La Coctelera

rincones

Categoría: Carta abierta... Reflexiones

29 Enero 2011

Ahí tienes la puerta...

Muchas veces, casi con toda seguridad todos los días queremos proteger nuestra existencia de todos los males que ocurren en el mundo. Tras leer esta línea inicial es posible que entiendas que me refiero a TODOS LOS GRANDES MALES QUE ASOLAN AL MUNDO. Pero te pregunto que si con la cantidad de días que nos toca vivir crees que todos sufriremos TODOS ESOS GRANDES MALES te diré que seguramente yerras en tu pensamiento. ¡Por supuesto que existen y jamás debemos obviarlos! Pensar en ello es importante, pero reconóceme que no es tu prioridad inmediata. ¿Entonces de qué te estoy hablando? Pues del día a día. Solemos alimentar nuestro morbo malsano viendo las grandes desgracias ajenas pensando que no nos va tan mal. Envidiamos a los ricos y famosos porque llevan esa vida tan estupenda que deseamos. Aunque, eso sí, si a uno de ellos le sucede una tragedia, la seguiremos con tanta atención como si la viviéramos nosotros dejando de lado nuestras pequeñas mezquindades.

Y ahí quiero llegar, a nuestras pequeñas mezquindades. Cuando nos acontece una desgracia de gran magnitud, nos vemos sacudidos con tal fuerza que todo lo que hacíamos rutinario pierde importancia porque en esos instantes reordenamos nuestras prioridades. Nos marcará tanto que desechamos nuestros valores establecidos, replanteándonos cómo debemos vivir a partir de ahora. En cierto modo, nos supone una catarsis de proporciones gigantescas y consecuencias verdaderamente imprevisibles. Pero esta catarsis suele darse generalmente en esta clase de situaciones. Frente a ello, nos volvemos a levantar y nos preparamos más concienzudamente a la lucha de puertas afuera.

Aunque me haya extendido, quería explicar el hilo central de esta reflexión. Mientras que los grandes males pueden sacar lo mejor de nuestra naturaleza mediante un inusitado coraje, sin embargo, los pequeños males son las goteras de nuestra alma. Podemos combatir en una gran pelea en un día muy señalado. Pero lo realmente difícil es mantener el ánimo día a día para afrontar las pequeñas mezquindades como tener que aguantar a la vecina que se queja de todos y por todo, del cartero que está siempre malhumorado, del taxista que grita a todo el mundo, ya sea porque el de al lado conduce temerariamente o la de delante va demasiado despacio, y por nombrar al compañero de trabajo que todo le parece mal mientras mira cínicamente a todo el mundo, y así podríamos sumar.

El primer día o el primer mes lo llevamos bien, pero por algún factor que desconocemos permitimos que esta actitud se nos contagie. Por si no bastara, hemos de lidiar además con nuestros propios problemas: tratar de cumplir los plazos fijados en el trabajo, los gastos de casa - algunos imprevistos -, llegas a casa y ves a los niños gritando o llorando, el coche que le falla vete tú a saber qué pieza, el malhumor de tu pareja y podríamos seguir enumerando...

Con semejante panorama ya pierdes la ilusión de animar, ayudar, colaborar e incluso escuchar a los demás. Al contrario, exigimos que nos comprendan, nos escuchen, queriendo olvidar que a los demás les pasa exactamente lo mismo que a nosotros. Como el efecto de la bola de nieve, la cosa se agrava, porque comienzan y se prolongan las ofensas, los disgustos y rencores por motivos que, en condiciones de absoluta normalidad y sensatez, pensaríamos que se tratan de verdaderas chorradas porque en general olvidamos el verdadero valor de las cosas, pero nos duelen y actuamos en consecuencia. "Como me miraste mal, ahora te retiro el saludo". "Te estuve esperando toda la mañana, pero no apareciste, así que no cuentes más conmigo." Así que perdemos la perspectiva y acabamos pensando que el 99% del género humano es malo por naturaleza, y ese 1% excepcional lo reservamos para nuestros allegados y mirando también si nos van a hacer daño o no.

Te escribo esta reflexión porque seguramente, tras pintarte semejante cuadro desolador concluirás con que cuanto más conoces a las personas, más quieres a tus animalitos de compañía y que para un mundo así no hacen falta alforjas, que no nos espera ningún viaje, que muy bien que estoy en casita. Aunque no me creas, te afirmo que ahí fuera nos espera un mundo hermoso y hostil, duro pero esperanzador, que te espera a ti, me espera a mí y a todos los demás porque a pesar de nuestras pequeñas mezquindades, generalmente somos buenas personas pero con una mala brújula en lo que a decisiones y reflexiones se trata.

La Naturaleza nos ha hecho básicamente gregarios, pero solemos caer en la contradicción de no querer ver a nadie porque no deseamos soportar escuchar las tonterías al mismo tiempo que echamos de menos hablar con gente para que nos escuchen... nuestras tonterías. Como además, aguantamos, nos reprimimos, ocurre que un día no te apetece verlos mañana ya lo llamarás o te prometes tomar un café. Pero lo pospondremos y acabaremos saliendo de casa únicamente para ir al trabajo como autómatas olvidando llamar a nuestros amigos.

