La Coctelera

rincones

Categoría: Relatos

6 Noviembre 2008

LA SIRENA

Una costa solitaria, lejana a tierra, circundada de frías aguas y casi perennemente cubierta por brumas, una especie de isla en medio de ninguna parte, siempre es un escenario sugerente, y Ray Bradbury lo supo aprovechar para componer uno de los cuentos cortos más bellos que he leído en mi vida:“La sirena”.

-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida".

Es la sirena de un faro costero la que da título al relato y resulta su protagonista última, y el fragmento anterior la historia que Dunn, el viejo cuidador del faro, inventa para explicar el motivo de una visita que anualmente reciben: la de un monstruo prehistórico, una especie de gigantesco Nessie de unos veinte o treinta metros de largo que vive bajo las heladas aguas del mar

Hace millones de años, tal vez setenta millones, tal vez muchos más, en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa, cuando el hombre ni siquiera era un proyecto de la naturaleza, sus congéneres poblaban la tierra. Luego no les quedó más remedio que refugiarse en las más heladas, profundas y oscuras regiones abisales de los océanos.  Allí vivieron y murieron siglo tras siglo, hasta que solo quedó uno… El último de su especie. Y las simas del mar se convirtieron para él en una inmensidad de tiempo y ausencias, en un mundo vacío, en una cama vacía que solo ocupaba el silencio, vasto, milenario, delgado como las brumas que rodeaban la costa y pesado como las masas ingentes de océano que soportaban los hombros aquel Atlas antediluviano. Un silencio que era un pájaro. Y se llevaba en el pico las voces de los miles que en otros tiempos hubo como el visitante del faro.

La primera vez que oyó el sonido de la sirena creyó que en algún lugar, a mil kilómetros de allí, había otra soledad como la suya, otra desolación gritada al viento y al mar desde el fondo de la garganta y de las entrañas. Algo se removió en las suyas, en aquel vientre que desde hacía milenios era un horno frío. El monstruo se agitó en el lecho de fango abisal en que languidecía aletargado y decidió ir en su búsqueda, a la búsqueda del otro, por el que había estado esperando un millón de años. Ya en la superficie nadó hacia el lugar del que procedía el sonido.

Y allí estaba… En el negro de la noche se recortaba una esbelta figura con un cuello largo, como el suyo, un gran ojo giratorio destelleando alternativamente en rojo y blanco, y sobre todo con una voz que era como todo el tiempo y toda la niebla, que encerraba toda la tristeza de la eternidad. Una voz como la suya. Y  reconoció como su igual a aquel ser que elevaba su cuello sobre las aguas y gritaba su soledad, como él lo había hecho durante un millón de años.

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Así fue durante toda la noche, la criatura nadando alrededor del faro, hasta que las primeras luces del día disiparon la niebla y el brillo y el calor del sol la hicieron hundirse de nuevo en la profundidad de los abismos.

A partir de entonces, una determinada noche al año aquel ser acudía a su cita con el faro. Hasta que una de ellas, su cuidador, queriendo ver la reacción del monstruo, apagó el sonido de la sirena. Silencio… Silencio… Silencio… En los ojos atormentados de la criatura asomó de nuevo una soledad profunda, abisal, tan dilatada como el tiempo, una soledad de un millón de años, de mil kilómetros mar adentro, de treinta kilómetros bajo las aguas. Y se volvió loco…

………..

“La sirena” es un relato de temática circular. Ante todo es una historia de soledad, de soledad infinita. Una historia de búsqueda de la propia identidad, la que solo se encuentra cuando se está entre semejantes y puedes autoafirmarte ante ellos. Es la historia de otra búsqueda: de la búsqueda del otro. Y quizás sea también una historia de amor, o más bien de uno de los aspectos  transversales del amor:  la necesidad de compartir, de sentir compañía y apagar así la soledad, con lo que quedaría cerrado el círculo.

Se trata, sin duda, de uno de los más hermosos relatos de Bradbury. Si queréis terminar de leerlo, me daréis la razón.


servido por rincones 27 comentarios compártelo

31 Octubre 2008

LETES (Y II)

Siempre me produjo ternura ese pavor de los héroes homéricos a morir en el mar y no poder ser enterrados. Es la disolución total, la soledad eterna. Sobre olas nada se puede edificar, no hay tumbas donde los muertos puedan hallar descanso, seguir apegados a la tierra que los vio nacer y ser visitados por sus deudos, continuar relacionándose con ellos. El mar es el no-lugar, y sus aguas el olvido donde se disuelve y deslíe todo cuanto se fue en vida, se hizo, se  penó y se logró. La tierra es el lugar, la memoria, y ambas, tierra y memoria, los únicos sitios donde se puede permanecer. Y las sepulturas son precisamente eso: una resistencia al olvido hecha lugar, el hábito del recuerdo erigido y consolidado.

