EL SABOR DE LA VIDA
La vida sabe a calorcito de sol de invierno, a subirse la manga de camisa y jersey, a cerrar los ojos y concentrar toda la atención en el hormigueo con que sus rayos, como dedos humanos cálidos y tiernos, recorren lentamente la piel. Sabe a dejar que traspasen cada poro y que se apoderen poco a poco de ella hasta caldear también por dentro, hasta percibir su efecto en todas y cada una de las terminaciones nerviosas, viviendo cada segundo, sintiéndolo..
La vida sabe a espectáculo, a contemplar como si fuese la primera vez, con la mirada cargada de asombro, el que ofrece una tormenta. Admirar ese cielo iracundo cuya boca brama su cólera en furiosos truenos, mientras sus ojos relampaguean rayos terribles que parecen abrir en dos el firmamento en un espectáculo apocalíptico... Presenciarlo tras la ventana, calentita, protegida, la lluvia azotando con fuerza los cristales. Esperar a que su vehemencia ceda y las plomizas nubes empiecen a dejar caer el agua solo a cuentagotas, y abrir entonces el ventanal para llenarse los sentidos de frescor y de fragancias, porque después de una tormenta el aire huele de otra manera.
La vida sabe a olores, el de la tierra mojada, ese tan penetrante que exhala cuando llueve, cuando parece más viva que nunca, como preñada, como encinta, y sabe a dejarse anegar por la vida que irradia en ese momento.
O a la fragancia dulzona, delicada y efímera de los azahares, tan diminutos que es casi un milagro que puedan concentrar un aroma tan denso en esos petalillos frágiles, que, maduros de olor, caen al menor roce.
La vida sabe a música, a esa que va anegando poco a poco nuestro interior colándose por cada intersticio, recorriendo el estómago hasta encogerlo y casi hacerle daño, haciendo vibrar las cuerdas de ese piano de tantas notas que es el alma, elevándose muy alto sobre el estado de ánimo, fundiéndose con él en una mezcolanza que a veces te lleva a algo cercano casi al éxtasis.
La vida sabe a chocolate, a zumos, a patatas fritas, a eso que impregna las papilas gustativas de gloria bendita.
La vida sabe a esa peli o ese concierto con el que llevamos soñando días, a charla distendida entre risas, confidencias y nonadas con los amigos, a aquello con lo que disfrutas cuando no tienes nada que hacer, a paseos en queda conversación con uno mismo, a puestas de sol, al impulso repentino de regalarte o regalarle ese caprichito solo porque hoy es hoy, a un rato tranquilo de intimidad entre tu libro favorito y tú...
La vida sabe cuando se agudizan los sentidos para captar y embeberse del más fugaz instante de cada sensación hermosa que pueda uno procurarse. Cuando nos sumergimos en cada una de ellas, siendo conscientes en cada segundo de lo que se siente, estirándolo como chicle, bebiendo con avidez lo que en cada momento entra los por los ojos, por la nariz, los oídos, la boca, la piel... Cuando se despeja el cerebro de cualquier pensamiento que no sea concentrarse en lo que se está viviendo, en aprehender cada instante de felicidad que se nos regala y en llenarse los pulmones de ella, hasta sentir que estallan.
La vida sabe cuando te sumerges a fondo en el cúmulo de sensaciones que produce algo que te gusta de forma que ni los pensamientos hablan, cuando consigues notar y sentir cada órgano, cada músculo, cada célula, cuando percibes cómo late el corazón, cómo la sangre fluye quedamente por las venas como el río por su cauce... Y en esos momentos, la vida sabe a gloria, a gloria bendita. Y tú estás sentado en su trono.




Señora Nostalgia dijo
La vida sabe a ti y al calor de tu amistad, Ren. Qué bien escribes y cómo sabes transmitir los sentimientos en el "papel". Es una delicia leerte. Espero algún día conocerte en persona..., creo que eres muy valiosa. Un abrazo estrecho. Madeleine
4 Febrero 2007 | 06:09 PM