12 Diciembre 2008

Un par de meses después, viendo que ni me mataba ni nada por el camino, empecé a tomarle confianza al coche y a dejar de desear encontrarme el hueco en su lugar cuando bajase al otro día a buscarlo. Tanto es así que cuando años después me lo robaron me enfadé una barbaridad, y al recuperarlo (una de las cosas más necesarias en esta vida es tener un amigo en la policía municipal) casi lo beso en los morritos. Al coche, no al municipal.
Ese nivel de confianza se fue incrementando hasta el punto de que llegó un momento en que conseguí ponerme a 90 por hora en la autovía, con cara de velocidad y ya en cuarta casi todo el tiempo, porque mi Rafi nunca me enseñó a meter quinta. Yo sabía cómo se ponía, de verlo hacer cuando viajaba de copiloto, pero durante 4 años ni lo intenté. Mi Ford y yo habíamos llegado a una entente cordial: él no trataba de dominarme a mí y yo no trataba de dominarlo a él, y meter quinta me parecía darle ventaja, dejarle ir a una velocidad que me parecía ingobernable. Hasta que una mañana me llamaron al instituto para decirme que mi hijo había tenido un pequeño percance, nada grave, pero le habían dado unos puntos en un pie. Y cuando llegó la hora de salida, me encomendé a todos los santos del calendario y metí quinta para llegar cuanto antes. Llegué, llegué, y de una pieza, así que al otro día, ya que había conseguido confraternizar con esa marcha, volví a usarla. Y entablamos tal amistad que terminé por dejar pegado el piececito al pedal y ponerme a 160 por hora en cuanto entraba en la autovía. Antes de que entrara en vigencia el carnet por puntos, claro, cualquiera se atreve a eso ahora…
Para decir la verdad, terminé por tomarle gusto a conducir por autovía y autopista, acabó siendo un verdadero placer para mí devorar kilómetros por ellas, con la música a un nivel de decibelios algo superior al que acostumbro, y a eso contribuyó el cambio de coche. No sé si el Ford salió malillo o es que yo contribuí a acelerar su muerte a fuerza de estresarlo, pero el caso es que a los pocos años hube de cambiar de vehículo, y me decidí por un Suzuki Ignis, un todoterrenito monísimo y de asiento alto, que era lo que quería. Es que lo que tiene ser bajita, que el Ford o cualquiera de asiento bajo, visto de lejos cuando lo conduces, parece el coche fantasma. Sentarse en ese asiento era hacerlo en un trono, desde sus alturas tenía un dominio perfecto de la calzada, y eso contribuyó a darme seguridad.
Disfrutaba en carretera, pero me angustiaba el tráfico en ciudad. Llegué a conducir bien, muy bien, pero me temo que nunca aprendí a circular, que es una cosa bien distinta, y creo que en parte se debe a una experiencia vivida a los muy poquitos meses de estrenar el carnet que me dejó medio traumatizada. Una prima mía, que a sus múltiples cualidades une la de ser tenaz en grado sumo y desplegar sus artes seductorias, que son muchas, con el ingenio suficiente para convencerte hasta de que los burros vuelan, me pidió un día que la llevase al centro de Sevilla. “Yo te guío. Si es facilísimo.. Y además, en verano está todo desierto, solo encontraremos cuatro coches para hacer bulto, mujer, ya verás, y necesitas soltarte un poco”. Yo solo pensaba en el dédalo de calles estrechitas, por las que solo cabe un automóvil y si encoge barriga, por las que la irresponsable de mi prima me quería meter, y me entraban los sudores de la muerte. Pero como la palabra “No” no figura en mi diccionario, accedí, vestidita de miedo. Ella me guiaba… “Ahora a la derecha”. “Cuando pasemos ese cruce gira a la izquierda”. Y de vez en cuando, por el rabillo del ojo, yo veía que se persignaba. Una vez, y otra, y otra… Eso me descomponía. “Dios mío, ¿qué habré hecho, en qué habré metido la pata para que esta criatura no pueda evitar persignarse de esta manera tan ostensible?¿Me habré saltado un semáforo en rojo, un stop..? ¿Qué...?” El tiempo que estuvimos circulando por las calles del casco histórico, en las que a media mañana se movían por supuesto muchos más de los cuatro coches que aseguraba mi prima, se me hicieron interminables, la tensión agotadora, y cuando al fin la dejé en su casa no pude aguantar más y le pregunté. “Pacita, ya sé que soy un desastre de conductora, pero ¿tan mal lo he hecho que tenías que persignarte una y otra vez?” Ella me miró sorprendida. “No, mujer, lo has hecho muy bien, ni nos hemos chocado, ni nos han pitado... Es que yo cuando paso ante alguna iglesia siempre me persigno”. ¡Y como no hay iglesias en el centro de Sevilla…!