Alguien dijo una vez que "Sólo la poesía y la arquitectura poseen la fuerza para vencer el olvido de los hombres». Y debe de ser cierto.  Arquitectura y memoria permiten al hombre morar,  arraigar, permanecer,  constituyen un desafío al tiempo y al olvido.  Ese desafío es  una necesidad, una obsesión para los hombres. Para  los vivos...  Porque nadie ha preguntado nunca a los muertos si desean o necesitan tierra, túmulos, memoria, permanencia...

Yo prefiero el mar, la arquitectura solo haría perpetuar un recuerdo que no deseo, atarme más aún a la tierra que me sustenta a regañadientes, de ella y mío. Y en cuanto a  la poesía... Ambas nos despedimos la una de la otra hace ya tiempo, cuando perdí el último recuerdo que me quedaba, el que atesoré hasta el último segundo aun después de haberte olvidado a ti, tus desplantes, las veces que me hacías sentir pequeña, de tan pequeña incluso insignificante. Hasta he olvidado ya aquellos momentos de sexo glorioso que me proporcionabas. Hasta el dulce amor que nos tuvimos. Todo. Las luces y las sombras de nuestra relación. Mnemósine se lo llevó todo, porque suya es la memoria y suyo el recuerdo, y está en su derecho de reclamarlos. Todo se lo quedó, sí, excepto el momento en que nos íbamos a la cama por la noche. Ese no me lo dejé arrebatar hasta el final. ¿Recuerdas? Tú me esperabas tumbado sobre las sábanas, desnudo, leyendo, las gafas cabalgándote la punta de la nariz, mientras yo me desmaquillaba en el baño. Cuando terminaba iba a reunirme contigo, me hacías sitio a tu lado, acomodaba la cabeza en el hueco de tu clavícula y rodeabas mis hombros con tu brazo. A veces comentabas conmigo durante unos minutos el libro que leías, otras veces lo cerrabas, lo dejabas sobre la mesita de noche y comenzabas a contarme cosas mientras yo te escuchaba embelesada, recorriendo tu cuerpo con la yema de mis dedos. Hablábamos, reíamos y dejábamos escapar algún beso furtivo. En ocasiones durante horas. Solo eso, hablar y reír con esa risa que sale del fondo de las entrañas, del fondo del alma, del fondo de la necesidad de sentir que se expande el diafragma, que el corazón rígido, acecinado, se fragmenta y se libera al fin, y sale despedido en mil pedazos con cada carcajada.

Durante años aferré con las dos manos esas charlas, esas risas, esa ternura, los dedos como garras en torno a ellas. Y las apretaba más fuertemente aún contra mi pecho y enseñaba los dientes a  Mnemósine cuando venía a arrancármelas. Yo la dejaba quitármelo todo, recuerdo a recuerdo, sin protestar. Pero ese no... Hasta que llegó el momento. Era el único que me quedaba, y cuando ella volvió por última vez tuve que entregárselo con mis propias manos, depositarlo en las suyas con el rostro bañado en lágrimas. Lo entregué como a ese hijo que se te desraíza del vientre y se te ahoga entre cuajarones de sangre cuando Átropos corta su hebra sin siquiera haber dado tiempo a Láquesis a tejerla. Como se lo entregas con tus propias manos a Tánatos: sin comprender nada.

Eso fue lo último que entregué. Después ya no ha habido más recuerdos, más lágrimas, más hijos, más poesía. Ya no soy nadie. Estoy muerta. Y por eso no le tengo miedo al mar. Solo los vivos le temen.

servido por rincones 16 comentarios compártelo

30 Octubre 2008

LETES (I)

Decían los antiguos que al morir era ley inapelable cruzar el río Leteo, que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, y beber de sus aguas para olvidar lo que se fue y lo que se hizo en vida. Y así llegar al Hades, la morada subterránea, vacío y despojado de uno mismo.

Hay muchas maneras de estar muerta. Y a ambas orillas del Leteo, incluso en la de los vivos... Sabes que aún estoy en esta ribera del río, pero hace ya tiempo que el olvido me desmemorió, he perdido mi nombre y mi historia, y con ello me desvanecí. Y ahora soy solo sombra, invisible e irreconocible, alma sin vida que cruzó el límite del retorno: el olvido. Y ya no me reconozco a mí misma. En el Eclesiastés judío se dice que «los vivos saben al menos que han de morir, pero los muertos no saben nada, porque su memoria yace en el olvido". Como la mía... Por eso ya no estoy viva. Por eso y porque no recuerdo que la muerte me esté esperando. Ya acudí a su cita, aunque no a la definitiva.

