
Llueve sobre el bosque. Es uno de esos días de otoño grises, plomizos, en que los cielos, como plañideros, lloran la pena de los hombres para que a ellos no se les sequen las lágrimas, y tengan suficientes para derramar cuando lleguen los días soleados.
Sobre una quieta superficie lacustre caen hebras de lluvia que, como finos dedos que se anillan en sus ondas, teclean en el piano del lago la canción del agua, mientras hacen el acompañamiento de percusión golpeando rítmicamente las tejas de la casita que se asoma a la laguna. El viento, alocado, embiste las oquedades de los troncos soplando en ellas, y suena una voz profunda y grave, como de tuba. Manos son las ramas de los árboles, que acarician como a cuerdas de guitarra los finos hilos de lluvia, y plaquetas de xilofón las briznas de hierba sobre la que ésta tintinea alegremente.
La lluvia es música, y el bosque la interpreta. Nadie lo ve, porque los humanos suelen esconderse en sus cubículos para resguardarse de ella, pero el bosque se llena de vida, de olores y de magia cuando llueve. Y es que en esos momentos todos los seres mágicos que allí habitan - las hadas, los duendes, los gnomos, los elfos... - aprovechan para salir de sus escondrijos y bailar su alegre canción, formando alegres corrillos nimbados de risas y tonadas. Es la lluvia quien provoca ese baile, su música, que invita irresistiblemente a danzar, a empaparse de sonidos, de sensaciones, de olor a tierra mojada, a hierba húmeda, de agua que da la vida...

Todos los sentidos participan del espectáculo de la lluvia en el bosque impregnándose de esa vida. Y todos los seres del bosque. Todos…menos una pequeña hada, la más pequeña de todas. Ha estado con sus compañeras toda la tarde tejiendo sartas de flores y haciendo guirnaldas con luciérnagas para adornar e iluminar los troncos de los árboles, ha ayudado a acomodar a los grillos, cuyo canto pondrá el contrapunto coral a la orquestación conjunta del bosque y la lluvia… Bien es verdad que reía y charlaba con las demás mientras adornaban el claro en que tendría lugar el baile, pero con el pensamiento ausente, perdido por otros derroteros. Cuando la fiesta está en pleno auge, aprovechando la distracción de sus hermanas, se va encaminado poco a poco hacia el lindero del claro en que todos bailan, y cuando está segura de que nadie la ve se interna corriendo alocadamente en el bosque, para buscar unos besos de amanecer. Los dejó una noche olvidados en el bosque un gallardo caballero al que, escondida entre los arbustos, vio cruzar el sendero a lomos de su brioso caballo. Mientras cabalgaba por aquel sendero, el joven, con expresión absorta, murmuraba para sí mismo algo relativo a aquellos besos, y el hada lo oyó.

Curiosa, como todas las hadas, se propuso encontrarlos y saber cómo eran, y desde aquella misma noche había estado buscándolos sin descanso a escondidas de sus hermanas, porque bien sabido es que las hadas tienen prohibido todo contacto con humanos. Pero tan escondidos debían de estar que no lo había conseguido aún. Pensando que unos besos de amanecer deben de ser tan frágiles, tan delicados que podrían quebrarse al menor roce, ha estado escudriñando cada rinconcito del bosque con precaución, tanteando delicadamente con sus deditos cada oquedad de cada árbol, levantando cada hoja del suelo con infinito cuidado. Pero hay tantas que lo tapizan…
Esta noche el viento, contagiado del festivo ambiente que reina, corretea por entre ramas y troncos, sopla con fuerza, levantando la hojarasca y jugueteando con ella. El hada, andando de puntillas con mucho cuidado, continúa su búsqueda, y de repente, al pie de un árbol, las hojitas que acaba de llevarse el alocado aire dejan al descubierto aquellos besos de amanecer. El hada, la más pequeña de las hadas, los mira embelesada durante unos instantes, y se sienta lentamente sobre la mullida hierba del bosque, con el corazón palpitando. Los coloca con suma delicadeza en las palmas de sus manos para no dañarlos, y contempla fascinada cómo poco a poco, al contacto con el calor de su piel, empiezan a abrirse y va saliendo el sol de entre esos besos como de entre nubes, bañándola en su luz.

Mientras, allá en la lejanía, ajenos a todo, hadas, duendes, gnomos y elfos bailan en corrillo bajo la lluvia, al compás de la canción del agua. Cantan, ríen… La magia envuelve los bosques, y entre sus brumas todo puede suceder.
Quiero dar las gracias a un amigo que ya no está entre las páginas, pero sí en el recuerdo, por esos besos de amanecer que un día dejó olvidados en un bosque, y por haber ayudado a que despertara la magia entre sus árboles.
RENAISSANCE
servido por rincones
22 comentarios
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diasazules dijo
¡Que maravilla pasear en un día de lluvia!!!
mojarse como si de una ducha tenue se tratara.
¡Que bien encontrarse con un hada!
besos
11 Junio 2007 | 01:06 PM