THE DEADS (II)

Profesor, como Joyce, Gabriel es un exiliado intelectual dentro de su propio país, y alberga las mismas ideas que su creador en lo referido a arte, política, etc, como queda de manifiesto en el acalorado debate que mantiene con Miss Ivors. “La literatura está por encima de la política”, piensa… Una frase que hubiese querido usar como arma arrojadiza, pero le falta agresividad para construir el argumento y para decirlo en voz alta. Le falta para responder a su oponente con algo más que un vergonzante silencio y explicarle por qué ha exclamado “¡Estoy harto de este país, me enferma!” en un momento de la discusión en que pierde totalmente los papeles. Le falta para firmar con su nombre completo y no solo con sus iniciales las reseñas literarias que escribe para un periódico inglés. Le falta para eso y para casi todo, desgastado por el roce perpetuo y agotador, casi castrante, con la rancia idiosincrasia dublinesa encarnada en su familia y amistades. Hasta el punto de que al final de la obra, a través del narrador, que no es otra cosa que el portavoz del monólogo que transcurre en el interior del personaje, nos llega la imagen que de sí mismo ha conseguido al fin obtener Gabriel, esa que no conseguía identificar del todo en el espejo del vestidor:
Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figura ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo.
A partir de ahí, el joven Conroy sentirá que tanto él como cuanto le rodea está siendo engullido por el mundo de las tinieblas. El mismo que, probablemente, Joyce pensó que también podría haberlo atrapado a él de haber continuado viviendo en Dublín.
Gabriel no carece de convicciones, pero sí del suficiente carácter y decisión como para mantenerlas. Su opaca personalidad queda de manifiesto desde el principio, en un comentario poco afortunado que hace a Lili, la criada, y que después, aturdido, intenta compensar dándole un aguinaldo. La excesiva solicitud y preocupación por la salud de Greta, cercana a la hipocondría, llega a constituir motivo de hilaridad entre su familia. La discusión con Miss Ivors, de la que no sale muy bien parado, consigue desasosegarlo tanto que respira aliviado cuando sabe que ella no estará presente en la cena ni, por tanto, en el discurso que ha de dar, sobre el que solo le surgen vacilaciones desde buen rato antes de pronunciarlo. Es consciente de todo eso, y le mortifica, pero aún no ha tocado fondo...
Cuando la fiesta toca a su fin y los invitados se van marchando la coralidad de la narración también se diluye, y el foco de atención pasa a los Conroy. Gabriel oye a alguien cantar una vieja canción irlandesa en el piso superior, “The Lass of Aughrim”, y ve una mujer en la escalera, inmóvil, escuchando. Es Gretta, casi en trance, que solo al terminar la canción se percata de la mirada de su esposo, fija en su rostro, y vuelve a la realidad. El joven advierte en su mujer algo que hasta el momento le había pasado desapercibido, la ve embellecida, sugerente, perfecta, transformada, llega incluso a atisbar un símbolo de algo, aunque sin poder precisar de qué. Y concibe un súbito y acuciante deseo carnal por ella, sorprendente y desusado en él, un deseo lleno de ternura en un principio pero que se va acrecentando hasta convertirse en verdadera urgencia que a duras penas puede controlar durante el camino hacia el hotel en que pasarán la noche.
Una vez en la habitación rememora momentos de felicidad pasados, siempre asociados con el fuego y el calor, en claro y hasta premonitorio contraste con la nieve que no cesa de caer en el exterior, y constata con sorpresa la actitud ambigua e incluso distante de su mujer. Por fin ella se desmorona y entre conmovedores sollozos desvela a su esposo que cuando era poco más que una adolescente tuvo un enamorado en Galway, su pueblo, Michael Furey, muerto a los 17 años. Su precario estado de salud no pudo soportar la lluvia y el frío en la noche del adiós, ni su corazón la inminente partida a Dublín de la muchacha.
“Le rogué (a Michael) que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.”
“The Lass of Aughrim”, “La joven de Aughrim”, era la tonada Furey le había cantado…
The rain falls on my yellow locks
And the dew it wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
Lord Gregory, let me in.
La lluvia cae sobre mis mechones rubios
Y el rocío humedece mi piel;
Mi hijo tiene frío en mis brazos;
Lord Gregory, déjame entrar.
Nora Barnacle, a la que Joyce conoció en Dublín trabajando como camarera, era de Galway. Allí, siendo aún casi una adolescente, tuvo un jovencísimo amante que murió de pulmonía tras una tristísima despedida en una noche lluviosa, en la que le dijo que no quería seguir viviendo una vez ella se hubiese trasladado a la capital. Un amante que le cantaba “The Lass of Aughrim”. De todo ello, Joyce se enterará años después, y el impacto emocional recibido fue tremendo. Como el que su alter ego acusa en este relato, cuya conmoción es tal que en un primer momento, una vez que el agotamiento ha rendido a Gretta hasta adormecerla, ni siquiera es capaz de sentir dolor por lo ocurrido, ni el menor resentimiento.