Sí, hay muchas maneras de estar muerta, y en todas ellas es imprescindible dejar lo vivido en la orilla y pagar un precio: el óbolo de Caronte. Y yo lo he pagado sin escatimar. Fui pasando páginas del pasado y dejando que la humedad de mis ojos corriera la tinta hasta volverlas casi ilegibles, dejé que esa misma humedad oxidara los engranajes de la maquinaria que pone en marcha las ganas de hacer, que entre esos engranajes se aposentara el miedo, obstruyéndolos y deteniéndolos. Ya no me quedan recuerdos, ni del pasado que se me fue ni del futuro que no vendrá. Que no permití que viniera. Ni siquiera me quedas tú. Todo se fue quedando desperdigado por la ribera, en la de la tierra que aún piso.

Pero no creas, se está bien muerta, aovillada, doblada sobre una misma, plegada como las varillas de un abanico el dibujo de cuya tela está ya gastado, dañado, un abanico que te sientes incapaz de abrir ante ojos ajenos. Mejor proteger de la luz lo poco que queda, tablear esas varillas, cerrarlas bien, que los despojos de la tela se encuentren protegidos, a salvo entre penumbras, a salvo hasta de ti misma.

Un día Láquesis, la Parca que hila el destino, se cansará de tejer el mío, y Átropos, la que corta el hilo, tajará mi hebra con su cuchillo. Será por segunda vez, la definitiva. Y Hermes conducirá al fin mi sombra a las puertas del Hades. No puedo evitar sonreír al pensar en el desconcierto del viejo Caronte cuando me llegue el momento de cruzar de verdad el Leteo, al ver que no necesito beber el agua del río, que ni siquiera necesito su barca porque la desmemoria con la que llegaré a la orilla me permitiría cruzar las aguas caminando sobre ellas, como Cristo en el mar de Galilea.

Decían los antiguos que en realidad al Hades no llega nadie, porque cuantos ahí arriban lo hacen despojados de la memoria de quiénes son y de a dónde llegan. Y yo hace tiempo que ya no soy nadie. Por eso no tengo miedo, ni siquiera al mar.

servido por rincones 23 comentarios compártelo

24 Octubre 2008

¡TAXI....! (Y 2)

El tercero de los taxistas, madrileño si no recuerdo mal, refería que su mujer, tras llegar a la conclusión de que estaba demasiado gordo, había decidido ponerlo a régimen, régimen suplementado por unas pastillas cuyo efecto laxante él desconocía. Salió de buena mañana a trabajar y, estando en la parada de taxis, sintió gases removerse en sus intestinos. Aprovechando que estaba solo decidió darle rienda suelta al que más pugnaba por salir. Pero.... no salió solo, sino acompañado de otra sustancia en estado semilíquido, además de por un olor tan insoportable que tuvo que abrir las ventanas para poder sobrevivir. Se fue a su casa, se duchó, se cambió de ropa, dejó la que había ensuciado sumergida en un barreñito con agua , se subió de nuevo en su taxi y cuando se dirigía de nuevo para la parada se percató de que tenía una rueda medio vacía. De camino al taller, al parar en un semáforo intentó levantar el pie del embrague, pero  le resultó imposible. Lo tenía  pegado al pedal. Imaginando que sería un chicle adherido a la suela del zapato, se agacha para quitárselo y… ¡otra vez! El laxante actuaba de nuevo, y el pobre hombre, aturdido por la inesperada avalancha fecal, apretó el acelerador inadvertidamente y chocó con el coche de delante, que aún estaba parado ante el semáforo. No hubo más remedio que bajarse en semejante estado para hacer el parte amistoso con el conductor del vehículo afectado. Por lo visto, este se mataba de la risa por más que intentaba disimularlo….

Volvió a su casa para ducharse y cambiarse de nuevo de ropa, y su mujer, que ya había llegado, para colmo le montó una bronca de antología por el estado en que había dejado dos calzoncillos y dos pantalones.

Un taxista de Jaén relató la historia que a mí me parece más divertida y más tierna. Recogió en un pueblecito de esos pequeños que hay por aquellas tierras a un matrimonio mayor, una pareja de viejecitos a los que, tras acomodar en los asientos traseros, puso el cinturón de seguridad. Llegados a la capital, al destino pedido por sus pasajeros, nada más parar el anciano le dice al taxista:

- Pero hombre, suéltenos. Si le voy a pagar…

Y como “fin de fiesta” del programa llamó una chica joven para contar una experiencia que, según decía, había sido tan traumática que desde entonces cada vez que veía a un profesional del gremio se descomponía. Claro, una piensa ya en lo peor… Una tarde lluviosa salía del médico con su hijita de año y medio y tomó un taxi.

- La niña hizo lo que cualquier criatura de esa edad: andar por encima de los asientos. Al poco el taxista se vuelve y me pregunta qué hace la nena, y le respondí que lo natural en una cría tan pequeña. Me dijo que si no podía hacer que se estuviera quieta, y le contesté que sí, que como poder, podía, pero que no estaba dispuesta. Por Dios, una niña tan chica… ¿Qué va a hacer? Pues corretear, en este caso por los asientos. Y de repente el energúmeno para el vehículo y nos hace bajar a la niña y a mí. ¡Nos echó del taxi, lloviendo como estaba!