Un buen día te darás cuenta al plantearte qué fue de tu vida, porque realmente los que vivieron sus días, salieron al mundo a tratar de conquistarlo sin preocuparse de si fracasarían. No se preocuparon si el mundo que les esperaba fuera era hostil, feo o desagradable sencillamente porque asumieron, sin saberlo conscientemente, que ese mundo era el que les había tocado con otras personas de todo tipo y con las que había que convivir.

Ignoro si te aíslas en tu hura, la morada del huraño, pero no olvides que te espera un mundo ahí fuera. Así que ahí tienes la puerta.

EUDLF

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23 Marzo 2009

Falacias

Es inevitable. Cada día queremos desconsolarnos con noticias que los medios (¿o son miedos?) de comunicación nos atiborran. Y digo queremos porque no somos capaces de buscar buenas noticias o pensar en cómo mejorar la situación. Previsiblemente caemos en la trampa de pensar que cualquier tiempo pasado era mejor, "¡Qué barbaridad! Estas cosas no pasaban antes. ¿A dónde vamos a parar?"

Permítanme decirles que estas cosas pasaban y peor. Había más guerras, crueldad, odio, fanatismo. Pero queremos creer que no era así. Pero sí, y lo que realmente pasaban, todas esas noticias de guerras espantosas, matanzas inconcebibles y demás abominaciones humanas no nos alcanzaban sencillamente porque las noticias jamás nos llegaban.

No quiero creer que vamos a un camino de destrucción irremediable, porque entonces certificamos la defunción de una de las mejores virtudes del ser humano: la esperanza. Sin ella, ¿qué nos queda?

En los tiempos pretéritos, tuvimos la fortuna de tener a Mozart, un ser que vivió en condiciones miserables, arruinándose una y otra vez, enfermando hasta que falleció a la corta (según nuestras medidas) edad de treinta y cinco años. Su época, como la mayoría que a la humanidad le ha tocado vivir, no ha sido fácil. La vida tenía menos valor que ahora. Los niños morían apenas habían nacido. Con nuestros ojos, con la idea de que el mundo es un auténtico desastre, no habríamos sobrevivido apenas un asalto. Mozart, como cualquier contemporáneo suyo, encontraría nuestra época un tiempo muy cercano al paraíso. Valoraría seguramente los avances tecnológicos y sociales.

Pero yo me pregunto: ¿ahora se palpa un espíritu de lucha, supervivencia y superación como antaño o más bien vemos una suerte de alienación y forma de nihilismo que hagamos lo que hagamos no hay solución?
Veo con mucho temor, la suerte de cinismo que se teje en la moral de nuestra sociedad. Nos podemos imaginar la innumerable cantidad de comentarios del estilo, "¿Para qué traer niños a este mundo si es una m***?". De este tipo de cuestiones hago dos posibles lecturas, aunque invito al lector a que me haga saber alguna conclusión que se me escapa. La primera lectura es que hay tal grado de desesperanza en nuestra moral que de seguir así, nuestra sociedad irá irremediablemente abocada a su desaparición. Y sin embargo, no puedo aceptar que semejante argumento tenga validez, porque en ese caso, ya nos hubiéramos extinguido hace siglos, cuando nuestros antepasados padecieron plagas, guerras y "castigos divinos", con la idea de que ante tal panorama, mejor apagáramos y cerráramos.

Pero si esta primera lectura es bastante desoladora, la segunda ya se me antoja espantosa, porque se trata de tomar el hedonismo como forma de vida válida y aceptada por todos los componentes de esta sociedad. No lo dirán, pero lo pensarán: "No traigo hijos porque quiero disponer de mi tiempo libre totalmente y me niego a atarme de ninguna forma". Y es que muchas veces el gallo ha olvidado de que en su momento fue pollo. Y muchos no han sido ni serán padres - aunque otros sí -, pero todos, absolutamente todos somos hijos, y olvidamos lo que nuestros padres renunciaron por traernos a este mundo. Aunque dejo al lector la siguiente reflexión:

¿Qué valores estamos practicando entre nuestros contemporáneos

y a la vez inculcamos a nuestros hijos?

Por eso, no me creo que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sencillamente, esa falacia no puede darse porque tenemos grabado a fuego nuestro instinto de supervivencia. Se sabe que en tiempos de bonanza, el índice de suicidios de un país industrializado es alto. Ahora bien, si ese país entrara en guerra, civil o con otra nación, ese índice descendería notablemente. Nada como pasar estrecheces para valorar la vida y luchar por ella.

--

EUDLF

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26 Febrero 2009

LA PALABRA Y EL SUEÑO

Perfección fugaz


Elías Nandino
para el poeta Carlos Pellicer

Pinté el tallo,
luego el cáliz,
después la corola
pétalo por pétalo,
y,
al terminar mi rosa,
la induje
a soñar su aroma.
¡Hice la rosa perfecta!
Tan perfecta,
que al día siguiente
cuando fui a mirarla,
ya estaba muerta.

 

Es muy tarde ya, pasan las 2 de la madrugada. Termino de leer el poema  y dejo el libro en  la mesita de noche, sobre la cual solo hay una vieja foto en la que ya casi ni me reconozco  y más libros en torre, que amenaza convertirse en una nueva Babel  solo que esta vez  con éxito.

