HACE 15 AÑOS

Hace un rato revisaba la correspondencia que me traía el cartero. Estadillos del banco que reflejan los crueles mordiscos que las facturas le llevan dados ya a mi nómina apenas comenzado el mes, propaganda… Y pare usted de contar. Este invento del correo electrónico ha terminado con ese algo de ilusionante y esa espera tontamente esperanzada que tenía la visita del cartero.
Pero hoy había algo más en mi buzón: una carta del Centro de Reconocimiento Psicofísico de Conductores y Armas al que acudía habitualmente cada vez que me tocaba renovar el carnet de conducir. Y acabo de recordar que en breve hará 15 años que obtuve ese permiso. 15 años ya…
Como tantas otras en mi vida, fue una decisión tardía; me puse a ello con treinta y muchos años, más obligada por las circunstancias –el traslado a un instituto de una población cercana- que por propia voluntad. Si he de ser sincera, siempre me atrajo la idea de conducir, hasta el punto de que en numerosas ocasiones, muchísimas, soñaba que lo hacía. Que lo hacía mal, porque una es muy honrada consigo misma, pero que lo hacía. Por uno u otro motivo siempre posponía aquello de matricularme en una autoescuela, hasta que abrieron una al lado de casa y ya no me pude inventar más excusas. El profesor de teoría era un chico de veintitantos años que, para lo que le pagaban, no estaba dispuesto a dejarse la piel en el trabajo; nos daba unos libros de tests y bromeaba con unos y con otras, sobre todo con otras, mientras los rellenábamos, eso era todo. Nunca supe lo que era una clase teórica. La profesora de prácticas era una señora de cincuenta y tantos, encantadora, una auténtica matrona por dentro y por fuera que me amenizaba las clases de conducción con mil y una anécdotas de sus cuatro hijos, y que de vez en cuando, entre anécdota y anécdota, encontraba algún minuto para explicarme en plan rapidito cómo se cambiaba de marcha y para qué servía cada uno de los pedales, que a mí me traían por la calle de la amargura porque solo podía pensar que o me sobraban pedales o me faltaban pies.
Así que, visto lo visto, me compré un solucionario de tests y me dediqué a hacerlos en casa, donde al menos a ratos me podía concentrar en lo que estaba haciendo sin el hilo musical de fondo de risas y bromas, y, sobre todo, sin dejarme tentar por ellas, porque he de reconocer que para eso enseguida me convierto en mujer fácil, pierdo del todo la seriedad y el comedimiento. Y me dediqué a reforzar las clases de conducción practicando en casa con tres latas de conserva puestas en el suelo a modo de pedales, y una cuchara de madera de esas de cocina en sustitución de la palanca de cambio.
Total, que aprendí a conducir “de oídas”… Consciente de ello, me presenté al examen teórico con más miedo que vergüenza. A mí aquello de los gálibos, las intersecciones sin señalizar o señalizadas con sus correspondientes preferencias de paso, incluidas las de las ovejitas y otros animales que cruzan la calzada en el momento más inoportuno, que es cuando una está circulando por ella, las tropecientas señales de tráfico que no había visto en mi vida en vivo y en directo, las preguntas-trampa que, dado mi natural despistado eran más trampa aún… pues eso, que me traían por la calle de la amargura. Las noches previas a ese examen casi no podía conciliar el sueño, y recuerdo que me temblaban las manos y las piernas cuando me senté en el pupitre a rellenar el cuestionario. Las muchas horas de estudio concienzudo me permitieron, a pesar de todo, aprobarlo a la primera.