Esa fue la última vez que me aventuré por las calles de mi ciudad. Yo me había propuesto obtener el permiso de conducir para poder ir tranquila a mi centro de trabajo, sin tener que pedir favores a compañeros para que me llevaran o trajeran, y lo conseguí. El tráfico por ciudad es estresante… atascos, niños con pelotita, señoras con carritos de bebé que cruzan calzadas como auténticas suicidas, conductores que no respetan las normas, motoristas que creen que pueden pasar por el ojo de una aguja e incluso adelantan por el carril contrario en cuanto ven una mínima oportunidad… Habiendo transporte público, ¿qué necesidad tengo de pasar un mal rato? Eso fue lo que pensé, y hasta hoy. Mi coche solo sabe ir de casa a mi instituto, y vuelta, ya está. Bueno, y a Cádiz… Trayectos de los que ambos hemos llegado a disfrutar de verdad estos últimos años; para todo lo demás hay autobuses, taxis, y nunca falta un alma caritativa que te lleve alguna que otra vez a donde necesitas ir.
No puedo terminar sin decir en mi descargo que mi falta de habilidad al volante siempre la suplí con dosis extra de prudencia, y que jamás he tenido en estos 15 años un accidente, ni un simple roce. Por lo menos, quedar bien en algo, ¿no...?
!--[if>!--[if>!--[if>!--[if>![endif]-->![endif]-->![endif]-->![endif]-->
servido por rincones
7 comentarios
compártelo
10 Diciembre 2008

Una vez con mi flamante papeleta de aprobado en la mano, el siguiente paso era comprar un coche. ¿Cuál, qué marca y modelo? Por supuesto, uno idéntico al que había tenido en la autoescuela para hacer las prácticas: un Ford Fiesta de color burdeos. Se puede pensar que es una tontería, pero eso me daba seguridad, y me parecería que no había salido del tutelaje de Rafi, mi profe. Ya no la tendría a ella al lado, ni de música de fondo las anécdotas de sus hijos, pero nada es perfecto.
La madre de todos los traumas que vinieron después fue que el dichoso coche parecía que venía de América directamente, y a nado, porque tardó mes y medio en llegarme, mes y medio durante los que no conduje ni una sola vez. El día que por fin pude cogerlo decidí ir por la tarde hasta mi instituto, situado en una población a 15 kms de Sevilla, “aprenderme” el camino para hacerlo yo ya sola de ahí en adelante. Pero cometí el peor error en que una conductora bisoña puede incurrir: pedirle a mi marido que me acompañara. Se les olvida enseguida que ellos no nacieron con el carnet de conducir en la boca.
Tras poner mi L bien visible para que todo el mundo supiera que iba novata a bordo y tuvieran cuidado consigo mismos y piedad de mí, me senté en el asiento del conductor, metí la llave de contacto y… de repente no sabía qué venía detrás de eso. Es que ni meter primera, vamos… Ni qué pedal había que pisar primero… Nada, en blanco, como si no hubiese dado una clase en mi vida. Y el marido al lado… Tú estás nerviosa, pero ellos terminan por ponerse mucho peor. Primero es la ironía. “¿Y así piensas tú llegar a tu instituto? ¿Empiezo a empujar ya?” Supongo que el orgullo y la dignidad me hicieron recordar cómo se conducía aquello, y al fin pude arrancar y ponerlo en movimiento. La sorna y la guasita poco a poco fueron dando paso a la risilla nerviosa… “Pero hija, no hace falta que vayas todo el tiempo en segunda, llevamos una cola detrás que parecemos un cortejo fúnebre”. “Me da igual, llevo una L y la cara cadavérica, me lo noto. Todo el mundo comprenderá”.
La risita nerviosa comenzó a dejar lugar a una cierta histeria, traducida en un notable aumento de decibelios en su voz. “¡Por Dios, frena, frena, que nos tragamos al Nissan que está parado en ese semáforo..!” “¿Semáforo? ¿Dónde hay un semáforo? Hazme el favor de no ponerme nerviosa.” “Delante de ti, un semáforo en rojo sangre, como la que va a correr si te pegas tanto al de delante a la hora de frenar. ¡¿Pero a ti no te han enseñado a guardar la distancia de seguridad?! ¡Casi te empotras en el Nissan!”. “Como sigas gritando me bajo aquí en medio, te lo advierto.” “¡Pero si yo no grito, la que estás histérica eres tú!” “¿Y quién ha nombrado la palabra “histérica”, eh? Eso es lo que tienes en tu subconsciente, se te ha escapado”.
