La Coctelera

rincones

10 Diciembre 2008

AL VOLANTE

Una vez con mi flamante papeleta de aprobado en la mano, el siguiente paso era comprar un coche. ¿Cuál, qué marca y modelo? Por supuesto, uno idéntico al que había tenido en la autoescuela para hacer las prácticas: un Ford Fiesta de color burdeos. Se puede pensar que es una tontería, pero eso me daba seguridad, y me parecería que no había salido del tutelaje de Rafi, mi profe. Ya no la tendría a ella al lado, ni de música de fondo las anécdotas de sus hijos, pero nada es perfecto.

La madre de todos los traumas que vinieron después fue que el dichoso coche parecía que venía de América directamente, y a nado, porque tardó mes y medio en llegarme, mes y medio durante los que no conduje ni una sola vez. El día que por fin pude cogerlo decidí ir por la tarde hasta mi instituto, situado en una población a 15 kms de Sevilla, “aprenderme” el camino para hacerlo yo ya sola de ahí en adelante. Pero cometí el peor error en que una conductora bisoña puede incurrir: pedirle a mi marido que me acompañara. Se les olvida enseguida que ellos no nacieron con el carnet de conducir en la boca.

Tras poner mi L bien visible para que todo el mundo supiera que iba novata a bordo y tuvieran cuidado consigo mismos y piedad de mí, me senté en el asiento del conductor, metí la llave de contacto y… de repente no sabía qué venía detrás de eso. Es que ni meter primera, vamos… Ni qué pedal había que pisar primero… Nada, en blanco, como si no hubiese dado una clase en mi vida. Y el marido al lado… Tú estás nerviosa, pero ellos terminan por ponerse mucho peor. Primero es la ironía. “¿Y así piensas tú llegar a tu instituto? ¿Empiezo a empujar ya?” Supongo que el orgullo y la dignidad me hicieron recordar cómo se conducía aquello, y al fin pude arrancar y ponerlo en movimiento. La sorna y la guasita poco a poco fueron dando paso a la risilla nerviosa… “Pero hija, no hace falta que vayas todo el tiempo en segunda, llevamos una cola detrás que parecemos un cortejo fúnebre”. “Me da igual, llevo una L y la cara cadavérica, me lo noto. Todo el mundo comprenderá”.

La risita nerviosa comenzó a dejar lugar a una cierta histeria, traducida en un notable aumento de decibelios en su voz. “¡Por Dios, frena, frena, que nos tragamos al Nissan que está parado en ese semáforo..!” “¿Semáforo? ¿Dónde hay un semáforo? Hazme el favor de no ponerme nerviosa.” “Delante de ti, un semáforo en rojo sangre, como la que va a correr si te pegas tanto al de delante a la hora de frenar. ¡¿Pero a ti no te han enseñado a guardar la distancia de seguridad?! ¡Casi te empotras en el Nissan!”. “Como sigas gritando me bajo aquí en medio, te lo advierto.” “¡Pero si yo no grito, la que estás histérica eres tú!” “¿Y quién ha nombrado la palabra “histérica”, eh? Eso es lo que tienes en tu subconsciente, se te ha escapado”.

El tono de voz se elevaba a la vez que pisaba un imaginario pedal de freno, no sé para qué, porque como no sacara los pies por debajo del suelo del coche para pararlo, como los Picapiedra… “¡¿Pero es que no estás viendo el chorro de autos que viene por ahí y la señal de Ceda el paso que tienes?! ¡Para, paraaaaa…!” “Ah, ¿pero esa señal era para mí?” “¡Desde luego eres un peligro público, tendrías que poner algo más que esa L en el coche! ¡Una calavera con dos tibias cruzadas!¡No puedo entender que aprobases, no lo puedo entender!” “Si sigues gritando me paro aquí mismo y me bajo, y sigues tú, tío listo”. “No estoy gritando, y no puedes parar en mitad de una autovía, está archiprohibido, ¿o no te estudiaste ese tema?” “¿Quieres ver lo que hago yo con esa prohibición, si paro el coche y me bajo o no me bajo?”

