EL PRÍNCIPE
"El Príncipe " parte de un cuento corto que el-Peletero, amigo personal y de esta casa, tuvo la gentileza de regalarme hace algún tiempo. Aunque me dio plena libertad para que hiciese las modificaciones que considerase oportunas, al final no han llegado a ser muchas.
Gracias, Pele.
Este cuento es real como la vida, no se trata de ninguna ficción y tampoco es ninguna invención, los hechos son ciertos y ocurrieron tal y como os los voy a contar. Así me los contó un anciano que hallé en una vieja casa de un viejo país.
Un anciano que al contarme el cuento cantaba y al cantar lloraba, y su pena parecía viento y lluvia. Parecía triste y algo loco, roca lisa y pulida, parecía un tronco caído con incrustaciones del tiempo, con caracoles y musgos, con sapos y ratones de cola pelada y ardillas de cola peluda comiendo piñones, rápidas y simpáticas. Era viejo y tenía esquejes verdes, infantiles, parecía una ballena con conchas y perlas pegadas en el morro, en sus labios viejos, en su boca cansada de cantarle al cielo, al mar y a la rosa.
Así cantó:
En el corazón de un continente perdido había un gran reino del que no diré el nombre. Tenía valles y altas montañas, mesetas y selvas y estaba bañado por los dos grandes océanos del mundo.
Su Reina, pues reina tenía, era de una belleza indescriptible; todos los poetas habían intentado reflejarla y cantarla en odas y poemas en su honor, pero la palabra más eufónica, el verso más inspirado, amarilleaban y se inclinaban como flores marchitas ante la extraordinaria y lejana hermosura de la soberana. Ningún bardo consiguió nunca completar un solo poema inspirado en aquella belleza inefable.
La Reina había tenido esposo, según ella un pedazo de piedra tosca y sin pulir, sin forma y con tendencia a convertirse en arena primero y en polvo después. Piedra, tierra, polvo, humo, nada... Año tras año, la carne tibia de la Reina, su corazón palpitante, la lava ardiente que le circulaba por las venas, se fueron enfriando y endureciendo al contacto con la abúlica y helada roca, convirtiéndose en cenizas, en barro pétreo, frígido e inerme.
La única vida que pudo extraer de aquella fea piedra poco antes de repudiarla fue el varón que parió, un varón tan bello como si de ella Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni hubiera extraído con trépanos y cinceles otro David de cabellos negros.
Una vez al año La Reina Oscura, así la llamaban algunos, la Dueña del Mundo, así la llamaban otros, recibía en audiencia al pueblo que gobernaba. Sentada en su trono de oro, vestida con pieles de ocelote y plumas de cóndor, recibía el sometimiento de su pueblo. Todos hincaban la rodilla en el suelo y bajaban la cabeza ante ella, tapándose los ojos con las manos en señal de respeto y sumisión. Ella, hierática, dejaba sobrevolar la mirada fría y distante sobre sus súbditos durante toda la ceremonia. Al ver su porte regio, orgulloso, de diosa descendida a la Tierra, nadie hubiera supuesto lo mucho que le pesaban aquellas pieles y aquellas plumas, que no lograban atemperar el frío de su corazón. A veces, ni el de su piel.
Así era cada año en el solsticio de invierno, siempre igual, el ritual era perpetuamente el mismo, nada variaba, nada cambiaba. Si acaso, la soledad de la reina, que cada año era más sola. Su cansancio.
Hasta que en una de aquellas audiencias…
Alguien no se arrodilló, se mantuvo en pie, mirándola desafiante, orgulloso y valiente, presuntuoso y decidido. No apartaba sus ojos morenos de los de la Soberana. Era un muchacho joven, vestido con pobres y míseras pieles de cordero, era un pastor que ni rebaño tenía, solamente lo acompañaba un perro, su único amigo, un perro que respondía al nombre de Sirio, el perro de Orión.
Los soldados, ante tamaña osadía, quisieron apresarlo y hacerle cumplir el ritual de humillación. Pero la Reina los detuvo.
- ¡Esperad! - les dijo. Sus airados ojos, helados carbones encendidos, se clavaron con fijeza en el muchacho, y dirigiéndose a él le preguntó con su voz atronadora, con esa voz que solamente las verdaderas Reinas pueden pronunciar, con esa voz desafiante, que por sí sola ya mata:
- ¿Qué quieres?
El pastor ni se inmutó. Tranquilo, siguió mirándola despacioso, reposado. Lentamente en su rostro se iba formando una leve sonrisa, apenas un rictus, hasta que al final ya enseñaba la dulzura de sus dientes blancos. Entonces levantó su brazo derecho, estirado, y con su índice la señaló. Señaló a la Reina, a la Dueña del Mundo, a la Soberana del Cielo y de la Tierra, y dijo con una voz suave, casi como cantando, que todos oyeron:
- Te quiero a ti.
Un murmullo apagado se elevó entre las gentes allí reunidas , pero nadie, ni siquiera la Reina, osó decir nada. Desde algún rincón de aquella enorme explanada empezó a sonar una música lánguida y triste, ninguno sabía quién la interpretaba ni de dónde salía, pero se oía con claridad. Sirio se mantenía quieto y tranquilo, meneando mansamente su cola, sentado al lado de su dueño, mientras el pastor continuaba señalando a la Reina con su dedo y su brazo estirado.
