LA PALABRA Y EL SUEÑO

Perfección fugaz
Elías Nandino
para el poeta Carlos Pellicer
Pinté el tallo,
luego el cáliz,
después la corola
pétalo por pétalo,
y,
al terminar mi rosa,
la induje
a soñar su aroma.
¡Hice la rosa perfecta!
Tan perfecta,
que al día siguiente
cuando fui a mirarla,
ya estaba muerta.
Es muy tarde ya, pasan las 2 de la madrugada. Termino de leer el poema y dejo el libro en la mesita de noche, sobre la cual solo hay una vieja foto en la que ya casi ni me reconozco y más libros en torre, que amenaza convertirse en una nueva Babel solo que esta vez con éxito.
Los versos del mejicano Nandino siguen impresos en mis pupilas, en mi pensamiento…
al terminar mi rosa,
la induje
a soñar su aroma.
¡Hice la rosa perfecta!
La rosa de papel y tintas consigue soñar su aroma alcanzando así la perfección: convertirse en un ser vivo y mortal. La mortalidad es condición inherente a la vida, consustancial y necesaria. “Todo en la vida es sueño”, decía Calderón… ¿Y si todo en el sueño es vida?
Rebullo inquieta en la cama. “Dios nos está soñando”, aseguraba Unamuno. En la tela de araña que se va entretejiendo en mi mente aparece un hilo más… Una frase que una vez me dirigió un buen amigo: “Una lámpara que se rompió, una noche. Una noche que llegó a ser día de noche porque alguien soñaba que lo era, que era de día cuando sólo era un broche de bisutería fina.” Quise responderle, aunque al final no lo hice, que cuando dejo la poesía que nos trae cada día encima de la mesita junto con las gafas que siempre termino por no usar, lo bueno y lo malo de la jornada y el libro que acompaña mis últimos minutos de vigilia, aun siendo su tapa de madera recia, oscura, dando cancha para que la poesía pueda mimetizarse con su superficie y seguir ejerciendo su hechizo, ya para mí la noche jamás llega a ser día de noche porque alguien sueñe que lo era. La noche siempre es noche cuando dejamos dormir a la poesía. Eso es lo que pensaba responderle.
Soñar es bonito, escribir sobre los sueños casi más, pero “Los sueños, sueños son”, como me enseñó Calderón de la Barca, barroco y, para más inri, castellano. Y, aunque confieso que con alguna que otra reserva, siempre he tendido a creerle, probablemente porque yo también soy de tierra seca, sedienta y calcinada por el sol, porque entiendo esa extraña visión de las cosas que tienen los que nunca acostumbran a ver el mar, como Calderón, o mi Quevedo amado. Quizás porque ellos son barrocos por la época que les tocó vivir y yo por la tierra en que me tocó nacer. Quizás porque su angustia por el paso del tiempo, la presencia constante de la muerte en sus versos y la relativización que hacen de lo terreno no me desazonan lo suficiente, quizás porque comparto su estoicismo. Castilla siempre es un hidalgo seco, enjuto, muchas veces mal encarado, que al final te hace poner los pies en la tierra. Y eso es algo que procuro, pero sin dejar de mirar hacia arriba.
Ya casi para apagar la luz, una última mirada a la mesilla me juega una mala pasada: la de parecerme ver vagar sobre la tapa, como muchachas pálidas, los acontecimientos del día, las historias encerradas en los libros amontonados en pila interminable… Y ahora ya no estoy segura de nada, quizás la noche no siempre es noche cuando dejamos dormir a la poesía, quizás Calderón no estaba del todo en lo cierto. Debe de ser que aun antes de cerrar los ojos me ha ganado el sueño, y que sueño...
“El sueño es un arte poético involuntario”, decía Kant. Si la poesía es la medida del hombre, si en tantas ocasiones nos acerca a verdades que solo se pueden intuir, ¿podría ser también el sueño una vía de servicio que nos condujese a algo que debiéramos saber? Sonrío recordando, no sé si despierta o dormida, la respuesta que daba Mallarmé a Degas cuando éste, desencantado con la pintura, manifestaba querer componer versos porque tenía ideas: «La poesía no se hace con ideas; se hace con palabras». Por eso mismo yo jamás seré poeta, solo tengo ideas, y el poeta ha de ser un demiurgo, un impulsor del universo y del alma universal, y la palabra su instrumento. La palabra es creadora del mundo y de mundos, ya desde los más antiguos textos religiosos, y absolutamente en todas las culturas, orientales y occidentales. “Y en el principio fue el Verbo”… La palabra es el elemento primigenio, y con ella Dios pare la Tierra, cediendo a Adán la potestad de dar nombre a todo lo creado. El nombre encierra la esencia de las cosas y las personas, por ello todavía quedan culturas en que, como en los tiempos más antiguos, el nombre verdadero de cada cual se guarda en estricto secreto.
