LETES (Y II)

Siempre me produjo ternura ese pavor de los héroes homéricos a morir en el mar y no poder ser enterrados. Es la disolución total, la soledad eterna. Sobre olas nada se puede edificar, no hay tumbas donde los muertos puedan hallar descanso, seguir apegados a la tierra que los vio nacer y ser visitados por sus deudos, continuar relacionándose con ellos. El mar es el no-lugar, y sus aguas el olvido donde se disuelve y deslíe todo cuanto se fue en vida, se hizo, se penó y se logró. La tierra es el lugar, la memoria, y ambas, tierra y memoria, los únicos sitios donde se puede permanecer. Y las sepulturas son precisamente eso: una resistencia al olvido hecha lugar, el hábito del recuerdo erigido y consolidado.
Alguien dijo una vez que "Sólo la poesía y la arquitectura poseen la fuerza para vencer el olvido de los hombres». Y debe de ser cierto. Arquitectura y memoria permiten al hombre morar, arraigar, permanecer, constituyen un desafío al tiempo y al olvido. Ese desafío es una necesidad, una obsesión para los hombres. Para los vivos... Porque nadie ha preguntado nunca a los muertos si desean o necesitan tierra, túmulos, memoria, permanencia...
Yo prefiero el mar, la arquitectura solo haría perpetuar un recuerdo que no deseo, atarme más aún a la tierra que me sustenta a regañadientes, de ella y mío. Y en cuanto a la poesía... Ambas nos despedimos la una de la otra hace ya tiempo, cuando perdí el último recuerdo que me quedaba, el que atesoré hasta el último segundo aun después de haberte olvidado a ti, tus desplantes, las veces que me hacías sentir pequeña, de tan pequeña incluso insignificante. Hasta he olvidado ya aquellos momentos de sexo glorioso que me proporcionabas. Hasta el dulce amor que nos tuvimos. Todo. Las luces y las sombras de nuestra relación. Mnemósine se lo llevó todo, porque suya es la memoria y suyo el recuerdo, y está en su derecho de reclamarlos. Todo se lo quedó, sí, excepto el momento en que nos íbamos a la cama por la noche. Ese no me lo dejé arrebatar hasta el final. ¿Recuerdas? Tú me esperabas tumbado sobre las sábanas, desnudo, leyendo, las gafas cabalgándote la punta de la nariz, mientras yo me desmaquillaba en el baño. Cuando terminaba iba a reunirme contigo, me hacías sitio a tu lado, acomodaba la cabeza en el hueco de tu clavícula y rodeabas mis hombros con tu brazo. A veces comentabas conmigo durante unos minutos el libro que leías, otras veces lo cerrabas, lo dejabas sobre la mesita de noche y comenzabas a contarme cosas mientras yo te escuchaba embelesada, recorriendo tu cuerpo con la yema de mis dedos. Hablábamos, reíamos y dejábamos escapar algún beso furtivo. En ocasiones durante horas. Solo eso, hablar y reír con esa risa que sale del fondo de las entrañas, del fondo del alma, del fondo de la necesidad de sentir que se expande el diafragma, que el corazón rígido, acecinado, se fragmenta y se libera al fin, y sale despedido en mil pedazos con cada carcajada.
Durante años aferré con las dos manos esas charlas, esas risas, esa ternura, los dedos como garras en torno a ellas. Y las apretaba más fuertemente aún contra mi pecho y enseñaba los dientes a Mnemósine cuando venía a arrancármelas. Yo la dejaba quitármelo todo, recuerdo a recuerdo, sin protestar. Pero ese no... Hasta que llegó el momento. Era el único que me quedaba, y cuando ella volvió por última vez tuve que entregárselo con mis propias manos, depositarlo en las suyas con el rostro bañado en lágrimas. Lo entregué como a ese hijo que se te desraíza del vientre y se te ahoga entre cuajarones de sangre cuando Átropos corta su hebra sin siquiera haber dado tiempo a Láquesis a tejerla. Como se lo entregas con tus propias manos a Tánatos: sin comprender nada.
Eso fue lo último que entregué. Después ya no ha habido más recuerdos, más lágrimas, más hijos, más poesía. Ya no soy nadie. Estoy muerta. Y por eso no le tengo miedo al mar. Solo los vivos le temen.
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Mantis dijo
Uysss... es mi ordenador o aquí se han cambiado las cortinas??
¿Un café? te lo dejo aquí mientras leo con calma... ;-)
Besos guapa
31 Octubre 2008 | 12:27 PM