La Coctelera

rincones

6 Octubre 2008

RAÍCES (I)


El traqueteo de un tren siempre acaba resultando adormecedor cuando el trayecto es largo. Solo fui consciente de que un suave sopor se había ido apoderando de mí cuando el libro que reposaba abierto sobre mis rodillas empezó a resbalar lentamente. Detuve a tiempo con mi mano su camino inexorable hacia el suelo, y, ya más espabilada, dirigí mis ojos hacia la ventanilla del vagón. Parecía ser el cambiante paisaje el que avanzaba velozmente ante los postes telegráficos que lo punteaban, en una carrera contrarreloj, como si él mismo quisiera aproximarme cuanto antes a mi lugar de destino, dando la sensación de que era el tren el que permanecía inmóvil. La monótona campiña avanzaba rápida, a veces animada por alguna zona de arbolado de un verde tampoco especialmente fresco o por pueblecitos pequeños, poco más que aldeas, cuyas casitas parecían las de un portal de Belén mal dispuestas por las inexpertas manos de un niño en un decorado poco apropiado.

Mi mirada vagaba distraída por el panorama que se extendía ante la ventana sin apenas ver, pero no tanto que no advirtiera que el paisaje, que había cambiado en algún momento que me había pasado desapercibido hasta perfilar las primeras formas de un valle, comenzaba a disminuir la rapidez de su loca carrera. O quizás era el tren, que aminoraba velocidad poco a poco mientras se aproximaba a la estación de mi destino. Cuando la máquina se detuvo bajé sin prisas de mi vagón. Bien pensado, tampoco tenía claro para qué había vuelto al pueblo, hacía años que allí ya no me esperaba nadie. Comenzaba a arrepentirme de haber obedecido el súbito impulso que me hizo meter en una mochila unas camisetas, algo de ropa interior, unos tejanos y la bolsa de aseo y coger aquel tren. Segura, como estaba, de que el tiempo también habría pasado por aquel lugar y de que tras tantos años de ausencia nada sería reconocible para mí, me sorprendió que la plaga ya endémica de la urbanización incontrolada y feroz no hubiese llegado aún allí.



Todavía existía el sendero grisáceo que, flanqueado por árboles viejos, exuberantes, conducía desde la estación al pueblo. Apenas eran unos minutos lo que se tardaba en recorrerlo, un paseo realmente agradable bajo las ramas que orillaban uno y otro lado del estrecho camino, tocándose y entrecruzándose, poblando la atmósfera de un penetrante olor a hoja roja, a madera de tronco viejo, triste, que anticipa otoño. Del fondo de mi memoria emergió sin apenas esfuerzo aquella vieja fantasía de mi niñez, cuando imaginaba, mientras lo recorría, que esas ramas eran sables empuñados por soldados de gala que se cruzaban sobre mi cabeza formando un arco bajo el que yo pasaba orgullosa y emocionada. Un hermoso pasillo de sables. Los "¡Viva!" los ponían el chachareo de los pájaros que habitaban las ramas y el rumor del cercano riachuelo, estrecho y pobre de caudal, las aguas escasas y delgadas que saltaban atropellada y ágilmente sobre el lecho de piedras de su cauce.

La medio sonrisa aún me duraba cuando llegué a las primeras casas del pueblo, de piedra gris y tejas que ahora carecían de color definido pero que algún día, cuando fueron edificadas esas casas, quizás en el principio de los tiempos, debieron de ser rojas. En mi niñez nunca lo había percibido así, pero ahora esas piedras, su color gris, me parecían tan antiguas como el mundo, como escamas de dinosaurios prehistóricos utilizadas para su construcción. Era como si el pueblo se resistiera a extinguirse. Como si los dinosaurios se resistieran a extinguirse.

Tomé camino calle abajo; antes solo había dos, largas, sinuosas, a las que se asomaban todas las casas que componían la pequeña localidad. Ahora había tres calles. El trazado de la nueva, igualmente tosco e irregular, impedía ver su fin, aunque yo estaba segura de que iría a terminar, como las otras, a la pradera ante la que se erigían las altas montañas que , como soldados , vigilaban el pueblo . Las fachadas ya no eran solo de piedra viva, muchas estaban enteramente encaladas, de arriba abajo. Las más, solo la mitad superior. La modernidad ...


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12 comentarios · Escribe aquí tu comentario

eric

eric dijo

La mente congela los recuerdos,como una fotografía, y luego pensamos volver a ver las cosas tal cual eran. Pero todo evoluciona, todo cambia, hasta los más diminutos pueblos perdidos dónde, antes, parecía que se acabara el mundo.

