LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO
Viernes tarde; sales del trabajo, cansado, sin saber muy bien qué hacer con tu tiempo libre. Aunque me lo niegues, seguramente -como todos los viernes- te meterás en algún local a tomar una cerveza, intentarás pegar la hebra con algún desconocido en la barra del bar... Luego, a la noche o al día siguiente me llamarás, me dirás que sigues estando tan mal como siempre, y sabré que has vuelto a deambular por uno de esos garitos donde se cobijan almas dolidas, incomunicables soledades, en el que de nuevo buscas vanamente acunar tu vacío entre murmullos apagados de risas y conversaciones borrosas como neblina, resueltas en nada y que nada alivian, entre humo, música y alcohol inconsistentes, inodoros e insípidos, que te han dejado sabor a nada, rastro de nada.
Es como si pudiera verte, tu mano sujetando una jarra de cerveza sobre la barra del bar, apartando de tu frente de vez en cuando un rebelde mechón de pelo entre el que asoman, insolentes, algunas canas. Aspiras sin ganas el humo de un cigarrillo, los ojos enrojecidos por el polvo del camino - eterno paseo entre el cielo y la tierra -, sin rumbo, errático, pisando hierba, deseando estrellas, interrogándolas en vano.
Una descolorida ojeada por el local dibuja en tu retina mesas ocupadas por personas que hablan, ríen... Pero la fuerza de la costumbre te permite ver tras la silla de cada cual a la soledad y a sus mil hermanas envolviéndolas una a una con su frío manto. Los miras, alguno te mira fugazmente, y desde tu invisibilidad contemplas de la de ellos. Ninguno parece querer aceptar tu muda invitación a romper la tuya, y se te pasan las ganas de entablar conversación con nadie. Hoy también te sientes cansado, solo puertas cerradas a tu alrededor. Tu gabardina no te protegerá de la lluvia negra que sabes te espera en la calle.
Sombras velan tu mirada azul, fuerzan tus labios flaca sonrisa y en tu voz se trenza el cansancio del corazón mientras pides la cuenta.
Te imagino saliendo de allí tal cual entraste, deteniéndote por unos segundos junto a la farola de la calle olvidada, sintiéndote igualmente vacío, con los mismos interrogantes con los que llegaste, incluso quizás hasta más cansado porque de nuevo ha fracasado una intentona de en realidad no sabes muy bien qué... Caminas solo entre la gente, soledad vacía, eterna en tu memoria, sentimientos confusos, preguntas que queman como hierros candentes, respuestas mudas. Y te veo alejarte calle arriba lentamente, tu figura menuda empequeñeciéndose, resonando huecos tus pasos por la desangelada calle, que lentamente te engulle. Cada vez más pequeño, desapareciendo como tragado por ella. Y me duele....
RENAISSANCE



Antonio Alviárez dijo
Muy triste y real relato Ren; hay cosas en la vida inevitables y a todos nos toca vivirlas -es la única forma de aprender- así es la vida.
Besos
17 Diciembre 2006 | 11:43 AM