Una noche de amigos
Esta noche estoy solo en mi habitación. Por toda compañía, la divina voz de Carmen París, a golpe de notas con su preciosa canción "Jotera lo serás tú". Ensimismado, sus acordes me envuelven. No debieran permanecer prisioneros en estas 4 paredes, honrando a un solo oído... Preso de su magia, mis ensoñaciones hacen que sus notas traspasen esas mismas paredes para transportarme a un bar desde cuya radio emergen ahora esas letras, entreverándose con las risas procedentes de la mesa en que, ante unos vinos y más rones, me hallo sentado con mis amigos de toda la vida.
Seguimos siendo jóvenes. Esa esencia de aventura, de inconsciencia, de bienventurada y deliciosa locura, si lo palpas... Miras a tus amigas. Todas ellas risueñas, con las tonterías del vino haciendo chispear sus ojos, sus mejillas, sus bocas. Lo sabes bien: siempre hay alguna por la que se te van los ojos. Una sonrisa. Una mirada singular. Ni siquiera cómplice, no te atreves a tanto. Ay, qué ingenuidad en todo ese instante. El vino te deslengua. Te embota unos sentidos y te despierta otros. Curiosamente, nunca sabes cuáles son los sentidos correctos que embotar y cuáles los que despertar. Son muy caprichosos, ¿no crees?
Tanto deslenguar que no sabes...¡miento! sí, sabes, pero no controlas lo que dices. Lo que debieras decir, callas y lo que debieras callar, dices. No hay otra palabra: embriaguez. Estás entre colchones que cubren tu piel, a gusto. Te quieres acercar a ella. Tu estómago mariposea. Le dices palabras divertidas, simpáticas, y surge la risa, y quieres suponer que hasta la mirada...¿pícara, quizás incluso coqueta?. En nuestras chanzas, mi amiga cómplice sigue el juego no escrito. Y no dejo de mirarla. ¿Me está mirando ella o me querré engañar en esta noche feliz? Qué más da. De ilusiones se vive, y aunque no alimenten, te quitan el hambre de la desazón. Porque hasta los polvos pueden ser vacíos. Tiene más perdición una mirada que lo dice todo que un polvo vacío que nada te dijo tras su consumación.
Y de fondo, Carmen París aún presente en nuestros oídos. Voz que nos hipnotiza y nos contagia de una alegría de la que no puedes -y es que tampoco quieres- zafarte. Es una invitación a que esa noche debe ser inolvidable. Voz rasgada, rica, llena de matices. El humo del bar, las botellas vacías. Suenan salsas, rumbas, jotas, chotis... Voz que no es de ángeles. Dudo que un ángel recalara en un garito. Tampoco del diablo. Él no nos tentaría a la camaradería. Voz de una mujer que ha visto y conocido mundo, que te lleva a golpe de quiebros sonoros a tierras no pisadas por nosotros.

"¡Mesonero, una ronda más de vino!". Más risas. Es el jolgorio por el jolgorio, rozando la hilaridad. A estas alturas de la noche, ya nada importa. Tampoco importa si ella no te hizo el caso que secretamente deseabas, al menos las risas compartidas en cómplice e inocente juego quedan en el recuerdo. El roce casual de su mano en tu brazo, su fragancia que, emanando del cuerpo, atraviesa su hermoso cabello e inunda tu olfato hasta el vértigo. No trastabillas con ella porque Dios es grande. Y si lo haces, la risa preñada de camaradería ayuda a compenetrarse. Sabes que no ocurrirá nada digno de mención. Pero por Dios, la complicidad que esa noche tuviste con esa chica... Ésa no la olvidas.
Pensarás que te hablo de una noche de borrachera feliz. No, fue mucho más que eso. Hablo de la camaradería surgida en un momento cómplice, del sentimiento de unión con una amiga. De una unión callada en el fondo y reída en la superficie. Y lo que podría haber pasado entre ambos, que jamás se comentará, aunque en momentos fugaces, nuestros ojos al cruzarse... ambos pensáramos: "Ahí quedó".
Las horas pasan. El vino nos mella la voluntad como el mal afilador de cuchillos. Los ojos, desobedientes, se nos cierran. Nuestras manos, y traviesas, si no rompen nada, tienden a juguetear con todo lo que puedan alcanzar. Y el cuerpo... ¡ay! Para el arrastre, ya te digo. Deseando nuestra cama, esa compañera fiel que nos espera cada noche. Mañana ya será otro día.
Se apagan las últimas notas de la París, y con ella, la ensoñación de una noche de amigos. En fin, apuro mi última copa y a dormir.
Buenas noches.
EUDLF



Señora Nostalgia dijo
Canario, qué agradable jolgorio..., y lo mejor de todo..., sin consecuencias que lamentar. Es delicioso cuando la sangre nos "burbujea", sin llegar a emborracharnos por completo. Por lo que veo te la pasaste toda la noche con la misma ansiedad y el cosquilleo de un "asaltante al borde del camino". Un saludo. Madeleine
12 Noviembre 2006 | 03:23 AM