Ella se levantó lenta, muy lentamente de su trono, sin desprender su mirada de él, y avanzó unos pasos. El pastor no se movió un ápice, sus labios dibujaban una sonrisa tan cálida y retadora como la que titilaba en la hondura de sus pupilas, que no se apartaban de las de la Soberana. Todo se había borrado de la faz de la tierra, todo menos la mirada soleada de aquel joven, que iba derritiendo el invierno de sus ojos de reina sola y fría, deshelando arroyos, licuando y calentando de nuevo la sangre de sus venas. Latió el canto de los pájaros de mayo en su pecho, y su carne volvió a ser valle florido.
Tales eran el silencio y la inmovilidad de la reina, en pie frente al joven, mirándolo fijamente, que todo el mundo estaba estupefacto y expectante, pensando ya cuál sería la forma en que decidiría matar a aquel osado. Pero lo que sucedió fue que esa Reina empezó a despojarse despaciosamente de sus ricos vestidos, hasta quedar completamente desnuda delante de todos sus súbditos. Y así pudieron ver por primera vez, aunque fuera de reojo, a la mujer que había debajo de ellos.
Esa mujer, ya Reina de nada, bajó majestuosa las escaleras del atrio, y tal cual había llegado al mundo, fue caminando por entre la muchedumbre hasta llegar donde se hallaba el pastor.
Ella tomó su mano y él la cubrió con un manto limpio y blanco de algodón que llevaba guardado en su bolsa de viaje.Y así, caminando juntos, los dos se marcharon de allí seguidos por Sirio, que, contento, ladró.
Para mi Dama oscura
Por eso mi cuerpo os señala
con el dedo que no es de ninguna mano,
pues todo él, mi cuerpo, mano es de un solo dedo,
ése que fuente es y de la que leche mana,
de la que podéis beber si vos queréis,
y así, con ese beso, permitirme existir,
pues eso ansío, más que vivir,
morir de ésa que es mi Dama,
de su boca y de su herida,
dándole yo, a través de mi dedo
de lord y de fauno viejo,
mi amor, mi alma y mi… vida.
Para mi Caballero

se dará libremente a sí misma como geisha.
Arrodillada pero erguida ofrecerá gentil a su señor, que nunca lo será,
la suavidad de su piel, de su canto, de su sonrisa.
Grácil, delicada, tañerá todos los instrumentos,
le franqueará las puertas de su jardín de las delicias,
beberá y permitirá que él beba de sus fuentes
llevándolo a una pequeña muerte dulce, blanca muerte de azucenas,
haciéndolo florecer entre amapolas rojas,
calmando así su sed y sus ansias.
Le hará sentirse dios y hombre, pisar el cielo y la tierra.
La geisha no tiene más dueña que ella misma,
suyas son su alma, su amor y su vida,
por eso no puede hacer mejor regalo a su señor
- que nunca lo será sino su igual-
que... la misma geisha. Su libertad.
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Exactamente el día del solsticio de invierno del siguiente año la Reina volvió a palacio, esta vez cubierta solo con la enorme piel mal curtida de un lobo. Lo había matado con sus propias manos, decían sus cortesanos. La amargura que ahora endurecía sus rasgos no restaba un ápice a la belleza cuya fama había trascendido todos los confines del reino. Sin pronunciar una sola palabra avanzó hacia el trono, se despojó ante todos del manto de lobo que la cubría y, desnuda, como aquella vez que renunciara a su reino, pidió con un sencillo gesto de su mano que le trajeran sus antiguos vestidos.
Sedas, terciopelos, pieles de ocelote y plumas de cóndor cubrieron de nuevo aquel hermoso cuerpo sin ser capaces de aportarle la más mínima calidez. Indicó al chambelán que abriera las puertas de palacio para iniciar la tradicional audiencia de esa fecha con el pueblo, que se agolpaba impaciente ante aquellas puertas deseoso de entrar, pues ya había corrido por todas partes la voz de que la Reina había regresado.
Sentada en el trono de oro, su porte era tan regio y su mirada se sobre elevaba tan fría y distante sobre ante sus súbditos, postrados y sumisos, que enseguida todos olvidaron que la habían visto desnuda, pues bien es sabido que las verdaderas Reinas jamás lo están.
Cuentan los que saben de estas cosas que el corazón de la reina se convirtió definitivamente en piedra, sus ojos en hielo, y que su hermosa piel adquirió la palidez de una muerta. Cuentan también que, aunque las estaciones se iban sucediendo en todo el reino, el palacio despedía siempre un helor que hacía temblar de frío y miedo a quienes se acercaban y lo visitaban. Así mismo, sus chambelanes y ministros dicen que vieron a la Dueña del Mundo estremecerse aterida bajo sus pieles aun en pleno verano, y que sus plumas de cóndor la encadenaban como una vulgar esclava a su trono de oro. Sus verdugos también nos narran con temor, que ni por un momento llegó a temblarle la voz cuando tuvo que ordenar matar a cuantos osaron pedir su mano.
Sin embargo el misterio, si es que tal cosa había, no era ella ni su conducta extraña. El misterio siempre fue aquel pequeño pastor que todos empezaron a llamar “El Príncipe”, aquel joven al que acompañaba un perro y que nadie nunca más volvió a ver.
"¿Qué fue de él?", le pregunté al anciano que me contaba cantando el cuento.
"¿Él?, no sé, murió, creo. Yo tampoco lo sé, pero me gusta pensar que en su muerte Sirio lo veló, hasta que el hambre y la pena también lo mataron a él."
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A mí también me gusta pensar que fue así, que el pastor tuvo quien le acompañara hasta el final.






el-peletero dijo
Gràcies, Ampar.
Petons.
11 Agosto 2008 | 01:44 PM