El tono de voz se elevaba a la vez que pisaba un imaginario pedal de freno, no sé para qué, porque como no sacara los pies por debajo del suelo del coche para pararlo, como los Picapiedra… “¡¿Pero es que no estás viendo el chorro de autos que viene por ahí y la señal de Ceda el paso que tienes?! ¡Para, paraaaaa…!” “Ah, ¿pero esa señal era para mí?” “¡Desde luego eres un peligro público, tendrías que poner algo más que esa L en el coche! ¡Una calavera con dos tibias cruzadas!¡No puedo entender que aprobases, no lo puedo entender!” “Si sigues gritando me paro aquí mismo y me bajo, y sigues tú, tío listo”. “No estoy gritando, y no puedes parar en mitad de una autovía, está archiprohibido, ¿o no te estudiaste ese tema?” “¿Quieres ver lo que hago yo con esa prohibición, si paro el coche y me bajo o no me bajo?”
Conociéndome, prefirió no ponerme a prueba. Llegué al instituto, no sé cómo pero llegué, por supuesto en tercera casi todo el tiempo, los 15 kms de autovía, y en algún momento echando más valor que un torero y subiendo a cuarta. Una vez allí me di la vuelta y emprendimos el viaje de regreso, ya sabiendo a cada qué tramo exacto del camino tenía que cambiar de marchas y cuál tenía que poner en cada trecho. "Aquí reduce a segunda. En cuanto pases de 40 por hora pon tercera. Ahora ya puedes pisar el pedal y poner cuarta. Esta curva tómala despacito, a segunda como mucho". Porque eso fue lo primero de lo que quise enterarme, y me lo aprendí como el Padrenuestro. “Sí, soy cuadriculada, ¿y qué…?”
A la vuelta no sé qué hice, los letreros indicadores siempre están fatalmente puestos, ex profeso para equivocar a todo el mundo, estoy segura. La cuestión es que nos perdimos, fuimos a parar a un pueblo a 22 kms de allí, y por supuesto por su culpa; es que no se puede llevar un marido al lado, termina por ponerte de los nervios con tanto grito, tanto aspaviento, tanto aferrarse al asa superior del lateral de la puerta con los nudillos en blanco, y tanto pisar pedales de freno imaginarios.
Los siguientes dos o tres meses fueron espantosos. Cada día me levantaba con la misma sensación del soldado que va a la guerra, pero la misma, vamos… Camino de una muerte segura con alguna posibilidad de sobrevivir, y palabrita del Niño Jesús que no exagero lo más mínimo, a pesar de la mala fama que tenemos los andaluces de exagerados. E inmerecida, por supuesto. Cuando salía de casa me dirigía hacia donde hubiese quedado aparcado el coche el día anterior, rezando… “Dios mío, por favor, que me lo hayan robado, que me lo hayan robado…” Y el disgusto era horroroso cuando me lo encontraba allí, donde lo había dejado mismamente. Estaba asegurado a todo riesgo, incluido robo, claro, y mi anhelo más íntimo era que hubiese desaparecido, que el seguro me reintegrase el importe del coche y no volver a tocar más un pedal ni una caja de cambios en lo que me restaba de vida. Pero no estaban los hados de mi parte… Me armaba de resignación, me metía en el habitáculo y partía hacia la guerra. A la vorágine de tráfico mañanero por una autovía por la que todo el mundo circulaba como locos ; llegaba al frente milagrosamente viva, daba mis clases y cuando era la hora de irse me quedaba de charla con el bedel hasta que cerraba la puerta y me echaba. Entonces no me quedaba más remedio que subirme de nuevo en mi potro de tortura, y de nuevo a la autovía… Llegaba a casa sobre las 3.30 con la mismísima sensación de agotamiento, alivio e incredulidad del soldado que llega por fin a su trinchera. Y ahora había que aparcar… Si podía hacerlo en batería, bueno; después de mil maniobras a menos que la calle estuviera sola para mí, lo conseguía. Pero si tenía que ser en cordón ni lo intentaba, ¿para qué? ¿Para que, después de hacer millones de esfuerzos se me quedara el coche como jorobado en mitad de la calzada? Además, juraría que a la hora a la que solía llegar los cristales de las ventanas de la Consejería que hay enfrente de casa se llenaban de caritas. Parecían dispositivas... El espectáculo intentando aparcar lo di los primeros días, después se acabó. Menos distracción y más trabajar... Así que dejaba el coche en doble fila o como fuese, salía de él y me quedaba mirando a todo el que pasaba por allí. Al primero que veía con buenas pintas y cara de buena persona lo paraba, y le pedía por favor si me podía aparcar el Fiesta. Siempre había algún alma caritativa que se apiadaba. El único motivo por el que no paraba a alguien con pintas astrosas era porque temía que de camino quisiese hacer la faena completa, con orejas y vuelta al ruedo, y además del coche se llevase mi bolso, que si no… ¡¡uffff!!!
