La Coctelera

rincones

8 Octubre 2008

RAÍCES (Y III)


Desde el último verano pasado en el pueblo de mis abuelos no había vuelto a percibir el olor que traspasaba la puerta semi entornada ante la que nos detuvimos y que llenaba la casa. Liborio la empujó y entramos.

-¡Pacaaaaaa....! Te traigo visita, ven.

Instantes después apareció en la pequeña salita una mujeruca de cabellos grises, gruesa, algo torpe de movimientos. No pude evitar sentir una cierta ternura al contemplarla después de tantos años. Paca nunca había sido delgada; su pecho y caderas, amplios, generosos, sumados a la bondad que reflejaba su rostro redondito, siempre le habían dado un cierto aire de matrona que los años no habían hecho más que intensificar. Una matrona engañada, burlada, una matrona que nunca lo fue.

Durante unos segundos me miró con cierta extrañeza desde unos ojos acuosos, que hubiese jurado que no veían muy bien por como los entornaba al fijarlos en mí, hasta que al fin exclamó con inmensa alegría:

-¡Si es la Julia!

Nos fundimos en un estrecho abrazo, y me cubrió de besos ruidosos, de muchos besos.

-Lo que has crecido, hija, y qué guapa estás....- moqueaba, mirándome una y otra vez y sorbiendo por la nariz mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano - Nos hemos acordado muchísimas veces de ti y de tus padres, pero ya no creí volver a verte. ¿Han venido ellos también? Anda, ven a la cocina conmigo, siéntate allí y cuéntamelo todo. Si vieras cuántas veces me acuerdo de la Jacinta… ¿Qué ha sido de ti, te has casado, tienes rapaces, cómo están tus padres...?

Liborio reía, reía como cuando se dejaba robar la fruta.

- Calla, mujer, calla, no la atosigues y ponnos unas cervezas y queso, pero del bueno.


Entramos en la cocina. La sensación de leve aturrullamiento que sentía al verme viviendo una situación con la que no había contado cuando emprendí este viaje se mezclaba con la de que el reloj se había parado en aquel pueblo en el preciso instante en que hice mi último viaje a él. Todo estaba exactamente igual que antes, como si el tiempo hubiese evitado en su camino aquella casa, aquella estancia enorme, cálida, sus paredes de piedra viva, el techo recorrido por gruesas vigas de madera, de una madera tan vieja como la del platero, que exhibía ordenadamente alineados entre sus barrotes platos de loza deslucida pero muy limpia, los combados y ajados estantes también de madera clavados en las paredes, sobre los que descansaban todo tipo de potes y útiles de cocina de barro cocido, perdido su lustre original y casi ennegrecidos por el uso de años… Creo que no me causó la menor sorpresa ver que aún existía y funcionaba el horno de ladrillo refractario donde se hacía el pan, y que en la lumbre de la chimenea , entre sus ascuas encendidas, sobre unas trébedes, descansaba un enorme puchero en plena ebullición. Era el olor a comida sustanciosa, aromatizada con hierbas, y el del pan que se estaba cociendo en el horno el que llenaba la estancia y salía por la puerta de la casa, el que percibí cuando entrábamos en ella.

-Pero siéntate, muchacha, ¿qué haces aún de pie ahí? –me regañó cariñosamente Paca.

Obediente, tomé asiento en una de las sillas de enea que rodeaban la enorme mesa de madera maciza, al lado de la que Liborio había acercado para sí. Paca descorrió las cortinillas que cubrían la parte inferior de la encimera de piedra que recorría buena parte de la cocina, sacó una tabla de cortar y se dirigió a la enorme alacena, de donde extrajo un buen trozo de hogaza de pan y medio queso. Su olor denso y picantón vino a sumarse al de la comida que hervía en el puchero y al del pan. Olía a hogar…

-Querrás una cerveza fresquita, ¿verdad?-me preguntó la buena mujer, servicial.

La única concesión a la modernidad que había en aquella estancia era un antiguo frigorífico americano que ya estaba allí en mi primera adolescencia.

-Sí, gracias. Veo que el viejo Westinghouse sigue dando servicio- sonreí.