Conociéndome, prefirió no ponerme a prueba. Llegué al instituto, no sé cómo pero llegué, por supuesto en tercera casi todo el tiempo, los 15 kms de autovía, y en algún momento echando más valor que un torero y subiendo a cuarta. Una vez allí me di la vuelta y emprendimos el viaje de regreso, ya sabiendo a cada qué tramo exacto del camino tenía que cambiar de marchas y cuál tenía que poner en cada trecho. "Aquí reduce a segunda. En cuanto pases de 40 por hora pon tercera. Ahora ya puedes pisar el pedal y poner cuarta. Esta curva tómala despacito, a segunda como mucho". Porque eso fue lo primero de lo que quise enterarme, y me lo aprendí como el Padrenuestro. “Sí, soy cuadriculada, ¿y qué…?”

A la vuelta no sé qué hice, los letreros indicadores siempre están fatalmente puestos, ex profeso para equivocar a todo el mundo, estoy segura. La cuestión es que nos perdimos, fuimos a parar a un pueblo a 22 kms de allí, y por supuesto por su culpa; es que no se puede llevar un marido al lado, termina por ponerte de los nervios con tanto grito, tanto aspaviento, tanto aferrarse al asa superior del lateral de la puerta con los nudillos en blanco, y tanto pisar pedales de freno imaginarios.

Los siguientes dos o tres meses fueron espantosos. Cada día me levantaba con la misma sensación del soldado que va a la guerra, pero la misma, vamos… Camino de una muerte segura con alguna posibilidad de sobrevivir, y palabrita del Niño Jesús que no exagero lo más mínimo, a pesar de la mala fama que tenemos los andaluces de exagerados. E inmerecida, por supuesto. Cuando salía de casa me dirigía hacia donde hubiese quedado aparcado el coche el día anterior, rezando… “Dios mío, por favor, que me lo hayan robado, que me lo hayan robado…” Y el disgusto era horroroso cuando me lo encontraba allí, donde lo había dejado mismamente. Estaba asegurado a todo riesgo, incluido robo, claro, y mi anhelo más íntimo era que hubiese desaparecido, que el seguro me reintegrase el importe del coche y no volver a tocar más un pedal ni una caja de cambios en lo que me restaba de vida. Pero no estaban los hados de mi parte… Me armaba de resignación, me metía en el habitáculo y partía hacia la guerra. A la vorágine de tráfico mañanero por una autovía por la que todo el mundo circulaba como locos ; llegaba al frente milagrosamente viva, daba mis clases y cuando era la hora de irse me quedaba de charla con el bedel hasta que cerraba la puerta y me echaba. Entonces no me quedaba más remedio que subirme de nuevo en mi potro de tortura, y de nuevo a la autovía… Llegaba a casa sobre las 3.30 con la mismísima sensación de agotamiento, alivio e incredulidad del soldado que llega por fin a su trinchera. Y ahora había que aparcar… Si podía hacerlo en batería, bueno; después de mil maniobras a menos que la calle estuviera sola para mí, lo conseguía. Pero si tenía que ser en cordón ni lo intentaba, ¿para qué? ¿Para que, después de hacer millones de esfuerzos se me quedara el coche como jorobado en mitad de la calzada? Además, juraría que a la hora a la que solía llegar  los cristales de las ventanas de la Consejería que hay enfrente de casa se llenaban de caritas. Parecían dispositivas... El espectáculo intentando aparcar lo di los primeros días, después se acabó. Menos distracción y más trabajar... Así que dejaba el coche en doble fila o como fuese, salía de él y me quedaba mirando a todo el que pasaba por allí. Al primero que veía con buenas pintas y cara de buena persona lo paraba, y le pedía por favor si me podía aparcar el Fiesta. Siempre había algún alma caritativa que se apiadaba. El único motivo por el que no paraba a alguien con pintas astrosas era porque temía que de camino quisiese hacer la faena completa, con orejas y vuelta al ruedo, y además del coche se llevase mi bolso, que si no… ¡¡uffff!!!