Subía a casa y hasta las 5 y pico no me entraba ni tanto así de comida, solo agua. Agua y más agua, bebía como un pato para intentar despegar la lengua del paladar…
servido por rincones
7 comentarios
compártelo
9 Diciembre 2008

Hace un rato revisaba la correspondencia que me traía el cartero. Estadillos del banco que reflejan los crueles mordiscos que las facturas le llevan dados ya a mi nómina apenas comenzado el mes, propaganda… Y pare usted de contar. Este invento del correo electrónico ha terminado con ese algo de ilusionante y esa espera tontamente esperanzada que tenía la visita del cartero.
Pero hoy había algo más en mi buzón: una carta del Centro de Reconocimiento Psicofísico de Conductores y Armas al que acudía habitualmente cada vez que me tocaba renovar el carnet de conducir. Y acabo de recordar que en breve hará 15 años que obtuve ese permiso. 15 años ya…
Como tantas otras en mi vida, fue una decisión tardía; me puse a ello con treinta y muchos años, más obligada por las circunstancias –el traslado a un instituto de una población cercana- que por propia voluntad. Si he de ser sincera, siempre me atrajo la idea de conducir, hasta el punto de que en numerosas ocasiones, muchísimas, soñaba que lo hacía. Que lo hacía mal, porque una es muy honrada consigo misma, pero que lo hacía. Por uno u otro motivo siempre posponía aquello de matricularme en una autoescuela, hasta que abrieron una al lado de casa y ya no me pude inventar más excusas. El profesor de teoría era un chico de veintitantos años que, para lo que le pagaban, no estaba dispuesto a dejarse la piel en el trabajo; nos daba unos libros de tests y bromeaba con unos y con otras, sobre todo con otras, mientras los rellenábamos, eso era todo. Nunca supe lo que era una clase teórica. La profesora de prácticas era una señora de cincuenta y tantos, encantadora, una auténtica matrona por dentro y por fuera que me amenizaba las clases de conducción con mil y una anécdotas de sus cuatro hijos, y que de vez en cuando, entre anécdota y anécdota, encontraba algún minuto para explicarme en plan rapidito cómo se cambiaba de marcha y para qué servía cada uno de los pedales, que a mí me traían por la calle de la amargura porque solo podía pensar que o me sobraban pedales o me faltaban pies.
Así que, visto lo visto, me compré un solucionario de tests y me dediqué a hacerlos en casa, donde al menos a ratos me podía concentrar en lo que estaba haciendo sin el hilo musical de fondo de risas y bromas, y, sobre todo, sin dejarme tentar por ellas, porque he de reconocer que para eso enseguida me convierto en mujer fácil, pierdo del todo la seriedad y el comedimiento. Y me dediqué a reforzar las clases de conducción practicando en casa con tres latas de conserva puestas en el suelo a modo de pedales, y una cuchara de madera de esas de cocina en sustitución de la palanca de cambio.
Total, que aprendí a conducir “de oídas”… Consciente de ello, me presenté al examen teórico con más miedo que vergüenza. A mí aquello de los gálibos, las intersecciones sin señalizar o señalizadas con sus correspondientes preferencias de paso, incluidas las de las ovejitas y otros animales que cruzan la calzada en el momento más inoportuno, que es cuando una está circulando por ella, las tropecientas señales de tráfico que no había visto en mi vida en vivo y en directo, las preguntas-trampa que, dado mi natural despistado eran más trampa aún… pues eso, que me traían por la calle de la amargura. Las noches previas a ese examen casi no podía conciliar el sueño, y recuerdo que me temblaban las manos y las piernas cuando me senté en el pupitre a rellenar el cuestionario. Las muchas horas de estudio concienzudo me permitieron, a pesar de todo, aprobarlo a la primera.
Pero el práctico ya dependía de mi habilidad, y entre que de eso ando más bien escasa, la preparación que tuve y los nervios que se apoderaban de mí en cuanto me subía en el coche, aprobar me costó…¡cinco convocatorias! Esto lo cuento porque ninguno de mis conocidos lee este blog, que si no, de qué… Todo era sentarme en el asiento del conductor, oír la voz del examinador y nublárseme el entendimiento. En uno de los exámenes, circulando por una calle cercana a casa y que conozco divinamente, me dijo “"En cuanto pueda, a la izquierda". Miré hacia ese lado, y como vi que podía porque nadie circulaba por el carril de al lado, obedientemente me cambié a él de inmediato sin esperar al llegar al semáforo que permitía hacer aquel giro. "¡¡Señora, por Dios, que nos nos vamos a matar, que nos vamos a matar...!!", gritaba el examinador, angustiado y yo diría que incluso indignado. En ese momento me percaté de que no se trataba de una calle con doble carril en cada sentido, como tantas otras de las que rodean aquella, sino que había invadido el de sentido contrario.
Bien pensado la verdad es que tampoco era para ponerse así, no venía nadie por mi izquierda. Es que a la gente también le gusta exagerar la nota… La cuestión es que me suspendió, claro; era una tontería, cosa de los lógicos nervios en un examen de conducir, pero se ve que se trataba de uno de esos examinadores duros, o que ese día estaba de mal humor. Al menos esa vez supe por qué me suspendían, porque el resto de las veces me decían de repente, al poco de comenzar el itinerario: “Aparque”, y ni idea del motivo. Sobre todo cuando me hacían meterme en una rotonda, mi talón de Aquiles; en cuanto me topaba con una que había de circundar no fallaba: “Aparque”. Y yo aparcaba, claro, sin saber dónde podría haberme equivocado y pensando en la guasita que me esperaba en casa cuando dijera que me habían vuelto a suspender.
El aprobado se lo debo a dos ansiolíticos que una amiga me dio y tres tilas bien cargadas que me tomé, una detrás de otra, un ratito antes del examen. Me lo pensé bien. "De esta, o me duermo en el coche o me calmo y apruebo". Mira, y aprobé… Aquello me sedó los nervios, y, si he de decir la verdad, los nervios y a toda Ren, porque estuve todo el itinerario que me marcaron como flotona, más bien levitando en el interior el coche. Oía la voz del examinador como entre brumas, y prefiero no decir cómo veía las calles… Nunca había tomado pastillas de esa clase, y aunque el nerviosismo que tenían que combatir habían contrarrestado en buena medida su efecto sedante durante la mañana, por la tarde estuve durmiendo ni recuerdo ya cuántas horas.
El estrés de tener que examinarte una y otra vez del práctico es tremendo, y, pobre de mí, aquel día pensaba que al fin se habían terminado mis padecimientos. Pero no habían hecho más que empezar…
servido por rincones
14 comentarios
compártelo
1 Diciembre 2008

Anhelos jamás confesados ni a nosotros mismos en nuestra más estricta intimidad, deseos imposibles, ilusiones que rayan la quimera… ¿Quién no los tiene? Es ese lado secreto que en realidad, en mil ocasiones, es lo que verdaderamente refleja el espejo al que nos asomamos, por mucho que para no verlo nos coloquemos frente a él con la luz apagada. Es la parte más real de nosotros, la que más nos identifica y desmarca de la manada.
Unas veces apagamos la luz porque ese "secreto" no es políticamente correcto, otras porque ni siquiera somos capaces de identificar qué es exactamente eso que anhelamos pero que se nos escapa al entendimiento, otras porque es tan difícil defenderlo a capa y espada de las servidumbres que nos aplastan en la vorágine de la rutina diaria que nos amparamos en ese "Mañana empiezo" para lo mismo decir mañana. Y ese mañana se nos convierte en nunca, porque somos cobardes, o incapaces, o indolentes para vivir ese secreto de tumba como debiéramos. A veces incluso por un exceso de bondad, o de respeto a los que nos rodean, por no hacer daño.
A veces por miedo a conseguirlo…
Lo cierto es que esas intenciones en muchos casos se quedan en eso, en intenciones, en una promesa que nos hacemos, una y mil veces rota, de aceptar el reto y al menos intentar ganarlo. Una y mil veces traicionarnos... Desde luego, siempre hay quien de verdad lo intenta. E incluso gana. Eso es ganarse a sí mismo, el premio es uno mismo. ¡Casi nada...! Merece la pena lanzarse el guante y recogerlo. Y luchar con ahínco por ello. Conquistar el lado “oscuro” de uno mismo es poner una bandera en la luna.
servido por rincones
25 comentarios
compártelo
27 Noviembre 2008
Felicidad es sentirme primavera cualquier día del año porque hay alguien o algo especial en mi vida. Por ejemplo, yo misma.
Es contemplar un árbol y sentir en mi interior su serenidad, su inmutabilidad, mientras el aire que desmelena sus ramas verdes me envuelve y me hace sentir a mí también árbol.
Es también mirar ese otro del que cuelgan ilusiones, deseos, la esperanza de que algo cambie en nuestras vidas, y advertir que aunque sus ramas ya no están tan frondosas como antes aún conservan hojas verdes. Poquitas, pero las precisas, porque sigo viva, y cada una de mis horas es savia que alimenta esas ramas.
Es estar sentada en el banco de un parque con la persona adecuada. O sola, pero ser consciente de que lo importante es hallarse en ese banco.
Es esa imagen de una foto capaz de llenar la mente y el alma de otras imágenes -a veces en blanco y negro- que adquieren de nuevo vida a cámara lenta, y que me devuelven un trozo de mi existencia que creía pasado.
Es una de esas ocasiones en que el cielo abre compuertas y cae el agua con desespero, como si no hubiese llovido nunca y nunca fuese a dejar de hacerlo. Es respirar el aroma penetrante de la tierra y de la hierba húmeda, cuando la tierra está más viva que nunca, como encinta...
Es sentir que el sol que luce hoy y me camina la piel cosquilleando y hormigueándola ha salido también para mí.
Es ese día en que me siento en la cima del mundo, ama absoluta de tormentas y tempestades.
Es poder afrontar la noche sabiendo que no es perpetua, que detrás viene el día.
Es la esperanza de que lo no vivido se hará realidad en algún momento. Y la seguridad de que si eso no llega nunca, me quedará lo vivido.
servido por rincones
19 comentarios
compártelo
24 Noviembre 2008

¿Tu pareja ronca mientras realiza el coito (no después, eso está muy visto, quiero decir “durante”…)? ¿Se levanta de la cama en plena noche , se va a la calle y tiene relaciones sexuales con la primera persona que pasa (y accede, claro)? ¿Te esmeras en proporcionarle una noche de placer digna de ser recogida en los Anales de la Historia y por la mañana te deja totalmente trauma porque ni siquiera lo recuerda? ¿Te levantas con morados en el cuello, el cuerpo agotado como después de una noche loca, y sin embargo estás seguro de que la has pasado entera durmiendo como una criatura? Entonces padeces sexsomnio, un trastorno del sueño encuadrado dentro de las parasomnias, conductas o acontecimientos fisiológicamente anormales que ocurren asociados al sueño o a transiciones de sueño-vigilia. El sonambulismo pertenece al segundo tipo, y relacionado con él estaría el sexsomnio, una alteración que conduce a las personas que lo padecen a tener sexo mientras duermen ya sea con sus parejas, con desconocidos o consigo mismo, y que van desde simples tocamientos, desnudismo espontáneo o frases de fuerte contenido sexual hasta relaciones completas sin tener la más mínima conciencia de nada y, lo más sorprendente, sin la menor sensación de placer en el momento de despertar, a causa de una amnesia que no permite recordar lo sucedido.
¿Cómo es esto posible? Según un especialista argentino en trastornos del sueño, Francisco Bravo, “cuando una persona está en la fase más profunda del sueño, el cuerpo permanece inmóvil. En el caso de aquellos que experimentan el sexo dormido esto no ocurre y pueden actuar con su cuerpo”. Este comportamiento anómalo se debería a causas genéticas, pudiendo incluso existir un factor hereditario, al consumo de alcohol u otros estupefacientes, o al estrés, incluso a desórdenes fisiológicos en el cerebro, lo que lo desvincularía totalmente de las representaciones oníricas eróticas, los coloquialmente denominados "sueños húmedos". Muy probablemente, en el sexsomnio también participen otros aspectos y motivos inconscientes, por lo que una persona que lo padece, durante el sueño, podría realizar y ejecutar conductas sexuales que no se atrevería a llevar a cabo en su vida normal.
Las situaciones mencionadas al principio de este artículo pueden parecer jocosas, pero son casos reales y que pueden llegar a conllevar graves problemas para quienes lo padecen, documentados médicamente desde 1996, cuando el doctor canadiense Colin Saphiro publica los primeros casos de sexsomnio y los diagnostica como una enfermedad diferente de otras parasomnias como el sonambulismo y los terrores nocturnos.
La naturaleza particularmente personal del problema ayuda a mantenerlo oculto y a que se sepa muy poco de él, da vergüenza hablar de ello y la mayoría piensa que nadie va a creerles, por lo cual los especialistas creen que hay muchos más casos que los que pasan por sus consultas. Pero es un problema que tiene tratamiento. Una vez diagnosticado, a los pacientes se les trata con una terapia sicológica coadyuvada con un relajante muscular que impida la actividad corporal mientras se duerme. Como en tantos otros casos en que detectamos alguna disfunción en nuestro organismo, de nada vale obviarlo por vergüenza u otras consideraciones, lo importante es recurrir al consejo médico.
servido por rincones
35 comentarios
compártelo
19 Noviembre 2008

La profunda devoción de la Verónica de “La profunda devoción de Verónica”, la fotografía de Saudek que encabeza este post, no tiene nada de religiosa. Es una devoción profunda, sí, pero carnal, intensamente carnal, el lado ambiguo del amor, del deseo, rayano incluso en las fantasías más oscuras, en ese aspecto quizás perverso y transgresor que es la sumisión.
El brazo masculino moreno, musculado y nervudo que desciende por el ángulo superior derecho de la imagen no puede menos que recordar al de Dios en “La creación de Adán”, una de las escenas del Génesis pintada por Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina. En ella, el Padre extiende un dedo hacia su criatura para insuflarle vida, el más bello acto de amor que puede concebirse. Sirve de eje a la composición la línea horizontal, sobre la que reposan las manos que se acercan, una para dar la vida, la otra para recibirla, las manos de dos seres que a pesar de sus tan diferentes condiciones, humana el uno, divina el otro, se encuentran en este momento tan trascendental en un mismo plano figurativo, como una metáfora del versículo 26 del Génesis I: Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza …
Sin embargo, es la línea diagonal la que vertebra la composición de Saudek, una diagonal perfecta formada por la figura de la mujer , frágil, delicada, entregada, y la del brazo masculino, fuerte, nervudo, urgiendo la entrega, diagonal que sitúa a ambos personajes en distintos niveles : él en un plano superior, ella inferior, recortados contra ese fondo de pared descascarillada y mohosa de sótano húmedo, ruinoso y comido de miseria que fue durante años tan protagonista o más de la obra de Saudek que sus mismos personajes. No es un acto de amor desinteresado y generoso el que se desarrolla ante nuestros ojos, como el que pintara Miguel Ángel, aquí no se extiende un dedo para insuflar vida, sino la mano para exigirla y arrancarla en el momento de ser besada. El brazo cae como un rayo que, siendo oscuro, paradójicamente ilumina el rostro de Verónica, transportado por un arrobo casi místico, los ojos cerrados, como cerrando asimismo con sus párpados cualquier posible ventana al mundo por donde pudiera escapar algo de sí misma. Parece concentrar cuanto es y cuanto siente, y expelerlo por su boca dejándolo salir en el aliento que acompaña al beso, depositando sumisamente no solo su vida, sino también su alma en la piel del hombre hecho dios.
El estatismo del rostro femenino casi sumido en el éxtasis contrasta con el dinamismo agazapado en un cuerpo erguido, tensionado, apenas aposentado sobre el filo de la banqueta. Dispuesto, como sugiere la posición de las manos sobre sus muslos, a saltar de ella a la menor indicación del dueño de la mano que besa. No acaba aquí la poética del contraste que acentúa el contenido emocional de la fotografía. Si la desnudez intenta despojar al hombre de su continua vergüenza , librarlo del obstáculo moral para permitir que aflore su humanidad desnuda y descalza, es precisamente ese delgado vestido, cursi y hasta kitsch como casi todo Saudek, el que resalta a través de sus transparencias la sensualidad y el erotismo del cuerpo que trasluce, su mansa, suave y casi virginal femineidad, subrayada por el moño bajo en que la mujer recoge su larga cabellera. Ese vestido no cubre nada, lo muestra todo, pero envuelve como papel celeste de celofán el regalo que Verónica hace de sí misma, de su alma exhalada en el éxtasis del beso a la mano masculina, de su sexo velado por gasas que no disfrazan su “olor a muerte” sino que la prometen, esa muerte en que uno muere cada vez que se entrega carnalmente a otro.
Este trabajo de Saudek quizás sea la excepción que confirma la regla que el escritor y semiólogo Roland Barthes aplicaba a la fotografía, de la que afirmaba que al consistir en un conjunto desordenado de signos no codificados , creaba un problema semiótico: una especie de “crisis comunicativa”. “La profunda devoción de Verónica” bordea y trasciende esa dificultad para mostrar sin ningún tipo de interferencia comunicativa una sexualidad descarnada, potente , simbolizada en una posición de poder junto a otra de sumisión, una sexualidad gruesa, de sal gorda refinada en una imagen de aparente delicadeza, gracilidad y casi candor , sin recurrir esta vez a un erotismo de reminiscencias medievales un tanto vulgares, groseras, como en otras ocasiones hace este fotógrafo.
servido por rincones
31 comentarios
compártelo
13 Noviembre 2008

Antiguamente la gordura era considerada signo de salud; hoy no solo reviste carácter de enfermedad, también resulta antisocial, y hasta caro. Las tallas grandes se venden solo en determinadas tiendas, muy pocas, y a precios exorbitantes. Los asientos de los aviones, o incluso los silloncitos de muchas terrazas de bares, debieran incluir calzadores para que los gordos pudieran introducirse con algo menos de esfuerzo en dichos asientos hasta quedar "cómodamente" encastrados en ellos. Una noticia fechada hace año y pico aproximadamente daba cuenta de la brutal paliza que dieron unos jovenzuelos a una señora que paseaba tranquilamente por la calle con su marido, motivada únicamente porque a los muchachos les disgustó y ofendió la gordura de la mujer. La mayoría de los anuncios que ofrecen trabajo exigen a los candidatos buena presencia. Si no, abstenerse. En Finlandia parece ser que quieren gravar el sobepeso con un impuesto especial.
Decididamente, ser gordo es antisocial. Sin embargo, el arte redime a los gordos. Las carnes son el vehículo a través del que determinados artistas puedan expresan sus obsesiones existencialistas, artísticas e incluso para mostrar su concienciación con temas sociales. Los gordos sirven para que pintores como Lucien Freud puedan representar su preocupación por la soledad de la existencia, por una humanidad atormentada y enajenada, a través de cuerpos humanos, exponiendo la realidad de estos de forma terrible, por la vía perversa de las deformaciones. Como las de Sue Tilley, la mujer que hace unos 13 años posó para el cuadro que abre este post y que, dicho sea de paso, sirvió a Freud para conseguir el honor de ser el autor de la obra más cara del mundo de un artista vivo. Más de 30 millones de dólares.

Junto con enanos, hermafroditas y otros seres deformes, incluso cadáveres, los gordos también contribuyen a la particular reflexión de genios como el fotógrafo Witkin sobre "el otro", ese que no somos pero que podíamos haber sido, y a su particular búsqueda de la belleza donde nadie la ve.

Los gordos son el "resultado" de la representación de la exaltación de la vida a través de la sensualidad, una de las obsesiones de Botero. Una sensualidad que entra en abierta confrontación con los esquemas que de ella tiene el público que contempla sus cuadros, y que en consecuencia, claro, nada tiene de libidinosa, y sí de sensualidad intelectual, no carnal, como carecen de atractivo carnal esas carnes desbordantes de las figuras de Botero. Y digo que los gordos solo son un "resultado" porque el mismo pintor se reafirma una y otra vez en que él no pinta gordos, sino personas "normales" sometidas a otra de sus obsesiones: la técnica volumétrica, su pasión por las formas, los volúmenes, la "llenura". Él se califica como un pintor de volúmenes, no de gordos.

Pero, quiera o no, lo que percibimos en sus cuadros, con excepción de la serie inspirada por los horrores de Abu Ghraib, son gordos, gordos planos, aplastados contra paisajes o ámbitos de escasa profundidad, con rostros inexpresivos de ojos de pez, gordos representados en escenas carentes de vida, de la menor emoción, gordos trágicos que no saben que lo son porque ya se sabe que los gordos son cómicos, felices, aunque sus existencias tengan un encefalograma plano, tan plano como la perspectiva de estos cuadros.
Para quien, por lo visto, los gordos -en este caso las gordas- sí revisten sensualidad, o al menos así lo afirma él, es para Leonard Nimoy, productor y director de cine, teatro y televisión, poeta, fotógrafo y actor, más conocido por haber dado vida a al sr. Spock, el carismático personaje de orejas puntiagudas protagonista de la famosa serie "Star Trek". Nimoy ha realizado una serie de fotografías de desnudos en blanco y negro, titulada Full Body Project, en la que las protagonistas son mujeres gordas, desinhibidas, que miran a la cámara con el mismo aplomo de una modelo de pasarela Gaudí. El propósito manifestado por el actor y fotógrafo es fustigar el fetichismo de la delgadez en una sociedad obsesionada por el culto al cuerpo.
"Se respetan a sí mismas -dice Nimoy sobre sus modelos- y espero que mis imágenes expresen precisamente eso a los demás".
La idea de convertir la fotografía de carnes en uno de los pilares de su trabajo surge de la frase pronunciada por una mujer que lideraba un grupo de teatro formado por actrices con sobrepeso: "Cada vez que una mujer obesa se sube a un escenario sin que sea con el objetivo de que se rían de ella, está haciendo una declaración política".
Así pues, la fotografía de Nimoy no sería solo una expresión artística algo sui generis, sino toda una declaración de intenciones, con un trasfondo y una declarada vocación social.
Al menos a determinados niveles parece haber un perfecto maridaje entre gordura y arte, una fructífera relación simbiótica: el gordo "da de comer" al artista, y el artista "redime" al gordo. La figura de éste, tan denostada en lo social, al menos resulta rentable en arte. Algo es algo...

servido por rincones
34 comentarios
compártelo