Los versos del mejicano Nandino siguen impresos en mis pupilas, en mi pensamiento…

al terminar mi rosa,
la induje
a soñar su aroma.
¡Hice la rosa perfecta!

La rosa de papel y tintas consigue soñar su aroma alcanzando así la perfección: convertirse en un ser vivo y mortal. La mortalidad es condición inherente a la vida, consustancial y necesaria.  “Todo en la vida es sueño, decía Calderón… ¿Y si todo en el sueño es vida?

Rebullo inquieta en la cama. “Dios nos está soñando”, aseguraba Unamuno.  En la tela de araña que se va entretejiendo en mi mente aparece un hilo más… Una frase que una vez me dirigió un buen amigo: “Una lámpara que se rompió, una noche. Una noche que llegó a ser día de noche porque alguien soñaba que lo era, que era de día cuando sólo era un broche de bisutería fina.Quise responderle, aunque al final  no lo hice, que cuando dejo la poesía que nos trae cada día encima de la mesita junto con las gafas que siempre termino por no usar,  lo bueno y lo malo de la jornada y el libro que acompaña mis últimos minutos de vigilia, aun siendo su tapa  de madera recia, oscura, dando cancha para que la poesía pueda mimetizarse con su superficie y seguir ejerciendo su hechizo,  ya para mí la noche jamás llega a ser día de noche porque alguien sueñe que lo era. La noche siempre es noche cuando dejamos dormir a la poesía. Eso es lo que pensaba responderle.

Soñar es bonito, escribir sobre los sueños casi más, pero Los sueños, sueños son, como me enseñó Calderón de la Barca, barroco y, para más inri, castellano.  Y, aunque confieso que con alguna que otra reserva, siempre he tendido a creerle,  probablemente porque yo también soy de tierra seca, sedienta y calcinada por el sol, porque  entiendo esa extraña visión de las cosas que tienen los que nunca acostumbran a ver el mar, como Calderón, o mi Quevedo amado. Quizás porque ellos son barrocos por la época que les tocó vivir y yo por la tierra en que me tocó nacer. Quizás porque su angustia por el paso del tiempo, la presencia constante de la muerte en sus versos y la relativización que hacen de lo terreno no me desazonan lo suficiente, quizás porque comparto su estoicismo. Castilla siempre es un hidalgo seco, enjuto, muchas veces mal encarado, que al final te hace poner los pies en la tierra. Y eso es algo que procuro, pero sin dejar de mirar hacia arriba.

Ya casi para apagar la luz, una última mirada a la mesilla me juega una mala pasada: la de parecerme ver vagar sobre la tapa, como muchachas pálidas,  los acontecimientos del día,  las historias encerradas en los libros amontonados en pila interminable… Y ahora ya no estoy segura de nada, quizás la noche no siempre es noche cuando dejamos dormir a la poesía, quizás Calderón no estaba del todo en lo cierto. Debe de ser que aun antes de cerrar los ojos  me ha ganado el sueño,  y que sueño...

“El sueño es un arte poético involuntario”, decía Kant.  Si la poesía es la medida del hombre, si en tantas ocasiones nos acerca a verdades que solo se pueden intuir, ¿podría ser también el sueño una vía de servicio que nos condujese a algo que debiéramos saber?  Sonrío recordando, no sé si despierta o dormida,  la respuesta que daba Mallarmé a Degas cuando éste, desencantado con la pintura, manifestaba querer componer versos porque tenía ideas: «La poesía no se hace con ideas; se hace con palabras».  Por eso mismo yo jamás seré poeta, solo tengo ideas, y el poeta ha de ser un demiurgo, un impulsor del universo y del alma universal, y la palabra su instrumento. La palabra es creadora del mundo y de mundos, ya desde los más antiguos textos religiosos, y absolutamente en todas las culturas, orientales y occidentales.  “Y en el principio fue el Verbo”… La palabra es  el elemento primigenio, y con ella Dios pare la Tierra, cediendo a Adán la potestad de dar nombre a todo lo creado.  El nombre encierra la esencia de las cosas y las personas, por ello todavía quedan culturas en que, como en los tiempos más antiguos,  el nombre verdadero de cada cual se guarda en estricto secreto.

Y precisamente lo esencial que reside en la palabra hace de ella un instrumento de ordenación de la vida pública y privada, hasta el punto de que usarlas con propiedad,  adecuando nombre y realidad representada,  implica un orden moral y político. Muestra de ello es la respuesta que dio Confucio al ser preguntado sobre cuál era el principio de un buen gobierno: “Restablecer la significación verdadera de los nombres. Que el Príncipe sea Príncipe; el ministro, ministro; el padre, padre; y el hijo, hijo.”

