TEQUILA (y II)
Le despertó el sol que entraba ya a raudales por la ventana de la
habitación. Incorporándose ligeramente en la cama, Jorge deslizó con
esfuerzo la mano hasta la mesita de noche, y, tanteando la superficie,
cogió su reloj, que había dejado allí tirado de cualquier manera al
poco de llegar. Con los ojos aún entrecerrados y cargados de sueño miró
la hora. Las 10.15... Se dejó caer pesadamente sobre el colchón de
nuevo, cerrando los párpados. Le dolía la cabeza, y empezó a pensar que
tenía que dejar el alcohol, las noches locas... Sus pensamientos fueron
interrumpidos por la presencia de la mujer. Salía del baño con el pelo
aún mojado por la reciente ducha, pero ya vestida, y se dirigió hacia
él con una ausente y pálida sonrisa.
- Déjalo, no te levantes. Me voy ya. Un beso...
Se inclinó sobre él, depositó un leve beso en su mejilla y, tras coger
su bolso, salió de la habitación. Jorge cerró de nuevo los ojos,
intentando de esa manera paliar un poco el dolor de cabeza. Bueno, no
había estado mal la noche, pensó con una ligera sonrisa dibujándose en
sus labios. De toda formas, qué rara era aquella mujer, ahora que lo
pensaba... Ni siquiera conseguía recordar su nombre. ¿Acaso se lo había
preguntado en algún momento...? Los recuerdos de la noche pasada
acudían a su mente, abriéndose paso a fugaces ráfagas entre las brumas
del alcohol y de la pesadez que le embotaba el cerebro. Cuando entraron
en la habitación la había cogido por la cintura y la había besado con
una pasión que iba in crescendo conforme sus manos recorrían el cuerpo
de la chica, despojándola poco a poco de su ropa y acercándola a la
cama a pasos trastabillantes. No conseguía ahora recordar que sus besos
hubieran sido correspondidos con similar pasión... En esos momentos no
estaba muy seguro de nada, pero juraría que los labios de ella
respondían de forma mecánica a la presión de los suyos, incluso que en
alguna ocasión lo hacían casi de manera forzada...
Un vez en la cama, ella le había pedido que apagase la luz, a lo
que él, aunque extrañado, accedió. Tampoco es que le importaran los
motivos, se trataba de que ella no sintiera la necesidad perentoria de
salir corriendo, como en algún momento le pareció intuir. "No era fácil
cazar presas a la primera", pensó sonriendo de nuevo. Y más del tipo de
aquella chica, en la que jamás hubiera supuesto la docilidad con que
llegó a plegarse a cada caricia o petición sexual que él le urgía,
impulsado por los vapores del alcohol y de la pasión. Sí, la mujer le
satisfizo en todo, como una geisha. O más bien como una autómata, ahora
que lo pensaba... El cuerpo de ella se estremecía al contacto de sus
manos, de su boca, pero en estos momentos, ya que todo había pasado, no
se atrevería a asegurar que fuese el deseo lo que le hubiera provocado
esos espasmos, sino otras sensaciones bien distintas...
En
estos momentos incluso creía recordar que mientras estaban en la cama,
a la tenue luz de la luna que entraba por el ventanal, que era toda la
iluminación de que disponían, había podido entrever en los ojos de la
chica expresiones que iban desde la tristeza más profunda a la
desesperación, pasando por momentos de dolorosa, vacía y total
indiferencia. Incluso en algún instante hasta asco... No solo no la vio
sonreír en toda la noche. Ni siquiera llegó a hablar. Ni a gemir. Ni un
jadeo. Es más, juraría que el brillo de sus ojos en uno de los momentos
de actividad sexual más intensa, el único signo de vida que observó en
ella en todo ese tiempo, se debía a una lágrima que velaba sus pupilas.
Bien pensado, se había comportado en todo momento como un marioneta de
cuyos hilos había estado aceptando que tirasen. Parecía una muñeca
rota. Tan pasiva, con aquella mirada vacua, dejándose hacer...
Ahora no estaba seguro de que la noche hubiese transcurrido de forma
tan satisfactoria como en un principio, animado por la docilidad de la
chica, le había parecido. Más bien le producía cierta incomodidad
recordar aquellos ojos traspasados por una tristeza infinita, la
frialdad de aquellos labios y
de un cuerpo inerme ante sus caricias, a las que solo respondía de una
forma maquinal. Un ligero rictus de desagrado desdibujó sus labios.
Mejor haber olvidado pedirle el teléfono...
Definitivamente, tenía que dejar estas correrías nocturnas. Tanto
alcohol y tantas mujeres flor de una noche no podía ser bueno, pensó,
mientras un leve suspiro agitaba suavemente su pecho. Sobre la mesita
de noche había una radio despertador, y seleccionó un número cualquiera
en el dial, esperando que el sonido le ayudase a despabilar del todo.
Las notas de una música trepidante parecieron llenar la habitación.
Café Quijano cantaba:
"Y tanto tequila
lo tengo que dejar,
no quiero disgustos
sé que despierto
y llegan los sustos.
Y vale ya de sobresaltos,
con quien me acuesto
no me levanto.
Y tanto tequila...
Lo malo de los alcoholes
es que no te dejan ver,
debajo de los disfraces,
lo que puede aparecer.
Me pasa por cariñoso,
soy donante de placer.
Y sé que amar tiene riesgos
que uno tiene que correr.
Y mira que no espabilo,
que con el tiempo voy a peor.
Lo pienso y a veces digo:
“¡ Quédate en casa que estás mejor !”.
Jorge sonrió. Aún podía permanecer un rato más en aquella cama tan
confortable. Se desperezó lenta y voluptuosamente. El contacto de
las suaves sábanas en su cuerpo desnudo resultaba muy agradable, el
dolor de cabeza comenzaba a disiparse, al igual que el recuerdo de la
mujer que había estado con él aquellas horas... Era sábado, y aún
quedaba un largo día por delante. Y una más larga noche...

RENAISSANCE



Madeleine dijo
Desesperante, Ren. No he podido dejarte comentarios. Sólo te digo que la historia está buena, muy buena. Besitos. Madeleine
9 Febrero 2007 | 05:25 AM