Subía a casa y hasta las 5 y pico no me entraba ni tanto así de comida, solo agua. Agua y más agua, bebía como un pato para intentar despegar la lengua del paladar…

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7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

el-peletero

el-peletero dijo

¿Ves?, ya te lo decía yo que la cuestión no era ésa, y tú, venga a insistir, que sí, que sí, que con apenas diez minutos el arroz ya queda listo y en su punto, “diez minutos es suficiente”, me repetías. Es cierto, pero solamente si te gusta algo crudito y si lo haces en cazuela de hierro colado, que las de fango serán muy bonitas pero cuecen a diferentes temperaturas y te sale el arroz como a San Pedro le da la gana, ¿me entiendes? Las de hierro colado cuecen uniforme, las de fango aquí sí y allá no porque no me da la gana, y eso no puede ser, debes entenderlo, aunque los invitados disimulen y digan que todo está buenísimo, no es correcto usarlos como conejillos de indias y que luego todo lo salve el postre búlgaro que han traído y el vino del Penedés. Por cierto, los búlgaros, además de hablar un idioma que no parece que lo sea, ya sabes, parecen idiomas pero en realidad son prácticas marranas de sexo loco, cachondo y desordenado, la mitad no sé qué son, pero me lo imagino, búlgaro, griego, hitita, francés, otomano, bosquimano, lapón, mandingo, lingala, xhoxa, tonga, shi, urdu y según para qué el zulú. Decía, ya me he perdido, que también hacen unos pastelitos de calabaza y chocolate buenísimos. ¿Quiénes?, los búlgaros, creo.

¿Qué?, ¿que la cuestión no es esa?, no, ya lo sé. Sé que no lo es, pero no sé cuál es, ¿cuál es?, ¿qué es un búlgaro?, el macho de la búlgara, ¿no?

10 Diciembre 2008 | 01:31 PM

ren

ren dijo

Creo que sí, Pele, que el búlgaro es un postre muy bueno que le gusta mucho a todos los machos, sean de búlgara o no, y también a las mujeres golosas, claro, independientemente de su nacionalidad. Regado con un buen vino del Penedés o cava es un auténtico placer, yo no lo he servido nunca, pero me lo han dicho, y si le pones nata o chocolate ya ni te cuento.

El arroz es que es muy delicado, se te pasa y no veas… Pero mira, a mucha gente le gusta el arroz pasado, sobre todo con conejo, aunque no sé si debe ser de Indias para que esté mejor. A mí es que no me hace mucha gracia, prefiero otro tipo de carnes. ¿Qué pasó, tuviste invitados y no te quedó bien el arroz? Chico, pues aquí tenemos unas cazuelas de barro fantásticas, hay muy buena alfarería en Sevilla, sobre todo en Triana, ya te mandaré una, pa que pruebes. Verás lo bien que cuecen.

Hijo, el búlgaro es como todo, requiere una cierta habilidad lingüística. Como el tonga, el lingala y todos esos idiomas, y más aún que no citas. Es que hay que ver la variedad idiomática que hay… Ser políglota no es fácil, pero desde luego sabiendo idiomas vas a todas partes. Es la mar de agradecido.

Con lo que me he perdido es con eso de los marranos y los sexos. ¿Sabe la carne de cerdo distinta según sean machos o hembras, búlgaros o franceses, de Jabugo o de Guijuelo, griegos o españoles, bosquimanos o mandingas? Creo que las tribus de los bosquimanos son muy pequeñitos, y los mandingas muy grandes. ¿O esos son los masais? Por Dios, qué lío…. Malament va hoy la cobertura, porque no me he enterado de casi nada de lo que me has dicho.

Petons, cocinerito.

