AL VOLANTE

Una vez con mi flamante papeleta de aprobado en la mano, el siguiente paso era comprar un coche. ¿Cuál, qué marca y modelo? Por supuesto, uno idéntico al que había tenido en la autoescuela para hacer las prácticas: un Ford Fiesta de color burdeos. Se puede pensar que es una tontería, pero eso me daba seguridad, y me parecería que no había salido del tutelaje de Rafi, mi profe. Ya no la tendría a ella al lado, ni de música de fondo las anécdotas de sus hijos, pero nada es perfecto.
La madre de todos los traumas que vinieron después fue que el dichoso coche parecía que venía de América directamente, y a nado, porque tardó mes y medio en llegarme, mes y medio durante los que no conduje ni una sola vez. El día que por fin pude cogerlo decidí ir por la tarde hasta mi instituto, situado en una población a 15 kms de Sevilla, “aprenderme” el camino para hacerlo yo ya sola de ahí en adelante. Pero cometí el peor error en que una conductora bisoña puede incurrir: pedirle a mi marido que me acompañara. Se les olvida enseguida que ellos no nacieron con el carnet de conducir en la boca.
Tras poner mi L bien visible para que todo el mundo supiera que iba novata a bordo y tuvieran cuidado consigo mismos y piedad de mí, me senté en el asiento del conductor, metí la llave de contacto y… de repente no sabía qué venía detrás de eso. Es que ni meter primera, vamos… Ni qué pedal había que pisar primero… Nada, en blanco, como si no hubiese dado una clase en mi vida. Y el marido al lado… Tú estás nerviosa, pero ellos terminan por ponerse mucho peor. Primero es la ironía. “¿Y así piensas tú llegar a tu instituto? ¿Empiezo a empujar ya?” Supongo que el orgullo y la dignidad me hicieron recordar cómo se conducía aquello, y al fin pude arrancar y ponerlo en movimiento. La sorna y la guasita poco a poco fueron dando paso a la risilla nerviosa… “Pero hija, no hace falta que vayas todo el tiempo en segunda, llevamos una cola detrás que parecemos un cortejo fúnebre”. “Me da igual, llevo una L y la cara cadavérica, me lo noto. Todo el mundo comprenderá”.
La risita nerviosa comenzó a dejar lugar a una cierta histeria, traducida en un notable aumento de decibelios en su voz. “¡Por Dios, frena, frena, que nos tragamos al Nissan que está parado en ese semáforo..!” “¿Semáforo? ¿Dónde hay un semáforo? Hazme el favor de no ponerme nerviosa.” “Delante de ti, un semáforo en rojo sangre, como la que va a correr si te pegas tanto al de delante a la hora de frenar. ¡¿Pero a ti no te han enseñado a guardar la distancia de seguridad?! ¡Casi te empotras en el Nissan!”. “Como sigas gritando me bajo aquí en medio, te lo advierto.” “¡Pero si yo no grito, la que estás histérica eres tú!” “¿Y quién ha nombrado la palabra “histérica”, eh? Eso es lo que tienes en tu subconsciente, se te ha escapado”.
El tono de voz se elevaba a la vez que pisaba un imaginario pedal de freno, no sé para qué, porque como no sacara los pies por debajo del suelo del coche para pararlo, como los Picapiedra… “¡¿Pero es que no estás viendo el chorro de autos que viene por ahí y la señal de Ceda el paso que tienes?! ¡Para, paraaaaa…!” “Ah, ¿pero esa señal era para mí?” “¡Desde luego eres un peligro público, tendrías que poner algo más que esa L en el coche! ¡Una calavera con dos tibias cruzadas!¡No puedo entender que aprobases, no lo puedo entender!” “Si sigues gritando me paro aquí mismo y me bajo, y sigues tú, tío listo”. “No estoy gritando, y no puedes parar en mitad de una autovía, está archiprohibido, ¿o no te estudiaste ese tema?” “¿Quieres ver lo que hago yo con esa prohibición, si paro el coche y me bajo o no me bajo?”
Conociéndome, prefirió no ponerme a prueba. Llegué al instituto, no sé cómo pero llegué, por supuesto en tercera casi todo el tiempo, los 15 kms de autovía, y en algún momento echando más valor que un torero y subiendo a cuarta. Una vez allí me di la vuelta y emprendimos el viaje de regreso, ya sabiendo a cada qué tramo exacto del camino tenía que cambiar de marchas y cuál tenía que poner en cada trecho. "Aquí reduce a segunda. En cuanto pases de 40 por hora pon tercera. Ahora ya puedes pisar el pedal y poner cuarta. Esta curva tómala despacito, a segunda como mucho". Porque eso fue lo primero de lo que quise enterarme, y me lo aprendí como el Padrenuestro. “Sí, soy cuadriculada, ¿y qué…?”
