La Coctelera

rincones

1 Diciembre 2006

LA LUZ (5)

Por la mañana se levantó con un fuerte dolor de cabeza, pero aun así bajó a la calle y se hizo el encontradizo con el portero del edificio de enfrente. Inició de nuevo una charla amistosa, plagada de todos los estereotipos al uso. Aquel portero era tan agradable... Alberto fue guiando la conversación hacia lo que le interesaba: el vecindario que habitaba en aquel edificio. Pero cuando más cerca estaba de hacer la pregunta clave sus cuerdas vocales parecieron rebelarse y no pudo pronunciar las palabras mágicas, el abracadabra que hubiese solucionado todas sus dudas y hubiera puesto fin a sus angustias. No fue capaz. De repente le parecía un acto deshonesto y casi sacrílego descorrer el velo de misterio que su imaginación había urdido sobre la persona que ocupaba aquella habitación. Su quimera, evanescente como la luz de las farolas y de la bombilla y el humo de los cigarrillos entre los que se había ido moldeando, podía desvanecerse, resuelta en nada, con una sola palabra del portero. Y se fue a casa sin saber lo que tanto ansiaba.

Cuando subió a casa, ni siquiera estaba enfadado consigo mismo. Solo tremendamente cansado, vencido...

La semana siguiente trajo de la mano la Navidad. Tenía que regresar a la localidad gaditana de que era originario, con su familia, y lo hizo. Pero fueron los diez días más amargos que recordaba en toda su vida. No podía evitar sentirse desplazado, totalmente fuera de lugar, como si se hallase en el sitio equivocado. No era allí donde deseaba estar; su pensamiento volaba constantemente hacia los ventanales de su terracita, hacia la ventana iluminada. Era incapaz de centrarse en las conversaciones, a veces estaba como ausente... Las 24 horas se le hacían eternas; accesos casi perpetuos de algo muy parecido a la ansiedad le devoraban, y lo mantenían instalado en un estado de mal humor casi constante.

Transcurrido el día de año nuevo regresó al piso. Sus compañeros estaban aún en sus respectivas casas, pero Alberto lo prefería. Pasó la primera tarde espoleado por la impaciencia y la intranquilidad, contando los minutos, deseando que llegara la noche. Se sentó frente a la terraza poco después de las 9.30. Miraba el reloj con frecuencia mientras intentaba concentrarse en una novela, sin apenas enterarse de lo que leía. ¿Y si la chica estaba fuera, de vacaciones...? Su mirada iba alternativamente de la terraza a las páginas del libro, por cuyas líneas resbalaba penosamente, con desgana, en tanto que las palabras escritas se mezclaban en su mente con la posibilidad de que no se iluminara aquella habitación, con el desasosiego que ello le producía... Por fin, pasadas las 12, algo más tarde de lo acostumbrado, se encendió la luz. Había tardado, pero lo importante era que ya estaba allí, y Alberto sintió que la sangre volvía a correr por sus venas.

A partir de ese momento le preocupó cada vez menos quién pudiera ser aquella mujer. Ya no trataba de imaginársela, ni le importaba si tenía el pelo o los ojos de tal o cual manera. Todo eso había pasado y dado lugar a un ser difuso, intangible, sin un aspecto determinado, simplemente una mujer sin rostro, sin figura. Era una realidad tan abstracta y tan concreta a la vez... Acabó por admitir que, poco a poco, se había ido enamorando de aquella chica que su imaginación había ido creando, aunque su razón se resistiese a reconocerlo. Estaba seguro de que aquella mujer existía, de que estaba en aquella habitación aunque no la hubiera visto ni una sola vez siquiera asomarse a la ventana.