11 Diciembre 2008 | 03:19 PM

lamujeresqueleto

lamujeresqueleto dijo

Niña, ahora no tengo tiempo, pero queda pendiente que te cuente mis primeros pasos con el auto (( ;Te vas a jartar de reir.
Paso por aquí para dejarte un abrazo enoooooorme y los mejores desos para estas fiestas.
Hasta pronto.

12 Diciembre 2008 | 12:15 PM

ren

ren dijo

Hasta muy pronto, cielo, nos vemos en nada y menos, y no se me olvidará que tienes que contarme esos primeros pasos con el coche. Esas historias siempre resultan divertidas. Excepto esos aburridos que desde el principio conducen divinamente y luego no tienen nada que contar, la mayoría tenemos anécdotas que, si bien en su momento nos la hicieron pasar canutas, al cabo del tiempo se recuerdan con una sonrisa en la boca.

Lo tienes pendiente, ¿eh, Conxita? Y voy a estar tomando ración extra de rabitos de pasas para que no se me vaya de la memoria, así que emplazada quedas.

Un gran abrazo para ti también, y para el rey de la casa. Felices fiestas, guapísima, sé que lo serán. Muy felices.

12 Diciembre 2008 | 12:40 PM

Mantis

Mantis dijo

Jajaja... a quién se le ocurre llevarse al marido de copiloto, bueno... ni al marido ni a ningún hombre, no sabes que ellos nacen conducidos ya.... como para reconducirlos después.

Cuando te leía me partía de risa porque creo que a casi todas nos ha pasado con el coche cosas muy parecidas. Te voy a contar algunas mías, sólo algunas porque hay tantas que haríamos una serie de post muy completita y accidentada.

Bueno, yo esperé a comprarme el coche unas 24 horas desde que tuve el carnet ese. Yo tenía clarísimo que quería uno de segunda mano porque intuía como podía acabar y me daba más seguridad golpear un coche de segunda que un coche nuevo y parece que acerté porque el primer año tuve 7 accidentes.... en mi defensa sólo puedo decir que no tuve la culpa más que en uno.... bueno, la culpa fue de mis amigos porque siempre decían que cuando iba en el coche que no miraba más que de frente y no hacía caso ni a los pitidos.... Así que un día me armé de valor y volví la cabeza a mi izquierda, allí estaban los bocazas de mis amigos y me dije... hale, no decís que no saludo, pues les grité y saqué efusivamente la mano hasta que oí un catacrash!!! Bufffff... no había pensado en la posibilidad de que el coche que tenía delante pudiera frenar en el semáforo, así que ese saludo me costó un golpecillo, poca cosa porque el buen hombre me dijo que no hacía falta dar parte, tenía cara de buena persona.
No voy a contar las caras de malas personas que tenían mis amigos.... ni las risas sin contener, ni ná de ellos, que les den.
El resto de accidentes quizás hubieran sido evitables, ahora que tengo experiencia pero el código de circulación me dio la razón a mi en todos ellos.