A la vuelta no sé qué hice, los letreros indicadores siempre están fatalmente puestos, ex profeso para equivocar a todo el mundo, estoy segura. La cuestión es que nos perdimos, fuimos a parar a un pueblo a 22 kms de allí, y por supuesto por su culpa; es que no se puede llevar un marido al lado, termina por ponerte de los nervios con tanto grito, tanto aspaviento, tanto aferrarse al asa superior del lateral de la puerta con los nudillos en blanco, y tanto pisar pedales de freno imaginarios.
Los siguientes dos o tres meses fueron espantosos. Cada día me levantaba con la misma sensación del soldado que va a la guerra, pero la misma, vamos… Camino de una muerte segura con alguna posibilidad de sobrevivir, y palabrita del Niño Jesús que no exagero lo más mínimo, a pesar de la mala fama que tenemos los andaluces de exagerados. E inmerecida, por supuesto. Cuando salía de casa me dirigía hacia donde hubiese quedado aparcado el coche el día anterior, rezando… “Dios mío, por favor, que me lo hayan robado, que me lo hayan robado…” Y el disgusto era horroroso cuando me lo encontraba allí, donde lo había dejado mismamente. Estaba asegurado a todo riesgo, incluido robo, claro, y mi anhelo más íntimo era que hubiese desaparecido, que el seguro me reintegrase el importe del coche y no volver a tocar más un pedal ni una caja de cambios en lo que me restaba de vida. Pero no estaban los hados de mi parte… Me armaba de resignación, me metía en el habitáculo y partía hacia la guerra. A la vorágine de tráfico mañanero por una autovía por la que todo el mundo circulaba como locos ; llegaba al frente milagrosamente viva, daba mis clases y cuando era la hora de irse me quedaba de charla con el bedel hasta que cerraba la puerta y me echaba. Entonces no me quedaba más remedio que subirme de nuevo en mi potro de tortura, y de nuevo a la autovía… Llegaba a casa sobre las 3.30 con la mismísima sensación de agotamiento, alivio e incredulidad del soldado que llega por fin a su trinchera. Y ahora había que aparcar… Si podía hacerlo en batería, bueno; después de mil maniobras a menos que la calle estuviera sola para mí, lo conseguía. Pero si tenía que ser en cordón ni lo intentaba, ¿para qué? ¿Para que, después de hacer millones de esfuerzos se me quedara el coche como jorobado en mitad de la calzada? Además, juraría que a la hora a la que solía llegar los cristales de las ventanas de la Consejería que hay enfrente de casa se llenaban de caritas. Parecían dispositivas... El espectáculo intentando aparcar lo di los primeros días, después se acabó. Menos distracción y más trabajar... Así que dejaba el coche en doble fila o como fuese, salía de él y me quedaba mirando a todo el que pasaba por allí. Al primero que veía con buenas pintas y cara de buena persona lo paraba, y le pedía por favor si me podía aparcar el Fiesta. Siempre había algún alma caritativa que se apiadaba. El único motivo por el que no paraba a alguien con pintas astrosas era porque temía que de camino quisiese hacer la faena completa, con orejas y vuelta al ruedo, y además del coche se llevase mi bolso, que si no… ¡¡uffff!!!
Subía a casa y hasta las 5 y pico no me entraba ni tanto así de comida, solo agua. Agua y más agua, bebía como un pato para intentar despegar la lengua del paladar…





el-peletero dijo
¿Ves?, ya te lo decía yo que la cuestión no era ésa, y tú, venga a insistir, que sí, que sí, que con apenas diez minutos el arroz ya queda listo y en su punto, “diez minutos es suficiente”, me repetías. Es cierto, pero solamente si te gusta algo crudito y si lo haces en cazuela de hierro colado, que las de fango serán muy bonitas pero cuecen a diferentes temperaturas y te sale el arroz como a San Pedro le da la gana, ¿me entiendes? Las de hierro colado cuecen uniforme, las de fango aquí sí y allá no porque no me da la gana, y eso no puede ser, debes entenderlo, aunque los invitados disimulen y digan que todo está buenísimo, no es correcto usarlos como conejillos de indias y que luego todo lo salve el postre búlgaro que han traído y el vino del Penedés. Por cierto, los búlgaros, además de hablar un idioma que no parece que lo sea, ya sabes, parecen idiomas pero en realidad son prácticas marranas de sexo loco, cachondo y desordenado, la mitad no sé qué son, pero me lo imagino, búlgaro, griego, hitita, francés, otomano, bosquimano, lapón, mandingo, lingala, xhoxa, tonga, shi, urdu y según para qué el zulú. Decía, ya me he perdido, que también hacen unos pastelitos de calabaza y chocolate buenísimos. ¿Quiénes?, los búlgaros, creo.
¿Qué?, ¿que la cuestión no es esa?, no, ya lo sé. Sé que no lo es, pero no sé cuál es, ¿cuál es?, ¿qué es un búlgaro?, el macho de la búlgara, ¿no?
10 Diciembre 2008 | 01:31 PM