EL ESTANQUE

Hoy me llueve dentro, hace frío, estoy espeso, melancólico, triste, me quiero ir y no puedo ni sé a dónde. Me siento infinitamente cansado, hasta el punto de percibir más densas las tinieblas de mi interior que las de afuera. Acaba el día, me dirijo a casa, y mi único pensamiento es desconectar el cerebro y dormir, descansar profundamente y no despertar durante días, meses...
Mis pasos, erráticos, me alejan casi sin darme cuenta de la dirección prevista, de las últimas sombras de la tarde, adentrándome en el manto negro de la noche, en la calle Quimera.
Allí la niebla es menos densa que en el centro de la ciudad, apenas jirones que manchan el negro que cubre ya el cielo desde hace algunas horas y pintan con sus dedos grises los edificios, las aceras. Casi nadie transita por ellas a esas horas; la calle dormita, y los sonidos, ya escasos y suaves, no hacen sino arrullar su sueño.
Asomadas a una ventana, Soledad y Melancolía me sonríen, en una muda invitación a entrar en su casa, como tantas otras veces. Por unos instantes siento la tentación de aceptar, traspasar el umbral y abandonarme de nuevo entre sus fríos brazos, permitir que sus labios gélidos me besen, robándome el calor de los míos.
Pero en esos momentos un saxo de voz rota parece sajar la noche. Es el hombre blues, que, apoyado indolentemente en una esquina, deja hablar a su instrumento improvisando unas notas. Me detengo a escuchar, prendido de esos acordes que se elevan hacia el cielo en una escala musical por la que quisiera ascender hasta llegar a las estrellas, y encontrar a esa que tiene la respuesta, pero que no deja de jugar al escondite conmigo.

La música despierta a la noche, la dota de vida y la viste de magia. Cuando calla, todo parece haber sido un sueño. Y la noche queda de nuevo dormida y desnuda.
Ya no deseo aceptar la invitación de Soledad y de Melancolía. Hoy no... Con una leve sonrisa y un ligero gesto de la mano me despido de ambas, que, decepcionadas, me devuelven la sonrisa y el saludo, y continúo mi camino. Ahora son mis pies los que me guían, es como si tuvieran urgencia por dirigirme a algún lugar determinado. Al pasar por delante de la taberna casi choco con otro viejo conocido, Dolor, mi habitual compañero de copas, sonriente e incitador, como siempre, que me hace gesto de entrar en el local. Pero no, hoy no hay tiempo para ir de bar en bar con él, como tantas otras veces, ahogando penas en vasos, bautizando el alcohol con lágrimas, esas que la Acunadora de Lágrimas, la que nos duerme la pena, no consiguió verter en el Mar de la Calma. Hoy no... Otro día será.
Mientras continúo caminando diviso a lo lejos las últimas casas de la calle Quimera. Alejados de la luz de las farolas, amparados en las sombras que proyecta la fachada de la casa que pone fin a la calle, Nostalgia y Desamor se besan apasionadamente, sus manos recorren con urgencia sus respectivos cuerpos... Ni siquiera el sordo sonido de mis pasos sobre el adoquinado consigue que se sobresalten. Tan abstraídos están... Sé que ni siquiera lo oirán, pero al pasar por su lado susurro bajito y con una sonrisa cómplice : "Buen provecho", apurando ya los últimos metros que me separan del campo abierto.
La niebla se ha ido despejando, y la noche estáparticularmente hermosa. La primavera toca ya a su fin. El aire, denso, trae en sus leves brazos el espeso perfume de las flores, acentuado por el incipiente calor que antecede al verano. Las estrellas guiñan pícaras en el cielo, como lejanas farolas queriendo iluminar la negrura reinante a esas horas, y entre la seda negra de la noche asoma una luna redondita y blanca, que se mira, curiosa, en el pálido azogue de las aguas de un enorme estanque engalanado de gráciles nenúfares, tranquilo, sereno, casi adormecido por el canto tibio de los grillos y la sonatina de las ranas. La noche tiende su velo negro sobre las aguas, la luna deposita besos de plata en su plácida superficie, y las flores las envuelven en su perfume para hacer más sosegado su descanso.
Un pequeño puentecito de madera se arquea de orilla a orilla, ese grácil puentecito de madera de todos los estanques de los libros de cuentos.Y hacia allí me dirijo, hechizado por la serenidad que desprenden la noche calma, la luna blanca, el estanque dormido, embebecido de la fragancia nocturna, de la de la hierba y las flores, de la música que suena a esas horas en la campiña.
Crujen a mi paso las maderas del puentecito al cruzarlo. El cansancio del día y de las horas de caminata han hecho mella en mí, necesito descansar, y de alguna manera sé que he llegado al sitio adecuado. Me acomodo junto a la orilla, dejando la vista vagar por las plácidas aguas iluminadas por la luna, en las que también parecen flotar, junto a los nenúfares, mis pensamientos.
Y repentinamente, algo llama mi atención. La quieta superficie del estanque se agita levemente, y sus verdinosas aguas se rizan silueteando la figura yacente de una mujer que emerge del fondo poco a poco. Bella, de largos cabellos, hermoseada por un largo vestido de seda verde, parece dormir plácidamente flotando irrealmente sobre las aguas, pero todavía cubierta por ellas. La contemplo sin salir de mi asombro.
- ¿Quién eres? -musito casi de forma mecánica. El sobresalto crece al oír una voz femenina que resuena en mi mente.
- Mi nombre es Esperanza.
- Pero, ¿qué haces ahí dentro del estanque?- pregunto con el estupor aún
reflejado en mi rostro.
- Vivo aquí.
Miro la yacente figura, el rostro plácido, aureolado de una paz infinita, y pienso que es el ser más bello que he visto en mi vida. Ni un músculo de aquella cara se mueve, ni los ojos se abren, pero siento que ella me mira y sonríe. Es la sonrisa más bonita del mundo, y me caldea el corazón. También quiere ser una sonrisa el rictus que tuerce mi boca cuando me asalta el irónico pensamiento de que esa mujer está como yo, siempre con el agua al cuello.
- Precisamente ahí es donde estoy siempre, bajo las aguas que parecen ahogar- dice ella, como respondiendo a mis pensamientos - Nadie que consiga verme perece en ellas.
- Nunca te había visto entre las aguas que me ahogan a mí.
- Nunca me habías buscado- sonrió Esperanza- Pero siempre estoy en ellas. Recuérdalo. Siempre.
De nuevo, la superficie comenzó a espumarse en torno la silueta de la mujer. Me sobresalté.
-¡No te vayas! Ahora no...
- Bésame- La voz femenina resonó en mi mente con lo que me pareció un cierto tono de urgencia. Por un segundo tuve miedo de hundir el rostro en el agua para responder a su petición, pero la duda solo duró una fracción de segundo, y lo hice. La besé, sorprendido de no sentir la menor sensación de asfixia, y de notar calidez en aquellos fríos labios.
- Ahora soy tuya. Ni tiempos ni distancias nos separarán ya. Cuando me necesites estaré a tu lado, no lo olvides.
La voz femenina se iba perdiendo en mi mente mientras el cuerpo se hundía poco a poco en el fondo del estanque. En escasos minutos, la superficie volvió a recuperar su aspecto espejado, sereno... En esos momentos, empecé a pensar que todo había sido producto de una especie de pesadilla, fruto probablemente del cansancio acumulado durante el día. En realidad, ni siquiera podría decir cuánto había durado todo aquello: segundos, horas...
Sacudí la cabeza, confuso. ¿Por qué, entonces, si solo había sido una ensoñación, conservaba aún el calor de aquel beso y de aquella sonrisa, por qué no dejaban de flotar en mi mente las palabras de la dama? ¿Por qué tenía la extraña sensación de que ya no estaba solo, de que una presencia etérea, inconsistente, pero tremendamente palpable se había instalado en mi interior?
Mi vista se desvió del estanque y se dirigió a la cercana ciudad. El cielo estaba también hermoso allí, había desaparecido toda traza de niebla. Era curioso.. Tampoco quedaban ya jirones de ella dentro de mí. Lanzando una última mirada a las quietas aguas, me levanté y mis pasos se encaminaron a la ciudad. Era ya tiempo de ir a casa. Ahora sí sabía dónde tenía que encaminar mis pasos. Ahora sí... >









