SHARBAT

Indudablemente su foto más famosa es la que encabeza este artículo, una de las más célebres de la historia. Es el rostro de una muchacha afgana en el campamento de refugiados de Nasir Bagh en Peshawar (Pakistán). Sus intensos ojos verdes dieron la vuelta al mundo en una portada de la revista National Geographic en 1.985.
Diecisiete años más tarde, en 2.003, Steve McCurry decide regresar a la región fronteriza entre Afganistán y Pakistán para tratar de averiguar qué ha sido de la muchacha, de la que no conoce ni su nombre. Es la última oportunidad de localizarla, ya que el campamento de refugiados será pronto cerrado. Para identificar con seguridad a la chica en caso de encontrarla se ha procedido a escanear el iris de sus ojos a partir de la fotografía.
Steve sólo obtiene falsas pistas, conoce mujeres de sorprendente parecido con la muchacha buscada y oye rumores de que ésta falleció a los trece años al dar a luz su primer hijo. Desalentado regresa a Estados Unidos, pero deja a un importante periodista del país, Rahimullah, continuando las pesquisas.
Tras una intensa búsqueda, Rahimullah Rahimullah encuentra a un hombre que asegura ser el hermano de la muchacha de la foto y avisa a Boyd Matson, compañero de McCurry. Se presentan en su casa y logran obtener el permiso del marido y de sus tres hermanos para que la periodista Carrie Regan hable con ella y le haga unas fotos. Más tarde, también los hombres son autorizados a ver a la muchacha, pero ésta siempre con su rostro oculto tras el velo.
De los detalles que ella cuenta durante la conversación parece deducirse que se trata de la misma persona a la que Steve McCurry había fotografiado diecisiete años atrás. Su nombre es Sharbat Gula, pertenece a la etnia pastún, está casada y tiene tres hijas. Desconoce su edad exacta pero aunque notablemente envejecida debe de rondar los treinta. Así pues, tendría doce o trece cuando fue obtenida la célebre foto.
Finalmente, tanto los expertos del FBI como la identificación por el iris coinciden en el resultado: se trata de la misma persona. Inmediatamente Steve McCurry regresa a Pakistán y se produce el reencuentro con la muchacha. Dadas las excepcionales circunstancias, es autorizado para volver a fotografiarla, obteniendo nuevas imágenes que muestran el deterioro causado por el paso del tiempo en una mujer que, además de la marginación propia de su sexo, ha sufrido las penalidades de ser una refugiada, hija de un país que lleva 23 años sufriendo el azote de la guerra, que cuenta con más de un millón y medio de muertos y con casi 4 millones de refugiados.
Estas son algunas de las fotos del último reportaje fotográfico publicado por el National Geographic protagonizado por Sharbat Gula.











el-peletero dijo
La belleza del pastún es tan contundente como lo son sus cuchillos o sus kashnikov.
Largos, estirados y finos.
Ni semitas, ni latinos, ni chinos, ni thais, ni mongoles, ni eslavos.
No son arios, ni hindúes, ni bantus.
Y tampoco se parecen a los hermosos nilóticos. Ni son esclavos
En esos ojos claros hay todo el mar que un día soñaron y que añoraron.
En ellos quizás haya también algo del Mediterráneo y algunas gotas de sangre de aquel Alejandro. En los de la niña todavía vemos el brillo del sol.
Esos ojos son un linde, una frontera, allí donde las cosas importantes terminan y donde empiezan las todavía más importantes.
Los ojos de la mujer quizás han traspasado ese linde, ese umbral que también va de la memoria al olvido.
Los expertos dicen que es ella, la niña, pero se equivocan, no lo es.
No es ella, es otra.
Aquella niña murió y su lápida es esa fotografía. Es la flor de un jardín repleto de vida que muere cada día y que cada día visito y que tiene las puertas abiertas, sin llave que las atranque.
Me hubiera gustado tener una hija así, con una mujer pastún, envuelta en siete mil velos que iría desvistiendo en siete mil noches.
No hay prisa, el tiempo transcurre como un ciclón, pero no hay prisa, tras unos ojos así nadie puede esconderse ni nadie puede taparse.
Esta próxima noche será ella la que me invite y me ofrezca con sus manos morenas el primero de su velos, perfumado de… cuerpo lavado con agua de río de montaña.
Todos buscamos el sol detrás del horizonte.
O una melodía en el fondo del tiempo.
O en cada espejo, aquel rostro de muchacha, que un día vimos, apenas tres segundos, pasar por delante de nosotros sin vernos, marchándose para siempre, y que jamás hemos vuelto a ver ni olvidar, tal y como cuenta uno de los personajes de “Ciudadano Kane”.
¿Se puede hacer algo mejor en esta vida nuestra que buscar a alguien?
Y tú, ¿a qué te dedicas?
Yo busco personas.
¿Para qué?
Para nada en especial, sólo para saber dónde están.
¿Y eso para qué sirve?
No sé, nunca me lo he preguntado.
11 Septiembre 2007 | 11:36 AM