Aquella había sido su tan traumática experiencia, esa que no la permitía ver a un taxista sin estremecerse. Casi no daba crédito a lo que escuchaba, pero menos aún cuando oía a los contertulios de Carlos Herrera intentando convencer a la joven madre entre suaves sarcasmos, bromas y veras de lo incívico de su actitud, incluso de los riesgos que conlleva tener a una niña tan pequeña sin sujetar debidamente ante la eventualidad de un frenazo en seco, y que la buena señora seguía erre que erre, sin cejar, en que se trataba de una criatura de solo año y medio y que lo normal era que se moviera, que no estuviese quieta. Y es que, como decimos en mi tierra, hay gente pa to…

servido por rincones 14 comentarios compártelo

23 Octubre 2008

¡TAXI...! (I)

Siempre he pensado que nada como un taxista para tomarle el pulso a una ciudad. Dan servicio a todo tipo de persona, de distinto sexo, condición, profesión, ideología… Y suelen charlar por los codos. El taxista termina siendo, como el peluquero o el confesor, depositario de los secretos de la ciudad, de sus miserias, de sus peculiaridades, de la más pura hiperrealidad. A veces, hasta de los secretos de algunos de sus pasajeros.

Nada como un profesional del taxi para tomarle el pulso a la ciudad, y ninguna fuente mejor de anécdotas. Chicas que suben vestidas con la ropa más normal del mundo y que de repente empiezan a sacar prendas negras de su mochila, todo tipo de “arreos” metálicos, pinturas que nada tienen que envidiar a las de guerra sioux, y sin ningún tipo de pudor se desnudan en el asiento de atrás para cambiar unos atavíos por otros , colocarse la chatarra metálica y “decorarse” la cara con esas pinturas. Parejas que usan el taxi para satisfacer alguna conocida fantasía sexual y que terminan actuando como si el taxista careciera de ojos y oídos… Son anécdotas de lo más común. Ayer escuchaba en un programa de radio a unos cuantos profesionales del gremio narrando unas cuantas vividas en carne propia, y me parecieron tan simpáticas que no me resisto a traerlas aquí.

Un primer taxista, madrileño, relataba que había requerido sus servicios un dicharachero y agradable “mormón”, según él, con el que congenió rápidamente. Ya casi terminando la carrera, el “mormón” le aseguró que le había caído tan bien que deseaba rezar con él por la salvación de su alma. El taxista le aseguró que no hacía falta, que él ya rezaba por su cuenta, pero el buen hombre no se apiadó, y en cuanto llegaron al lugar de destino, sin bajarse del vehículo, dijo:

- Yo iré rezando, y cada vez que le toque en el hombro usted diga “Amén”.

No le quedó al taxista más remedio que seguir la cosa, porque, como él mismo decía, “al cliente siempre hay que darle la razón”. De vez en cuando interrumpía los rezos del devoto pasajero y sus propios “Amén”:

- Pero oiga, ¿cuánto va a durar la misa esta? Mire que es que el taxímetro va corriendo….

- No se preocupe, usted siga con el “Amén”.

Más de 10 minutos continuaron las plegarias, los toquecitos en el hombro y el consabido “Así sea”. Y 22 euros marcaba el taxímetro cuando al fin el “mormón” decidió apearse, euros que no solo pagó con todo gusto, sino que además sobrepasó en 3 euros más hasta redondear los 25.

No se quejaba el taxista, no. Esta vez la devoción había salido rentable.

Una profesional del taxi barcelonesa, muy simpática y más risueña aún, aunque un poquito “tranquila” de entendederas por la manera en que se expresaba, contaba que hace un tiempo subió en su vehículo a un francés que le pidió que lo llevara al aeropuerto. Pasando por cierto lugar que estaba en obras, el viento trajo hacia ellos la humareda producida por un fuego en que se eliminaba vaya usted a saber qué, y, molesta, cerró los cristales de las ventanillas.

- Entonces el francés comenzó a hacer unos ruidos muy raros - cuenta la chica - Yo pensaba que estaba cantando, pero en francés, claro. La canción me pareció rara, pero llevaba la radio puesta y tampoco presté mayor atención. Tuve que prestarla al final porque el buen señor no cesaba en su cantinela, hasta que al fin me di cuenta de que no cantaba: se quejaba. Y es que llevaba la mano fuera de la ventanilla, y al yo subir los cristales le había pillado los dedos. Le reñí, claro, le dije que a quién se le ocurría sacar la mano, que si hubiese sido la cabeza lo que hubiera tenido fuera le habría quedado aprisionada por el cuello con el cristal, y habría estado gritando para nada porque yo no lo hubiese oído.

En realidad, tampoco es que sirviese de mucho que el pobre hombre tuviera la cabeza dentro….

