LA LUZ (5)
Por la mañana se levantó con un fuerte dolor de cabeza, pero aun así bajó a la calle y se hizo el encontradizo con el portero del edificio de enfrente. Inició de nuevo una charla amistosa, plagada de todos los estereotipos al uso. Aquel portero era tan agradable... Alberto fue guiando la conversación hacia lo que le interesaba: el vecindario que habitaba en aquel edificio. Pero cuando más cerca estaba de hacer la pregunta clave sus cuerdas vocales parecieron rebelarse y no pudo pronunciar las palabras mágicas, el abracadabra que hubiese solucionado todas sus dudas y hubiera puesto fin a sus angustias. No fue capaz. De repente le parecía un acto deshonesto y casi sacrílego descorrer el velo de misterio que su imaginación había urdido sobre la persona que ocupaba aquella habitación. Su quimera, evanescente como la luz de las farolas y de la bombilla y el humo de los cigarrillos entre los que se había ido moldeando, podía desvanecerse, resuelta en nada, con una sola palabra del portero. Y se fue a casa sin saber lo que tanto ansiaba.
Cuando subió a casa, ni siquiera estaba enfadado consigo mismo. Solo tremendamente cansado, vencido...

La semana siguiente trajo de la mano la Navidad. Tenía que regresar a la localidad gaditana de que era originario, con su familia, y lo hizo. Pero fueron los diez días más amargos que recordaba en toda su vida. No podía evitar sentirse desplazado, totalmente fuera de lugar, como si se hallase en el sitio equivocado. No era allí donde deseaba estar; su pensamiento volaba constantemente hacia los ventanales de su terracita, hacia la ventana iluminada. Era incapaz de centrarse en las conversaciones, a veces estaba como ausente... Las 24 horas se le hacían eternas; accesos casi perpetuos de algo muy parecido a la ansiedad le devoraban, y lo mantenían instalado en un estado de mal humor casi constante.
Transcurrido el día de año nuevo regresó al piso. Sus compañeros estaban aún en sus respectivas casas, pero Alberto lo prefería. Pasó la primera tarde espoleado por la impaciencia y la intranquilidad, contando los minutos, deseando que llegara la noche. Se sentó frente a la terraza poco después de las 9.30. Miraba el reloj con frecuencia mientras intentaba concentrarse en una novela, sin apenas enterarse de lo que leía. ¿Y si la chica estaba fuera, de vacaciones...? Su mirada iba alternativamente de la terraza a las páginas del libro, por cuyas líneas resbalaba penosamente, con desgana, en tanto que las palabras escritas se mezclaban en su mente con la posibilidad de que no se iluminara aquella habitación, con el desasosiego que ello le producía... Por fin, pasadas las 12, algo más tarde de lo acostumbrado, se encendió la luz. Había tardado, pero lo importante era que ya estaba allí, y Alberto sintió que la sangre volvía a correr por sus venas.

A partir de ese momento le preocupó cada vez menos quién pudiera ser aquella mujer. Ya no trataba de imaginársela, ni le importaba si tenía el pelo o los ojos de tal o cual manera. Todo eso había pasado y dado lugar a un ser difuso, intangible, sin un aspecto determinado, simplemente una mujer sin rostro, sin figura. Era una realidad tan abstracta y tan concreta a la vez... Acabó por admitir que, poco a poco, se había ido enamorando de aquella chica que su imaginación había ido creando, aunque su razón se resistiese a reconocerlo. Estaba seguro de que aquella mujer existía, de que estaba en aquella habitación aunque no la hubiera visto ni una sola vez siquiera asomarse a la ventana.
Era el suyo un amor puro, realmente platónico, un amor que se alimentaba y conformaba solo con ver la luz unas horas en la madrugada. Amor platónico... Siempre había creído en él, en ese amor que solo necesita de sí mismo para sobrevivir, el que se autoalimenta sin necesidad de contacto físico. Sí, había creído en la posibilidad de amar a una persona por ella misma, sólo a la persona, al ser humano, sin condicionamientos de ningún otro tipo, sin esperar nada a cambio, aun sabiendo que es imposible la correspondencia. Amar sin poder evitarlo, sin casi querer evitarlo, aun doliendo, conformándose con unas palabras del ser amado que nutren ese sentimiento que sabe que no puede aspirar a más, pero que se siente satisfecho con tan pobre alimento. El más noble y sincero amor, porque no pide, solo da; no espera, simplemente da; no pone condiciones, sencillamente da... Es amar por amar, aun con dolor. Es puro altruismo, pura idealización del amor y de lo amado... Sonrió al pensar que el sentimiento que había concebido iba incluso más allá de su concepción del amor platónico, que había conseguido incluso su reducción a lo abstracto. O más bien al absurdo... Ni siquiera de palabras; su amor se nutría de una simple luz, de la seguridad de que bajo ella respiraba y latía un corazón que imaginaba de mujer, de mujer solitaria, como él, vestida de su mismo miedo al mundo de ladrillo, a las responsabilidades, a las riendas de una vida que se acercaban peligrosa e inevitablemente ya a sus manos... Dudas sobre su capacidad para tirar de ellas. Miedo a la realidad. Miedo a la vida... Necesitaba creer en esa mujer.