La palabra es el origen de todo lo conocido, la esencia de cuanto existe, magia,  religión, ordenación.. Todo aquello que el filósofo alemán Ernst Cassirer decía que constituía el universo simbólico en que se desenvuelve el hombre, al que considera eso, “un animal simbólico”. Pero parte de esa red de símbolos la forman los mitos, la palabra es también siempre portadora o creadora de alguno, y así lo percibe Paul Valéry:

“Mito es el nombre de todo lo que existe por la sola virtud de la palabra. Todo nuestro lenguaje se compone de pequeños sueños breves... No se puede hablar sin crear mitos... La palabra nos habita y lo habita todo... En un principio era la fábula... “

En griego mythos, además de designar el mito o la leyenda, significaba “palabra”

“Todo nuestro lenguaje se compone de pequeños sueños breves..” Y siendo el lenguaje el universo en que están contenidos todo el otro universo del hombre, el simbólico, y el hombre mismo, me cruza por la mente tímidamente  la idea de que quizás también los sueños conformen una parte de ese antropocosmos. Al fin y al cabo, gracias al sueño vivimos muchas vidas distintas, es casi como no ser nada concreto y a cambio serlo todo. También el sueño tiene algo de demiurgo, de hacedor. ¿Y si de alguna forma introdujese en la mente del durmiente una copia del mundo perfecto, el de las ideas, el de la verdad, algo así  como en el mito de Platón..?

Todo en la vida es sueño

“Una noche que llegó a ser día de noche porque alguien soñaba que lo era”

“Dios nos está soñando”

En mi duermevela esas frases no cesan de acudirme machaconamente una y otra vez al pensamiento, y se mezclan con otras de Octavio Paz. Dice en su estudio sobre el “Primero sueño” de sor Juana Inés de la Cruz que el sueño es un viaje espiritual, durante el que el alma está despierta. No termina en una revelación, como ocurre en la tradición neoplatónica, pero sí en una especie de “acto de conocer”, que, aunque no es un conocimiento en sí mismo, al menos sería un “saber”. Y pienso que si alguien lograra hallar la palabra elemental, la que Heidegger decía que  explicaba a todo lo demás porque en ella la realidad se expresa a sí misma, si se encontrase la palabra esencial, la que buscan todos los poetas, y con ellas - la palabra elemental y la esencial- ese alguien fuera capaz de explicarse a sí mismo  un sueño cuando despierta de él, quizás podría llegar a alguna Verdad.

Pero tendría que ser un poeta, no importa que jamás haya escrito un verso. La palabra ha encontrado grandeza en la poesía,  donde vuelve, por virtud de encantamiento, a despertar a los muertos, a hacer danzar a las deidades ultraterrenas, a crear seres y mundos nuevos. Lo mismo que puede ocurrir en los sueños. Para John Donne el hombre es un enigma que la poesía, en su misma contradicción, revela, y yo añadiría que esa revelación quizás también podría hallarse en las fases oníricas por las que todos pasamos, a veces incluso despiertos. Quizás como yo esta noche.

“Eres tan cierta que basta pensarte
para que los sueños sean reales y las fábulas
historias.”

John Donne

 

 

 

 

 

 

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21 Diciembre 2008

EL ESPÍRITU DE LA NAVIDAD

Hace días  que las calles están adornadas con bombillas multicolor, que por ellas transita gente cargada de prisas y de paquetes de regalos, y que en todos lados se vuelve a oír aquello del espíritu de la Navidad. A mí con esto me ocurre como los “días de”: el día del niño, el de la mujer trabajadora, el día sin tabaco, el de la amistad, el de la paz… Todos ellos símbolos de algo que debiera estar presente en nuestras mentes y nuestras actuaciones todo el año pero que se ve que jamás lo está, porque una vez cada 365 días es preciso hacer sobre ello una llamada de atención, cacareada por políticos, medios de comunicación, organismos oficiales… Todos nos sentimos muy concienciados ese día. Mañana ya no toca.  A finales de la pasada Navidad  recibí en el móvil uno de esos mensajes que todo el mundo  manda a todo el mundo en determinadas fechas y que, aunque alusivo a éstas en que ahora estamos, por su ironía rayana en el sarcasmo me parece extensible a los “días de”:

“Aviso a toda la población: el simulacro de Paz y Amor ha finalizado. Guarden los langostinos, insulten a sus cuñados y disuélvanse".

De acuerdo, soy una escéptica... Pero hace muy poco leí una historia, por lo visto cierta, que me conmovió lo indecible,  hizo trastabillar un escepticismo que cada año crece conmigo, y me dejó pensando que quizás al fin y a la postre estos “días de” sí que dejan poso,  y que el espíritu de la Navidad no es una simple frase hecha, al menos, no siempre, porque a veces es capaz de despertar lo mejor de nosotros mismos: nuestra humanidad.  Sucedió en la noche del 24 de diciembre 1914,  principios de la Primera Guerra Mundial, en el frente de Ypres,  una ciudad en el sur-oeste de Bélgica. Se esperaba una fuerte ofensiva germana para esa noche o la de Año Nuevo, y las tropas anglo-belgas estaban preparadas para responder de forma contundente.

Cuando los hombres del segundo regimiento de guardias escoceses advirtieron multitud de pequeñas luces que brillaban en el lado alemán estuvieron seguros de que se trataba del comienzo del anunciado ataque, y sin más demora abrieron fuego contra el enemigo. El desconcierto comenzó al advertir que aquella nutrida descarga no estaba siendo respondida, pero aún creció más, hasta llegar al estupor, cuando desde el lado contrario llegaron unas voces que, en un inglés con fuerte acento germano, exclamaban: "You no shoot, we no shoot." (si ustedes no disparan, nosotros no disparamos).

