LA LUZ (2)
Aquella noche, la proximidad de los exámenes hizo que sus compañeros de piso, Chema y Jaime, decidieran emplearla estudiando también. Tras cenar despejaron la amplia mesa del salón y pusieron en el centro la inevitable cafetera. La noche iba desgranando sus horas, los minutos pasaban lentos, y con ellos los folios de apuntes y las páginas marcadas y subrayadas de los libros, mientras las colillas se iban amontonando en los ceniceros hasta rebosarlos. Aunque en otras ocasiones las charletas y las risas solían jalonar con más frecuencia de la debida las sesiones de estudio, en aquella se estaba aprovechando bien el tiempo.

Cansado, Alberto apuró el último sorbo del café - el enésimo de aquella jornada - y encendió otro cigarrillo. Miró a través de los cristales de la terraza, dejando pasear la vista por la calle dormida. Sentía los ojos cargados por el sueño y por el esfuerzo de fijar la vista tantas horas, y se los frotó levemente con las manos. De improviso algo atrajo su atención: era la luz de la ventana de enfrente. Alberto miró con curiosidad, pero no hizo el menor comentario a sus compañeros que, vueltos de espaldas a la terraza, no podían verla. ¿Quién habría bajo esa bombilla...? Dejó que su mente se perdiera de nuevo en barajar posibilidades acerca de la persona que ocupaba aquella habitación. Lo más probable era que aquel piso lo habitase una familia, pero, tratándose de varias personas, a alguna podría haber visto asomada a una ventana o a la terraza en el tiempo que llevaba viviendo en la calle Gervasio Gómez. No; decididamente tenía la corazonada de que era una mujer quien ocupaba aquella habitación. ¡Pero qué absurdo...! ¿Por qué una mujer...? Y además, ¿qué le importaba quién encendía aquella luz? Sacudió la cabeza y apartó esos pensamientos rápidamente para volver a concentrarse en los problemas de Química Industrial.
Los siguientes días tanto Alberto como sus compañeros, aguijoneados por la proximidad de los exámenes, consumían sus horas entre libros, cafés y cigarrillos. Y con ellos y con la noche allí estaba aquella luz, sin faltar puntualmente a su cita. Alberto miraba con frecuencia hacia la ventana pero jamás conseguía ver a nadie asomado a ella, ni siquiera una sombra pasando por delante, y eso contribuía a excitar su imaginación y su curiosidad. No podía evitar preguntarse quién sería la persona que encendía y apagaba aquella luz noche tras noche mientras el resto de las del edificio permanecía apagada a esas horas, y dar rienda suelta a todo tipo de conjeturas sobre ello.

Una de aquellas noches Jaime, cansado de las largas horas de estudio, se levantó de su silla y, desperezándose lentamente, con parsimonia se dirigió a la terraza. Reparó en la ventana iluminada del bloque de enfente, y comentó que mira tú, seguro que otro infeliz como nosotros, matándose a estudiar. Alberto, que hasta ese momento estaba concentrado en los problemas de Química Industrial, levantó vivamente la cabeza y miró a la terraza. Enseguida, casi sin darse cuenta, replicó que no, que se trataba de una mujer y que no estaba estudiando. Su respuesta fue celebrada con risas y comentarios. ¡Qué chaval..! Es que no pierdes el tiempo, ¿eh? A ver, información, información, ¿está bien la chica? ¿Cómo es? ¿Cómo se llama? Alberto se sintió confuso de repente. En realidad no sabía cómo estaba, si estaba bien... Es más, no sabía siquiera si era una chica. Jaime y Chema se sorprendieron momentáneamente, pero enseguida continuaron las risas y las bromas. Entre confundido y enfadado consigo mismo por su inexplicable reacción, Alberto confió de forma muy escueta a sus amigos sus cábalas acerca de aquella luz. Jaime, riendo, aseguró que la Química Industrial haría perder la cabeza a su amigo. Durante unos minutos más continuaron las bromas y los comentarios, pero pronto volvieron a concentrarse en los folios de apuntes. Alberto mantuvo la vista fija en la ventana de enfrente durante unos segundos, y luego, encendiendo un cigarrillo, inclinó la cabeza sobre la mesa y pasó una hoja del libro de problemas.
Al día siguiente, en cuanto abrió los ojos, lo primero que acudió a su mente fue el recuerdo de aquella luz. Saltó rápidamente de la cama y se asomó a la terraza. Por supuesto ya no había luz eléctrica, y la persiana estaba casi totalmente levantada, pero no se veía a nadie. Alberto sintió un punto de desilusión, pues no había ninguna mujer asomada a aquella ventana, como había esperado fugazmente por un solo segundo. Porque para él comenzaba a ser ya indudable que allí habitaba una mujer.
Aquella noche se sentó a las 9 frente a la terraza, pero la habitación seguía a oscuras aún. Jaime y Chema se asombraron al verlo tan temprano frente a los libros y los apuntes. Pero hombre, hoy hay peli, y de las buenas, ¿ya vas a empezar? ¡Claro! La película... Ella estaría viendo la televisión, porque después de las noticias de las 9 emitían un largometraje. Alberto se sentó junto a sus amigos frente a la pequeña pantalla, y, sin saber muy bien por qué, las dos horas que duró el film se le hicieron interminables. Cuando la pareja protagonista no había terminado aún de darse el beso en la escena final se levantó del sillón y se sentó frente a la terraza. La luz de enfrente no se había encendido, y le invadió una sensación de desencanto, mientras su entrecejo se fruncía levemente. Pero pronto una sonrisa despejó su rostro. La ventana acababa de iluminarse. Evidentemente, quien ocupaba aquella habitación sí había esperado hasta que terminó el beso de los protagonistas.




Antonio Alviárez dijo
Cuando te estás formando, todo parece una lata; pero depende del punto de vista con qué lo mires. Se trata del futuro y cualquier intento es poco, no importa que tan incierto pueda ser, te formas tu, el hombre del mañana, esto es lo importante.
Buen Relato amiga, besos
29 Noviembre 2006 | 12:27 PM