Era el suyo un amor puro, realmente platónico, un amor que se alimentaba y conformaba solo con ver la luz unas horas en la madrugada. Amor platónico... Siempre había creído en él, en ese amor que solo necesita de sí mismo para sobrevivir, el que se autoalimenta sin necesidad de contacto físico. Sí, había creído en la posibilidad de amar a una persona por ella misma, sólo a la persona, al ser humano, sin condicionamientos de ningún otro tipo, sin esperar nada a cambio, aun sabiendo que es imposible la correspondencia. Amar sin poder evitarlo, sin casi querer evitarlo, aun doliendo, conformándose con unas palabras del ser amado que nutren ese sentimiento que sabe que no puede aspirar a más, pero que se siente satisfecho con tan pobre alimento. El más noble y sincero amor, porque no pide, solo da; no espera, simplemente da; no pone condiciones, sencillamente da... Es amar por amar, aun con dolor. Es puro altruismo, pura idealización del amor y de lo amado... Sonrió al pensar que el sentimiento que había concebido iba incluso más allá de su concepción del amor platónico, que había conseguido incluso su reducción a lo abstracto. O más bien al absurdo... Ni siquiera de palabras; su amor se nutría de una simple luz, de la seguridad de que bajo ella respiraba y latía un corazón que imaginaba de mujer, de mujer solitaria, como él, vestida de su mismo miedo al mundo de ladrillo, a las responsabilidades, a las riendas de una vida que se acercaban peligrosa e inevitablemente ya a sus manos... Dudas sobre su capacidad para tirar de ellas. Miedo a la realidad. Miedo a la vida... Necesitaba creer en esa mujer.

Sus estudios iban de mal en peor; los primeros parciales había conseguido aprobarlos, pero los que siguieron fueron un fracaso auténtico. Intentaba estudiar, pero no le era posible concentrarse en los libros. Conforme pasaban los meses su pensamiento no era capaz de orbitar más que alrededor de un único sol: la luz del segundo piso del edificio de enfrente. No podía apartarla de sí. Jaime y Chema no comprendían qué le ocurría a Alberto, pues cada vez que le preguntaban solo obtenían la callada por respuesta, pero intentaban ayudarlo en todo lo posible, y, cuando terminaron los exámenes finales, ya casi en julio, consiguió aprobar todas las asignaturas menos dos.

Al día siguiente de haber aparecido las notas en el tablón de anuncios de la facultad y de haber recogido las papeletas con las calificaciones, Jaime y Chema, que habían logrado superar el curso, se despidieron de Alberto para dirigirse ya definitivamente a sus respectivas casas. Esperaban que tuviera suerte en septiembre y que pudiese licenciarse por fin. Pues por supuesto que se intentará, gracias por el apoyo y la ayuda prestada en estos últimos meses. Bah, lo que hay que hacer es quitarse esas musarañas de la cabeza, y, por supuesto, nos llamaremos y nos veremos de vez en cuando, que después de cinco años juntos qué menos, y ya te localizaremos en septiembre, a ver cómo ha ido la cosa... Adiós, adiós...

Alberto se quedó solo en el piso, que, de repente, le pareció inmenso y desolado. No era ni siquiera mediodía. Una ligera angustia le arañaba el estómago; hasta que se encendiera la luz habían de pasar muchas horas aún, y de pronto sintió un amago de soledad y un vacío interior que le corrieron como un seco latigazo desde los pies a la cabeza. Se dirigió lentamente hacia el salón, y se sentó frente a la terraza, con la desasosegante sensación de que su cuerpo iba empequeñeciendo poco a poco. Cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la barbilla en ellos, mirando al frente, a la nada, con los ojos muy abiertos.

Estaba solo, sus amigos se habían ido, y de repente se encontró mal, al borde incluso de las náuseas. Pero lo peor de todo era que él había de marcharse un día u otro de aquella semana. Ya nada tenía que hacer allí, y sus padres estaban esperándolo. La luz... Cierto que tenía que volver en septiembre los días de exámenes, pero después ya no la vería más. Se sentía solo, pequeño, desvalido... Una enorme angustia le atenazaba, y parecía oprimirle las entrañas. Por un solo instante pensó en una última tentativa de hablar con el portero de enfrente, pero para qué... Sabía que en el momento de la verdad sería incapaz de atreverse a descorrer aquel velo de misterio que su imaginación había urdido.

Se levantó y encendió un cigarrillo para intentar calmar los nervios. Pitillo en mano paseó de una punta a otra todo el salón varias veces, dando chupadas cortas y rápidas al cigarro, y, por fin, con un resoplido, se dejó caer en la silla de nuevo. Se sentía como un león enjaulado, sin la menor idea de cómo resolver las dudas y la angustia que le atenazaban. Comprendía que todo aquello era una locura, que no podía seguir preso de un sentimiento absurdo, provocado por algo igualmente absurdo como era la luz que desprendía una bombilla, pero no podía sustraerse a él. Aunque era una persona sociable, interiormente se sentía distinto, solitario, incapaz de identificarse con los demás, de sentirse plenamente a gusto entre ellos, uno más... Aquella luz le proporcionaba una compañía tan real y próxima como nunca había sentido, y mitigaba la sensación de soledad y pequeñez que le habían acompañado desde donde le alcanzaba la memoria. Su fantasía había querido que el corazón que en la noche latía bajo aquella bombilla fuera el de una mujer, a la que hacía tiempo que no quería identificar ni imaginar, un ser abstracto sin rostro, sin figura, hecha solo de imaginación. Ésta había tejido un ser a medida de sus necesidades; si hubiese preguntado quién vivía en aquel piso probablemente habría destruido su quimera. Sintió que la cabeza iba a explotarle...