En fin, esto es lo que tiene no saber idiomas. Y carecer de oído, claro, porque o bien lo tenía excomulgado o bien el pasajero tenía una manera de quejarse extremadamente melodiosa. Todo podría ser…

servido por rincones 14 comentarios compártelo

20 Octubre 2008

MEMORIAS DE UN FEO

Una sonrisa siempre es una buena manera de iniciar el día, y si se trata de un lunes todavía más. Espero que os la dibujen estas "Memorias de un feo", compuestas a partir de un par de archivos de esos que los amigos te envían al correo.


Sí señores, feo, soy feo, tanto que cuando nací el doctor fue a la sala de espera y le dijo a mi padre:


- Hicimos lo que pudimos...pero nació vivo.

Ya se sabe cómo son las madres: donde esté su hijo.... No es que la mía fuese una madre desnaturalizada, no, es que yo era feo con avaricia, hasta el punto de que mi partida de nacimiento es una carta de disculpas de fábrica de preservativos.

La pobre mujer no salía de su asombro a verme tan horroroso, tanto que dudaba entre quedarse conmigo o con la placenta.

Pero no se la puede culpar, no era ella sola, era todo el mundo. Hasta las enfermeras. Como era prematuro me metieron en una incubadora..con vidrios polarizados. Así se me veía poco...

Una vez en casa, mi madre nunca me dio el pecho. Decía que solo me quería como amigo.Así que en vez de darme el pecho, me daba la espalda.

Y es que yo era muy feo... Tanto que mi padre llevaba en su billetera la foto del niño que venía cuando la compró.

Siempre fui muy peludo. A mi madre le preguntaban:

-Señora, a su hijo ¿lo parió o lo tejió?

Pronto empecé a sospechar que mis padres me odiaban, pues mis juguetes para la bañera eran una radio y un tostador eléctrico.

Una vez me perdí. Le pregunté al policía si creía que íbamos a encontrar a mis padres, y me contestó:

- No lo sé, hay un montón de lugares donde podrían haberse escondido.

Pero no crean que eran solo mis padres quienes me huían. Si hasta tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugara conmigo...

Sí, amigos, soy tan feo que una vez me atropelló un coche y quedé...mejor.

En casa éramos muy pobres, pero eso sí, a pesar de nuestra maltrecha situación económica, somos muy honrados. Mi padre era tan honrado que un día encontró trabajo, y lo devolvió.

Por eso tuve que trabajar desde pequeño. Empecé en una consulta veterinaria, y la gente no paraba de preguntar a mi jefe si era de raza.

Un día me llamó una chica diciéndome:

-Ven a mi casa, que no hay nadie.

Cuando llegué a su casa, efectivamente no había nadie.

El último deseo de mi padre antes de morir fue que me sentara en sus piernas. Lo habían condenado a la silla eléctrica.

De todas formas, he llegado a la conclusión de que ser feo tiene más ventajas que ser guapo. Ser feo hace que tu madre se preocupe más de ti, de tu educación, y te compra películas como "Dumbo", "La Bella y la Bestia", "El jorobado de Notre Dame…" Para que veas que la belleza está en el interior.

Y mientras tú te cultivas, ¿qué hace el guapo? Perder el tiempo haciéndose fotos, porque los niños guapos se pasan la infancia haciéndose fotos y llevando las arras en las bodas.

Otra ventaja de ser feo es que te haces más simpático, para sobrevivir. En cambio, los guapos, como no son simpáticos, se convierten en esclavos de su cuerpo. En marzo ya les entra el agobio si no están morenos. Si eres feo, ¡qué más da que estés blanco en agosto!

Además, a los guapos se les ven más los defectos: si un guapo tiene las orejas de soplillo, cuando se corta el pelo todo el mundo se escandaliza:

- Con lo guapo que es y qué orejas tieneeee…. ¡Parecen dos escalopes!…

Y claro, un guapo se las tiene que operar. Ser feo sale mucho más barato, porque a los feos no se nos notan los defectos.

Otra ventaja de ser feo es que si un guapo se liga a una guapa, se considera normal; ahora, si un feo se liga a una guapa, la gente te atribuye virtudes que no tienes.

- ¿Has visto a ése la tía que lleva? ¿Qué tendrá entre las piernas?

Y es que, en el fondo, es una injusticia, porque las ventajas crecen para el feo a medida que te vas haciendo mayor y los guapos cada vez lo tienen peor. Porque, si eres feo, tú con cincuenta años tienes la misma cara que a los cinco: feo. El guapo no, el guapo con la edad engorda y se queda calvo. Y esto le da una gran alegría a sus amigos, que cuando lo ven dicen:

- Mira Carlitos, lo que era y lo que es…Ahora podría llevar las arras en la cabeza, que le brilla como una bandeja.