No tardaron en salir a descubierto soldados alemanes, en actitud claramente pacífica, y a los pocos minutos hombres de ambos bandos intercambiaban chocolates, cigarrillos, licores,  todas esas minucias que en circunstancias como estas constituyen pequeños tesoros. Y, por supuesto, palabras. Así pudieron saber los aliados que aquellas luces eran las de los arbolitos de navidad que el Ejército alemán había enviado a sus tropas en el frente. Al de Ypres se habían mandado varios, de ahí la gran cantidad de lucecitas,  que habían llamado la atención de los escoceses.

El día 25,  muy de mañana, los soldados de ambos bandos salían de sus respectivas trincheras para confraternizar con “el enemigo”. Intercambio de tabaco, cerveza, chocolates, fotos familiares… Hasta partidos de fútbol hubo con pelotas hechas a lo como se pudo. Precisamente en lo sucedido este día está basado en vídeo de Paul Mc Cartney que prologaba este post.

La tregua, a pesar de las tajantes órdenes en contra de los altos mandos, se prolongó hasta la mañana del día 26, en que comenzó de nuevo el fuego cruzado entre las dos líneas del frente.  Y  no hago más que preguntarme  qué sentirían en uno y otro bando cuando de nuevo tuvieron que empuñar sus armas, esta vez no contra algo casi abstracto como fuerzas enemigas sin rostros ni cuerpos bajo el casco y el uniforme, sino contra seres de carne y hueso cuyas facciones sí conocían ahora, con los que habían estado hablando, bebiendo, bromeando, jugando al fútbol…

Ypres resultó destruida casi en su totalidad al finalizar el conflicto, la Gran Guerra se saldó con más de 31 millones de muertos, heridos y desaparecidos… Pero hubo un momento en que el horror se detuvo, y precisamente fueron los malos de siempre de la película quienes tuvieron la iniciativa. Hubo un momento en que unos hombres no quisieron matar a otros a pesar de las órdenes que tenían, en que fueron capaces de perdonar las bajas que se habían infligido mutuamente y relegar el rencor que hace concebir hacia el enemigo ver caer a un compañero muerto a tus pies, capaces de compartir los pocos lujos que tenían, de olvidar lo que les enfrentaba y recordar que todos somos, al fin y al cabo, seres humanos. No había paquetes de regalos envueltos con  papel de brillantes colores colocados al pie de un belén o de un árbol de navidad profusamente decorado,  ni mesas y manteles, ni villancicos, ni luces en ninguna calle. Pero esa noche, entre ruinas, fango,  alambradas y armas momentáneamente abandonadas y silenciadas, era más navidad que en multitud de hogares de todo el mundo. Si hubo un lugar en el mundo aquel 24 de diciembre de 1914 en que de  nuevo nació el Niño Jesús, fue en Ybres.

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1 Diciembre 2008

SECRETOS

Anhelos jamás confesados ni a nosotros mismos en nuestra más estricta intimidad, deseos imposibles, ilusiones que rayan la quimera… ¿Quién no los tiene? Es ese lado secreto que en realidad, en mil ocasiones, es lo que verdaderamente refleja el espejo al que nos asomamos, por mucho que para no verlo nos coloquemos frente a él con la luz apagada. Es la parte más real de nosotros, la que más nos identifica y desmarca de la manada.

Unas veces apagamos la luz porque ese "secreto" no es políticamente correcto, otras porque ni siquiera somos capaces de identificar qué es exactamente eso que anhelamos pero que se nos escapa al entendimiento, otras porque es tan difícil defenderlo a capa y espada de las servidumbres que nos aplastan en la vorágine de la rutina diaria que nos amparamos en ese "Mañana empiezo" para lo mismo decir mañana. Y ese mañana se nos convierte en nunca, porque somos cobardes, o incapaces, o indolentes para vivir ese secreto de tumba como debiéramos. A veces incluso por un exceso de bondad, o de respeto a los que nos rodean, por no hacer daño.

A veces por miedo a conseguirlo…

Lo cierto es que esas intenciones en muchos casos se quedan en eso, en intenciones, en una promesa que nos hacemos, una y mil veces rota, de aceptar el reto y al menos intentar ganarlo. Una y mil veces traicionarnos... Desde luego, siempre hay quien de verdad lo intenta. E incluso gana. Eso es ganarse a sí mismo, el premio es uno mismo. ¡Casi nada...! Merece la pena lanzarse el guante y recogerlo. Y luchar con ahínco por ello. Conquistar el lado “oscuro” de uno mismo es poner una bandera en la luna.

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13 Noviembre 2008

LOS GORDOSY EL ARTE

Antiguamente la gordura era considerada signo de salud; hoy no solo reviste carácter de enfermedad, también resulta antisocial, y hasta caro. Las tallas grandes se venden solo en determinadas tiendas, muy pocas, y a precios exorbitantes. Los asientos de los aviones, o incluso los silloncitos de muchas terrazas de bares, debieran incluir calzadores para que los gordos pudieran introducirse con algo menos de esfuerzo en dichos asientos hasta quedar "cómodamente" encastrados en ellos. Una noticia fechada hace año y pico aproximadamente daba cuenta de la brutal paliza que dieron unos jovenzuelos a una señora que paseaba tranquilamente por la calle con su marido, motivada únicamente porque a los muchachos les disgustó y ofendió la gordura de la mujer. La mayoría de los anuncios que ofrecen trabajo exigen a los candidatos buena presencia. Si no, abstenerse. En Finlandia parece ser que quieren gravar el sobepeso con un impuesto especial.