Así permaneció dos días más, sin faltar, por supuesto, a la cita nocturna. Al cabo de aquellos dos días decidió que lo mejor era irse a su casa, no prolongar más aquella agonía. Quizás la distancia le ayudara a tranquilizarse, a poner las cosas en su sitio.

RENAISSANCE

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8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

zigzag

zigzag dijo

Sigue siendo alucianante ren. Quiza esa apertura total a la imaginación de cada uno es el perfecto final. Todo en el aire para que cada uno continúe yendo y viniendo al piso de enfrente, a esperar esa luz.
Todos hemos vuelto a sitios con la esperanza de recuperar un algo, de reencontarnos con alguien o simplemente de rememorar a una persona. hay cementerios, como paradigmas de los recuerdos y hay árboles, casas, plazas, bares, habitaciones, libros...mil cosas que nos llevan más allá de la realidad a suponer, a inventariar, a recuperar del recuerdo. Y hay luces que nos pueden traer, como a Alberto, un universo para envolver nuestro corazón, nuestros deseos, nuestros sueños, nuestras carencias.
Realmente de imágenes en proyección ren, realmente increíble tu relato.
Me quedé...encantado, eres estupenda.
Un besazo.

1 Diciembre 2006 | 11:01 AM

Antonio Alviárez

Antonio Alviárez dijo

El chico debe buscar solución a su estado, la vida pasa sin dejar vuelta atrás.
Saludos

1 Diciembre 2006 | 11:06 AM

haptesupreina

haptesupreina dijo

Ren, esto cada vez esta mas interesante, como ya tienes puesto el final, solo te dejo un besazo y me voy radua a leerlo porque me corroe la curiosidad, aunque yo de el no desvelaria el misterio ya que la realidad nunca es tan ideal como lo que imaginamos...
Besos en unos momentos nos vemos en el siguiente post

1 Diciembre 2006 | 06:20 PM

Señora Nostalgia

Señora Nostalgia dijo

Renaissance, tienes tal dominio de la técnica y de la prosa, que nos has mantenido a todos vigilando la ventana..., esperando con Alberto que se encienda la luz. Ya veo que tu personaje, pudiendo, no quiere descifrar el enigma. Simplemente, quiere mantener su ilusión, porque si la realidad fuese diferente a lo que él ha imaginado, su sueño de amor se vendría abajo como un castillo de naipes (cobardía???). Pero si la realidad fuese tal y como él la sueña, se estaría privando tal vez de vivir una historia de amor... Sabes que este es un cuento que tiene múltiples y muy distintas enseñanzas, dependiendo de la interpretación que le demos? i.e. aquéllos que cierran los ojos a la realidad y prefieren vivir una mentira y convencerse que son felices? o el caso del que no necesita palpar, ver, para amar? No sé, me vienen a la cabeza muchos ejemplos. Fabuloso tu relato. Qué montón de sentimientos distintos que genera. Te felicito mi amiga, serás mi profesora de literatura en adelante?. Gracias. Madeleine

1 Diciembre 2006 | 06:57 PM

Darunia

Darunia dijo

Por fin hoy he podido disponer de un ratito para leerte. No me creerás, pero ayer, que estuve todo el día en Barcelona, varias veces me acordé de ti. Pensaba: Ya habrá colgado Ren el final de la historia.
Y anoche, cuando regresé a casa, traía la cabeza ten embotada que preferí dejarlo para hoy. Quería leerlo con toda tranquilidad.
Este capítulo me ha generado una gran angustia por dentro. Sentía exactamente lo que Alberto. Porque algunos párrafos me estaban describiendo.
Ha estado sencillamente genial. Me voy pitando a por el final.
Un beso.