En fin, que ser feo significa ser desinhibido, culto, simpático, ingenioso… y ser guapo es una faena y, encima, ellos no lo saben.

servido por rincones 12 comentarios compártelo

8 Octubre 2008

RAÍCES (Y III)


Desde el último verano pasado en el pueblo de mis abuelos no había vuelto a percibir el olor que traspasaba la puerta semi entornada ante la que nos detuvimos y que llenaba la casa. Liborio la empujó y entramos.

-¡Pacaaaaaa....! Te traigo visita, ven.

Instantes después apareció en la pequeña salita una mujeruca de cabellos grises, gruesa, algo torpe de movimientos. No pude evitar sentir una cierta ternura al contemplarla después de tantos años. Paca nunca había sido delgada; su pecho y caderas, amplios, generosos, sumados a la bondad que reflejaba su rostro redondito, siempre le habían dado un cierto aire de matrona que los años no habían hecho más que intensificar. Una matrona engañada, burlada, una matrona que nunca lo fue.

Durante unos segundos me miró con cierta extrañeza desde unos ojos acuosos, que hubiese jurado que no veían muy bien por como los entornaba al fijarlos en mí, hasta que al fin exclamó con inmensa alegría:

-¡Si es la Julia!

Nos fundimos en un estrecho abrazo, y me cubrió de besos ruidosos, de muchos besos.

-Lo que has crecido, hija, y qué guapa estás....- moqueaba, mirándome una y otra vez y sorbiendo por la nariz mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano - Nos hemos acordado muchísimas veces de ti y de tus padres, pero ya no creí volver a verte. ¿Han venido ellos también? Anda, ven a la cocina conmigo, siéntate allí y cuéntamelo todo. Si vieras cuántas veces me acuerdo de la Jacinta… ¿Qué ha sido de ti, te has casado, tienes rapaces, cómo están tus padres...?

Liborio reía, reía como cuando se dejaba robar la fruta.

- Calla, mujer, calla, no la atosigues y ponnos unas cervezas y queso, pero del bueno.


Entramos en la cocina. La sensación de leve aturrullamiento que sentía al verme viviendo una situación con la que no había contado cuando emprendí este viaje se mezclaba con la de que el reloj se había parado en aquel pueblo en el preciso instante en que hice mi último viaje a él. Todo estaba exactamente igual que antes, como si el tiempo hubiese evitado en su camino aquella casa, aquella estancia enorme, cálida, sus paredes de piedra viva, el techo recorrido por gruesas vigas de madera, de una madera tan vieja como la del platero, que exhibía ordenadamente alineados entre sus barrotes platos de loza deslucida pero muy limpia, los combados y ajados estantes también de madera clavados en las paredes, sobre los que descansaban todo tipo de potes y útiles de cocina de barro cocido, perdido su lustre original y casi ennegrecidos por el uso de años… Creo que no me causó la menor sorpresa ver que aún existía y funcionaba el horno de ladrillo refractario donde se hacía el pan, y que en la lumbre de la chimenea , entre sus ascuas encendidas, sobre unas trébedes, descansaba un enorme puchero en plena ebullición. Era el olor a comida sustanciosa, aromatizada con hierbas, y el del pan que se estaba cociendo en el horno el que llenaba la estancia y salía por la puerta de la casa, el que percibí cuando entrábamos en ella.

-Pero siéntate, muchacha, ¿qué haces aún de pie ahí? –me regañó cariñosamente Paca.

Obediente, tomé asiento en una de las sillas de enea que rodeaban la enorme mesa de madera maciza, al lado de la que Liborio había acercado para sí. Paca descorrió las cortinillas que cubrían la parte inferior de la encimera de piedra que recorría buena parte de la cocina, sacó una tabla de cortar y se dirigió a la enorme alacena, de donde extrajo un buen trozo de hogaza de pan y medio queso. Su olor denso y picantón vino a sumarse al de la comida que hervía en el puchero y al del pan. Olía a hogar…

-Querrás una cerveza fresquita, ¿verdad?-me preguntó la buena mujer, servicial.

La única concesión a la modernidad que había en aquella estancia era un antiguo frigorífico americano que ya estaba allí en mi primera adolescencia.

-Sí, gracias. Veo que el viejo Westinghouse sigue dando servicio- sonreí.

-Sí, aún funciona. Ya le cuesta trabajo, no creas, es viejo, como nosotros, también renquea, pero aún anda- me respondió entre risas, sin dejar de cortar buenos trozos de pan y queso y ponerlos sobre la tabla de madera.

-Qué bien huele ese guiso, Paca… Ese olorcillo da la vida.

-Son patatas, patatas a lo pobre, como nosotros-volvió a reír- Casi deben de estar listas, ¿quieres probar un poco?