el-peletero dijo
Mi muy querida Ren, tus palabras siempre son un regalo y una bendición, que debemos de saber agradecer.
Es difícil agradecer palabras, a no ser con más palabras. Pero las palabras son, gracias a Dios, algo más. Las palabras, gracias a Dios, las carga el Diablo, como las armas en manos de un niño.
Pero tú no eres ni un niño ni una niña, tú eres una mujer, tú eres una Dama y sabes usar las armas, igual que usas las palabras. Para bien.
El 6 de enero queda lejos, todo queda lejos mientras el corazón lo sigamos teniendo malditamente pegado al cuerpo, junto al esternón, ese hueso en forma de cuchillo.
Todos sabemos que los Reyes Magos existen, la mentira no es ésa, es la contraria. Así pues, me permito transcribirte un poema de un libro que me regalaron ese lejano 6 de enero de 2008.
El poeta se llama William Carlos Williams, es norteamericano. El libro se titula “Cuadros de Brueghel”, premio Pullitzer del año 1962. Y de él dice Octavio Paz en la contraportada que es “el autor de los poemas más vívidos de la poesía norteamericana moderna”.
El poema es “THE GIFT”, (“El Don”).
Dice así:
Cuando los Reyes Magos de antaño trajeron dones
guiados por una estrella
al humilde lugar del nacimiento
del dios del amor,
los demonios
como muestra un antiguo grabado
huyeron en desbandada.
¿Qué podía saber un niño
de ornamentos de oro,
de incienso y de mirra,
de vestiduras sacerdotales
y genuflexiones devotas?
Pero la imaginación
conoce todas las historias
antes de que sean contadas
y conoce la verdad de esta
más allá de toda duda.
Los suntuosos regalos
tan inadecuados para un niño
aunque ofrecidos devotamente
simbolizan lo que el amor puede traer.
Los Magos eran viejos
¿qué podían saber ellos
de las necesidades de una madre
o de los deseos
de un niño?
Pero cuando se arrodillaron
el niño fue alimentado.
¡Lo vieron
y
dieron gracias!
Un milagro
había tenido lugar,
oro sólido transformado en amor
¡la leche de una madre!
Frente a sus
maravillados ojos.
El asno rebuznó
y los bueyes mugieron.
Era su naturaleza.
Todos los hombres por naturaleza dan gracias.
No pueden
hacer otra cosa.
Los propios demonios
alaban a Dios con su huida.
¿Qué cosa es la muerte,
al lado de esto?
Nada. Los Reyes Magos
vinieron con sus dones
y se inclinaron para reverenciar
esta perfección.
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Así pues, querida Ren, gracias.
28 de enero de 2008
28 Enero 2008 | 11:12 AM