-Sí, aún funciona. Ya le cuesta trabajo, no creas, es viejo, como nosotros, también renquea, pero aún anda- me respondió entre risas, sin dejar de cortar buenos trozos de pan y queso y ponerlos sobre la tabla de madera.

-Qué bien huele ese guiso, Paca… Ese olorcillo da la vida.

-Son patatas, patatas a lo pobre, como nosotros-volvió a reír- Casi deben de estar listas, ¿quieres probar un poco?

La pregunta era meramente retórica, porque antes de que me diera tiempo a responder ya me estaba acercando a la boca un cucharón lleno de humeantes patatas amarillas. Olía a laurel, a tomillo…

-Cuidado, no te quemes- advirtió, solícita. Faltó poco para ello, pero mereció la pena. Estaban aún un poquito duras, pero exquisitas.

No recuerdo mucho de la animada conversación que mantuvimos, excepto que al enterarse de que había reservado habitación para el fin de semana en el hostal del pueblo de al lado, considerablemente más grande, me obligaron a sacar el móvil del bolsillo y a hacer la anulación correspondiente.

-En la casa hay habitaciones de sobra, ¿cómo te vas a ir a un sitio de esos donde duerme todo el mundo? A saber….- me reconvenía Paca, con el ceño medio fruncido.

No, no recuerdo apenas de qué estuvimos hablando, pero sí que el murmullo de la conversación flotaba en la estancia y se mezclaba con el chisporroteo de las brasas de la chimenea, con el olor del pan cociéndose, de las patatas que hervían en el puchero, con el del queso duro y la cerveza, con el de las macetas de romero, albahaca y otras plantas aromáticas que descansaban en el alféizar de la ventana…. Sí recuerdo que la atmósfera que nos envolvía era densa sin asfixiar, cálida, cariñosa, y que el reloj viejísimo que había en una de las paredes hacía un tic tac ruidoso, ronco, como asmático, que las manillas se movían lentas sin que el tiempo pasara por ellas. Y que así fue durante los tres días que Liborio y Paca me acogieron en su casa.

Ya de regreso en la mía solo tenía que cerrar los ojos para volver a ver aquella cocina, aguzar el oído para escuchar el runrún de la conversación, del chisporroteo de las brasas, aspirar con fuerza por la nariz para que las fosas nasales se me llenaran con aquella mezcolanza dulzona de pan, queso, patatas… Sentía sus sabores en mi boca, y la calidez del ambiente en mis brazos, el calorcillo de la chimenea en las mejillas… De repente caí en que no era la primera vez que recurría a mi memoria para volver al pueblo. Cuando los veranos cambiaron de paisaje, el rural por el de playa, lo hacía a menudo, cuando la nostalgia de mis abuelos, de los campos y de aquellas dos calles me hacían llorar y arreciaban las ganas de regresar allí. Lo estuve haciendo por mucho tiempo.

No pude evitar en ese momento una sonrisa. Si hubiese sido la protagonista de una película seguramente este viaje habría tenido consecuencias trascendentales. Pero no lo soy, y no me he descubierto a mí misma, no he resuelto ningún dilema moral, nada ha cambiado en mí, y tampoco se me ha ocurrido regresar a mis orígenes trasladándome a vivir al pueblo, porque “vivir” es sinónimo de “morar”, y morar implica permanecer, morar es tener a donde volver, y sólo se vuelve a los lugares que forman parte de uno mismo, al lugar del que uno es morador porque ahí de algún modo uno permanece como habitante. Por eso se vuelve al lugar de la infancia, del origen y de los padres, donde la memoria sirve de reencuentro. Por eso en realidad nunca me fui de allí y no necesito regresar.

Solo me quedaba una sensación de permanencia, de permanencia e inmutabilidad de algo que es importante. Y eso, de por sí, aun sin saber exactamente de qué se trataba, no siendo más que una sensación, daba sentido a aquel fin de semana pasado en el pueblo.

servido por rincones 8 comentarios compártelo

8 comentarios · Escribe aquí tu comentario

diasazules

diasazules dijo

No entiendo, puedo ver las fotos
pero no lo que has escrito.
Pasaré en otro momento a ver
si puedo leerte

BESOS

8 Octubre 2008 | 01:21 PM

Mantis

Mantis dijo

Aquí la Bicha Pasmada, sí, boquiabierta me he quedado.... y no sólo para que “la” Paca me meta un cucharón en la boca con patatas a lo pobre, que también, sino porque he olido a albahaca, a romero, la lumbre, hasta el barro de los potes...
Ya me imagino a esta buena mujer haciendo unos torreznitos para echarlos por encima de las patatas y pelín de pimentón picantito, ummm...

Aquí huele a hogar desde que se abre la puerta hasta que uno acaba morando frente al alféizar en una atmósfera cálida y densa, sí, aunque nada asfixiante.

Doy fe de que no conozco el pueblo de “la” Julia pero lo he “olido” igual que ella, y he trasladado mi mente hacia mi infancia. He sentido los besos de mi abuela, sonoros, muy sonoros. Oí a mi abuelo rezongando porque la comida estaba “fría”... para él la comida caliente era la que asustaba a la punta de la lengua.
Y me trasladé a la bodeguilla de mi otra abuela, olí el vino que servían desde las barricas, y recordé que mi curiosidad por girar ese grifo tan gracioso que tenían los toneles hizo que me diera mi primer baño en vino...

Y regresado a un pueblo del que nunca me fui, que nunca me ha pertenecido pero que lo he sentido como un hogar, el mío.

Y todo esto sólo con hacer “click”, entrar en casa ajena y “oler” en los “rincones”, por Dios, alucino en colores!!!!

Jué, la próxima cervecita y el queso picantón lo pongo yo.

Un besazo Ren, otro para Julia, y dos más para “la” Paca y “el” Liborio.

8 Octubre 2008 | 04:13 PM

Madeleine  De Cubas

Madeleine De Cubas dijo

Pues es la misma sensación de permanencia que por lo visto nos ha quedado a todos tus lectores, Ren. Eres magnífica. Has descrito tan bien la estancia, los olores y las emociones, que nos has transportado a esa cocina y hecho vivir esos momentos inolvidables que vivió Julia. Hasta deseos de compartir ese puchero y la hogaza de pan y queso. Te ha quedado precioso..., y hasta las fotos estaban tan bien escogidas, que me "robé" la de la estantería a ver si convenzo a un pintor amigo para que me haga un cuadrito de ella. Felicitaciones, querida amiga. Besos y espero que nos volvamos a ver prontito y no nos pase como a la amiga Julia. Se te quiere artista de emociones.

9 Octubre 2008 | 03:38 AM

ren

ren dijo

Ya me gustaría a mí leerte un post en el que contaras esas vivencias que mencionas, Mantis... A veces has aludido a tu infancia en el pueblo en algunos comentarios, y siempre me dejan la sonrisa en los labios y las ganas de saber más. Mi niñez fue muy"seriecita", y aunque hacía lo que podía por ser un poco "trasto" (bueno, un "bastante", pa qué mentir.. ;-) ) la ciudad no daba para mucho. Ya me hubiera gustado a mí pasar las vacaciones en un pueblo, ya.... Seguramente habrían puesto en él una alarma como aquellas de la guerra pa cuando yo llegara, pa que la gente se refugiara en sus casas..je.. Pero habría sido fantástico.

Leer es una forma de vivir lo que no fue posible. Y escribir, otra. Recrear con todo el lujo de detalles de que se es capaz, usar y abusar de sensaciones, poner los sentidos a trabajar para conseguir dar vida a un ambiente... Es la manera, al menos la única que yo entiendo, de poder acceder a esa segunda oportunidad, a esa otra vida o etapa de ella paralela a la real.

Me gustó eso de que siempre has sentido ese pueblo como un hogar. Creo que siempe hay un lugar al que pertenecemos, que consideramos nuestro, aunque no estemos físicamente en él. Pero basta con cerrar los ojos para regresar a él, retrotraernos a los olores, sabores...

Así que..tu PRIMER baño en vino.. Pero niña, ¿cuántos te diste? ;-) Anda que tenías que ser buena tu de pequeña.. Tanto como yo.. (risas)

Pos te cojo la palabra, venga p´acá ese queso picantón. Otra cosa no, pero yo para el queso soy como los ratones, me vuelve loca.

Besazo, guapa.

9 Octubre 2008 | 11:11 AM

Mantis rural

Mantis rural dijo

¿Y si te dijera que yo no tengo pueblo?
Yo nací en una ciudad, una gran ciudad, pero fui una privilegiada en mi infancia hasta los 11 años porque viví en un caserío, en la misma ciudad pero rodeada de campas, huertas, un puente de piedra donde vivía una familia gitana. Bajo el puente tenían sus muebles, sus cuerdas para tender la ropa, la mesa para comer y.... una vez tuvieron por unos días un canario precioso colgado en una pared del puente, era MI canario, nos lo robaron y fuimos cuatro niños al rescate del pajarillo. El pobre, estaba desplumado pero a salvo en mi casita en un pis pás porque fuimos en unos minutos y nos fuimos por patas a la de ya.

Había una fuente natural, boñigas de burro que la vecina utilizaba de abono en su huerta, muchas charcas con renacuajos, en ellas caímos un mozo y yo en alguna ocasión... luego con la ropa mojada nos tumbábamos en unas rocas planas, enormes. Y desde allí esperábamos que alguna lagartija asomara la colita y zás, el mozo con el que iba (de mi sangre...) las cazaba al vuelo y con un trozo de cristal las cortaba el rabo. Esto ya lo he contado... el mozo se quedaba con la lagartija y yo cogía la cola como si se tratara de una reliquia y me la llevaba a casa, la metía en una cajita y me pasaba toda la noche mirando como se movía la colita, hasta que dejaba de hacerlo.... bueno también he tenido grillos con su hojita correspondiente de lechuga. Un pato que regalaban con una docena de huevos y cuando creció mi madre tuvo que llamar a la vecina para que le cortara el pescuezo. Ese día había pato a la naranja y una bicha pata a lagrimón vivo frente al plato de su ex - mascota...

Bueno... no era un pueblo pero tuve todo lo que podía tener en un pueblo y leerte ha sido como volver a él, un placer Ren. Besos

9 Octubre 2008 | 12:20 PM

ren

ren dijo

Vaya por Dios, Días, ¿en ninguno de los tres episodios se ve el texto, solo fotos? En fin, cosas de la informática, que cuando se pone tonta, se pone...

Besos.

9 Octubre 2008 | 02:18 PM

rincones

rincones dijo

Ya ves, Mantis, yo diciendo que me gustaría leerte un post sobre tu infancia rural y me lo encuentro en tu último comentario... Ha sido una verdadera delicia trasladarme a ese caserío y a sus alrededores tan vívidamente descritos, salir corriendo con el canario rescatado en la mano, caerse en el charco, tumbarse al sol con la ropa mojada... Ay qué gustazo, nena...

Lo del pato lo comprendo; la primera (y última vez) que probé conejo fue del guiso del que habían hecho protagonista a un animalito que un rato antes había tenido en mis brazos. El muy canalla se me revolvió y me dejó los brazos y las manos como un mapa mundi a fuerza de arañazos, pero aun así eso de verlo en la cazuela.... Apenas fui capaz de tomar un trocito, y se acabó. No he vuelto a catar esa carne.

No, el lugar en que transcurrió tu niñez no era un pueblo, pero como si lo "fuerese", que decía aquel....je... Tuvo que ser maravilloso.

Un besazo, Mantis rural, agradecida por ese paseíto en el tiempo y en el espacio que me has obsequiado.

11 Octubre 2008 | 12:34 PM

rincones

rincones dijo

Lo más bonito que le puede ocurrir a quien escribe es que quien lo lee haya podido captar las sensaciones que intentaba transmitir, así que gracias, Madeleine

Esa foto que te ha gustado te la envío al correo en grande, le servirá mejor al pintor si al final lo convences para que te haga ese cuadro que deseas.

Un beso muy grande, querida Made, y desde luego que no dejaremos transcurrir 30 años para volver a encontrarnos. Con lo que charlamos tendríamos que estar otros 30 para poder ponernos al corriente de todo lo ocurrido en ese tiempo, y me da la impresión de que ya no nos va a dar lugar a ello..(risas)

11 Octubre 2008 | 01:08 PM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

Si desean hacernos alguna sugerencia pueden hacerlo a a.los.rincones@gmail.com

Fotos

rincones todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera