OVIEDO

Aún hoy continúa grabada en mi memoria una de aquellas raras mañanas en que el sol aparecía como de prestado en aquella ciudad. Mi madre decidió aprovechar la ocasión para llevarnos a pasear a mi hermano, poco más pequeño que yo, y a mí. Nos quitó los babicitos de cuello blanco de piqué y tela a rayas -celestes las suyas, naranjas las mías- con que protegía nuestras ropas de casa, nos lavó las caritas, las manos, nos vistió de calle y se arregló ella. Total, media hora... Cuando llegamos al portal nos recibió un orvallo tristón. El cielo se había cubierto en cuestión de minutos de nubarrones desvaídos que lo tapizaban de un plomizo y desplomado gris, aburrido, tan aburrido de la misma monótona rutina como el mismo cielo, que entre bostezo y bostezo derramaba lágrimas de lluvia, finísima cortina de cristalinos abalorios que calaba hasta los huesos.
Recuerdo haberme quedado mirando con estupefacción el nuevo aspecto que había adquirido la ciudad en apenas media hora.... No podía entenderlo a mis 4 años, solo sabía que hacía un rato el cielo estaba azul, lucía el sol y mamá nos había quitado los babis, nos había puesto ropa de calle e íbamos a salir a pasear. Subimos de nuevo los escalones hasta casa, con la decepción haciéndome arrastrar los pies. Una vez allí me asomé a la ventana enrejada del salón. La tristeza del cielo, la de las casas que podía contemplar desde allí, cada una de las cuales contaba con una pared, solo una, pintada en negro para recoger el calor del sol el día que este se dignaba a aparecer por Oviedo, el aspecto gris y polvoriento de la carbonería que ocupaba el bajo del edificio de enfrente, el suelo empedrado -más gris que añadir al gris...- brillante y lacrimoso… Todo contribuía a anegar de tristeza mi alma pequeñita de 4 años. Era como si el orvallo estuviese lloviendo dentro de ella...

