RAÍCES (I)

El traqueteo de un tren siempre acaba resultando adormecedor cuando el trayecto es largo. Solo fui consciente de que un suave sopor se había ido apoderando de mí cuando el libro que reposaba abierto sobre mis rodillas empezó a resbalar lentamente. Detuve a tiempo con mi mano su camino inexorable hacia el suelo, y, ya más espabilada, dirigí mis ojos hacia la ventanilla del vagón. Parecía ser el cambiante paisaje el que avanzaba velozmente ante los postes telegráficos que lo punteaban, en una carrera contrarreloj, como si él mismo quisiera aproximarme cuanto antes a mi lugar de destino, dando la sensación de que era el tren el que permanecía inmóvil. La monótona campiña avanzaba rápida, a veces animada por alguna zona de arbolado de un verde tampoco especialmente fresco o por pueblecitos pequeños, poco más que aldeas, cuyas casitas parecían las de un portal de Belén mal dispuestas por las inexpertas manos de un niño en un decorado poco apropiado.
Mi mirada vagaba distraída por el panorama que se extendía ante la ventana sin apenas ver, pero no tanto que no advirtiera que el paisaje, que había cambiado en algún momento que me había pasado desapercibido hasta perfilar las primeras formas de un valle, comenzaba a disminuir la rapidez de su loca carrera. O quizás era el tren, que aminoraba velocidad poco a poco mientras se aproximaba a la estación de mi destino. Cuando la máquina se detuvo bajé sin prisas de mi vagón. Bien pensado, tampoco tenía claro para qué había vuelto al pueblo, hacía años que allí ya no me esperaba nadie. Comenzaba a arrepentirme de haber obedecido el súbito impulso que me hizo meter en una mochila unas camisetas, algo de ropa interior, unos tejanos y la bolsa de aseo y coger aquel tren. Segura, como estaba, de que el tiempo también habría pasado por aquel lugar y de que tras tantos años de ausencia nada sería reconocible para mí, me sorprendió que la plaga ya endémica de la urbanización incontrolada y feroz no hubiese llegado aún allí.

Todavía existía el sendero grisáceo que, flanqueado por árboles viejos, exuberantes, conducía desde la estación al pueblo. Apenas eran unos minutos lo que se tardaba en recorrerlo, un paseo realmente agradable bajo las ramas que orillaban uno y otro lado del estrecho camino, tocándose y entrecruzándose, poblando la atmósfera de un penetrante olor a hoja roja, a madera de tronco viejo, triste, que anticipa otoño. Del fondo de mi memoria emergió sin apenas esfuerzo aquella vieja fantasía de mi niñez, cuando imaginaba, mientras lo recorría, que esas ramas eran sables empuñados por soldados de gala que se cruzaban sobre mi cabeza formando un arco bajo el que yo pasaba orgullosa y emocionada. Un hermoso pasillo de sables. Los "¡Viva!" los ponían el chachareo de los pájaros que habitaban las ramas y el rumor del cercano riachuelo, estrecho y pobre de caudal, las aguas escasas y delgadas que saltaban atropellada y ágilmente sobre el lecho de piedras de su cauce.
La medio sonrisa aún me duraba cuando llegué a las primeras casas del pueblo, de piedra gris y tejas que ahora carecían de color definido pero que algún día, cuando fueron edificadas esas casas, quizás en el principio de los tiempos, debieron de ser rojas. En mi niñez nunca lo había percibido así, pero ahora esas piedras, su color gris, me parecían tan antiguas como el mundo, como escamas de dinosaurios prehistóricos utilizadas para su construcción. Era como si el pueblo se resistiera a extinguirse. Como si los dinosaurios se resistieran a extinguirse.
Tomé camino calle abajo; antes solo había dos, largas, sinuosas, a las que se asomaban todas las casas que componían la pequeña localidad. Ahora había tres calles. El trazado de la nueva, igualmente tosco e irregular, impedía ver su fin, aunque yo estaba segura de que iría a terminar, como las otras, a la pradera ante la que se erigían las altas montañas que , como soldados , vigilaban el pueblo . Las fachadas ya no eran solo de piedra viva, muchas estaban enteramente encaladas, de arriba abajo. Las más, solo la mitad superior. La modernidad ...






eric dijo
La mente congela los recuerdos,como una fotografía, y luego pensamos volver a ver las cosas tal cual eran. Pero todo evoluciona, todo cambia, hasta los más diminutos pueblos perdidos dónde, antes, parecía que se acabara el mundo.
Recuerdo la primera vez que volví a París, a mi barrio dónde me crié. Todo, absolutamente todo me parecía más pequeño, las distancias más cortas, las alturas más bajas. Pero no sólo lo más "personal" ( lo cual es lógico) sino toda la ciudad; ¡imagínate pensar que París es una ciudad pequeña!
Feliz retorno al mundo creativo Ren. Es un placer leerte, de veras.
Un besote.
6 Octubre 2008 | 11:05 AM