HILDEGARD VON BINGEN. UNA MUJER AVANZADA PARA SU TIEMPO
Hildegard von Bingen, relevante mística, considerada la primera bióloga alemana, la primera médica y la primera feminista, es sin dudas una de las mujeres más extraordinarias de la Edad Media europea. En pleno siglo XII, sólido paraíso de oscurantismo, esta abadesa dedicó los más ochenta años de su vida a contrariar con astucia y sutileza los mandatos opresivos de su época. Hildegard fue visionaria, escribió sobre teología, propuso un universo heliocéntrico 300 años antes que Copérnico, escribió sobre la gravitación universal 500 años antes que Newton, pregonó el herbalismo, se carteó y polemizó con Papas, reyes, nobles, etc. que siempre tuvieron enorme respeto a sus opiniones (evidentemente no por su condición de mujer, sino de visionaria), compuso música avanzada y fundó en Rupertsberg su propia abadía, una suerte de comunidad femenina donde las monjas daban rienda suelta a sus talentos artísticos, aprendían a cantar, copiaban e ilustraban manuscritos, hacían gimnasia y bebían cerveza. Su credo era pura dinamita: promovía la igualdad de géneros, negaba que el placer sexual fuera fruto del pecado y sostenía que la sangre que verdaderamente manchaba no era la de la menstruación sino la que derramaban las guerras. ¡Y en pleno s. XII!
¿Quién fue esta mujer tan singular? Hildegard Von Bingen nació en Bermersheim (Alemania) en el valle del Rhin, en el año 1098 en el seno de una familia noble alemana. Fue la menor de diez hijos. Desde muy niña manifestó un carácter enfermizo e imaginativo, así como visiones que más tarde la propia Iglesia confirmaría como inspiradas por Dios. Fue entregada a los ocho años como diezmo a la Iglesia, al convento benedictino de Disibodenberg, que se encontraba bajo la órdenes de su pariente Jutta. Esta se encargó personalmente de la educación de la jovencita, que tuvo un profundo aprendizaje en latín, griego, liturgia, música, oración y ciencias naturales, y además una disciplina ascética. A los dieciocho años, Hildegard toma los hábitos benedictinos.

En 1136, Jutta murió y Hildegard —a pesar de ser muy joven— asumió la dirección del convento. A la edad de cuarenta y dos años le sobrevino el episodio de visiones más fuerte, durante el cual recibió la misión de predicar tanto éstas como la comprensión religiosa que le había sido otorgada. Fue la primera y única mujer en siglos autorizada por la Iglesia a predicar, cosa que hizo en numerosas giras por pueblos y templos de Alemania. A partir de ahí Hildegard recoge sus experiencias fundamentalmente en una de sus 9 obras, Scivias. También escribe, entre otros temas, sobre teología, botánica, ética y medicina. En concreto destaca su Liber compositae medicinas o Cusae et curae, donde describe al ser humano en relación con los elementos naturales, así como síntomas y tratamientos de enfermedades. Expone que la alteración del medio natural puede hacer enfermar (concepto que antecedió a la Ecología), la importancia de la alimentación en la salud y el uso de plantas como remedios adelantándose a la homeopatía y a las flores de Bach. Además, comentaba la influencia de los estados anímicos en los males corporales, como hacen hoy día las modernas teorías de la Psicología, cuestión esta que hasta hace muy poco no se ha puesto de relevancia en la medicina actual.
Hildegard no sólo se dedicó a escribir, sino que además compuso música gregoriana y escribió setenta y siete canciones aproximadamente, y una ópera Ordo Virtutum, en la que la compositora fue más allá de las normas de la música medieval otorgándole un nuevo lenguaje. Su música, de la que solía decir que le era dictada durante sus visiones, estilísticamente está adelantada más de un siglo respecto de su época. No fue la única mujer de su época en escribir música, pero fue una de las pocas que logró mantener la autoría de todas sus obras gracias a que supervisó personalmente la copia de los manuscritos. Tan audaz acto permite hoy en día escuchar su música. Novecientos años después de su nacimiento, se sigue escuchando su música, se editan C.D.s y se realizan conciertos en todo el mundo.

Alcanza un enorme prestigio cuando un comité de teólogos del Vaticano legitimó sus visiones y sus mensajes, que para muchos eran predicciones del futuro, aunque ella lo negara y dijera que más bien era una proyección del presente. Tal fue su reconocimiento que llegó a ser conocida como la Sibila del Rhin. En este momento, la gente la buscaba para escuchar sus palabras de sabiduría, para curarse o para que los guiara. Su capacidad para predecir, tener revelaciones y su don para las visiones místicas fue uno de sus aspectos más enigmáticos de este personaje. Es un caso único en la Historia pues nunca ha existido otra mujer que tuviese visiones y revelaciones en estado de vigilia. Hildegard era capaz de entrar en éxtasis sin perder el conocimiento, viendo, oyendo y conociendo simultáneamente mientras continuaba consciente en el mundo terrenal. Tenía visiones pero jamás caía en éxtasis: se sentía mal, le dolía todo, enfermaba, pero estaba perfectamente lúcida. Es el único caso en toda la historia de la Iglesia.
En vida fue admirada, respetada y mantuvo una notable actividad epistolar con monarcas, Papas, nobles caballeros y doctos frailes, algo inaudito para una mujer en la Edad Media. Se ha barajado incluso la posibilidad de que esta astuta e inteligente mujer utilizara estas visiones en parte como una estrategia para granjearse un prestigio que le permitiera defender sus posturas.
En cuanto a su relación con la Iglesia, no siempre fue cordial, pues Hildegard atacó seriamente las costumbres de ésta y la denunció por corrupta y por no seguir realmente los preceptos de compasión. Además la desafiaba constantemente. Describió a Dios con atributos femeninos, algo revolucionario para la época, y convirtió las debilidades atribuidas a las mujeres en fortalezas, luchando por la equiparación de los sexos en cuanto al castigo por los pecados. En una época en que no había duda de la culpabilidad de Eva, ella se limitó a decir que ésta no había cometido falta, sino que era una víctima engañada por Satán, quien le envidiaba su capacidad de dar vida. Por si fuera poco, se atrevió a visualizar el acto sexual como una unión espiritual que iba más allá de la procreación.

La relación con la Iglesia alcanzó su crisis cuando Hildegard y las monjas del convento de Rupertsberg que ella había fundado (se llama así por un santo cuya biografía escribió) dieron sepultura en el cementerio de su convento a un joven revolucionario, que había sido excomulgado por el arzobispo. Así, según la Iglesia, el joven no merecía santa sepultura, pero la abadesa insistía en que él se había arrepentido. Se negó a desenterrarlo e incluso hizo desaparecer cualquier rastro del enterramiento, para que nadie pudiera buscarlo.
Este actitud claramente retadora le acarreó a la abadesa y a todas las monjas a su cargo la prohibición de hacer música. Ella, muy molesta, le escribió al arzobispo una carta bastante dura en la que se lamentaba de la «pérdida» que esto significaba para todo el Rhin y además amonestaba a la autoridad eclesiástica.
La Iglesia decidió perdonarla y pocos años después esta polifacética y mística mujer murió habiendo rondado los 90 años de vida. Cuenta la tradición que a la hora de la muerte aparecieron dos arcos muy brillantes y de diferentes colores en el cielo. Hubo varias tentativas de canonizarla, y aunque esto nunca llegó a suceder, popularmente se la conoce como santa e incluso el papa Juan Pablo II la reconoció como «una mujer santa".
RENAISSANCE




Antonio Alviárez dijo
De verdad que cuántas cosas injustas siguen sucediendo en el mundo con las mujeres.
Saludos
26 Enero 2007 | 09:58 AM