Mi libertad se hallaba de nuevo tras las rejas. Y yo adoraba los espacios abiertos. Los necesitaba... Fuimos a vivir a la última calle de Oviedo, que era en aquel entonces poco más que un pueblo, y tampoco muy grande. Por la fachada principal mi casa daba al núcleo urbano pero por la de atrás solo había campo, "prao", que dicen por allí. Enormes, verdes y extensos prados de un verde irreal enmarcados a lo lejos por los Picos de Europa, altos, majestuosos, eternos... Tan antiguos como el mundo.
Cuando hacía buen tiempo aprovechaba cualquier despiste de mi madre para
escaparme al prao. Siempre había algún pastor de vacas por allí, cuidando a
sus animales mientras pastaban, y ese era mi objetivo. Llegaba hasta él con el corazón desbocado y las mejillas sonrojadas por la carrera, me paraba para tomar aliento y mirándolo con ojos suplicantes le pedía por favor que me subiera en una vaca. Alguno me conocía ya de otras ocasiones y me daba el capricho, pero con una condición: que hablase. Me aupaba en brazos, me subía en la vaca más vieja y tranquila de las que apacentaba, y yo hablaba. Hablaba y hablaba, hablaba por los codos para poder ganarme el derecho a semejante privilegio. Resultaba divertida para el pastor de turno la cháchara
ininterrumpida de una chicuela de 4 años con la media lengua que se tiene esa edad, sobre todo por mi marcado acento andaluz. Los que me conocían ya sabían el trato: ellos me subían a lomos de la vaca y yo hablaba. Era un buen trato...
Mi madre siempre sabía dónde encontrarme cuando advertía mi ausencia. Cogía a mi hermano de la mano y se iba al prao. En cuanto la divisaba a lo lejos desde mi atalaya pedía al vaquero que me bajase, y echaba a correr hacia la casa. Siempre el mismo rito... Mi madre usaba la mano que le quedaba libre para sacudirme bien el trasero, después me bronqueaba por haberme escapado, me cogía la manita y entrábamos en la casa. De nuevo tras las rejas... Me llevaba al patio, me desnudaba, me metía en un barreño de zinc con agua caliente y empezaba a quitarme las pulgas que se me habían avencindado al cuerpo y que antes habían tenido por huésped a la vaca, mientras rezongaba sin parar. Ahora lo entiendo, evidentemente, pero con 4 años no comprendía qué de malo podían tener las pulgas. Resultaba subyugante subirse en una de aquellas moles con cuernos. ¿Cómo era posible que mi madre no comprendiera eso y sin embargo le diese tanta importancia a unas simples pulgas...?
En invierno, aquel barreño de zinc era la bañera particular de mi hermano y mía. Hacía tanto frío que a mi madre le daba pena cumplir con el aseo diario en el enorme y gélido cuarto de baño, así que para que estuviésemos calentitos llevaba el barreño a la cocina, donde había una espléndida chimenea en la que con frecuencia echábamos las piñas que recogía en los paseos, esta vez reglados, que daba por los praos muchas tardes, cuando mi padre volvía del trabajo. La familia al completo. El baño era una de las mejores horas del día, sobre todo cuando tocaba hacerlo en aquel barreño.
Primero bañaba al uno, lo liaba en una toalla y después, tras el pertinente cambio de agua, le tocaba el turno al otro. Eran "prestosos" - término tan asturiano para designar lo que resulta agradable - aquellos baños al amor de la lumbre, envueltos por el suave calorcito que desprendía, por el olorcillo de las piñas al tostarse invadiendo sutilmente toda la cocina, el runrún de fondo de la radio haciendo de marco a la conversación generalizada, el humo del aromático cigarrillo de mi padre, que me miraba con el rostro serio pero la mirada cómplice y chispeante mientras escuchaba el relato de las travesuras de la niña –parece mentira que siendo niño su hermano se comporte mejor- a lo largo del día… Después llegaba el castañear de dientes y los retemblidos de cuerpecito infantil desnudo cuando caía la toalla. Extendida en la enorme mesa de madera de la cocina estaba mi ropita interior de perlé calado, hecha por las manos primorosas de mi abuela, las prendas interiores de mi hermano y los pijamas. Mientras mi madre iba vistiendo a éste, más pequeño, yo me ponía las braguitas y la camisetita a juego de anchas tirantas, ayudada por mi padre. “Virgen santa, virgen pura…” Todas las noches la misma oración, terminando con una súplica a María para que me conservara tan limpia y pura toda mi vida como en aquellos momentos, y como Ella lo era.
Tras la cena nos esperaban las camitas calientes. Mi madre dejaba un par de horas antes dos braseros de picón, de aquel picón negro que vendían en la carbonería de enfrente, en nuestro dormitorio para caldearlo. De nuevo la oraciones… “Jesusito de mi vida, tú eres niño como yo…” “Cuatro angelitos guardan mi cama…” Y mi mente se llenaba de confusión. Mi madre ya me había contado para aquel entonces, sin omitir detalle, la Pasión de Cristo, y a pesar de mi corta edad la indignación producida por aquella historia me llevaba a prometerle cada noche al crucificado que presidía la cabecera de nuestras camitas, nada más entrar en el dormitorio, que cuando fuese mayor iría a buscar a los que le habían hecho tanta pupa para pegarles.
Mis promesas de ser buena se entremezclaban con la que le hacía cada noche al Cristo, a aquel Cristo clavado en la cruz y ensangrentado que tanta pena me daba. Yo sabía que pegar estaba mal, pero había “adoptado” a aquella figurita sufriente, tenía que hacer algo por mi “amigo”. Y sin embargo, estaba prometiendo ser buena… Por fin, el sueño venía a cubrir con su plácido manto mis ojos y mis dudas.
Volvimos a Sevilla cuando ya tenía 6 años. No he vuelto a pisar Oviedo. Lógicamente en más de 40 años ha de haber cambiado tanto que ya sería totalmente imposible reconocer nada de lo que constituyó mi paisaje vital desde los 3 años y medio hasta los 6. Es curioso, muchas veces no recuerdo lo que hice el año pasado, pero sin embargo en mi memoria permanecen cincelados pasajes de aquella época. Probablemente, porque fui realmente feliz.










eltioantonio dijo
Hermosos recuerdos, una ciudad por la que muero sin haberla conocido.
Besos.
P.D: Perdona la ausencia
7 Noviembre 2007 | 12:39 AM