RAÍCES (Y III)
Desde el último verano pasado en el pueblo de mis abuelos no había vuelto a percibir el olor que traspasaba la puerta semi entornada ante la que nos detuvimos y que llenaba la casa. Liborio la empujó y entramos.
-¡Pacaaaaaa....! Te traigo visita, ven.
Instantes después apareció en la pequeña salita una mujeruca de cabellos grises, gruesa, algo torpe de movimientos. No pude evitar sentir una cierta ternura al contemplarla después de tantos años. Paca nunca había sido delgada; su pecho y caderas, amplios, generosos, sumados a la bondad que reflejaba su rostro redondito, siempre le habían dado un cierto aire de matrona que los años no habían hecho más que intensificar. Una matrona engañada, burlada, una matrona que nunca lo fue.
Durante unos segundos me miró con cierta extrañeza desde unos ojos acuosos, que hubiese jurado que no veían muy bien por como los entornaba al fijarlos en mí, hasta que al fin exclamó con inmensa alegría:
-¡Si es la Julia!
Nos fundimos en un estrecho abrazo, y me cubrió de besos ruidosos, de muchos besos.
-Lo que has crecido, hija, y qué guapa estás....- moqueaba, mirándome una y otra vez y sorbiendo por la nariz mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano - Nos hemos acordado muchísimas veces de ti y de tus padres, pero ya no creí volver a verte. ¿Han venido ellos también? Anda, ven a la cocina conmigo, siéntate allí y cuéntamelo todo. Si vieras cuántas veces me acuerdo de la Jacinta… ¿Qué ha sido de ti, te has casado, tienes rapaces, cómo están tus padres...?
Liborio reía, reía como cuando se dejaba robar la fruta.
- Calla, mujer, calla, no la atosigues y ponnos unas cervezas y queso, pero del bueno.

Entramos en la cocina. La sensación de leve aturrullamiento que sentía al verme viviendo una situación con la que no había contado cuando emprendí este viaje se mezclaba con la de que el reloj se había parado en aquel pueblo en el preciso instante en que hice mi último viaje a él. Todo estaba exactamente igual que antes, como si el tiempo hubiese evitado en su camino aquella casa, aquella estancia enorme, cálida, sus paredes de piedra viva, el techo recorrido por gruesas vigas de madera, de una madera tan vieja como la del platero, que exhibía ordenadamente alineados entre sus barrotes platos de loza deslucida pero muy limpia, los combados y ajados estantes también de madera clavados en las paredes, sobre los que descansaban todo tipo de potes y útiles de cocina de barro cocido, perdido su lustre original y casi ennegrecidos por el uso de años… Creo que no me causó la menor sorpresa ver que aún existía y funcionaba el horno de ladrillo refractario donde se hacía el pan, y que en la lumbre de la chimenea , entre sus ascuas encendidas, sobre unas trébedes, descansaba un enorme puchero en plena ebullición. Era el olor a comida sustanciosa, aromatizada con hierbas, y el del pan que se estaba cociendo en el horno el que llenaba la estancia y salía por la puerta de la casa, el que percibí cuando entrábamos en ella.
-Pero siéntate, muchacha, ¿qué haces aún de pie ahí? –me regañó cariñosamente Paca.
Obediente, tomé asiento en una de las sillas de enea que rodeaban la enorme mesa de madera maciza, al lado de la que Liborio había acercado para sí. Paca descorrió las cortinillas que cubrían la parte inferior de la encimera de piedra que recorría buena parte de la cocina, sacó una tabla de cortar y se dirigió a la enorme alacena, de donde extrajo un buen trozo de hogaza de pan y medio queso. Su olor denso y picantón vino a sumarse al de la comida que hervía en el puchero y al del pan. Olía a hogar…
-Querrás una cerveza fresquita, ¿verdad?-me preguntó la buena mujer, servicial.
La única concesión a la modernidad que había en aquella estancia era un antiguo frigorífico americano que ya estaba allí en mi primera adolescencia.
-Sí, gracias. Veo que el viejo Westinghouse sigue dando servicio- sonreí.
-Sí, aún funciona. Ya le cuesta trabajo, no creas, es viejo, como nosotros, también renquea, pero aún anda- me respondió entre risas, sin dejar de cortar buenos trozos de pan y queso y ponerlos sobre la tabla de madera.
-Qué bien huele ese guiso, Paca… Ese olorcillo da la vida.
-Son patatas, patatas a lo pobre, como nosotros-volvió a reír- Casi deben de estar listas, ¿quieres probar un poco?
La pregunta era meramente retórica, porque antes de que me diera tiempo a responder ya me estaba acercando a la boca un cucharón lleno de humeantes patatas amarillas. Olía a laurel, a tomillo…
-Cuidado, no te quemes- advirtió, solícita. Faltó poco para ello, pero mereció la pena. Estaban aún un poquito duras, pero exquisitas.
No recuerdo mucho de la animada conversación que mantuvimos, excepto que al enterarse de que había reservado habitación para el fin de semana en el hostal del pueblo de al lado, considerablemente más grande, me obligaron a sacar el móvil del bolsillo y a hacer la anulación correspondiente.
-En la casa hay habitaciones de sobra, ¿cómo te vas a ir a un sitio de esos donde duerme todo el mundo? A saber….- me reconvenía Paca, con el ceño medio fruncido.
No, no recuerdo apenas de qué estuvimos hablando, pero sí que el murmullo de la conversación flotaba en la estancia y se mezclaba con el chisporroteo de las brasas de la chimenea, con el olor del pan cociéndose, de las patatas que hervían en el puchero, con el del queso duro y la cerveza, con el de las macetas de romero, albahaca y otras plantas aromáticas que descansaban en el alféizar de la ventana…. Sí recuerdo que la atmósfera que nos envolvía era densa sin asfixiar, cálida, cariñosa, y que el reloj viejísimo que había en una de las paredes hacía un tic tac ruidoso, ronco, como asmático, que las manillas se movían lentas sin que el tiempo pasara por ellas. Y que así fue durante los tres días que Liborio y Paca me acogieron en su casa.
Ya de regreso en la mía solo tenía que cerrar los ojos para volver a ver aquella cocina, aguzar el oído para escuchar el runrún de la conversación, del chisporroteo de las brasas, aspirar con fuerza por la nariz para que las fosas nasales se me llenaran con aquella mezcolanza dulzona de pan, queso, patatas… Sentía sus sabores en mi boca, y la calidez del ambiente en mis brazos, el calorcillo de la chimenea en las mejillas… De repente caí en que no era la primera vez que recurría a mi memoria para volver al pueblo. Cuando los veranos cambiaron de paisaje, el rural por el de playa, lo hacía a menudo, cuando la nostalgia de mis abuelos, de los campos y de aquellas dos calles me hacían llorar y arreciaban las ganas de regresar allí. Lo estuve haciendo por mucho tiempo.
No pude evitar en ese momento una sonrisa. Si hubiese sido la protagonista de una película seguramente este viaje habría tenido consecuencias trascendentales. Pero no lo soy, y no me he descubierto a mí misma, no he resuelto ningún dilema moral, nada ha cambiado en mí, y tampoco se me ha ocurrido regresar a mis orígenes trasladándome a vivir al pueblo, porque “vivir” es sinónimo de “morar”, y morar implica permanecer, morar es tener a donde volver, y sólo se vuelve a los lugares que forman parte de uno mismo, al lugar del que uno es morador porque ahí de algún modo uno permanece como habitante. Por eso se vuelve al lugar de la infancia, del origen y de los padres, donde la memoria sirve de reencuentro. Por eso en realidad nunca me fui de allí y no necesito regresar.
Solo me quedaba una sensación de permanencia, de permanencia e inmutabilidad de algo que es importante. Y eso, de por sí, aun sin saber exactamente de qué se trataba, no siendo más que una sensación, daba sentido a aquel fin de semana pasado en el pueblo.





diasazules dijo
No entiendo, puedo ver las fotos
pero no lo que has escrito.
Pasaré en otro momento a ver
si puedo leerte
BESOS
8 Octubre 2008 | 01:21 PM