Decididamente, ser gordo es antisocial. Sin embargo, el arte redime a los gordos. Las carnes son el vehículo a través del que determinados artistas puedan expresan sus obsesiones existencialistas, artísticas e incluso para mostrar su concienciación con temas sociales. Los gordos sirven para que pintores como Lucien Freud puedan representar su preocupación por la soledad de la existencia, por una humanidad atormentada y enajenada, a través de cuerpos humanos, exponiendo la realidad de estos de forma terrible, por la vía perversa de las deformaciones. Como las de Sue Tilley, la mujer que hace unos 13 años posó para el cuadro que abre este post y que, dicho sea de paso, sirvió a Freud para conseguir el honor de ser el autor de la obra más cara del mundo de un artista vivo. Más de 30 millones de dólares.

Junto con enanos, hermafroditas y otros seres deformes, incluso cadáveres, los gordos también contribuyen a la particular reflexión de genios como el fotógrafo Witkin sobre "el otro", ese que no somos pero que podíamos haber sido, y a su particular búsqueda de la belleza donde nadie la ve.

Los gordos son el "resultado" de la representación de la exaltación de la vida a través de la sensualidad, una de las obsesiones de Botero. Una sensualidad que entra en abierta confrontación con los esquemas que de ella tiene el público que contempla sus cuadros, y que en consecuencia, claro, nada tiene de libidinosa, y sí de sensualidad intelectual, no carnal, como carecen de atractivo carnal esas carnes desbordantes de las figuras de Botero. Y digo que los gordos solo son un "resultado" porque el mismo pintor se reafirma una y otra vez en que él no pinta gordos, sino personas "normales" sometidas a otra de sus obsesiones: la técnica volumétrica, su pasión por las formas, los volúmenes, la "llenura". Él se califica como un pintor de volúmenes, no de gordos.

Pero, quiera o no, lo que percibimos en sus cuadros, con excepción de la serie inspirada por los horrores de Abu Ghraib, son gordos, gordos planos, aplastados contra paisajes o ámbitos de escasa profundidad, con rostros inexpresivos de ojos de pez, gordos representados en escenas carentes de vida, de la menor emoción, gordos trágicos que no saben que lo son porque ya se sabe que los gordos son cómicos, felices, aunque sus existencias tengan un encefalograma plano, tan plano como la perspectiva de estos cuadros.

Para quien, por lo visto, los gordos -en este caso las gordas- sí revisten sensualidad, o al menos así lo afirma él, es para Leonard Nimoy, productor y director de cine, teatro y televisión, poeta, fotógrafo y actor, más conocido por haber dado vida a al sr. Spock, el carismático personaje de orejas puntiagudas protagonista de la famosa serie "Star Trek". Nimoy ha realizado una serie de fotografías de desnudos en blanco y negro, titulada Full Body Project, en la que las protagonistas son mujeres gordas, desinhibidas, que miran a la cámara con el mismo aplomo de una modelo de pasarela Gaudí. El propósito manifestado por el actor y fotógrafo es fustigar el fetichismo de la delgadez en una sociedad obsesionada por el culto al cuerpo.

"Se respetan a sí mismas -dice Nimoy sobre sus modelos- y espero que mis imágenes expresen precisamente eso a los demás".

La idea de convertir la fotografía de carnes en uno de los pilares de su trabajo surge de la frase pronunciada por una mujer que lideraba un grupo de teatro formado por actrices con sobrepeso: "Cada vez que una mujer obesa se sube a un escenario sin que sea con el objetivo de que se rían de ella, está haciendo una declaración política".

Así pues, la fotografía de Nimoy no sería solo una expresión artística algo sui generis, sino toda una declaración de intenciones, con un trasfondo y una declarada vocación social.

Al menos a determinados niveles parece haber un perfecto maridaje entre gordura y arte, una fructífera relación simbiótica: el gordo "da de comer" al artista, y el artista "redime" al gordo. La figura de éste, tan denostada en lo social, al menos resulta rentable en arte. Algo es algo...

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30 Septiembre 2008

VISITAS

No suelo tener por costumbre escribir sobre mi ir y venir cotidiano, pero hoy es algo que me apetece hacer porque en estos días he visto cumplido un deseo, uno de esos con rango de sueño que piensas que nunca va a hacerse realidad por la enorme dificultad que entraña: conocer a unas personas que para mí son muy especiales y de las que me separan muchísimos kilómetros.

Madeleine de Cubas fue la primera comentarista que tuvo Rincones, y la destinataria del primer comentario que hice. Probablemente esto no pase de ser un mero dato anecdótico, pero es de esas cosas que se me quedan guardadas en una esquina calentita del corazón. Le devolví la visita en su “casa”, y lo que en un principio empezó como una simple relación bloguera poco a poco fue derivando hacia una amistad que ha ido consolidándose con el tiempo y que siempre creí que, dado que nos separa todo un océano, solo podría desarrollarse a través de cauces como el correo y el teléfono.