Y precisamente lo esencial que reside en la palabra hace de ella un instrumento de ordenación de la vida pública y privada, hasta el punto de que usarlas con propiedad, adecuando nombre y realidad representada, implica un orden moral y político. Muestra de ello es la respuesta que dio Confucio al ser preguntado sobre cuál era el principio de un buen gobierno: “Restablecer la significación verdadera de los nombres. Que el Príncipe sea Príncipe; el ministro, ministro; el padre, padre; y el hijo, hijo.”
La palabra es el origen de todo lo conocido, la esencia de cuanto existe, magia, religión, ordenación.. Todo aquello que el filósofo alemán Ernst Cassirer decía que constituía el universo simbólico en que se desenvuelve el hombre, al que considera eso, “un animal simbólico”. Pero parte de esa red de símbolos la forman los mitos, la palabra es también siempre portadora o creadora de alguno, y así lo percibe Paul Valéry:
“Mito es el nombre de todo lo que existe por la sola virtud de la palabra. Todo nuestro lenguaje se compone de pequeños sueños breves... No se puede hablar sin crear mitos... La palabra nos habita y lo habita todo... En un principio era la fábula... “
En griego mythos, además de designar el mito o la leyenda, significaba “palabra”
“Todo nuestro lenguaje se compone de pequeños sueños breves..” Y siendo el lenguaje el universo en que están contenidos todo el otro universo del hombre, el simbólico, y el hombre mismo, me cruza por la mente tímidamente la idea de que quizás también los sueños conformen una parte de ese antropocosmos. Al fin y al cabo, gracias al sueño vivimos muchas vidas distintas, es casi como no ser nada concreto y a cambio serlo todo. También el sueño tiene algo de demiurgo, de hacedor. ¿Y si de alguna forma introdujese en la mente del durmiente una copia del mundo perfecto, el de las ideas, el de la verdad, algo así como en el mito de Platón..?
“Todo en la vida es sueño”
“Una noche que llegó a ser día de noche porque alguien soñaba que lo era”
“Dios nos está soñando”
En mi duermevela esas frases no cesan de acudirme machaconamente una y otra vez al pensamiento, y se mezclan con otras de Octavio Paz. Dice en su estudio sobre el “Primero sueño” de sor Juana Inés de la Cruz que el sueño es un viaje espiritual, durante el que el alma está despierta. No termina en una revelación, como ocurre en la tradición neoplatónica, pero sí en una especie de “acto de conocer”, que, aunque no es un conocimiento en sí mismo, al menos sería un “saber”. Y pienso que si alguien lograra hallar la palabra elemental, la que Heidegger decía que explicaba a todo lo demás porque en ella la realidad se expresa a sí misma, si se encontrase la palabra esencial, la que buscan todos los poetas, y con ellas - la palabra elemental y la esencial- ese alguien fuera capaz de explicarse a sí mismo un sueño cuando despierta de él, quizás podría llegar a alguna Verdad.
Pero tendría que ser un poeta, no importa que jamás haya escrito un verso. La palabra ha encontrado grandeza en la poesía, donde vuelve, por virtud de encantamiento, a despertar a los muertos, a hacer danzar a las deidades ultraterrenas, a crear seres y mundos nuevos. Lo mismo que puede ocurrir en los sueños. Para John Donne el hombre es un enigma que la poesía, en su misma contradicción, revela, y yo añadiría que esa revelación quizás también podría hallarse en las fases oníricas por las que todos pasamos, a veces incluso despiertos. Quizás como yo esta noche.
“Eres tan cierta que basta pensarte
para que los sueños sean reales y las fábulas
historias.”
John Donne
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Madeleine De Cubas dijo
Es un poema perfecto, Ren, tan perfecto como la rosa que él pintó. Yo pienso que este poeta indujo a su rosa a soñar su aroma, y es obvio que lo consiguió, pero en el intento traspasó los límites de lo humano y tocó lo divino, y aunque fuera por un instante, completamente embriagado con el aroma también murió.
Sólo un poeta, querida Ren, es capaz de encontrar la palabra perfecta y explicar su sueño. Sólo un poeta es capaz de despertar los muertos con sus palabras, hacer danzar a las deidades extraterrenas, y crear seres y mundos nuevos..., sólo un verdadero poeta.
Qué cosas más hermosas escribes Ren, entre la vigilia y el sueño, mejor dicho, cuando estás muerta de sueño y viva de poesía. Besos.
27 Febrero 2009 | 05:20 AM