Recuerdo la primera vez que volví a París, a mi barrio dónde me crié. Todo, absolutamente todo me parecía más pequeño, las distancias más cortas, las alturas más bajas. Pero no sólo lo más "personal" ( lo cual es lógico) sino toda la ciudad; ¡imagínate pensar que París es una ciudad pequeña!

Feliz retorno al mundo creativo Ren. Es un placer leerte, de veras.

Un besote.

6 Octubre 2008 | 11:05 AM

mantis_religiosa

mantis_religiosa dijo

No me lo puedo creer.... he viajado en tren sin comprar billete y con las prisas no sé si he metido todo en la mochila... Aunque pensándolo bien, creo que ese paseo entre los árboles es tan cálido que puedes hacerlo hasta sin ropa y con los ojos cerrados.
Y esas hojas rojas pueden caldear mi alma hasta encalar mis paredes desde mis pies hasta mi tejado, también con tejas de color indefinido...

Por un momento he disfrutado de un pueblo que no me pertenece y de unos recuerdos que los hago míos y subo por esa calle empinada para encontrarme con esa pradera y sentirme abrazada por los vigilantes del pueblo...

La música, una pasada. La letra de esta canción es divina, es una de mis favoritas de Sarah Brightman.

Besos viajera

P.D: la segunda parte será pronto ¿no?....

6 Octubre 2008 | 11:56 AM

rincones

rincones dijo

Seguramente es para bien que todo evoluciona, Eric, pero es inevitable sentir un cierto desasosiego cuando volvemos a lugares que fueron escenario de nuestra niñez o adolescencia. Siempre tendemos a idealizar el pasado, a crear nuevos recuerdos en nuestra mente, y si a eo le sumamos los cambios que todo experimenta...

Entiendo perfectamente lo que te ocurrió al volver a París. Por eso, seguramente, no he regresado a Oviedo jamás, desde que me vine para Sevilla con 6 años. Los mejores de mi niñez transcurrieron en esa ciudad, a donde llegué con 3 años y medio, y aunque te parezca mentira tengo recuerdos de mi estancia allí grabados a fuego en la memoria: la casa en que vivíamos, el paisaje que se contemplaba desde la ventana de la cocina, alguna que otra calle de Oviedo... Nada de eso quedará ya en pie,o al menos como era, y cada vez que he pensado en ir unos días a esa ciudad... bueno, siempre hay algo que me lo impide. Creo que es el mismo temor a que nada sea ya como vive en mi mente. Prefiero conservar aquellos años de mi vida como fueron. O como yo imagino que fueron, da igual, pero eso que guardo en mi memoria es lo mejor de mi niñez, y quiero que se quede ahí.

Gracias por tu amabilidad... :-)

Un besote grande.

6 Octubre 2008 | 12:12 PM

rincones

rincones dijo

¿Sin billete? Como llegue el revisor verás, señorita Mantis... (risas)

Ya ves, esta vez coincidimos en lo mismo: ambas hemos estado en un pueblo que no nos pertenece y haciendo aflorar unos recuerdos que no son nuestros, porque yo jamás he vivido en este pueblecito ni en ninguno, ni experimentado nada de lo que figurará en el post siguiente (creo que tendría que hablar en plural, porque seguramente lo que resta será mejor publicarlo en dos partes). Fui niña y adulta de asfalto, pero no hace falta ver ni vivir, todo está en nuestra mente: olores, sabores, colores, sensaciones... A determinadas edades todos contamos con un bagaje existencial experimentado y/o aprendido que nos acompañará el resto de nuestra vida, y que nos permite recrear al instante lo que deseamos tener enfrente. Hablabas de poder hacer ese paseo entre los árboles con los ojos cerrados.. Y es que las cosas nunca se ven mejor que de esa manera: con los ojos cerrados. Así es como está escrito este relato.

¿Te ha gustado la música? Me alegro... No suelo incluirla más que en algunas ocasiones, pero esta era un poquito especial.

Un besazo, guapa.

Mañana seguramente va la segunda parte.

6 Octubre 2008 | 01:04 PM

haptesupreina

haptesupreina dijo

Nunca mejor arco para el paso de alguien fue más impresionante que el describes en tu relato...como siempre llegas a traves de todos los sentidos con lo qe transmites...olores, sonidos, colores...es facil sumergirse en esas toscas calles
besos

6 Octubre 2008 | 06:11 PM

eltioantonio

eltioantonio dijo

Queridos Ren, la nostalgia es algo que nos lleva muy adentro de un camino sin fin, definitivamente todo cambia con el tiempo -hasta nosotros mismos- pero la esencia espero siga siendo la misma, que es la única que nos puede salvar en el tiempo.