Un día me dijo que se había propuesto que llegaría el momento en que podríamos darnos en persona esos abrazos y besos que tantas veces nos enviábamos virtualmente. Cualquiera que haya leído a Madeleine sabe que a pesar de los problemas que, como todos, pueda tener, derrocha optimismo, energía, vitalidad, que siempre se esfuerza por ver y ofrecer la cara amable de la vida porque, como ella viene a decir, bastante se hacen notar ya los contratiempos para encima ir a buscarlos y chapotear en ellos. Es una mujer luchadora y entusiasta, tanto que cuando me manifestó su propósito la creí capaz de conseguirlo. Aunque tengo que confesarte, Made, que en un principio, cuando aún no te conocía lo bastante como para saber lo tenaz que puedes ser, lo creí un poquito "con la boca chica"... (risas) Había tantos obstáculos, tantas circunstancias adversas, estamos tan lejos geográficamente....

Pero nada de todo ello fue suficientemente fuerte como para impedir que un domingo a mediodía, en un hotel sevillano, pudiésemos fundirnos en ese abrazo que las dos habíamos imaginado y deseado tantas veces. Estuvimos juntas en mi tierra un par de días, y en Barcelona, ciudad que deseaba conocer, unos cuantos más. Allí nos esperaba Xavier, el Peletero, otro compañero, tan combativo en los blogs como leal y noble y mejor amigo en la realidad. No referiré detalles de esta semana larga que compartimos, ella ya los ha descrito en su blog con la simpatía de que siempre hace gala, pero tengo que subrayar que fueron unos días maravillosos, y que a ello contribuyeron la enorme belleza que Barcelona desplegaba ante nuestros ojos por cada lugar que nos movíamos, la amabilidad que los barceloneses no escatimaban cada vez que preguntábamos por una dirección (debimos de "asaltar" a la mitad de la población de la ciudad, ¿verdad, Made?), y sobre todo la calidez con que nos acogieron Xavier y Albert, su hermano, que vino expresamente de Madrid un fin de semana para estar con nosotras. No ahorraron en ningún momento el menor esfuerzo por hacernos sentir como en casa, y desde luego lo consiguieron.

Ésta no fue una simple "quedada" de blogueros, sino de amigos reales que han compartido mucho en la distancia durante cerca de dos años, incluidos momentos que han sido fundamentales en sus vidas. Resulta, pues, obvio que no hace falta que insista en lo que supuso para nosotros vernos al fin las caras, conversar sin las limitaciones impuestas por teléfonos o mails, respirar el mismo aire o despedirnos hasta el otro día con un beso por fin de piel y labio, y no virtual. Tampoco es preciso que hable de la simpatía de Made, de su preciosa sonrisa, de lo encantadora que es por dentro y por fuera. Ni del ángel, la cordialidad y profunda humanidad que asoman sin remedio bajo esa "gruñonería" tras la que a veces se apantalla Xavier, y que no es tan real como a veces pueden dar a entender las incesantes bromas a que le sometemos sus amigas. Ni de la delicadeza y agrado de trato de Albert, la conversación amena e inteligente con que nos obsequió, al igual que su hermano, o el mimo con que nos trataron.

Lo que sí me gustaría es agradecer a Madeleine haber sido el catalizador de una experiencia que ha ido mucho más allá de lo que pude imaginar en un principio. Y todavía otra cosa: el haberme confirmado que al menos algunas de las frases que rayan la frontera de la utopía pueden traspasarla y ser algo más que simples frases. Made, tú siempre sostienes que cuando se pone verdadero empeño en algo que se desea es posible alcanzarlo, y lo rubricas con ese lema que hay bajo el título de tu blog: "Quien no espera vencer, ya está vencido". Tú esperaste vencer en este empeño de cruzar el océano desde un continente a otro solo para podernos dar ese abrazo, algo que era casi un imposible, lo conseguiste, e hiciste cierto el lema. También te he oído muchas veces decir que lo verdaderamente importante son las personas, independientemente de su nacionalidad, ideología, etc, algo que comparto plenamente. Y fue realmente bonito sentarnos a la misma mesa personas de distinto sexo, de tres nacionalidades diferentes, con formas de pensar que en principio podrían parecer irreconciliables, o que hasta puede que lo sean, y comprobar in situ, no por mail, que aun así podemos ser los mejores amigos.

Madeleine, Xavier, esas rosas que abren el post son para vosotros. Por supuesto, hay una también para Albert. Con todo mi cariño y agradecimiento por los días que me habéis hecho pasar y por ese tipo de amistad que me brindáis.

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9 Junio 2008

LAS 12 Y SERENO


Hace ya algún tiempo que andamos en manga corta en el sur. Las primeras horas de la mañana son fresquitas, pero conforme avanza el día continúa caldeando, aunque ya más suavizado, el aire de mi Sevilla, un aire que sabe a cenizas amargas, a sequedad, pero también a dátil oscuro, dulce, a aceituna madura preñada de dorado líquido. Es el sabor de mis raíces, es sabor a sur. Es sabor a mí, como rezaba el bolero, un sorbito caliente de vuestra corresponsal en estas tierras.

