LA LUZ (y 6)
La primera semana en la casa paterna fue un auténtico infierno. De nuevo la ansiedad, la sensación de que el día se hacía insoportablemente largo, interminable, de que estaba en el sitio equivocado... Nunca en su vida había conseguido sentir que tenía raíces en ningún lugar, pero ahora esa impresión se acentuaba. Tras unos días, recurriendo a toda su fuerza de voluntad, consiguió serenar un poco su ánimo y pudo empezar a estudiar las asignaturas suspendidas en junio.
En septiembre, Alberto regresó al piso. Una muda emoción recorrió su cuerpo al entrar en él. Su mirada paseó lentamente por aquellas paredes, por aquellos muebles... ¿Qué habría pasado en aquel intervalo de dos meses largos transcurridos desde que se fuera a casa de sus padres? Quizás la inquilina del 2º estuviese disfrutando de unas vacaciones. ¿Y si se había mudado...? ¿Y si ni aquella noche, ni la siguiente, ni a la otra, ni ninguna más se encendía aquella luz? Pareció como si de repente se le hundiera la casa encima, y esperó ansiosamente, casi temblando de excitación, que llegase la hora mágica. Al dar las 11, aquella ventana, objeto de la fija mirada de Alberto, se iluminó. El joven estudiante sintió que la vida afluía de nuevo a su ser, y permaneció allí sentado hasta poco después de las 2, hora en que se apagó la luz.

El día del primer examen estaba muy nervioso, pero salió bastante satisfecho de su ejercicio. Al día siguiente tuvo lugar la siguiente prueba, y, tras terminarla pensó que allí acababa una etapa de su vida. Sintió un gran vacío en el estómago. Conocía bien esa sensación; le invadía siempre que tenía miedo de algo, cuando perdía la seguridad en sí mismo. Sabía que cuando publicaran las notas tendría que volver a su casa, buscar trabajo... Responsabilidades... Ya no habría más citas nocturnas con aquella luz. Sintió que le invadía una profunda tristeza, que un regusto amargo se apoderaba de su garganta y que la sensación de vacío, cada vez más angustiosa, se iba acrecentando en su estómago.

Pocos días después aparecieron las calificaciones en el tablón de anuncios. Había conseguido aprobar las dos asignaturas, ya era licenciado en Ciencias Químicas, pero aquello no le procuró el más mínimo placer. Seguía sintiéndose vacío. Dio un largo paseo, y al regresar a casa se tumbó boca arriba en la cama, con la mirada clavada en el techo, totalmente ausente, sin pensar en nada, y así permaneció varias horas.
Hacía ya rato que la tenue luz del atardecer que entraba por la ventana de su dormitorio había dejado paso a la oscuridad de la noche, y Alberto, incorporándose en la cama, buscó a tientas el interruptor de la luz. Con pasos lentos se dirigió al salón y tomó asiento frente a la terraza. No tardó mucho en iluminarse la ventana del bloque de enfrente, y Alberto permaneció quieto, sin moverse, hasta que a las 2.30 de la madrugada la ventana volvió a quedar a oscuras. Cuando esto ocurrió, el joven estudiante, profundamente alicaído, se retiró a su habitación, sabiendo que le sería muy difícil poder conciliar el sueño.
A la siguiente mañana recogió su escaso equipaje y se dirigió a casa de Don Francisco, el dueño del piso que había estado ocupando, para devolverle las llaves, y poco después tomó el tren que le conducía junto a su familia y que le alejaba definitivamente de aquella ventana iluminada.
Hacía una mañana muy fría, inusualmente fría en aquel enero sevillano. La gente iba y venía por las calles enfundada en gruesos abrigos, andando con rapidez para paliar en algo aquel frío que les calaba los huesos y enrojecía sus narices y sus mejillas. Solo un hombre de cierta edad - debía abundar ya en los 60 - parecía no tener prisa. Caminaba con la cabeza ligeramente gacha, las manos en los bolsillos y el gesto pensativo. Al llegar junto al número 1 de la calle Gervasio Gómez se detuvo, y levantó la vista hacia hacia arriba, posándola en la ventana del 2º piso. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, a pesar de que no había nadie asomado a ella, y rápidamente sus ojos buscaron al portero del edificio. Pero el portero que se hallaba sentado en el interior de la entrada del bloque pegadito a un pequeño calefactor y hojando el periódico no era el de sus tiempos de estudiante, y aunque Alberto sabía que así había de ser - ¡habían pasado tantos, tantísimos años desde que terminara la carrera..! - ello no impidió que se reflejase en su rostro un leve gesto de contrariedad que no tardó en esfumarse.
Con las manos aún en los bolsillos y el paso ligeramente vacilante, Alberto se encaminó hacia él, preso de una inexplicable mezcolanza de miedo, ansiedad y esperanza, pero en el mismo umbral del portal se detuvo. El portero apartó su atención de la página deportiva para dirigirse al recién llegado; sin moverse, le preguntó qué deseaba, y Alberto quedó en suspenso. Su boca se entreabrió lentamente en una desdibujada sonrisa. Hubiera querido preguntar por la inquilina del 2º piso, cuyo recuerdo había tenido toda su vida un lugar preferente en su pensamiento, pero no pudo. Sacó las manos de los bolsillos y luego las introdujo de nuevo en ellos. Y mascando más que murmurando inconexas y desarticuladas excusas, se fue cabizbajo, muy cabizbajo, como si de pronto le hubieran caído encima todos aquellos años que habían transcurrido desde que viera por última vez aquella luz.
Andando lentamente, Alberto se fue perdiendo de vista poco a poco, empequeñeciéndose su figura cada vez más mientras se alejaba, seguido por la mirada severa y casi aviesa del portero, que, meneando la cabeza en un gesto de desaprobación, volvió a centrar su atención en las páginas deportivas de su periódico.
Antes de las 11 de la noche, Alberto estaba apoyado en la pared del bloque 3 de la calle Gervasio Gómez, frente al número 1. Sus ojos contemplaban el 2º piso con ansiedad, con un brillo ligeramente apagado por los años. A los pocos minutos se encendió una luz. Su corazón latió con una fuerza que hacía tiempo que no tenía, sus ojos se iluminaron con un destello momentáneo, y su boca se curvó en una suave sonrisa. Por unos momentos se sintió el Alberto de los 22 años, su cuerpo se irguió, y sintió la sangre galopar por sus venas. Minutos después su espalda volvió a encorvarse, y su sangre volvió a circular con la lentitud que ya le era habitual. Echó una última mirada a la luz, una mirada intensa, como si quisiera grabarla para siempre en sus pupilas, y empezó a caminar lentamente, arrastrando casi los pies, las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada. Y su figurita encorvada se fue perdiendo por aquella calle que sabía que jamás habría de volver a pisar.

RENAISSANCE



zigzag dijo
Glubbb, me dejaste sobrecogido!! Es un final...es un final...que no es final. es el principio de tantas cosas que no lo podrías haber concluído mejor. Ahora me toca a mí desentrañar el por qué mis manos muchas veces van dentro de mis bolsillos. y por qué camino cabizbajo paseando mis ojos sobre la hojas secas del suelo sin olerlas. O por qué el mendigo del banco de la esquina es tan envidiado en su propuesta romántica sin siquiera saber nada de él. O por qué nunca volví a llamar a mi primera novia, esa que siempre aparece en determinados momentos de mi vida.
Un beso ren...precioso. Gracias.
1 Diciembre 2006 | 01:35 PM