Abrazos

6 Octubre 2008 | 09:15 PM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

Pues te has "adueñado" de un pueblecito de mi infancia, con tus maravillosas palabras. Se llamaba la Cumbre, y supuestamente estábamos allí "veraneando" porque éramos tan pequeñas que todavía no íbamos al colegio. Cuando fuimos mayores nos enteramos que aunque fueron tiempos muy felices, NO estábamos precisamente veraneando allí. También se viajaba en tren. Por eso no pude menos que transportarme a la Cumbre con tu relato. Eres magnífica, Ren. Pero bueno, todo hay que decirlo y me parece que la "modernización" poco afectó al pueblecito de tu historia. Antes había 2 calles y ahora encuentras 3. Nada malo para las moles de cemento que se construyen ahora, no? Estoy de acuerdo con Mantis, la música también es fantástica. Besos.

6 Octubre 2008 | 09:36 PM

ren

ren dijo

Es lo que pretendía, Hapte, que las palabras se conviertan en olores, colores, sonidos... Y siempre es agradabe saber que se ha conseguido. Los cinco sentidos que tenemos son nuestras ventanas al mundo, cada uno de ellos nos asoma a una faceta de la realidad que nos rodea, pero lo maravilloso del lenguaje es que él solito consigue sustituir a todos ellos, sin excepción. Él nos asoma de un solo plumazo a esas cinco facetas de cuanto nos rodea, nos permite ver con los ojos cerrados, sentir y vivir sin estar.

Besos, reina, bienvenida de nuevo a casa.. :-)

7 Octubre 2008 | 10:28 AM

ren

ren dijo

Todo cambia con el tiempo, Antonio, incluidos nosotros, por supuesto, y eso es bueno y necesario, pero todos necesitamos anclas a algo, anclas que nos den seguridad. Yo sí creo que la esencia siempre es la misma, que es ese ancla que nos permite reconocer y reconocernos a pesar de los vaivenes del tiempo y de la vida, de los cambios a que inevitablemente nos vemos sujetos.

Besos, querido Antonio.

7 Octubre 2008 | 10:29 AM

ren

ren dijo

Así que "veraneando", ¿eh, Madeleine? Vaya.... Menos mal que hubo un momento en que pudisteis dejar de "veranear"...

Es curioso el poder de evocación que tiene la palabra, su capacidad creadora. Ni de nombre conocía la Cumbre, el pueblo que aparece en el relato ni siquiera existe, lo ha hecho posible un poco de imaginación , y sin embargo el relato te ha retrotraído a ese que fue escenario de veranos de tu niñez. Unas simples líneas bastan para reavivar el bagaje existencial que todos acumulamos, para sacarlo de las sombras de la memoria en que se esconden y hacerlo desfilar de nuevo ante nosotros, como si el tiempo no hubiese pasado, fresco y con todos sus colores.

Lo de la "modernidad" era una ironía.. Toda la que ha alcanzado el pueblo es tener una calle más y que en esa ya no todas las casas sean de piedra vista, sino encaladas o semiencaladas, figúrate.. :-)

Besos.

7 Octubre 2008 | 01:31 PM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

Yo no sé querida Ren, siquiera si la Cumbre figura en algún mapa de Colombia. Nos "metimos" allá cuando las famosas peleas entre liberales y conservadores en mi país eran ya álgidas..., y lo hicimos sobre todo por mi padre. Sin embargo, fueron tiempos "gloriosos" que al menos yo que era la mayor recordaba bastante bien. Un día volví, ya de grande y todo me pareció diminuto, abandonado y totalmente distinto de lo que guardaba en mi mente y en mi corazón. Lo mejor, como comentó alguien, es no volver..., congelar los días felices en la memoria. Besos.

8 Octubre 2008 | 12:33 AM

rincones

rincones dijo

El pueblito del que hablo en el relato es totalmente imaginario, Madeleine, el tuyo, aunque pequeño, era real y os acogió en unos momentos particularmente difíciles. Ya imaginaba a lo que te referías en el anterior comentario...

Yo fui la que comentó que mejor no volver a los lugares en que se estuvo de pequeño. Después, cuando regresas, ya nunca son lo mismo, y ese castillo de cuentos que te habías formado en la memoria se cae como si fuera un castillo de naipes.

Besos.

11 Octubre 2008 | 11:43 AM

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Sobre mí

Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

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