pedal y poner cuarta. Esta curva tómala despacito, a segunda como mucho". Porque eso fue lo primero de lo que quise enterarme, y me lo aprendí como el Padrenuestro. “Sí, soy cuadriculada, ¿y qué…?”
A la vuelta no sé qué hice, los letreros indicadores siempre están fatalmente puestos, ex profeso para equivocar a todo el mundo, estoy segura. La cuestión es que nos perdimos, fuimos a parar a un pueblo a 22 kms de allí, y por supuesto por su culpa; es que no se puede llevar un marido al lado, termina por ponerte de los nervios con tanto grito, tanto aspaviento, tanto aferrarse al asa superior del lateral de la puerta con los nudillos en blanco, y tanto pisar pedales de freno imaginarios.
Los siguientes dos o tres meses fueron espantosos. Cada día me levantaba con la misma sensación del soldado que va a la guerra, pero la misma, vamos… Camino de una muerte segura con alguna posibilidad de sobrevivir, y palabrita del Niño Jesús que no exagero lo más mínimo, a pesar de la mala fama que tenemos los andaluces de exagerados. E inmerecida, por supuesto. Cuando salía de casa me dirigía hacia donde hubiese quedado aparcado el coche el día anterior, rezando… “Dios mío, por favor, que me lo hayan robado, que me lo hayan robado…” Y el disgusto era horroroso cuando me lo encontraba allí, donde lo había dejado mismamente. Estaba asegurado a todo riesgo, incluido robo, claro, y mi anhelo más íntimo era que hubiese desaparecido, que el seguro me reintegrase el importe del coche y no volver a tocar más un pedal ni una caja de cambios en lo que me restaba de vida. Pero no estaban los hados de mi parte… Me armaba de resignación, me metía en el habitáculo y partía hacia la guerra. A la vorágine de tráfico mañanero por una autovía por la que todo el mundo circulaba como locos ; llegaba al frente milagrosamente viva, daba mis clases y cuando era la hora de irse me quedaba de charla con el bedel hasta que cerraba la puerta y me echaba. Entonces no me quedaba más remedio que subirme de nuevo en mi potro de tortura, y de nuevo a la autovía… Llegaba a casa sobre las 3.30 con la mismísima sensación de agotamiento, alivio e incredulidad del soldado que llega por fin a su trinchera. Y ahora había que aparcar… Si podía hacerlo en batería, bueno; después de mil maniobras a menos que la calle estuviera sola para mí, lo conseguía. Pero si tenía que ser en cordón ni lo intentaba, ¿para qué? ¿Para que, después de hacer millones de esfuerzos se me quedara el coche como jorobado en mitad de la calzada? Además, juraría que a la hora a la que solía llegar los cristales de las ventanas de la Consejería que hay enfrente de casa se llenaban de caritas. Parecían dispositivas... El espectáculo intentando aparcar lo di los primeros días, después se acabó. Menos distracción y más trabajar... Así que dejaba el coche en doble fila o como fuese, salía de él y me quedaba mirando a todo el que pasaba por allí. Al primero que veía con buenas pintas y cara de buena persona lo paraba, y le pedía por favor si me podía aparcar el Fiesta. Siempre había algún alma caritativa que se apiadaba. El único motivo por el que no paraba a alguien con pintas astrosas era porque temía que de camino quisiese hacer la faena completa, con orejas y vuelta al ruedo, y además del coche se llevase mi bolso, que si no… ¡¡uffff!!!
Subía a casa y hasta las 5 y pico no me entraba ni tanto así de comida, solo agua. Agua y más agua, bebía como un pato para intentar despegar la lengua del paladar…
servido por rincones
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9 Diciembre 2008

Hace un rato revisaba la correspondencia que me traía el cartero. Estadillos del banco que reflejan los crueles mordiscos que las facturas le llevan dados ya a mi nómina apenas comenzado el mes, propaganda… Y pare usted de contar. Este invento del correo electrónico ha terminado con ese algo de ilusionante y esa espera tontamente esperanzada que tenía la visita del cartero.