Sus ojos curiosos (de Gabriel) se posaron largo rato en su cara y su pelo, y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, en el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.
No hay nada casual en “Los Muertos”. Dejar pasear la vista por las cartas que Joyce dirige a Nora y por la última parte del relato parece un “dejà vu”…
21 agosto 1909
(..) Hoy escribí a tu madre, pero realmente no deseo ir (a Galway). Me hablarán de ti y de esas cosas que ignoro. Me asusta incluso que me muestren una fotografía tuya de pequeña, pues pensaré “Entonces no la conocía, y ella tampoco a mí. Cuando por la mañana iba a Misa miraba largo rato a algún muchacho que pasaba por la calle. A otros, no a mí.”
22 agosto 1909
“Amor mío, ¡no puedes sospechar el hastío que siento en Dublín! Es la ciudad del fracaso, del rencor y la desdicha. Anhelo marcharme de aquí.
Pienso constantemente en ti. Por la noche, al acostarme, es una verdadera tortura. No voy a escribirte en esta hoja lo que llena mi pensamiento, la locura del deseo.(…) Querida, cuando nos reunamos entrégate a mí con plenitud. (..) Deseo ser el dueño de tu cuerpo y de tu espíritu.
(..)
¿Recuerdas los tres adjetivos que utilicé en “Los muertos” al hablar de tu cuerpo? Eran estos: musical, extraño y perfumado?
Todavía laten celos en mi corazón. Tu amor por mí debe ser intenso y violento para que olvide completamente.”
31 agosto 1909
Hace una hora estaba cantando tu canción, The Lass of Aughrim. Cuando canto esta encantadora tonada empiezo a llorar y mi voz tiembla con emoción.
Es inevitable pensar que Joyce deja traslucir en “Los muertos” la dimensión fatal de la perspectiva con la que mira este episodio de la vida de Nora, que en buena medida el relato es la proyección en sus criaturas de sus temores ocultos y de los celos enfermizos tantas veces manifestados en las cartas que enviaba a su compañera.
Dependencia absoluta de su compañera, celos atroces, martilleo insistente en su pensamiento de la historia de amor de Nora con el jovencito muerto, inseguridad en sí mismo que le lleva a usar constantemente una máscara (sic) de la que solo se despoja ante la muchacha, miedo a no ser digno del amor que ella le dispensa… Son las constantes en una correspondencia que duró años. No parece aventurado pensar que esta es la urdimbre sobre la que se ha tejido el personaje de Gabriel, ni conjeturar que quizás no descartaba hallar durante el desarrollo de la narración su particular epifanía.
Una similar a la que la música, y en concreto “The Lass of Aughrim”, supone para Gretta cuando queda literalmente paralizada en la escalera al oírla, o a la que supone para Gabriel conocer el secreto tantos años guardado por su mujer, descubrir lo lejos que ha estado siempre del mundo en que la mente de su esposa habitaba mientras escuchaba aquella melodía, el mundo que la hizo aparecer nueva y transfigurada a sus ojos. Entender que durante casi todo su matrimonio solo su cuerpo había ido pasando cada cuenta de rosario del presente, porque su corazón estaba muy lejos, en el pasado.
THE LASS OF AUGHRIM
If you'll be the lass of Aughrim
As I am taking you mean to be
Tell me the first token
That passed between you and me
O don't you remember
That night on yon lean hill
When we both met together
Which I am sorry now to tell
The rain falls on my yellow locks
And the dew it wets my skin;
My babe lies cold within my arms;
Lord Gregory, let me in.
LA CHICA DE AUGHRIM
Si eres la chica de Aughrim
Como tú dices ser
Dime cuál fue la primera prenda
Que se cruzó entre tú y yo
Oh ¿no recuerdas
La noche en la colina
Cuando nos encontramos
Aquella que ahora lamento?
La lluvia cae sobre mis mechones rubios
Y el rocío humedece mi piel;
Mi hijo tiene frío en mis brazos;
Lord Gregory, déjame entrar.
---
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->





mantis_religiosa dijo
Vale..... he bajado el cursor y he recordado que voy a comerme unas rosquillitas de esas "paciencias" jajaja... qué pedazo post!!!!!!!!!!!! en el sentido de bien trabajado, que conste.
Sí, es largo, pero a veces es necesario alargarse.. ;-)
Volveré con calma guapa. La música la he oído y es muy chuli!!!
Besazos
29 Enero 2009 | 06:13 PM