Cada día caemos y cada día nos levantamos...
No es fácil convivir con un fracaso. Siempre te queda la duda de que pudiste hacerlo mejor. Que quizás TÚ tenías que haber aportado la solución. Pero también surge la duda inevitable... ¿Acaso ella no tuvo su parte de culpa, no debería haber ofrecido también alguna opción, por ridícula o lejana que pudiera parecer?
Aún la añoras. ¿Pero realmente echas de menos a la compañera, o solo una compañía para matar soledades y a cuya presencia te acostumbraste por rutina? Después de haber vivido años con ella, ¿cuál es el poso que queda? ¿Fue algo tangible, palpable y profundo, algo que dejó una huella indeleble o al menos un recuerdo? ¿O por el contrario fueron restos tan inconsistentes que a la primera brisa dejan al descubierto un vacío doloroso, amargo e incomprensible?

Y acabas confesándote desde la flaqueza inherente a tu propia humanidad que lo que te desasosiega es la incertidumbre de tu futuro. En cierto modo, la edad nos ancla en la rutina. No lo deseamos. Y sin embargo es nuestro norte, y nos amilana todo aquello que no se ciña a ella, “¿Qué hacemos con esto?”, “¿Cómo hemos de comportarnos?” Hemos olvidado que, desde el primer momento de nacer, se nos impone la obligación de afrontar esta maravillosa y dolorosa aventura llamada VIDA. Y por el simple hecho de considerarla como una aventura, hemos de tener presente la máxima “Nunca des nada por sentado”. Un día lo tienes planificado, medido, atado. Incluso hasta contabilizado. Al día siguiente se nos fue todo por el sumidero. “¿Qué nos ha pasado?”, “¿Ahora qué hacemos?”
Todos los días se nos pregunta (aunque no escuchamos y, por supuesto, ni nos tomamos la molestia de contestar): “¿Qué harás con tu vida, qué esperas de ella, qué espera ella de ti y qué le darás?”
Tras el fracaso no podrás volver a las mismas cosas. Son dolorosas. Los recuerdos son traviesos. O bien llenas las horas malamente con actividades vacías (¿cómo llenar con el vacío...?) o te replanteas todo. Y si algún resto de inocencia te queda, sientes que se extingue. Te preguntas si el deseo de vivir, amar, apasionarte, ilusionarte e incluso de vivir volverá a prender (y a aprender) de nuevo.
Lo que jamás deberemos es mendigar compañía a cambio de cariño. Es un precio terriblemente caro. La soledad duele, pero la compañía mal entendida nos sale muy cara. Tengámoslo presente.
EUDLF



haptesupreina dijo
Que gran verdad enuncias al finalizar tu post, no hay que mendigar compañia a cambio de cariño,...realmente en la soledad tras una ruptura, cuando añoramos a la otra persona, realmente a veces añoramos mas la idea que hemos forjado sobre el amor, la ternura, la complicidad....y que asignamos a esa persona, pero mas bien estamos añorando algo abstracto ...
besos
27 Octubre 2006 | 11:10 PM