SEMANA SANTA
Hace unos cuantos meses Peterpainter me sugirió que redactara un artículo sobre Sevilla, donde tenía pensamiento de venir en Semana Santa. Qué me iba a decir a mí... Inmediatamente escribí un post y en él procuré pintar de la mejor forma que pude la ciudad que se iba a encontrar en esa época. Hoy me apetecía hablar sobre las fechas en que estamos, sobre mi primavera y mi Semana de Pasión, y sinceramente no sé hacerlo de otra manera que en aquella ocasión. Me vais a permitir que por una vez recurra a desempolvar viejos papeles para acercaros a lo que yo estoy viviendo ahora.
Un año más Sevilla se pone guapa, arrebola sus mejillas con colores de primavera y se perfuma de incienso y azahares para acudir al encuentro de vírgenes y Cristos. Es la Semana Grande, y en ella Sevilla es más Sevilla que nunca. El cielo luce un azul esplendoroso, tan límpido que casi daña los ojos (y el alma ) mirarlo. El sol regala una calidez, que no calor, acariciadora, tierna, suave, que hace cosquillitas en la piel y caldea el ánimo... A algún pintor he oído decir que la luz que envuelve a mi ciudad en esta época no tiene igual en el mundo. Y coqueteando con ese cielo y con ese sol, la fragancia efímera, dulzona y sensual de los azahares. Tan diminutos que es casi un milagro que puedan concentrar un aroma tan penetrante en esos petalillos tan frágiles, que, maduros de olor, caen al menor roce...

No hay mayor placer que pasear a orillas del río y dejar inundar los
sentidos por el frescor que desprenden sus aguas turbias y verdosas, de
la deliciosa temperatura que nos invita a los sevillanos a desprendernos de cuanta ropa es posible, pasados los rigores del invierno, para no perder un segundo de esa caricia... A la verita del Guadalquivir, a un lado, está la sólida Torre del Oro; cerca, irguiéndose orgullosa sobre cuanto la rodea, la esbelta Giralda, mora gitana, alta y gallarda, desafiante en una belleza única que no han marchitado un ápice los siglos que ha visto pasar a sus pies. En la
otra orilla de la ribera de mi río, la calle Betis, emblema del barrio de Triana y que llena a ésta de orgullo. Y flotando sobre el río que da la vida a Sevilla, sobre el frescor, la mágica luz , la cálida temperatura, la Giralda y la Torre del Oro... el aroma de los azahares. De veras que no hay nada igual.

En estas fechas Giralda, Torre del Oro, Triana, el río, las gentes sevillanas... todo se viste de gala para acompañar por las calles a Cristo en su Pasión. Todo, incluso la lluvia...Es el principio de la primavera, y ya se sabe. El tiempo suele ser caprichoso. Hay días en que luce un sol luminoso que promete espléndidas jornadas de Semana Santa sevillana, de capirotes, de hermosas mujeres con traje de mantilla, de niños bulliciosos, de brillantes sonidos de campanas, de olores a almendras garrapiñadas, a incienso, cirios y azahares... Pero la tarde se llena de negros nubarrones que descargan una lluvia intensa, desesperada, que parece querer ahogarlo todo... Verdaderamente, hay veces en que el tiempo es traicionero; la lluvia impide salir a los pasos, y el llanto de los nazarenos, que han estado esperando todo
el año para salir acompañando a su Cristo o a su Virgen, no alcanza
consuelo. Las lágrimas del cielo y de las gentes de Sevilla se unen a las
que vierte la Madre por la pérdida de su Hijo.
Los días en que la nubes pueden aguantar su pena y no la derraman
sobre mi ciudad, ésta se hace Arte, así, con mayúsculas, Arte y Pasión.
Jesús, Pilatos, María, los soldados romanos, María Magdalena...desfilan por las calles sevillanas sin que se sepa muy bien si son de carne y hueso o efigies cinceladas con tal belleza y realismo que encoge el alma el sufrimiento que reflejan los rostros de los personajes principales del drama, e indignan la burla en las sonrisas de los soldados o la indiferencia en los ojos de Pilatos mientras condena al suplicio a un inocente.

Sobre canastillas de madera bellamente labradas , a veces recubiertas de pan de oro, cuajadas de flores, de cirios, de candiles, discurre por Sevilla la tragedia que tuvo lugar hace 2000 años a hombros de costaleros, cubiertos por faldones que, naciendo del borde de esas canastillas, van a morir en el suelo para ocultarlos. Caminan muy lentamente, encogidos, soportando sobre sus nucas y hombros el peso de la Pasión de Cristo, que no solo desgarra sus almas, sino también sus músculos, su piel... Cada cuadrilla de costaleros ha de ser reemplazada a determinados intervalos por otra, igualmente orgullosa de acompañar con su sufrimiento el del Cristo o la Virgen que portan. El capataz guía y ordena sus movimientos, los anima, les riñe, los jalea...
Hay momentos especialmente emotivos en que el orgullo - y el sufrimiento - de los costaleros no alcanzan límite: cuando el sitio por el que discurre el paso es especialmente difícil por su estrechura o cuando mecen la imagen que llevan... No te imaginas lo que es ver mecer a un paso... La banda de música toca marchas que traspasan la piel y los tímpanos como dagas afiladas, que ponen la carne de gallina... El Cristo o la Virgen parecen adquirir vida propia, una vida mágica, suave, oscilante, casi acariciadora en ese delicado movimento de vaivén. El incienso que los monaguillos esparcen desde los pesados incensarios de plata embriagan los sentidos, uniéndose al calor que suele reinar, al perfume denso de las flores que adornan el paso, al de la cera de los cirios que se consumen en una muerte lenta mientras dura la procesión... De repente todo transcurre como a cámara lenta... Las vaharadas del incienso envuelven el ambiente en una neblina irreal, la música llega a ser estridente, penetrante, casi alienante, ricos perfumes flotan en el aire, el movimiento de la imagen se vuelve tan cadencioso que raya en lo sensual... Los espectadores, hechizados por la magia del momento, enervados por el fervor, aplauden frenéticamente, y los costaleros redoblan el esfuerzo, las magulladuras en sus hombros, el dolor en sus extremidades... y su orgullo.
¿Qué decir cuando el paso se para al pie de un estrecho balcón, donde alguien canta una saeta con voz rota y desgarrada, llena de tonos y matices..? No hay música, el único instrumento que suena rasgando el aire y el silencio es la garganta prodigiosa generalmente de una mujer. El silencio que se hace es denso, podría cortarse con un cuchillo, la respiración se detiene, el vello se eriza en la piel, y un escalofrío recorre la espalda más curtida... La emoción invita a las lágrimas a hacerle compañía, y créeme que es difícil resistirse...
La riqueza de los pasos, la belleza de las imágenes, las marchas procesionales, las saetas, los olores, la fe, el fervor rayano a veces en el fanatismo... Arte y Pasión en mi Sevilla.
Te garantizo que el mayor espectáculo del mundo es esta Semana Santa en mi tierra, aún presidida por los azahares...

RENAISSANCE






hapte dijo
Niña arte el tuyo...he olido los azahares, los cirios, la primavera..., he sentido el calorcito, ...he escuchado las aguas del Guadalquivir, los tambores, la saeta, el llanto de los cofrades, la lluvia, ..he vivido a través de tu escrito la belleza de Sevilla y su Semana de Pasión...oleeee¡¡¡ por ti
Disfrutala y muchos besos
3 Abril 2007 | 12:16 PM