VELA PARA EL PALO MAYOR DEL “ICTÍNEO SONRIENTE”, TEJIDA EN UNOS RINCONES(2)
El paisaje de la estrella a que les ha conducido la nave es extraño. La hierba crece fresca, tierna, jugosa, de un verde imposible; los árboles son realmente hermosos, sus ramas adoptan unas formas caprichosas y están cuajadas de hojitas plateadas con siluetas casi romboidales y bordes dentados, que se mecen suavemente al tenue soplo de un aire de olor dulce, embriagador... Flores de colores nunca vistos salpican todo cuanto la mirada alcanza hasta reposar en el horizonte; sobre él se elevan dos soles, uno de un intenso rojo y otro de un celeste rico y profundo que contrasta con el pálido pero luminoso azul del cielo. Una luna llena, de carita sonriente, pone su contrapunto de plata en ese firmamento.
Mientras mira deslumbrado a su alrededor, los pensamientos del capitán discurren errabundos, mezclándose vagamente antiguos recuerdos con las vivas impresiones que le provoca cuanto se extiende ante él. En su época de cazador había logrado capturar otras estrellas, alguna de tal belleza que creyó que ya nunca más podría hallar una que la sustituyera; pero todo cuanto se despliega ante sus ojos le empieza a hacer pensar que el espacio es infinito, y que quedan tantas otras por descubrir… Su mirada se cruza por unos instantes con la de la vigía, que refleja el mismo tipo de pensamiento, y sonríe.

Un riachuelo de aguas entreveradas en verdes y turquesas pero ciertamente transparentes discurre por el suelo como una herida abierta en él, y muy cerca se alza una cueva. Los ojos de la tripulación la contemplan cargados de asombro, porque es totalmente de cristal y trasluce su interior. Delicadas estalactitas cuelgan del techo como agujas imposibles en su belleza, transparencia y fragilidad. Destilan gotitas translúcidas, como lágrimas.... Entran los marineros en la gruta, y les sorprende un suelo firme pero a la vez mullido, que se adapta con suavidad a sus pisadas. Parece de hielo, pero no resbala, y es lo suficientemente cálido como para solo aportar un frescor reconfortante a sus pies desnudos.
La sorpresa crece cuando ven una pequeñísima laguna de aguas cristalinas, transparentes, y junto a él un rinconcito cuajado de diminutas velas cuyas llamas oscilan suave, casi sensualmente. Pequeños pebeteros desprenden el aroma dulzón y almizclado de delgadas varas de un raro incienso, y a su lado reposan unos cuencos de cristal. Unos contienen fresas, otros nata, los de más allá chocolate semilíquido, tan del gusto de la timonel. No faltan otros con frutos secos, y algunos con yemas de Santa Teresa, que hacen brillar los ojos de la vigía y de la grumete de las rimas mientras se lanzan una mirada cómplice. Plateados botelleros metálicos acogen botellas de cava cuya superficie se perla en gotitas escarchadas, que indican que está deliciosamente fresco, y unos recipientes a su lado ofrecen translúcidos cubitos de hielo. Junto a ellos, botellas de ron y de Baileys atraen la mirada ávida del arponero.

No parece sino que aquel pequeño refrigerio haya sido dispuesto para la tripulación, y toman asiento sobre unas pequeñas y coloridas alfombras extendidas junto a los cuencos. La vigía y la grumete, como improvisadas camareras en igualmente improvisada taberna, sirven cava en unas copas que flanqueaban los botelleros, y que van pasando de mano en mano. En el aire extrañamente dulzón flotan, como abandonándose en él, las notas de una música de violín tocado misteriosamente por un violinista manco, y que alcanza el volumen justo para oírse bien pero sin molestar la conversación. Esta transcurre fluida, distendida... Nadie se los ha dicho, pero saben que el tiempo no existe en ese lugar y disfrutan de la libertad que supone que el tirano Cronos no dé prisas mostrando continuamente su reloj de arena. Las botellas no dejan de manar líquido, ni ellos de beber. Se suceden las de uno y otro licor, y aunque lo acompañan de las golosinas que reposan en los cuencos de cristal, las burbujitas empiezan a hacer efecto. Despreocupación, camaradería, complicidad… Todo invita a la confidencia, a soltar tanto lo que lastra como lo que eleva.
El rumor de voces y risas se mezcla con el suave murmullo de la voz ligeramente destemplada del violín, con el embriagador aroma de las flores del exterior que va penetrando despacito por la entrada de la cueva, con el denso perfume del incienso y el que desprenden las velas. La atmósfera se torna irreal, ingrávida, mágica, pero a la vez extrañamente corpórea, quizás también por efecto del humo de los cigarrillos, cuyas evanescentes volutas bocetan caprichosas figuras blanquecinas sobre las cabezas de los tertulianos a la vez que parece desdibujar sus siluetas. Casi hace calor ahí dentro... Las copas entrechocan, aumenta la algazara, las mejillas enrojecen, las miradas brillan entre la risa y la lágrima, se relajan las lenguas. Y lo que ellas no cuentan lo hacen los tatuajes y heridas de los cuerpos, que mientras hablan lo que las bocas callan, poco a poco van difuminándose hasta desaparecer totalmente de la piel.
Los ojos, nublados por cuanto flota en el ambiente, contemplan sorprendidos las epidermis ya no escritas. Ahora las ilusiones, sueños y proyectos que se fueron despabilando al calor de la conversación entre anécdotas y confidencias comienzan a tatuar profundamente la piel con tinta invisible, ocupando el sitio de cicatrices y heridas. Todos, hasta el arponero, cuyo cerebro suele flotar en alcohol como el de los frascos de los laboratorios científicos, comprenden que si bien no hay talleres donde pueda tunearse el pasado sí es posible exorcizarlo, y dejar el presente en blanco para diseñar sobre él el futuro.
RENAISSANCE



Misipayi dijo
Vaya ren, te has superado, estas en vena. Con tus palabras no hace falta imaginacion, veo la cueva y la humareda que desprende, yo quiero entrar y salir en blanco, mejor si el tiempo no corre sera no salir. Lo bonito es que de solo leerlo ya me ha hecho efecto. Es que este capi conoce unos sitios....
Besos ingravidos.
15 Enero 2007 | 04:22 PM