Pero hoy había algo más en mi buzón: una carta del Centro de Reconocimiento Psicofísico de Conductores y Armas al que acudía habitualmente cada vez que me tocaba renovar el carnet de conducir. Y acabo de recordar que en breve hará 15 años que obtuve ese permiso. 15 años ya…
Como tantas otras en mi vida, fue una decisión tardía; me puse a ello con treinta y muchos años, más obligada por las circunstancias –el traslado a un instituto de una población cercana- que por propia voluntad. Si he de ser sincera, siempre me atrajo la idea de conducir, hasta el punto de que en numerosas ocasiones, muchísimas, soñaba que lo hacía. Que lo hacía mal, porque una es muy honrada consigo misma, pero que lo hacía. Por uno u otro motivo siempre posponía aquello de matricularme en una autoescuela, hasta que abrieron una al lado de casa y ya no me pude inventar más excusas. El profesor de teoría era un chico de veintitantos años que, para lo que le pagaban, no estaba dispuesto a dejarse la piel en el trabajo; nos daba unos libros de tests y bromeaba con unos y con otras, sobre todo con otras, mientras los rellenábamos, eso era todo. Nunca supe lo que era una clase teórica. La profesora de prácticas era una señora de cincuenta y tantos, encantadora, una auténtica matrona por dentro y por fuera que me amenizaba las clases de conducción con mil y una anécdotas de sus cuatro hijos, y que de vez en cuando, entre anécdota y anécdota, encontraba algún minuto para explicarme en plan rapidito cómo se cambiaba de marcha y para qué servía cada uno de los pedales, que a mí me traían por la calle de la amargura porque solo podía pensar que o me sobraban pedales o me faltaban pies.
Así que, visto lo visto, me compré un solucionario de tests y me dediqué a hacerlos en casa, donde al menos a ratos me podía concentrar en lo que estaba haciendo sin el hilo musical de fondo de risas y bromas, y, sobre todo, sin dejarme tentar por ellas, porque he de reconocer que para eso enseguida me convierto en mujer fácil, pierdo del todo la seriedad y el comedimiento. Y me dediqué a reforzar las clases de conducción practicando en casa con tres latas de conserva puestas en el suelo a modo de pedales, y una cuchara de madera de esas de cocina en sustitución de la palanca de cambio.
Total, que aprendí a conducir “de oídas”… Consciente de ello, me presenté al examen teórico con más miedo que vergüenza. A mí aquello de los gálibos, las intersecciones sin señalizar o señalizadas con sus correspondientes preferencias de paso, incluidas las de las ovejitas y otros animales que cruzan la calzada en el momento más inoportuno, que es cuando una está circulando por ella, las tropecientas señales de tráfico que no había visto en mi vida en vivo y en directo, las preguntas-trampa que, dado mi natural despistado eran más trampa aún… pues eso, que me traían por la calle de la amargura. Las noches previas a ese examen casi no podía conciliar el sueño, y recuerdo que me temblaban las manos y las piernas cuando me senté en el pupitre a rellenar el cuestionario. Las muchas horas de estudio concienzudo me permitieron, a pesar de todo, aprobarlo a la primera.
Pero el práctico ya dependía de mi habilidad, y entre que de eso ando más bien escasa, la preparación que tuve y los nervios que se apoderaban de mí en cuanto me subía en el coche, aprobar me costó…¡cinco convocatorias! Esto lo cuento porque ninguno de mis conocidos lee este blog, que si no, de qué… Todo era sentarme en el asiento del conductor, oír la voz del examinador y nublárseme el entendimiento. En uno de los exámenes, circulando por una calle cercana a casa y que conozco divinamente, me dijo “"En cuanto pueda, a la izquierda". Miré hacia ese lado, y como vi que podía porque nadie circulaba por el carril de al lado, obedientemente me cambié a él de inmediato sin esperar al llegar al semáforo que permitía hacer aquel giro. "¡¡Señora, por Dios, que nos nos vamos a matar, que nos vamos a matar...!!", gritaba el examinador, angustiado y yo diría que incluso indignado. En ese momento me percaté de que no se trataba de una calle con doble carril en cada sentido, como tantas otras de las que rodean aquella, sino que había invadido el de sentido contrario.
Bien pensado la verdad es que tampoco era para ponerse así, no venía nadie por mi izquierda. Es que a la gente también le gusta exagerar la nota… La cuestión es que me suspendió, claro; era una tontería, cosa de los lógicos nervios en un examen de conducir, pero se ve que se trataba de uno de esos examinadores duros, o que ese día estaba de mal humor. Al menos esa vez supe por qué me suspendían, porque el resto de las veces me decían de repente, al poco de comenzar el itinerario: “Aparque”, y ni idea del motivo. Sobre todo cuando me hacían meterme en una rotonda, mi talón de Aquiles; en cuanto me topaba con una que había de circundar no fallaba: “Aparque”. Y yo aparcaba, claro, sin saber dónde podría haberme equivocado y pensando en la guasita que me esperaba en casa cuando dijera que me habían vuelto a suspender.
El aprobado se lo debo a dos ansiolíticos que una amiga me dio y tres tilas bien cargadas que me tomé, una detrás de otra, un ratito antes del examen. Me lo pensé bien. "De esta, o me duermo en el coche o me calmo y apruebo". Mira, y aprobé… Aquello me sedó los nervios, y, si he de decir la verdad, los nervios y a toda Ren, porque estuve todo el itinerario que me marcaron como flotona, más bien levitando en el interior el coche. Oía la voz del examinador como entre brumas, y prefiero no decir cómo veía las calles… Nunca había tomado pastillas de esa clase, y aunque el nerviosismo que tenían que combatir habían contrarrestado en buena medida su efecto sedante durante la mañana, por la tarde estuve durmiendo ni recuerdo ya cuántas horas.
El estrés de tener que examinarte una y otra vez del práctico es tremendo, y, pobre de mí, aquel día pensaba que al fin se habían terminado mis padecimientos. Pero no habían hecho más que empezar…
servido por rincones
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9 Noviembre 2008
Para esas horas perdidas y tontorronas de un domingo por la tarde o para un lunes siempre vienen bien unas sonrisas, esta vez a cargo de Andreu Buenafuente.
El verano pasado mi hijo Alejandro cumplió 4 años, y cuando sopló las velas mi mujer y yo le dijimos:
- Cariño, pide un deseo. A ver, ¿qué has pedido?
Y el niño nos mira así, todo ilusionado, y nos dice:
-Una Playstation o un hermanito.
Mi mujer y yo nos miramos, y dijimos:
- Pufff... La Playstation son ochenta mil...
Así que fuimos a por la parejita. Si lo llego a saber, va ella sola. Hay que ver lo rápido que se queda embarazada una novia, y lo que cuesta dejar embarazada a tu mujer.
¡Es verdad! Tú llevas un mes saliendo con una chica, estás parado, le caes mal a sus padres, no te quitas el preservativo ni para ducharte. ¡Y la dejas embarazada a la primera!
Ahora, como vayáis a por el niño es mas fácil sacarla de España de tanto empujar, que dejarla embarazada.. Eso sí, os ponéis los dos muy melosos: velitas, incienso, música de saxofón... Porque piensas: "Vamos a hacerlo con mucho cariño para que sea fruto del amor."
Después de seis meses sin que se quede embarazada dices: "A ver si va a ser mejor que sea fruto de un polvo..."
Sí, porque pasa como con el fútbol. Jugar bonito le gusta a todo el mundo, pero lo que cuenta es meter gol.
Así que vais a consultar al ginecólogo y el tío te dice:
- Esto es normal. Tenéis que insistir más.
Total, que te receta los polvos como si fueran Frenadol:
- Tres al día cada 6 horas.
Cuando llevas dos meses a este ritmo, te quieres morir.
Lo peor es la semana de ovulación. Porque, por lo visto en esos días sube la temperatura y eso aumenta la fertilidad. Así que mi mujer está todo el día con el termómetro. Y claro, de repente, estás en medio de una reunión y suena el teléfono:
- Cariño, me ha subido. Vente corriendo. Tiene que ser ahora mismo.
Y a ver como se lo explicas a tu jefe:
- Mire, me tengo que ir, es que a mi mujer le ha subido la temperatura.
- ¿Y no puede atenderla un médico?
- Hombre, es que preferiría que el niño fuera mío.
Y llegas a casa y te la encuentras ya desnuda y preparada, y dices:
- Jo, yo así no puedo. Esto es como comer pipas peladas.
Y es que ella no piensa en otra cosa. ¡Jolín, que parece un tío! Y yo me siento como una máquina. Vamos, que cuando terminamos me dan ganas de decirle:
- ¡Su espermatozoide, gracias!
Al final, cuando vimos que no había forma, volvimos al médico, y va y me dice:
- Bueno, pues, lo mejor va a ser que se haga un análisis de semen, porque puede que tenga usted pocos espermatozoides.
Y tú piensas: "¡Coñes! Seis meses, a seis polvos diarios.. ¡Lo que me extraña es que me quede alguno!"
Y el médico:
-Aunque también podría tratarse de astenospermia. Lo que se conoce como "espermatozoides vagos". Usted no se preocupe, que si es eso, podemos extraerlos e implantarlos en el óvulo.
¡Sí, hombre! Una cosa es que sean vagos y otra ponerles taxi para recorrer doce centímetros!
Y el médico:
-Es que esto es muy difícil. Tenga en cuenta que de millones de espermatozoides sólo puede ganar uno.
-¡Mira, como en Gran Hermano!
El caso es que tienes que hacerte el análisis. Te meten en una habitación con un vasito y un montón de revistas porno. Y tú te sientas allí, a ver si se anima. Pero estás mirando un montón de fotos de tías en pelotas y lo único que piensas es: "¡Uy!, fíjate ésta... Con las caderas tan estrechas va a tener problemas en el parto, ¿eh?... ¡Uy!, esta otra... Con toda la silicona que se ha metido ¡a ver como amamanta al niño!"
Y encima, mi mujer desde fuera:
- ¡Cariño! ¿Has terminado ya? ¡En casa no aguantas tanto!
Total, que al final, con mucha buena voluntad consigues llenar el vasito. Pero luego te pasas toda la semana fastidiado mientras esperas los resultados. Lo peor de todo es que empiezas a dudar de que el niño que ya tienes sea tuyo. Miras al niño y piensas:
"Sí, de acuerdo, Alejandrito es clavado a mí, pero yo tengo una cara muy corriente".
Y te acuerdas de esa insistencia de tu mujer en ponerle Alejandro.
- ¿Qué pasa, que Santi no es bonito?
Y ya el colmo es cuando llega tu suegra y le dice:
-¡Ay, que niño tan listo! ¿A quién habrá salido?
Que ahí ya dices:
- ¡Coñes, es verdad! ¡A ver si tampoco va a ser de mi mujer!
Pero de pronto reaccionas:
- ¡Joder, me estoy emparanoiando! ¡Alejandro es mío!
Hay que tener en cuenta que, en aquel tiempo, dejarla embarazada era más fácil: yo estaba en paro, mis suegros me odiaban, me ponía preservativo. ¡Coñes, lo teníamos todo a favor!
Al final nos dieron los resultados y por lo visto, no me pasa nada. Lo que tengo es estrés. Así que le he comprado al niño la Playstation; a ver si jugando me relajo un poco.
servido por rincones
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4 Julio 2008

Viernes, fin de semana, y qué mejor que iniciarlo con una sonrisa añadida a la que ya provoca el hecho de disponer de un par de días por delante para el ocio, para dedicarnos a nosotros mismos y a actividades relajantes y placenteras.
Estas frases alusivas al sexo no tienen desperdicio; casi todas, vestidas de cinismo, encierran más de una verdad. Espero que os despierten esa sonrisa.
1.- El sexo es una de las 3 cosas más importantes que existen en la vida, aunque ahora no recuerdo cuáles son las otras dos. Helen Gurley Brown
2.- Para mí, perder la virginidad fue una estrategia empresarial. Madonna
3.- Las mujeres necesitan una razón para tener sexo. Los hombres sólo necesitan un lugar. Billy Cristal
4.- De acuerdo con los nuevos tiempos, las mujeres dicen sentirse más cómodas cuando se desnudan delante de los hombres que cuando se quitan la ropa ante otras mujeres. Probablemente porque las mujeres lo juzgan todo demasiado, mientras que los hombres, faltaría más, sólo se muestran agradecidos. Robert de Niro
5.- El sexo es una de las 9 razones por las que vale la pena reencarnarse. Las otras 8 son irrelevantes. Henry Miller
6.- Ah, la castidad... La menos natural de todas las perversiones sexuales. Aldous Huxley
7.- Creo que la música pop ha hecho más por el sexo oral que ninguna otra cosa y viceversa. Frank Zappa
8.- En América el sexo es una obsesión. En otras partes del mundo es un acto. Marlene Dietrich
9.- El sexo sólo es sucio si se hace bien. Alvy Singer (Woody Allen) en "Annie Hall"
10.- Haz que el clítoris sea tu mejor amigo. Luisa (Maribel Verdú) en "Y tu mamá también"
11.- La diferencia entre el sexo y el amor es que el sexo alivia las tensiones y el amor las causa. Woody Allen
12.- Yo quería ser un maníaco sexual, pero me suspendieron en las prácticas. Robert Mitchum
13.- No hay nada en el mundo comparable con la devoción de una mujer casada. Es algo de lo que ningún hombre casado tiene la menor idea. Oscar Wilde
14.- El sexo es la broma que les gasta Dios a los seres humanos. Bette Davis
15.- Hace tanto tiempo que no practico el sexo que ya no me acuerdo de quién ata a quién. Joan Rivers
16.- Me gustaría conocer a la persona que inventó el sexo y ver en qué está trabajando ahora. Groucho Marx
17.- El sexo es malo, te arruga la ropa. Jackie Onassis
18.- En la actuación, es saber reír y llorar. Si quiero llorar pienso en mi vida sexual. Si quiero reír también. Glenda Jackson
19.- Creo que el sexo es el más maravilloso, natural, saludable objeto que el dinero puede comprar. Tom Clancy
20.- "Tener sexo es como jugar al bridge. Si no tienes una buena pareja, es mejor que tengas una buena mano" Woddy Allen
21.- El mundo está lleno de esos seres incompletos que andan en dos pies y degradan el unico misterio que les queda: El sexo. David H. Lawrence
22.- "¿Conoces esa mirada que tienen las mujeres cuando quieren sexo contigo? Yo tampoco." Steve Martin
23.- "Masturbarse es hacerle el amor a la persona que uno más quiere."