2 Diciembre 2006 | 06:58 PM

Antonio Alviárez

Antonio Alviárez dijo

Ayer cuando leí el post, tenía en mente un comentario digno del mismo; hoy que puedo volver a sentarme a leer a mis amigos lo he perdido en mi mente. Pero hay algo obvio, me gusta la forma de escribir.
Un saludo

3 Diciembre 2006 | 12:54 AM

ren

ren dijo

Zig, la que se ha quedado alucinada he sido yo al leerte. Parecía que estuvieras en mi mente cuando concebí al personaje, sus motivaciones... Efectivamente, esa luz es el universo en que Alberto proyecta su deseos más íntimos, sus ilusiones, sus miedos y sobre todo sus carencias, en un momento especialmente crítico de su vida: ese en que comienza la etapa en que todos tenemos que hacernos cargo de manejar nuestras propias riendas, con todo lo que eso supone de temores e incertidumbres.

El comentario ha sido precioso, Zig, lo he disfrutado muchísimo. Eres un poeta de la vida, te lo repito.

Un besazo alucinado.

Antonio, qué razón tienes... En muy poquitas ocasiones la vida nos deja rectificar, y parece mentira que no escarmentemos nunca, cuando aún estamos a tiempo. Me temo que Alberto prefirió dejar su situación sin arreglo. Es de esas persona que prefieren instalarse en la comodidad y seguridad de su sueños que lanzarse al riego de la aventura de vivir la realidad plenamente, con lo que ello conlleve.

Un beso enorme, amigo.

hapte, efectivamente, raras veces la realidad responde a las ilusiones que nos hicimos sobre ella. En alguna ocasión incluso supera nuestra perspectivas, pero por lo general ni las alcanza. Ese era el miedo de Alberto: que sus expectativas quedasen defraudadas.

Besitos, reina.

Madeleine, has calado perfectamente la sicología del personaje: él podría descifrar el enigma, como dices, pero tiene miedo de que el castillo de naipes que ha forjado en torno a esa figura que él imagina de mujer se derrumbe. Alberto es de esas personas que sienten pánico a enfrentarse a la realidad porque se ven desbordados por ella, piensan que les supera, y prefieren vivir encerrados en su mundo de fantasía. Ahí se siente seguro porque es él quien toma las riendas. Pero a la vez es un idealista irredento; el amor que ha concebido por esa mujer cuya existencia imagina es un sentimiento en estado puro. Y tan hermoso... No, no necesita mayor alimento, vive de sí mismo. Y no quiere arriesgarse a dejar de sentir algo tan especial teniendo que enfrentarse a la realidad. Quizás, después de todo, allí no habita ninguna mujer, o quizás si existe esa chica al final no responda a su expectativas, o puede que tras un tiempo de relación ese sentimiento se desgastase como tantas veces sucede en la realidad.

Gracias por tus calurosas palabras, querida Madeleine; yo seré tu profe y lo que tú quieras, desde luego que sí, pero después de leer tus posts y tus aportaciones en los comentarios, me temo que pocas clases puedo yo darte.

Un beso enorme que se va allá desde Sevilla, y otro no menos grande que sale directamente de Gran Canaria.

Darunia, después de lo que hemos comentado en tu blog en alguna ocasión creo que podría señalar los párrafos a los que te refieres, porque yo podría decir lo mismo respecto a ellos. No es difícil que cuando escribes dejes algo de ti en el personaje que manejas.

Te agradezco muchísimo tus palabras, de verdad, porque tenía mis dudas a la hora de postear este relato. Me parecía demasiado largo para mantener la atención de los lectores tantos días, no sabía si resultaría interesante o creíble un personaje que llega a rozar el absurdo en su comportamiento y en sus actitudes.. He escrito muy pocos relatos, pero a este le tengo un cariño especial por muchos motivos, y me apetecía muchísimo compartirlo aquí, con vosotros. Saber que hasta lo recordabas estando en Barcelona me ha hecho muchísima ilusión, de veras.

Un besazo.

Antonio, no sé qué palabras se perdieron en tu mente, pero las que más he podido agradecerte son estas : "hoy que puedo volver a sentarme a leer a mis amigos". Ya me enorgullece que te guste mi forma de escribir, pero más aún estar situada en esa lista de amigos.Gracias, maestro, un beso enorme.

3 Diciembre 2006 | 07:32 PM

sarah

sarah dijo

Uf! ren, sí maravilloso como sigue...
agonía es la palabra...angustia por ese sinvivir de amor...
sigo!
como has escrito ren!
Un beso, este relato es muy bueno!

4 Diciembre 2006 | 08:03 AM

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Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

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