La primera semana de mi conducción, una amiga muy simpática ella, me dijo que fuéramos el finde a su pueblo, que era un camino corto y se conducía bien y así practicaba. Sí, bien.... olvidó comentar que su pueblo estaba en el culo de una sierra con miles de curvas cerradas y en bajada.... creo que no pasaba de primera más que cuando el coche gruñía de una manera extraña, entonces le metía caña, pero sólo en segunda, jajaja...
La llegada al pueblo fue sudorosa y lo primero que me encuentro es el garaje de la casa más estrecho que mi neurona... Y mi amiga decía que ahí metían un furgón!!!! ¿dónde? ¿cómo? Eran las preguntas que yo me hacía... en fin, tenía que dejar el pabellón bien alto porque llegó el buenorro de su hermano y me dije... ahí me meto yo aunque sea lo último que haga. Y sí, me fui metiendo y cada vez se estrechaba más ese garaje, tanto que la puerta del garaje se asustó y me ralló todo un lateral, qué mala la puerta....
Bueno, yo para aparcar tenía un problemilla con el culo del coche no sé porqué siempre quedaba para afuera, así que asumí que mi coche era culón y punto. Me hice una experta “aparcadora” saliendo de fiesta por las calles más concurridas, ahí no quedaba más remedio que aparcar en cualquier sitio por muy pequeño que fuera, todo de oído, claro...
Nunca pedí a nadie que me aparcara, pero.... eso de los pinchazos lo llevaba peor. Que si el gato, que si aflojar tuercas, que si mancharme las manos o arriesgarme a partirme una uña pá ná... total que siempre encontré algún “amable” mozo que me las cambiaba. Eran favores mutuos, ellos me cambiaban la rueda y yo a cambio les daba la satisfacción de pensar “Pobrecilla, es una mujer, ella no sabe...” y se iban con el pecho tan inflado como las ruedas y yo me quedaba como Dios y con las manos limpias..
Y mis experiencias con los polis esos... bueno, esas son historias para no dormir, la verdad es que las mujeres nos quejamos pero yo he comprobado y compruebo, que dos tetas tiran más que dos carretas y que los polís tiran menos de papeletas con nosotras...y que son tontos perdíos porque se creen todas las bolas que les cuento cuando topo con ellos, jajaja....

Y coloco la señal de Stop porque era la única que tuve clara siempre, la de un ciervo saltando nunca tuve claro que quería decir... “Un ciervo iba a invadir la calzada” o simplemente quería decir “Peligro, muchos cornudos en la carretera”, no sé... aún no lo tengo claro.

Besazos guapa

12 Diciembre 2008 | 01:19 PM

Mantis

Mantis dijo

Uyyyss, sorry por el parrafadón...

12 Diciembre 2008 | 01:22 PM

ren

ren dijo

Pues hija, nadie quería arriesgar el cuello metiéndose conmigo por autovía aquella primera vez, así que me tocó pedírselo a quien no tenía fuerza moral pa decirme que no…;-)

Ya ves, yo me compré un coche nuevo precisamente por lo poco que me fiaba de mí, prefería cargármelo a base de pisotones en el embrague y tirones de la palanca de cambio pero ir segura de que no estaba en un coche que hubiese podido pasar por manos similares a las mías. ¿Y si lo compro de segundas y ya lo había baqueteado otra novata antes que yo..? Quita, quita… Me moría de pensar en un coche ya con problemas que pudiese dejarme tirada en mitad de la carretera.

¡7 accidentes en un año! Hija, eso es no ganar pa sustos, sobre todo en tu casa, que estarían muertecitos cada vez que cogías el coche… Pero vamos, estoy segura de que la culpa nunca fue tuya, ni la primera vez ni ninguna.

Oye..¿pero tú sabes cambiar una rueda, aunque siempre encuentres quien lo haga por ti? Yo es que, ni cómo se usa el gato, de verdad. He tenido mucha suerte, ni accidentes (ni sé qué forma tiene el parte amistoso, niña, ni cómo se rellena ni nada de nada) ni pinchazos de rueda, porque ya te digo, inútil total. Yo habría recurrido a alguien, pero no por no mancharme las manos, sino por puritita necesidad.
No te imaginas cuánto he disfrutado con tus anécdotas, la primera vez que las leí y ahora, al contestar. ¡¡Un post, quiero!!

Besazos, guapa.

15 Diciembre 2008 | 09:53 AM

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Sobre mí

Realmente somos dos personas en esta sección. Un grancanario, EUDLF, y una sevillana, RENAISSANCE. La idea de publicar un blog conjuntamente viene de nuestra inquietud por expresar ideas, cuanto menos, curiosas en un crisol de chispas.

Lo más extraño es que jamás nos hemos visto en persona. Pero la amistad ha crecido en nuestros momentos más duros y dolorosos. Valga como brindis nuestra aportación al mundo de las letras, los sentimientos y nuestra esperanza de que el ser humano es un espíritu sin fronteras.


(How to tell stories. De Sebastian Holmer).

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