Woody Allen
24.- Hay un gran número de dispositivos mecánicos pensados para aumentar la libido, particularmente entre las mujeres. El más efectivo es el Mercedes-Benz 380SL. Lynn Lavner
25.- El sexo sin amor es sin duda una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es de las mejores." Drew Carey
servido por rincones
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18 Junio 2007

"La Marina de zu mamá" tiene tres años y medio, mucho carácter, y su particular visión del mundo y... del lenguaje. Cuando llega del cole viene inmediatamente a darme las novedades del día, y según la actitud que muestra al acercarse a mí para darme el besito de rigor ya sé cómo le ha ido. Hoy no ha sido de esos en que entra gritando desde la puerta "¡¡¡Mamáááááá...!!", alargando mucho la "a" final en tono cantarino. Hoy es de los otros, de esos en que trae arrastrando la mochila, aparentemente tristona, cabizbaja y reflexiva, pero solo aparentemente, mirándome por el rabillo del ojo a ver qué humor tengo hoy y cómo voy a reaccionar cuando me cuente sus "hazañas".
-¿Qué ha pasado hoy en el cole?-le pregunto muy seria. Como ya nos conocemos, intenta ablandarme... Fuerza un poco la sonrisa e, intentando desviar el tema, me dice atropelladamente:
- La zeño ha llevado a Marina a un pursión a la ranja. Y es muy bonita. Había mangaritas, y piripozas, y cochinitas, y pedros y también cogenitos. Mamá, Marina quiere un cogenito...
- Es verdad, la excursión a la granja... No, hija, los conejitos hacen caca y pipí, y no se pueden tener en casa. Así que has visto margaritas, mariposas, cochinitas, perros...
- Sí, ¡¡y un titerato!! En el cielo.
- ¡Un helicóptero! Qué bien... Entonces, ¿te ha gustado la granja?
- Zí, me usta mucho, me usta. Y Ojamé y Pablo me empujaron, y me he dao un podrazo en el suelo.
- ¿Quééé..? ¿Que Mohamed y Pablo te han empujado? Pero qué bestias son esos niños... ¿Te ha dolido mucho ese porrazo, hija, te has hecho daño?- pregunto solícita, revisando centímetro a centímetro el cuerpo de mi hija y momentáneamente desviada de mi objetivo de averiguar qué nueva maldad ha cometido.
- Zí, mami, me ha duelido la farda, y me he hecho un salchichón.
_ ¿Te duele la espalda? ¿Un chichón? ¿Dónde? ¿Pero cómo ha sido?
- Marina estaba jubando con Ojamé y Pablo, y Ojamé me empujó y me quitó mis galletas de ciriaubrio. Y Marina le pegó, y ze cayó al zuelo y ze hizo jangre. La zeño nos ha castigado y nos ha sentado un rato a pensar que no se pega, y no nos ha dejado jubar.
_ ¿Y por qué tienes que jugar con los más brutos de tu clase, hija mía? ¿No puedes jugar con Clara, o con María..? O con niños más tranquilitos.. Seguro que María no te quita tus galletas de dinosaurio.
No sé por qué le pregunto eso a mi hija; en realidad reconozco que son más bien preguntas retóricas, porque ella es incapaz de jugar a algo tranquilo. Es más, me atrevería a asegurar que es ella quien "revuelve" a Mohamed y a Pablo, aunque la verdad es que esos angelitos tampoco necesitan que los empujen para hacer travesuras.
- Pero bueno, entonces, ¿has tomado el desayuno del recreo?
- Zí, mami, he churrunao el batido y las galletas de ciriaubrio. No me las han quitado- apostilla con gesto triunfal- Y Ojamé le dio a Marina un poco de zu zanbui de pan con manquitilla y mortadela de ciritunas.
- O sea, que no solo no te dejas quitar las galletas sino que encima le "sangras" a tu amigo su sandwich de pan con mantequilla y mortadela de aceitunas... Desde luego, hija, algún día llegarás a algo...- suspiro. Y en ese momento recuerdo que ha entrado en casa arrastrando la mochila,y que eso siempre es mala señal.
- Bueno, joven, ¿y qué pasó cuando llegasteis al cole?
La Marina de zu mamá vuelve a poner carita triste y arrepentida, aunque sé perfectamente que es pura fachada.
_ Me han llevado al pacho de Pepe. Y man puesto un punto drojo- confiesa con vocecita inusualmente baja y mirando al suelo. Pero rápidamente levanta la cabecita, esboza una sonrisa y dirige esos ojitos suyos tan penetrantes hacia mí, añadiendo triunfal por si es posible quitar hierro al asunto- Pero man ponido un punto vedre en el comedor, porque he zido buena.
- Así que al despacho del director, ¿eh? Y un punto rojo...¿Por qué?
- Man ponido un punto vedre en el comedor, porque he zido buena - insiste, por si acaso...
- Pero yo quiero saber por qué has ido al despacho del director.
Viendo que su madre no afloja la presa, suspira fuerte y termina confesando.
- Porque Ojamé, Pablo y Marina ze pegaron en la ranja, y porque en clase han rompido una percha. Pero la zeño del comedor ma ponido un punto vedre, porque he zido buena. ¿Te canto la Reina Berenjena?
Tengo que hacer un esfuerzo por contener la risa.. La Reina Berenguela es la canción que más me gusta oírle, por lo mucho que desafina y lo más aún que me río con esa forma suya de desbaratar el idioma, y ella lo sabe. Confía en capear el temporal con la cancioncita de marras y sacando a relucir por enésima vez el famoso punto verde que ha conseguido en el comedor por ser buena, por si con ello me hace olvidar el rojo que le han dado por ser mala y la vergonzosa visita al despacho de Pepe, el director.
_ No, no quiero reinas Berenjenas. Ya sabes lo que hay, ¿no? Castigada...
_ ¿Y entonces no hay pícula de la Zirenita, pachú ni camelitos?- pregunta retóricamente, con la carita compungida.
- No, no hay película de la Sirenita, ni chupa-chups ni caramelitos. Lo sabes perfectamente.
- ¿Ni traje de kitana? Pónemelo para estar guapa...
_ La Feria ya ha pasado, te lo he dicho mil veces, el traje de gitana está guardado para el año próximo. Venga, a tu cuarto, castigada a tu silla a pensar que no se pega a los niños y no se estropean las cosas.
- ¿Y Marina puede coger un liblo en su gualto?
- No, no puedes coger un libro en tu cuarto. Lo que tienes que hacer es pensar en lo que te he dicho: está muy feo pegarse con otros niños y romper cosas. No se puede ir de Terminaitor por la vida, así que venga, a tu cuarto a pensar.
La cojo de la mano y como no calla ni debajo de agua busca algo sobre lo que conversar, o más bien preguntar, que es su deporte favorito.
- Mami, ¿qué tiene la Virgen en la cara...?
Suspiro hondamente. Esta niña tiene auténtica y casi paranoica fijación con la Semana Santa, una fijación que le suele durar casi todo el año, así que como aún la tiene bastante reciente en la memoria me preparo mentalmente para contestar por enésima vez a las mismas preguntas.
- Lágrimas, Marina, lágrimas...
-¿Y por qué?
- Porque los romanos han sido malos y le han pegado al Señor.
- ¿Y le han hecho pupa en las rodillas, y jangre?
- Sí, Marina, le han hecho mucha pupa, y sangre, sí.
Se queda pensativa y, supongo que, hilvanando un poco lo sucedido hoy en su cole con lo que sabe de la Pasión de Cristo, rápidamente busca un paralelismo.
- ¿Y si los romanos se portan bien la zeño del comedor les va a poner un punto vedre?
- No, hija, quien les puso a los romanos un punto verde fue Poncio Pilatos.
_ ¿Quién, mami?
-Déjalo. Y no te enrolles más. Siéntate un rato en tu silla y a pensar en lo que te he dicho. Y piensa rápido, que después te voy a llevar a la peluquería, necesitas ya que te recorten un poco ese flequillo y esas puntas.
_ ¿Me das un muzito?- me dice, zalamera, explotando ya la última posibilidad de evadir el castigo. La miro intentando no fijar mucho la mirada en ella, porque es experta en descubrir estados de ánimo, y me armo de todo el valor de que soy capaz para negarme.
- No, no hay besito. Estoy muy enfadada contigo por como te has portado.
La dejo sentada en su silla, le retiro los juguetes de su alcance porque ya nos conocemos, en cuanto me vaya empezará a "jubar", como ella dice, y el castigo se habrá quedado en agua de borrajas. Me voy al salón. No han pasado ni 2 minutos cuando, a voz en grito, la oigo:
- Mami, ¿Marina va a la puquería?
- Sí, Marina, vas a ir luego a la peluquería. Deja de hablar y piensa, estás castigada.
Pero mi hija no sabe estar callada mucho tiempo. Si fuese muda, ya habría explotado, como los globos en los cumpleaños. Uno o dos minutos después vuelve a la carga.
- Mami, ¿y después vamos de paseo y me compras un pachú? Marina ya ha penzado que va a zer buena.
- No, piensa un poco más. Además, cuando volvamos de la pelu ya te duchas, cenas y a "momí".
Su vocecita aguda y chillona, casi de pajarito, suena con ese deje de impaciencia que ha adquirido últimamente, cruce entre abuela rezongona y Mary de Mercadona.
- Aishhhhhhhhhhh... Mamá, ze dice "a dormir"- me recrimina, silabeando mucho- No zabes hablar, qué mal hablas...
Encima...
Una vez me propusiste que hiciese un post sobre la particular modalidad de habla andaluza de mi hija, ¿recuerdas, Misipayi? Dedicao.. ;-)
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10 Abril 2007
Las espectaculares fotos que ocupan este post recogen uno de los espectáculos más bellos e impresionantes que ofrece la naturaleza: la aurora boreal. Fueron tomadas por un fotógrafo finlandés especializado en fenómenos celestes, Pekka Parviainen, en las noches del 6 y 7 de abril del año 2000, en que tuvo lugar el mayor espectáculo de aurora boreal que se recuerda en el sur de Finlandia. En Helsinki, que está al sur, cientos de gentes maravilladas sacaron a sus amigos de la cama con la frase: "No preguntes y sal ahora mismo fuera. No vas a creer lo que ven tus ojos".
Estas fotos aparecieron publicadas en una revista de prestigio en estos temas, "Tähdet ja Avaruus", (Estrellas y espacio), que dedicó un suplemento especial de 17 páginas al extraordinario fenómeno titulándolo "El hemisferio norte en llamas". Al menos, la parte de Finlandia estaba así. Pekka Parviainen utilizó 19 carretes y manifestó con posterioridad que nada de lo visto en sus 29 años de trayectoria, observando y esperando, se acercó a las visiones de aquella fría noche a comienzos de primavera.
La explicación del origen de estas auroras es bien sencilla. El sol desprende unas partículas de gran energía llamadas iones. Cuando una nube de estos iones, llamada plasma, interactúa con los bordes del campo magnético de la Tierra, algunas partículas quedan atrapadas en él, dirigiéndose a la ionosfera (parte de la atmósfera terrestre que se extiende hasta unos 60 ó 100 kms desde la superficie del planeta). Las auroras boreales y australes se originan precisamente por el brillo que se desprende del choque de los iones con los gases de la ionosfera, siendo producto de la gran diversidad de estos esos colores rojo, verde, azul y violeta que aparecen en el cielo cuando se produce este espectáculo...
Dede luego, parece mentira que unos cuantos iones y unos cuantos gases puedan crear tanta belleza, ¿verdad..?.
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19 Marzo 2007
Lunes por la mañana. Suena el despertador. No te lo puedes creer... ¡Pero si solo hace un ratito que te acostaste...! Pos va a ser que no, te dices cuando ves que el reloj marca las 6.45; hace ya más de 6 horas que te metiste en la cama. Te levantas sonámbulo (a medias), y deprimido (del todo) pensando en que queda tooooooda la semana por delante. "Los lunes deberían de estar prohibidos por la Convención de Ginebra, y poner el pie en el suelo antes de las 9 de la mañana también. Por Dios, las 6.45... Si ni siquiera estarán las calles puestas..."
Ni la ducha ni el café cumplen la misión de despejar del todo las brumas del sueño que te envuelven tras el fin de semana. Sábado y domingo has aprovechado para hacerle sangre a la cama durmiendo a pierna suelta todo lo que no pudiste de lunes a viernes, y claro, el cuerpo se acostumbra muy pronto a lo bueno. Te vistes, bostezas, sales a la calle, entrecierras los ojos como un vampiro cuando te da la cruda luz de la mañana en ellos, bostezas otra vez, te diriges al aparcamiento donde tienes el coche.Cuando llegas a él haces ademán de sacar la llave del bolsillo mientras bostezas de nuevo... y maldices. Vuelves a casa, coges las llaves (las habías olvidado) y te diriges de nuevo al coche. De repente ves un rayón azul, como una herida sangrando, en el blanco inmaculado de tu puerta, la del conductor. Maldices, y ya no bostezas. Lo habías pintado el mes pasado... Esa salvajada ha tenido que hacerla el del 6º B, que es quien aparca a tu lado. O más bien su mujer, que siempre que sale del Renault Scenic lo hace como un toro de Mihúra por el portil, acelerada, atómica perdida, empujando la puerta a lo bestia... Empezamos bien el lunes.. Bueno, ya hablarás después con ella.
Te subes en el coche y pones rumbo al trabajo. Pensar en la más de media hora de atascos que te espera hasta que llegues casi te deprime de nuevo, y corta de raíz el subidón de adrenalina que te había provocado el dichoso rayoncito azul. Casi sin poder meter 3ª durante buena parte del camino vas pasando revista a las tareas que te ocuparán la mañana. Caramba, hace fresquete.. Pones la calefacción, la radio... El calorcito que empieza a invadir el habitáculo, el runrún de la voz del locutor que desgrana las noticias del día confundido con el de tus pensamientos, la velocidad de tortuga asmática que llevas, contribuyen a relajarte poco a poco, y una leve somnolencia se va apoderando de ti. Bostezas de nuevo. Samáforo en rojo. Paras. Qué novedad.. Casi no has hecho otra cosa en todo el tiempo que parar cada 100 metros... Giras la cabeza hacia la ventanilla, con el pensamiento perdido por Dios sabe qué senderos. Tu mirada pasea distraída por la concurrida calle llena ya a esas horas de personas que caminan con prisa, de niños casi aplastados por mochilas que más parecen cargadas para hacer el Camino de Santiago que para una simple jornada escolar. Y de repente tu vista se detiene en un autobús.
Tus ojos quieren salirse de sus órbitas... Al borde de la taquicardia bajas el cristal de la ventanilla y gritas desaforadamente, con medio cuerpo ya fuera:
- ¡Ese hombre , por Dios, ese hombre...!¡Abran la puerta, hagan algo!

Desde el interior del autobús alguien te mira con una sonrisa sarcástica y cierta conmiseración en los ojos. La ventana del bus está cerrada y no te oye, pero imagina tus palabras a tenor del espanto que reflejan tu rostro y tu mirada, clavada en las puertas del autocar. No das crédito... Ese hombre tiene que haber visto al infeliz que está atrapado en ellas, ¿cómo es posible tanta insensibilidad? De repente la neurona que mantenías de guardia a esas horas de la mañana espabila del todo, y manda a tu cerebro la información correctamente codificada. Se trata de un dibujo... ¡¡Ese hombre que parecía tener la cabeza atrapada por las puertas del autobús y el cuerpo colgando por fuera ¡¡es solo un dibujo!! En esos momentos querrías que te tragara la tierra. Pero no, para tu desesperación es la única calle de la ciudad que no tiene socavones, baches o zanjas de obras. La única, porque el resto está literalmente tomada por brigadas de obreros que, misteriosamente, pasan meses abriendo y cerrando el mismo agujero.
Todo el mundo te mira... Rojo como la grana sueltas una tosecilla de circunstancias. Metes dentro de tu coche el casi medio cuerpo que habías sacado fuera a través de la vantanilla. Subes el cristal hasta arriba del todo, lamentando en esos momentos haber sido tan tacaño cuando rehusaste el extra de lunas tintadas que intentaba colarte el comercial que te lo vendió. Total, tú no eres ministro, ni Julio Iglesias... ¿Para qué querías lunas tintadas? Y te parecen siglos los escasos segundos que tarda en abrirse de nuevo el semáforo y en ponerse otra vez en marcha la serpiente multicolor de coches, que va arrastrándose lentamente por la calzada hasta que por fin pierdes de vista a los testigos de tu humillación. En realidad todo ha durado poco más de medio minuto, pero sientes que hay años enteros que se hacen más cortos que esos 30 segundos. Maldices. Pero desde luego, ya no bostezas. Se te ha cortado el sueño de raíz. ¡Cómo odias los lunes..!
Esta foto me llegó al correo en uno de esos emails que envían los amigos, con otras tantas igualmente curiosas. Solo figuraban en dicho email las fotos, así que no puedo deciros dónde ha sido tomada ni absolutamente nada más. Por si era un montaje he estado ampliando la imagen. Pero excepto en la del ascensor, en que el rostro aparece entero, en el resto se aprecia cómo traspasa el cuerpo del presunto accidentado la hendidura formada por la unión de las puertas, tanto del autobús como las del metro.
De todas formas, sea como sea, la verdad es que me hizo gracia la ocurrencia, empecé a imaginar cómo sería ir por la calle totalmente despistado y encontrarte semejante "estampa" y se me dispararon los dedos sobre el teclado.
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