Sus estudios iban de mal en peor; los primeros parciales había conseguido aprobarlos, pero los que siguieron fueron un fracaso auténtico. Intentaba estudiar, pero no le era posible concentrarse en los libros. Conforme pasaban los meses su pensamiento no era capaz de orbitar más que alrededor de un único sol: la luz del segundo piso del edificio de enfrente. No podía apartarla de sí. Jaime y Chema no comprendían qué le ocurría a Alberto, pues cada vez que le preguntaban solo obtenían la callada por respuesta, pero intentaban ayudarlo en todo lo posible, y, cuando terminaron los exámenes finales, ya casi en julio, consiguió aprobar todas las asignaturas menos dos.
Al día siguiente de haber aparecido las notas en el tablón de anuncios de la facultad y de haber recogido las papeletas con las calificaciones, Jaime y Chema, que habían logrado superar el curso, se despidieron de Alberto para dirigirse ya definitivamente a sus respectivas casas. Esperaban que tuviera suerte en septiembre y que pudiese licenciarse por fin. Pues por supuesto que se intentará, gracias por el apoyo y la ayuda prestada en estos últimos meses. Bah, lo que hay que hacer es quitarse esas musarañas de la cabeza, y, por supuesto, nos llamaremos y nos veremos de vez en cuando, que después de cinco años juntos qué menos, y ya te localizaremos en septiembre, a ver cómo ha ido la cosa... Adiós, adiós...
Alberto se quedó solo en el piso, que, de repente, le pareció inmenso y desolado. No era ni siquiera mediodía. Una ligera angustia le arañaba el estómago; hasta que se encendiera la luz habían de pasar muchas horas aún, y de pronto sintió un amago de soledad y un vacío interior que le corrieron como un seco latigazo desde los pies a la cabeza. Se dirigió lentamente hacia el salón, y se sentó frente a la terraza, con la desasosegante sensación de que su cuerpo iba empequeñeciendo poco a poco. Cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la barbilla en ellos, mirando al frente, a la nada, con los ojos muy abiertos.
Estaba solo, sus amigos se habían ido, y de repente se encontró mal, al borde incluso de las náuseas. Pero lo peor de todo era que él había de marcharse un día u otro de aquella semana. Ya nada tenía que hacer allí, y sus padres estaban esperándolo. La luz... Cierto que tenía que volver en septiembre los días de exámenes, pero después ya no la vería más. Se sentía solo, pequeño, desvalido... Una enorme angustia le atenazaba, y parecía oprimirle las entrañas. Por un solo instante pensó en una última tentativa de hablar con el portero de enfrente, pero para qué... Sabía que en el momento de la verdad sería incapaz de atreverse a descorrer aquel velo de misterio que su imaginación había urdido.

Se levantó y encendió un cigarrillo para intentar calmar los nervios. Pitillo en mano paseó de una punta a otra todo el salón varias veces, dando chupadas cortas y rápidas al cigarro, y, por fin, con un resoplido, se dejó caer en la silla de nuevo. Se sentía como un león enjaulado, sin la menor idea de cómo resolver las dudas y la angustia que le atenazaban. Comprendía que todo aquello era una locura, que no podía seguir preso de un sentimiento absurdo, provocado por algo igualmente absurdo como era la luz que desprendía una bombilla, pero no podía sustraerse a él. Aunque era una persona sociable, interiormente se sentía distinto, solitario, incapaz de identificarse con los demás, de sentirse plenamente a gusto entre ellos, uno más... Aquella luz le proporcionaba una compañía tan real y próxima como nunca había sentido, y mitigaba la sensación de soledad y pequeñez que le habían acompañado desde donde le alcanzaba la memoria. Su fantasía había querido que el corazón que en la noche latía bajo aquella bombilla fuera el de una mujer, a la que hacía tiempo que no quería identificar ni imaginar, un ser abstracto sin rostro, sin figura, hecha solo de imaginación. Ésta había tejido un ser a medida de sus necesidades; si hubiese preguntado quién vivía en aquel piso probablemente habría destruido su quimera. Sintió que la cabeza iba a explotarle...
Así permaneció dos días más, sin faltar, por supuesto, a la cita nocturna. Al cabo de aquellos dos días decidió que lo mejor era irse a su casa, no prolongar más aquella agonía. Quizás la distancia le ayudara a tranquilizarse, a poner las cosas en su sitio.

RENAISSANCE



zigzag dijo
Sigue siendo alucianante ren. Quiza esa apertura total a la imaginación de cada uno es el perfecto final. Todo en el aire para que cada uno continúe yendo y viniendo al piso de enfrente, a esperar esa luz.
Todos hemos vuelto a sitios con la esperanza de recuperar un algo, de reencontarnos con alguien o simplemente de rememorar a una persona. hay cementerios, como paradigmas de los recuerdos y hay árboles, casas, plazas, bares, habitaciones, libros...mil cosas que nos llevan más allá de la realidad a suponer, a inventariar, a recuperar del recuerdo. Y hay luces que nos pueden traer, como a Alberto, un universo para envolver nuestro corazón, nuestros deseos, nuestros sueños, nuestras carencias.
Realmente de imágenes en proyección ren, realmente increíble tu relato.
Me quedé...encantado, eres estupenda.
Un besazo.
1 Diciembre 2006 | 11:01 AM