Pero el práctico ya dependía de mi habilidad, y entre que de eso ando más bien escasa, la preparación que tuve y los nervios que se apoderaban de mí en cuanto me subía en el coche, aprobar me costó…¡cinco convocatorias! Esto lo cuento porque ninguno de mis conocidos lee este blog, que si no, de qué… Todo era sentarme en el asiento del conductor, oír la voz del examinador y nublárseme el entendimiento. En uno de los exámenes, circulando por una calle cercana a casa y que conozco divinamente, me dijo “"En cuanto pueda, a la izquierda". Miré hacia ese lado, y como vi que podía porque nadie circulaba por el carril de al lado, obedientemente me cambié a él de inmediato sin esperar al llegar al semáforo que permitía hacer aquel giro. "¡¡Señora, por Dios, que nos nos vamos a matar, que nos vamos a matar...!!", gritaba el examinador, angustiado y yo diría que incluso indignado. En ese momento me percaté de que no se trataba de una calle con doble carril en cada sentido, como tantas otras de las que rodean aquella, sino que había invadido el de sentido contrario.
Bien pensado la verdad es que tampoco era para ponerse así, no venía nadie por mi izquierda. Es que a la gente también le gusta exagerar la nota… La cuestión es que me suspendió, claro; era una tontería, cosa de los lógicos nervios en un examen de conducir, pero se ve que se trataba de uno de esos examinadores duros, o que ese día estaba de mal humor. Al menos esa vez supe por qué me suspendían, porque el resto de las veces me decían de repente, al poco de comenzar el itinerario: “Aparque”, y ni idea del motivo. Sobre todo cuando me hacían meterme en una rotonda, mi talón de Aquiles; en cuanto me topaba con una que había de circundar no fallaba: “Aparque”. Y yo aparcaba, claro, sin saber dónde podría haberme equivocado y pensando en la guasita que me esperaba en casa cuando dijera que me habían vuelto a suspender.
El aprobado se lo debo a dos ansiolíticos que una amiga me dio y tres tilas bien cargadas que me tomé, una detrás de otra, un ratito antes del examen. Me lo pensé bien. "De esta, o me duermo en el coche o me calmo y apruebo". Mira, y aprobé… Aquello me sedó los nervios, y, si he de decir la verdad, los nervios y a toda Ren, porque estuve todo el itinerario que me marcaron como flotona, más bien levitando en el interior el coche. Oía la voz del examinador como entre brumas, y prefiero no decir cómo veía las calles… Nunca había tomado pastillas de esa clase, y aunque el nerviosismo que tenían que combatir habían contrarrestado en buena medida su efecto sedante durante la mañana, por la tarde estuve durmiendo ni recuerdo ya cuántas horas.
El estrés de tener que examinarte una y otra vez del práctico es tremendo, y, pobre de mí, aquel día pensaba que al fin se habían terminado mis padecimientos. Pero no habían hecho más que empezar…







murron dijo
Pues yo me saqué el carnet cuando empecé a trabajar, osea, a mis 18/19 añitos, a pesar del miedo que sentía cada vez que me montaba en el coche. El teórico a la primera pero el práctico fue un suplicio. Primero por mi natural despiste -soy negada para las rotondas, los cambios de sentido, etc- lo segundo porque las prácticas las daba a las 10 de la noche, despues de currar como funcionaria en la mañana, y estudiar en la facultad de periodismo por las tardes- Asi que conducía, entre pescozón y pescozón del profesor, para no quedarme dormida. Aprobé a la tercera y más bien "me aprobaron" porque siempre metía la pata en algo. Conducía bien pero ya te he dicho que soy muy despistada. 250.000 PTS DE LAS de entonces y de mi bolsillo. Nunca más volvía coger un coche hasta que tuve que trabajar con ellos. He conducido todo tipo de vehículos, desde un ford K hasta un jaguar ultimo modelo, mercedes, bmw, etc, etc, y jamás lo he pasado peor. Durante 8 años de mi vida trabajé con coches y jamás lo he pasado peor. Es más, hace muchísimos años que no conduzco y me niego a hacerlo. Me pongo tan tensa que me salen contracturas en la espalda. Asi que voy siempre andando o en transporte público o me llevan, pero conducir: NUNCA¡¡¡¡¡LO ODIO¡¡¡
9 Diciembre 2008 | 04:11 PM