Pero conforme avanza el verano se torna en un aire cálido y plomizo que quema, que asfixia, que nos impele a cometer insensateces, que parece que quita la vida pero que la da exacerbando el ánimo, haciendo a veces enloquecer unos sentidos acorralados por ese calor que los nubla, que hace receptiva cada terminación nerviosa hasta la exasperación. Pronto ese calor parecerá no tener fin; desde por la mañana la humedad bañará la piel, sembrándola de minúsculas gotitas de sudor, la ropa se pegará al cuerpo, y el pelo a la nuca. La noche apenas traerá un leve alivio, un ligero frescor que calme la sed del día, y el siguiente prometerá ser tan asfixiante como el anterior. Más sed, más sudor, más humedad... 40º , 45º a las 3 de la tarde, y en ascenso. Estas temperaturas funden asfalto y neuronas, castigan la piel y los pensamientos, dispara -y disparata- los nervios.

Anteayer diluviaba en algunas zonas de España, y aquí abajo todavía acariciamos tímidamente la esperanza de que durante este mes casi recién iniciado el cielo abra compuertas y derrame sobre nosotros agua bendita. Pero aún no lo ha hecho. Cierto es que hemos tenido algún día tontorrón, como niño enfermito, apagado, gris… Las nubes se interponían a ratos en el permanente idilio entre el astro rey y Andalucía, pero tras la pequeña discusión el sol se reconciliaba enseguida con su eterna novia y volvía a lucir esplendoroso.

Necesitamos que llueva, aunque sea mansamente, con timidez, pero que el agua humedezca la tierra, preñándola de ese olor ligeramente acre que desprende al recibirla y que se funde con el aroma dulzón de la hierba mojada. Que el aire huela a fresco, a la vida que se gesta en la tierra cuando es fecundada por un cielo que derrama su simiente sobre ella. Que alivie las temperaturas del cuerpo y del espíritu.

La escasez de agua hace buena para nosotros la archiconocida frase "La lluvia en Sevilla es pura maravilla”. Al menos para mí lo es, aunque de alguna manera suponga una traición a ese sol con el que yo también, como mi Andalucía, mantengo un idilio permanente, una relación de amor - necesidad. No puedo vivir sin él, pero le soy infiel los primeros días de lluvia, habitualmente en septiembre, cuando ésta se asoma tímidamente a estas tierras. Digo que son los primeros días porque el agua que llega tras meses de calor asfixiante es como una novia tierna, suave, que viene a ti con timidez, sin apenas pretender nada. Cuando va avanzando el otoño y caminando hacia el invierno se hace posesiva, insistente, opresiva, acaparadora... Intenta apoderarse de todos tus momentos, de todos tus días, sin dejarte opción al respiro, a ese espacio personal que en cualquier relación ambos deben tener. Y ya no la soporto. Cuando llevo días y días sin ver el sol añoro a éste, y me doy cuenta de que es mi verdadero amor, que no puedo estar sin él, y la primera mañana que vuelve a aparecer le juro amor eterno... para volverle a traicionar el primer día de lluvia.

La temperaturas empiezan a abrasar ya, y esto no es más que el principio. Esta noche sueño con serle infiel a mi amor, el sol. El agua, la humedad, hicieron tan escasas apariciones durante el pasado invierno, han sido tan breves sus visitas durante este año que siempre me han sabido a poco, no ha habido tiempo para cansarme de ella, para sentirme asfixiada, acaparada, solo lo hubo para el disfrute, para la pasión. Hoy ansío a mi amante. Si al fin llega, cuando oiga llover me asomaré a la terracita a oler la tierra y la hierba, a dejar que las gotas de lluvia me salpiquen la piel, la cara, el pelo... Para mí es una delicia sentir ese frescor, notar en la cara esas gotas como de rocío, mirar cómo cubren mis brazos y sentirme hierba, flor, por unos instantes. Será un placer infinito en que participarán todos mis sentidos: el olfato, aspirando con fuerza ese perfume que me regala la tierra; la vista, viendo caer ese cendal de agua fina, transparente; el oído, escuchando su murmullo - casi canción- al caer; el tacto, cuando note la caricia, el frescor recorriendo todas mis terminaciones nerviosas... Hasta el gusto procuraré que no quede excluido, porque abriré la boca, como gorrión, para que algunas gotas entren en mí.

No sé si entiendes bien lo que supone la lluvia aquí, sobre todo si eres del norte, pero ¿sabes lo que es mojarse en un lugar cálido como este, lo que te da esa humedad? La vida, mi querido lector, la vida... Calor asfixiante durante el día, que entorpece los reflejos y ralentiza tu actividad vital, calor durante la noche, que te impide dormir y exaspera tus nervios… Cuando llevas dos días en que a las 9 de la noche el termómetro no ha bajado de los 39º, dos meses en que el sol calienta y derrite el asfalto, la sesera, cuando sale fuego, flama, del suelo en una vaharada que penetra por las fosas nasales y los pulmones como si quisieran ahogarte, la lluvia te devuelve el aire, la humedad, la vida, la razón.

Pero esta noche no será... Son las 12, y sereno...

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Sobre mí

Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

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