La pregunta era meramente retórica, porque antes de que me diera tiempo a responder ya me estaba acercando a la boca un cucharón lleno de humeantes patatas amarillas. Olía a laurel, a tomillo…

-Cuidado, no te quemes- advirtió, solícita. Faltó poco para ello, pero mereció la pena. Estaban aún un poquito duras, pero exquisitas.

No recuerdo mucho de la animada conversación que mantuvimos, excepto que al enterarse de que había reservado habitación para el fin de semana en el hostal del pueblo de al lado, considerablemente más grande, me obligaron a sacar el móvil del bolsillo y a hacer la anulación correspondiente.

-En la casa hay habitaciones de sobra, ¿cómo te vas a ir a un sitio de esos donde duerme todo el mundo? A saber….- me reconvenía Paca, con el ceño medio fruncido.

No, no recuerdo apenas de qué estuvimos hablando, pero sí que el murmullo de la conversación flotaba en la estancia y se mezclaba con el chisporroteo de las brasas de la chimenea, con el olor del pan cociéndose, de las patatas que hervían en el puchero, con el del queso duro y la cerveza, con el de las macetas de romero, albahaca y otras plantas aromáticas que descansaban en el alféizar de la ventana…. Sí recuerdo que la atmósfera que nos envolvía era densa sin asfixiar, cálida, cariñosa, y que el reloj viejísimo que había en una de las paredes hacía un tic tac ruidoso, ronco, como asmático, que las manillas se movían lentas sin que el tiempo pasara por ellas. Y que así fue durante los tres días que Liborio y Paca me acogieron en su casa.

Ya de regreso en la mía solo tenía que cerrar los ojos para volver a ver aquella cocina, aguzar el oído para escuchar el runrún de la conversación, del chisporroteo de las brasas, aspirar con fuerza por la nariz para que las fosas nasales se me llenaran con aquella mezcolanza dulzona de pan, queso, patatas… Sentía sus sabores en mi boca, y la calidez del ambiente en mis brazos, el calorcillo de la chimenea en las mejillas… De repente caí en que no era la primera vez que recurría a mi memoria para volver al pueblo. Cuando los veranos cambiaron de paisaje, el rural por el de playa, lo hacía a menudo, cuando la nostalgia de mis abuelos, de los campos y de aquellas dos calles me hacían llorar y arreciaban las ganas de regresar allí. Lo estuve haciendo por mucho tiempo.

No pude evitar en ese momento una sonrisa. Si hubiese sido la protagonista de una película seguramente este viaje habría tenido consecuencias trascendentales. Pero no lo soy, y no me he descubierto a mí misma, no he resuelto ningún dilema moral, nada ha cambiado en mí, y tampoco se me ha ocurrido regresar a mis orígenes trasladándome a vivir al pueblo, porque “vivir” es sinónimo de “morar”, y morar implica permanecer, morar es tener a donde volver, y sólo se vuelve a los lugares que forman parte de uno mismo, al lugar del que uno es morador porque ahí de algún modo uno permanece como habitante. Por eso se vuelve al lugar de la infancia, del origen y de los padres, donde la memoria sirve de reencuentro. Por eso en realidad nunca me fui de allí y no necesito regresar.

Solo me quedaba una sensación de permanencia, de permanencia e inmutabilidad de algo que es importante. Y eso, de por sí, aun sin saber exactamente de qué se trataba, no siendo más que una sensación, daba sentido a aquel fin de semana pasado en el pueblo.

servido por rincones 8 comentarios compártelo

7 Octubre 2008

RAÍCES (II)

Estuve tentada de explorar la nueva calle, justa aunque poco imaginativamente llamada Calle Nueva, pero nada había ahí que fuera mío, ningún recuerdo, ningún olor, nada que yo pudiera reconocer, así que comencé a recorrer las antiguas, las que correteé durante los veranos de mi niñez y primera adolescencia, hasta que mis abuelos murieron. Primero se fue abuela, callada y discreta como había sido en vida. Una noche se durmió, y ya no despertó. Abuelo la sobrevivió poco, apenas unos meses. Se apagó como un fuego sin leños. Nada ataba ya a mis padres a aquel pueblito del que habían salido muy jóvenes en busca de mejor fortuna, y dejamos de venir en vacaciones . Fue un sentimiento inmenso de orfandad el que se apoderó de mí entonces, y no solo por la pérdida de mis abuelos. Fue algo más, que no he logrado averiguar aún hoy.

Pensé que tras cerca de 30 años de ausencia nada me sería familiar, pero me equivocaba. El tiempo, o mi mente, no sé, parecieron dar marcha atrás, cada casa era la que tenía que ser, y ocupaba el lugar que tenía que ocupar. Cada piedra, cada árbol… Incluso el perro que husmeaba en una esquina antes de levantar la pata para orinar parecía ser el chucho callejero y pulgoso al que perseguía de pequeña. Pocas personas transitaban por allí a aquellas horas, era época de labores en el campo; apenas alguna que otra señora mayor que renqueaba por la cuesta arriba acarreando bolsas de la compra, y ancianos de paso lento y bastón largo, de espaldas encorvadas y rostros atezados, curtidos y cuarteados por el sol, con cada uno de los surcos arados en el campo grabados en la piel de sus nucas, de sus caras, de sus manos. Todos me miraban sin disimulo, con fijeza y casi descaro al cruzarse conmigo, ellos estaban en su pueblo, yo era “ la forastera”. Siempre lo fui, lo mismo que mis padres, que emigraron muy jóvenes.

Dos abuelos, sentados en un banco de piedra, clavaban sus ojos en mí de una forma que casi empezaba a resultarme incómoda. Al pasar frente a ellos, uno me dijo: "Tú eres de los Mochilones, ¿verdad?". Me sorprendió oír el mote de mi familia, era algo que casi había olvidado.

-Debes de ser la nieta de la Jacinta, tienes su misma cara.

Jacinta era mi abuela... Y me sentí profundamente emocionada. No sé si más emocionada o sorprendida.

-Sí, lo soy, soy la hija de Martín, el hijo que le quedó vivo a Jacinta después de la guerra.

- ¿No te acuerdas de mí, muchacha? Soy el Liborio. Yo sí que me acuerdo de ti, y de los melones que me robabais los gamberros de tus amigos y tú...

La risa cordial y franca del anciano empequeñeció más aún sus ojos, hasta casi enterrarlos entre los surcos de su rostro. Ya no lo recordaba… Una de mis diversiones favoritas , de pequeña, era ir a robar fruta con otros niños del pueblo, muchas veces a las tierras de sus propios padres. Era emocionante aquel subidón de adrenalina cuando el dueño nos veía y teníamos que salir corriendo con nuestro botín en las manos huyendo de él, de sus improperios y de la garrota que empuñaba. No he probado jamás fruta que supiera mejor que aquella, cuando al fin nos podíamos sentar bajo algún árbol, lejos del energúmeno, a comer el resultado de nuestra bribonada.

-Han pasado tantos años, Liborio... Pero sí, me acuerdo de usted, y de Paca, su mujer. ¿Cómo está?

-Bien, ¿quieres venir a casa y así la ves? A ella le gustará saber de ti, te quería mucho.

Era cierto. Paca no pudo tener hijos; quedaba embarazada, sí, pero al poco tiempo de gestación algo se rompía dentro de ella, y ella se rompía con cada hijo roto. Paca y Liborio eran un poquito padres de todos los chiquillos del pueblo, incluida yo, “la forastera”, la nieta de Jacinta. Liborio era el que más gritaba y más aspavientos hacía cuando nos veía merodeando por su campo de melones, el que más ferozmente agitaba la garrota en la mano, amenazándonos con gritos espantosos. Nosotros sentíamos la adrenalina casi electrificarnos el cuerpo mientras huíamos a toda velocidad con nuestro botín, el corazón palpitante, pero no podíamos evitar la risa ante su enfado, y sobre todo cuando veíamos lo mucho que siempre tardaba en reaccionar y salir corriendo tras nosotros. Una de aquellas veces, al volver la vista para comprobar si nos alcanzaba o no, me pareció verle reír y aquello me desconcertó, pero la sensación apenas me duró un segundo, yéndose a diluir en la emoción de la huida. Ahora sabía a ciencia cierta lo que una vez medio alcancé a sospechar por un fugaz instante: Liborio se dejaba robar la fruta.

-Sí que lo sé, Liborio, sé cuánto nos quería ella a todos. Y usted... -sonreí- Me encantaría poder saludarla, sí, y darle un fuerte abrazo.

Con trabajo se levantó del banco de piedra y se despidió del otro anciano, que había permanecido en absoluto silencio todo el tiempo y que apenas hizo un gesto con la cabeza a modo de adiós.

-¿Quién era ese señor, Liborio? -pregunté, mientras emprendíamos camino a paso lento, muy lento, hacia su casa- Hace unos 30 años que vine aquí por última vez, no consigo recordar quién puede ser.

- Nunca lo conociste... Julia. Te llamabas Julia, ¿verdad? El Tomé se fue del pueblo antes de que tú nacieras, como tantos otros. Como tus padres. Hubo un momento en que solo quedamos aquí unos cuantos, los que no sabíamos cómo trasplantar nuestras raíces en otras tierras. Los que no quisimos que el pueblo se fuera muriendo solo. Luego, con los años, algunos fueron regresando, como el Tomé, y vinieron otros, señoritos de ciudad huyendo del asfalto en busca de raíces y de tierra donde plantarlas. Y el pueblo dejó de morirse, y le salió una calle nueva.

 

servido por rincones 4 comentarios compártelo


Sobre mí

Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

Si desean hacernos alguna sugerencia pueden hacerlo a a.los.rincones@gmail.com

Fotos

rincones todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera