La Coctelera

rincones

7 Octubre 2008

RAÍCES (II)

Estuve tentada de explorar la nueva calle, justa aunque poco imaginativamente llamada Calle Nueva, pero nada había ahí que fuera mío, ningún recuerdo, ningún olor, nada que yo pudiera reconocer, así que comencé a recorrer las antiguas, las que correteé durante los veranos de mi niñez y primera adolescencia, hasta que mis abuelos murieron. Primero se fue abuela, callada y discreta como había sido en vida. Una noche se durmió, y ya no despertó. Abuelo la sobrevivió poco, apenas unos meses. Se apagó como un fuego sin leños. Nada ataba ya a mis padres a aquel pueblito del que habían salido muy jóvenes en busca de mejor fortuna, y dejamos de venir en vacaciones . Fue un sentimiento inmenso de orfandad el que se apoderó de mí entonces, y no solo por la pérdida de mis abuelos. Fue algo más, que no he logrado averiguar aún hoy.

Pensé que tras cerca de 30 años de ausencia nada me sería familiar, pero me equivocaba. El tiempo, o mi mente, no sé, parecieron dar marcha atrás, cada casa era la que tenía que ser, y ocupaba el lugar que tenía que ocupar. Cada piedra, cada árbol… Incluso el perro que husmeaba en una esquina antes de levantar la pata para orinar parecía ser el chucho callejero y pulgoso al que perseguía de pequeña. Pocas personas transitaban por allí a aquellas horas, era época de labores en el campo; apenas alguna que otra señora mayor que renqueaba por la cuesta arriba acarreando bolsas de la compra, y ancianos de paso lento y bastón largo, de espaldas encorvadas y rostros atezados, curtidos y cuarteados por el sol, con cada uno de los surcos arados en el campo grabados en la piel de sus nucas, de sus caras, de sus manos. Todos me miraban sin disimulo, con fijeza y casi descaro al cruzarse conmigo, ellos estaban en su pueblo, yo era “ la forastera”. Siempre lo fui, lo mismo que mis padres, que emigraron muy jóvenes.

Dos abuelos, sentados en un banco de piedra, clavaban sus ojos en mí de una forma que casi empezaba a resultarme incómoda. Al pasar frente a ellos, uno me dijo: "Tú eres de los Mochilones, ¿verdad?". Me sorprendió oír el mote de mi familia, era algo que casi había olvidado.

-Debes de ser la nieta de la Jacinta, tienes su misma cara.

Jacinta era mi abuela... Y me sentí profundamente emocionada. No sé si más emocionada o sorprendida.

-Sí, lo soy, soy la hija de Martín, el hijo que le quedó vivo a Jacinta después de la guerra.

- ¿No te acuerdas de mí, muchacha? Soy el Liborio. Yo sí que me acuerdo de ti, y de los melones que me robabais los gamberros de tus amigos y tú...

La risa cordial y franca del anciano empequeñeció más aún sus ojos, hasta casi enterrarlos entre los surcos de su rostro. Ya no lo recordaba… Una de mis diversiones favoritas , de pequeña, era ir a robar fruta con otros niños del pueblo, muchas veces a las tierras de sus propios padres. Era emocionante aquel subidón de adrenalina cuando el dueño nos veía y teníamos que salir corriendo con nuestro botín en las manos huyendo de él, de sus improperios y de la garrota que empuñaba. No he probado jamás fruta que supiera mejor que aquella, cuando al fin nos podíamos sentar bajo algún árbol, lejos del energúmeno, a comer el resultado de nuestra bribonada.

-Han pasado tantos años, Liborio... Pero sí, me acuerdo de usted, y de Paca, su mujer. ¿Cómo está?

-Bien, ¿quieres venir a casa y así la ves? A ella le gustará saber de ti, te quería mucho.

Era cierto. Paca no pudo tener hijos; quedaba embarazada, sí, pero al poco tiempo de gestación algo se rompía dentro de ella, y ella se rompía con cada hijo roto. Paca y Liborio eran un poquito padres de todos los chiquillos del pueblo, incluida yo, “la forastera”, la nieta de Jacinta. Liborio era el que más gritaba y más aspavientos hacía cuando nos veía merodeando por su campo de melones, el que más ferozmente agitaba la garrota en la mano, amenazándonos con gritos espantosos. Nosotros sentíamos la adrenalina casi electrificarnos el cuerpo mientras huíamos a toda velocidad con nuestro botín, el corazón palpitante, pero no podíamos evitar la risa ante su enfado, y sobre todo cuando veíamos lo mucho que siempre tardaba en reaccionar y salir corriendo tras nosotros. Una de aquellas veces, al volver la vista para comprobar si nos alcanzaba o no, me pareció verle reír y aquello me desconcertó, pero la sensación apenas me duró un segundo, yéndose a diluir en la emoción de la huida. Ahora sabía a ciencia cierta lo que una vez medio alcancé a sospechar por un fugaz instante: Liborio se dejaba robar la fruta.

-Sí que lo sé, Liborio, sé cuánto nos quería ella a todos. Y usted... -sonreí- Me encantaría poder saludarla, sí, y darle un fuerte abrazo.

Con trabajo se levantó del banco de piedra y se despidió del otro anciano, que había permanecido en absoluto silencio todo el tiempo y que apenas hizo un gesto con la cabeza a modo de adiós.

-¿Quién era ese señor, Liborio? -pregunté, mientras emprendíamos camino a paso lento, muy lento, hacia su casa- Hace unos 30 años que vine aquí por última vez, no consigo recordar quién puede ser.

- Nunca lo conociste... Julia. Te llamabas Julia, ¿verdad? El Tomé se fue del pueblo antes de que tú nacieras, como tantos otros. Como tus padres. Hubo un momento en que solo quedamos aquí unos cuantos, los que no sabíamos cómo trasplantar nuestras raíces en otras tierras. Los que no quisimos que el pueblo se fuera muriendo solo. Luego, con los años, algunos fueron regresando, como el Tomé, y vinieron otros, señoritos de ciudad huyendo del asfalto en busca de raíces y de tierra donde plantarlas. Y el pueblo dejó de morirse, y le salió una calle nueva.

 

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Mantis

Mantis dijo

Por unos minutos en los que una no sabe si está aquí o allá... he hecho ese camino también con Liborio y me preguntaba a mi misma, en mis adentros, si la señora Encarna me dejaba a mi también robarla los higos de su higuera.... no sé, tenía muy malas pulgas y me da a mi que cuando salía con la cachava era para atizarme...

Las imágenes que fluyen en mi cerebro al leer son tantas que parece que realmente yo si tenga algún recuerdo de ese pueblo.
Es curioso, muchos marcharon de los pueblos para encontrar una vida mejor y las raíces son tan fuertes que muchos acaban de nuevo en ellos para encontrar la calma, mi madre sin ir más lejos.

Lo de los motes me resulta algo gracioso pero tierno... los Mochilones no es tan mal mote. Yo tengo una amiga que cuando va al pueblo materno la llaman la nieta del tío Cebollo... y por la parte materna me parece que me contó que ella era la octava generación de “Los monos” un tal Luis fue el primer Mono, qué cosas hay en los pueblos....

Ren, me gusta esta serie que estás escribiendo, no recuerdo haberte leído algo así como una historia y cuando están tan bien contadas, y consigues sujetarte a las paredes de la Calle Nueva, da gusto pasear por ella....

Espero más....

Un besazo

7 Octubre 2008 | 03:52 PM

rincones

rincones dijo

Lo más seguro es que la señor Encarna te persiguiera para atizarte, Mantis, sobre todo si tus incursiones en sus tierras y las razzias que le hacías a sus higueras eran frecuentes...

Es cierto, muchos se marchan de sus pueblos en busca de mejores condiciones de vida, pero la mayoría terminan por volver a ellos esta vez buscando calidad de vida. Es curioso, ¿verdad? Lo mismo que la persiguen los cada vez más numerosos urbanitas de siempre que huyen del ajetreo de la ciudad e intentan en ambientes rurales vvir de una manera más serena, más natural.

Sí que tiene su aquel lo de los motes... En un pueblo de Extremadura se editó una guía telefonica especial para ellos: no figuran los nombres y apellidos de sus habitantes, sino los motes. Cuando alguien quería telefonear a algún vecino no solía reconocerlo por sus verdadero nombre. Me hizo mucha gracia aquella noticia cuando la leí..

Es verdad, nunca he escrito un relato de este tipo; jamás he vivido en pueblitos, sino en ciudad, yo no tengo recuerdos de esas infancias tan especiales vividas en pequeñas localidades, en el campo... Lo que sí poseo es ese bagaje vital de que le hablaba a Made, he oído hablar de esas experiencias a quienes las han vivido, y están incorporadas a mi propio bagaje. Como tampoco me falta un poquillo de imaginación y sí que me sobraban ganas de haber tenido al menos en vacaciones unas vivencias de ese tipo, pos... que me las he fabricado, niña.. :-) Para eso están el pensamiento, y la palabra. No hace falta haber vivido, visto o experimentado, basta la palabra.

besos, guapa.

7 Octubre 2008 | 08:28 PM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

Está preciosa la serie, Ren, y los personajes tan bien dibujados que parecen casi reales. Te está quedando genial. De verdad. Espero no pérdermela. Ya nos vamos el viernes, pero a mi regreso leeré lo que me falte.
Estás bien? Se te extraña. Besos.

8 Octubre 2008 | 12:43 AM

ren

ren dijo

Gracias, Madeleine, por tus amables palabras y por tu interés por mí. Bien sí, liadilla más....

Disfruta de ese viaje, cada ocasión agradable que nos pone la vida por delante es única e irrepetible, es casi un pecado no aprovecharla, por si las moscas..

besos, muchísimos.

9 Octubre 2008 | 09:58 AM

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Sobre mí

Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

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